Lo que no arde Capítulo 28
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Capítulo 28

Un año después

La falla de la Plaça de l'Om de este año la firmamos los dos.

Lo pone en la placa que hay que colgar en la valla, en letras pequeñas: Taller Sanchis. Artista fallero, Ximo Sanchis. Diseño y proyecto, Marc Císcar. Construcción, Rubén Sanchis. Mi padre se rió cuando vio su nombre y el de Marc juntos en la misma placa.

— La huerta y el Eixample — dijo—. Quién nos lo iba a decir.

Estoy subido al andamio, remachando el remate de arriba, cuando llega Marc con los planos bajo el brazo y una bolsa de El Cresol con dos cafés que queman el vaso. Levanta la cabeza para mirarme.

— Ese pliegue no va así — dice.

— Va como yo digo.

— Va como pone en el plano, que lo he hecho yo.

— Y lo construyo yo, arquitecto. Baja la voz, que aquí mando yo.

Se ríe, deja los planos en el banco, y sé sin mirarle que se está subiendo las gafas con el índice, ese gesto suyo de cuando algo le hace gracia y no quiere que se le note. Un año. Hace un año este tío era el enemigo de la facultad y ahora firma mis fallas y me trae café del que quema el vaso.

El taller ha cambiado. No del todo, sigue oliendo a cola y a serrín, sigue parpadeando el fluorescente porque no lo arreglamos nunca.

Pero ahora, al fondo, hay una mesa de proyectos con los planos de Marc, y en la pared, junto a las fotos de fallas viejas de mi padre, hay fotos de otra cosa: un decorado que hicimos para un teatro en otoño, la escenografía de una feria, una estructura para un vestíbulo que sigue en pie y que no piensa arder nunca.

Marc diseña cosas que se quedan. Yo construyo cosas para quemar.

Y entre los dos, va resultando, el taller da de comer todo el año.

Lo raro es que ya no me pesa. Antes, cada falla que levantábamos y veíamos arder me dejaba un poso de rabia: un año de trabajo para nada, ceniza y a empezar de cero.

Marc me enseñó a mirarlo de otra manera.

Que lo que dura poco no vale menos, que una falla arde justamente porque durante unas semanas fue lo más bonito del barrio, y eso no te lo quita el fuego.

Y yo le enseñé a él lo contrario: que no todo hay que hacerlo para que aguante mil años, que a veces construyes algo sabiendo que va a arder y lo haces igual, con todas las ganas, porque el rato que estuvo en pie mereció la pena.

Cada uno le ha enseñado al otro la mitad que le faltaba.

La deuda con el proveedor lleva meses saldada.

De verdad, esta vez, con dinero del trabajo, con factura, sin que nadie le deba nada a nadie.

Los mil quinientos euros se los devolví a Marc, hasta el último, aunque me costó tres meses de material sin comprar.

Y luego, cuando el primer encargo grande dio beneficio, metí mi parte y la suya en el taller, como socios, con papeles.

Aceptó. Aceptó tratarme de igual a igual, que es lo único que le pedí nunca.

— Che, ¿bajas ya o te subo yo la cervecita? — Nando asoma la cabeza por la puerta con una caja de material—. Que Vera dice que hay que ir tirando para la comida.

— Bajo, bajo.

— Porque la plantà es esta tarde y como no comamos antes, luego no comemos. Y una falla no se levanta con el estómago vacío. Eso lo pone en los estatutos.

— No pone eso en los estatutos, Nando.

— Pone algo parecido.

Bajo del andamio. Marc me tiende la mano para el último tramo, con la costumbre ya de tendérmela, y yo la cojo con la mía llena de cola, con la costumbre ya de cogerla.

Sus manos hace un año eran de arquitecto de revista.

Ahora tienen callos, una cicatriz de cúter que le hice yo enseñándole, y la marca pálida de una quemadura vieja en el dorso que no se le fue del todo. Manos de los nuestros.

Vera nos graba, cómo no. Móvil en alto, narrando para sus miles de seguidores que ya no sé ni contar.

— Y aquí tenemos a la parejita del año — dice a la cámara, insoportable, feliz—. Un año juntos, gente. Un año. Os lo dije yo antes que nadie, que conste. Hashtag el fallero y el arquitecto.

— Vera, borra eso.

— Ni de coña. Esto tiene doscientas mil visitas.

— ¿Doscientas mil?

— La gente os quiere. Sois muy pesados, pero la gente os quiere.

Marc, a mi lado, se ha puesto un poco colorado, que después de un año sigue sin acostumbrarse a la cámara de mi hermana.

Le paso el pulgar por el pómulo, por la marca que le deja la patilla de las gafas, y él se apoya un segundo en mi mano, ahí, delante de todos, sin importarle ya quién le vea hecho un desastre.

Un año. Quién nos lo iba a decir.

En el piso del Eixample, la comida es de las de verdad.

Mi madre lleva desde las nueve de la mañana con la paella, y no la del arroz que sale como quede, sino la que le enseñó una vecina de la huerta hace treinta años y que solo hace cuando quiere de verdad a quien viene a comer.

Amparo Císcar, que hace un año medía el amor en logística y en qué dirán, hoy tiene harina hasta los codos y una sonrisa de las que no salen en las fotos.

— Marc, cariño, avisa a Rubén y a su padre de que en veinte minutos comemos — dice, y me mira, y en su mirada ya no queda ni rastro de lástima.

Solo su hijo, con las manos llenas de callos, el que dejó de esconder que a veces se rompe.

Le costó. A los dos nos costó. Pero aprendió a mirarme sin arreglarme, que era lo único que necesitaba.

Ximo llega con Rubén y con Vera, con el mono cambiado por una camisa buena que le queda rara.

Está mejor. El médico y él siguen sin llevarse bien, pero el susto del invierno pasado quedó atrás, y a mi madre le ha cogido un cariño de esos que no se explican, dos personas que no tienen nada que ver y se caen bien a la primera.

Cuando Ximo me ve, deja el bastón apoyado en la pared y me tiende las dos manos, las palmas hacia arriba, como el primer día que entré en su taller y me juzgó por unas manos blandas que no valían nada.

— Enséñamelas — dice.

Pongo las mías sobre las suyas. Y esta vez Ximo Sanchis asiente.

Callos, la cicatriz, la marca de la quemadura.

Un año de partirme las manos en su nave, de aprender a lijar y a cargar madera y a sacar cosas del fuego.

Me aprieta los dedos con los suyos, rotos de cuarenta años de oficio, y no dice nada más, porque lo que siente lo dice con las manos, y con las manos me acaba de decir que ya soy de los suyos.

— Van mejorando — gruñe.

— Aprendí del mejor.

— Aprendiste de mi hijo, que es un cabezón, pero se le da bien.

Comemos los siete apretados alrededor de la mesa: mis padres, Ximo, Vera, Rubén y yo. Mi padre, Enric, que sigue siendo el apellido y el legado hechos persona, se pasa media comida hablando con Ximo de estructuras y de materiales, dos maestros de mundos opuestos que resulta que se entienden.

— La balsa para eso no aguanta — le dice Ximo a mi padre, usando un trozo de pan de puntero sobre el mantel—. Necesitas un alma de metal por dentro y luego la forras.

— Eso mismo les digo yo a los aparejadores y no me hacen caso — contesta Enric, y por un momento los dos, el del Eixample y el de Benicalap, se ríen con la misma risa exacta.

Mi madre me da un codazo por debajo de la mesa, orgullosa de algo a lo que no sabría ponerle nombre.

Vera lo graba todo. Nando escribe al grupo que si sobra paella la guarde, que él se pasa luego.

Y en algún momento, entre el arroz y el café, me llega un mensaje de Alba. Porque Alba sigue siendo Alba.

Spoiler: un año juntos y todavía aguantas al fallero. Te dije que iba a acabar bien. Bueno, dije que iba a acabar fatal. Da igual, acerté en algo.

Le contesto que la quiero y que venga a la plantà de esta tarde. Me responde con un emoji de café, que es su manera de decir que sí.

Por la tarde levantamos la falla. Todo el casal, Nando dirigiendo el operativo con la solemnidad de una obra de romanos, Vera grabando, mis padres mirando desde la valla, que han venido, Enric y Amparo Císcar a ver una plantà en Benicalap, quién nos lo iba a decir, Ximo dando órdenes desde una silla porque no le dejamos subir al andamio, y Rubén arriba del todo, remachando, con el sol de marzo dándole en la cara.

Nando jura que hay que escupir en la base de la falla antes de levantarla, por suerte, y jura que lo pone en los estatutos, y no le cree nadie pero todos escupimos por si acaso.

Vera nos graba un vídeo, a Rubén arriba y a mí abajo pasándole las piezas, y le pone una canción cursi que me da vergüenza ajena y que, según ella, va a tener otras doscientas mil visitas.

Mi padre, apoyado en la valla al lado de Ximo, mira subir la estructura y por una vez no dice nada de cargas ni de cálculos.

Solo mira, con esa cara suya de reconocer, muy a su pesar, un trabajo bien hecho.

Y la falla queda en pie. Enorme. Preciosa. Un año de trabajo levantado en una tarde, para verlo arder dentro de cinco días.

Rubén baja del andamio, se limpia las manos en el pantalón, y se queda a mi lado mirándola. Nuestra falla. La primera que firmamos juntos.

— Va a arder igual — digo.

— Va a arder igual — dice él—. Para eso está.

— Un año construyéndola para que arda en veinte minutos. Es una locura, Rubén.

— Ya ves tú. — Me pasa un brazo por el hombro—. Lo bonito no es que no arda, arquitecto. Es elegir qué sacas del fuego.

Alba aparece con un café para llevar en cada mano, cómo no, y se planta al otro lado a mirar la falla con nosotros.

— Spoiler — dice, plantándome uno de los cafés en la mano sin preguntar—. Vais a seguir juntos hasta que os salgan canas y sea insoportable veros. Lo digo ahora para poder recordarlo el día de vuestra boda.

— No te he invitado a ninguna boda, Alba.

— Me invitarás. Lo sé antes que tú, como siempre. — Da un sorbo—. De nada, por cierto. Por lo de presentaros. Un año y todavía nadie me ha dado las gracias.

— Gracias, Alba.

— Ahora sí ha sonado a verdad.

Cae la tarde sobre Benicalap y el casal empieza a montar las mesas para la cena, y Rubén y yo nos quedamos un rato más delante de la falla que hemos levantado juntos, con su brazo por encima de mi hombro y mi mano en su cintura, mirando arriba lo que dentro de cinco días será ceniza.

Y no me da pena. Es lo que más me sorprende de este año entero: que ya no me da pena que las cosas ardan, porque he aprendido, de la peor manera y también de la mejor, cuál es la única que no arde.

Esta noche, cuando cerramos el taller, hago lo de siempre antes de apagar la luz.

Miro el banco de trabajo. En la pared, junto a las fotos, sigue clavado el cartón de las normas del paripé, con la letra de Rubén ya descolorida.

La Norma 1 tachada con mi rotulador torpe y, debajo, con su letra apretada, dos palabras que no pienso borrar nunca: ya cuenta.

En la estantería del taller, entre los botes de cola y el serrín, sigue el ninot que no dejamos arder, con mi cara de tonto y la etiqueta que le colgó Rubén el primer día: indultado. A veces se me olvida que todo esto empezó siendo mentira.