Lo que no arde Capítulo 26
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Capítulo 26

Llego a la Plaça de l'Om cuando ya es tarde. No tarde de reloj. Tarde de verdad.

La falla está acordonada, los bomberos con las mangueras preparadas, la gente apretada detrás de la valla esperando la medianoche. Y en lo alto, entre los ninots que hemos hecho durante un año para esta noche, mi cara de tonto tallada en un rincón, con las gafas de pasta, esperando arder.

Intento pasar. Un fallero de otra comisión me corta el paso con el brazo.

— Che, que no se puede, que va a prender ya.

— Es que ese ninot es mío, tengo que...

— Todos son de alguien, chaval. Para eso están. Para arder.

Nando me ve desde dentro del cordón y viene, pero ni Nando puede hacer nada. La falla está lista, cargada de paja, rociada. En cuanto den las doce, la plaza entera se convierte en fuego.

— Rubén. — Y por una vez Nando no bromea—. No se puede sacar nada ya. Lo siento, tío.

Miro el ninot allá arriba, pequeño entre las figuras grandes, con las gafas que le tallé una a una con la navaja, riéndome yo solo en el taller de noche.

Lo hice para quemarlo, me dije. Un Marc de cartón para la cremà, de broma.

Mentira. Lo hice para salvarlo. Lo tallé pensando ya en el momento de sacarlo del fuego y ponérselo en las manos, y no se lo dije a nadie, ni a mí mismo.

Y esta mañana, delante de todos, he dicho que arda.

Soy imbécil.

Nando me deja la mano en el hombro y no dice nada. En este barrio, cuando algo no tiene arreglo, no se dice nada.

Y suenan las campanas. Medianoche.

Prenden la mecha por abajo. El fuego sube por la base de la falla despacio primero, luego de golpe, y en cuestión de segundos un año de trabajo empieza a desaparecer entre llamas de cuatro metros.

El calor me llega a la cara desde detrás de la valla.

La gente aplaude. Alguien llora, porque en la cremà siempre llora alguien, ya me lo enseñó mi padre.

Y yo miro subir el fuego hacia mi ninot y no puedo hacer nada.

Que arda, le dije esta mañana. Que arda con todo lo demás.

Y va a arder, con su cara dentro, con todo lo que hemos construido estas semanas para verlo desaparecer esta noche, y no voy a poder sacar del fuego lo único que quería salvar.

Aprieto la valla con las dos manos, mis manos de tallar, las que hicieron ese ninot con cariño.

— ¡Rubén!

Me giro.

Marc.

Marc Císcar abriéndose paso entre la gente, con la camisa de dos días arrugada, el pelo hecho un desastre, las gafas torcidas y esas manos, las que un día fueron perfectas, hechas polvo. Llega a la valla, a mi lado, sin aliento, con el fuego reflejándosele en los cristales.

— Marc, ¿qué haces aquí?

— No traigo dinero.

Es lo primero que dice. Jadeando, con la cara iluminada de naranja.

— ¿Qué?

— Que no traigo dinero. Ni un contacto de mi padre, ni un plan, ni una solución. — Coge aire—. No vengo a arreglarte nada, Rubén. Por primera vez en mi vida no vengo a arreglar nada.

— Marc...

— Vengo a pedirte algo. — Y ahí se le rompe la voz, delante del fuego, delante de Nando, delante de medio casal que se ha girado a mirar—.

Que es lo que no he hecho nunca. Pedir. Llevo toda la vida dando, pagando, arreglando, porque me da pánico que si no soy útil la gente se va.

Y a ti te pagué. Te compré. Y fue lo más cobarde que he hecho, porque lo que quería de verdad no se puede comprar y me daba demasiado miedo pedírtelo gratis.

El fuego ruge detrás de él. Le miro y no me sale ni un taco.

— Te necesito, Rubén. — Lo dice alto, para que se oiga por encima de las llamas—.

No para quedar bien. No porque me sirvas para nada.

Te necesito y ya está, hecho un desastre, sin nada que ofrecerte, en deuda contigo por haberte tratado como una transacción cuando eras lo único de verdad que he tenido nunca.

Te debo. Yo a ti. Por una vez. Y no sé cómo se paga esto porque no se paga con dinero, así que solo puedo pedirte que me dejes intentarlo.

Y me quedo sin palabras, yo, que siempre tengo una lista lista para cortar a cualquiera.

Este tío, el que lo controla todo, el que hace listas hasta para querer, está aquí, delante del casal entero, delante de medio barrio, diciéndome que me necesita sin nada que ofrecer a cambio.

Ha venido con las manos vacías. Y resulta que eso es lo único que nunca me había traído nadie de arriba: las manos vacías y la cara descubierta.

Se me caen las lágrimas y me da igual que se vean.

Todo lo que me dijo mi padre esta tarde, todo lo que me gritó Vera, se me junta en el pecho de golpe.

Marc no ha venido a hacerme pequeño. Ha venido a hacerse pequeño él, delante de todos, el chico que vive de quedar bien, expuesto entero para que yo le vea roto.

Me tiende la mano.

La mano destrozada, con un padrastro que le curé yo, con los callos que le han salido en mi taller, con las uñas que ya no son perfectas. Me la tiende por encima de la valla, con el fuego detrás.

Enséñame las manos, dice mi padre en mi cabeza. Y las de Marc, tendidas hacia mí, ya son de los nuestros. Se las ha roto viniendo a nuestro mundo, renunciando a una plaza, apuntalando una falla que iba a arder de todas formas. Manos que dicen de dónde viene ahora, no de dónde vino.

Y por primera vez en la vida no las aparto.

Cojo la mano de Marc. La aprieto fuerte, con la mía llena de cola y callos, y él aprieta de vuelta, y ese apretón por encima de la valla, con la falla ardiendo, deshace cuatro años de rivalidad y una vida entera de barbilla alta.

Ni limosna ni deuda. Una mano tendida y otra que la coge. Ya está. Así de sencillo era.

— Eres un pijo insoportable — digo, con la voz hecha trizas.

— Lo sé.

— Que ha venido a la cremà a montar el numerito.

— También lo sé.

— Marc.

— Dime.

— Yo tampoco sé cuándo era mentira. — Se lo digo mirándole a los ojos, lo que no le pude decir en el sofá del taller—. Creo que nunca lo fue. Creo que llevo queriéndote desde que entraste por la puerta de mi taller y soltaste la burrada más grande que he oído en mi vida.

Y entonces mira detrás de mí. Hacia el fuego. Hacia arriba, donde su ninot empieza a chamuscarse en el borde de las llamas, en un plinto bajo que todavía no ha prendido del todo.

— Ese soy yo — dice.

— Marc, no.

— Lo tallaste tú.

— Marc, está ardiendo, no...

Pero ya me ha soltado la mano. Ya ha saltado la valla.

Los bomberos gritan, Nando grita, yo grito su nombre, y Marc Císcar, el que lo tiene todo controlado, el que nunca da la nota, se mete hasta el borde de la falla en llamas, mete el brazo entre el humo y agarra el ninot con su propia cara un segundo antes de que el fuego lo alcance.

Cuando lo saca, la manga le humea. Retrocede tambaleándose, tosiendo, con el ninot chamuscado apretado contra el pecho, y yo salto la valla detrás de él sin pensar, le agarro de la chaqueta y tiro hacia atrás, lejos del calor, lejos de las llamas, hasta que caemos los dos al suelo de la plaza entre las cenizas que empiezan a llover, él encima del ninot y yo encima de él.

El calor nos golpea la espalda. Alguien de la comisión nos vacía una botella de agua por encima, medio en broma medio en serio, y Nando aparta gente gritando que dejen sitio, que dejen sitio, con una voz que no le había oído nunca.

Marc tose. Le tiembla el brazo chamuscado contra mi pecho.

Y se ríe. Se ríe entre la ceniza, tirado en el suelo de la plaza, con la falla derrumbándose a nuestro lado en una lluvia de chispas, y es la risa más suya que le he oído, la que no controla, la que se le escapa entera sin permiso.

— ¡Estás loco! — le grito, palpándole el brazo, la mano, buscándole quemaduras—. ¡Estás como una cabra, Marc, podías haberte...!

— Estoy bien.

— ¡No estás bien, te has metido en el fuego!

— Rubén. — Me coge la cara con las dos manos rotas y ahora chamuscadas, y me obliga a mirarle—. Estoy bien.

Y me pone el ninot en las manos.

Mi cara de tonto tallada a mano, con las gafas medio derretidas por un lado, negra de humo, salvada del fuego en el último segundo. El único trozo de toda la falla que no ha ardido. Lo único que hemos sacado de las llamas.

— No lo he dejado arder — dice Marc, con la voz rota y la cara llena de ceniza—.

De todo lo que hemos hecho estas semanas para verlo desaparecer esta noche, esto lo saco del fuego.

Esto lo salvo. — Aprieta el ninot contra mi pecho, contra el suyo—.

Tú, si me dejas. Nosotros. Lo demás que arda.

El trato, las normas, el dinero, todo. Pero esto no.

Detrás la falla se derrumba entre chispas, un año de trabajo convertido en luz y en humo, y la gente aplaude y llora, y los bomberos empiezan a echar agua sobre las brasas.

Y yo, sentado en el suelo de la Plaça de l'Om, con el ninot indultat en las manos y Marc temblando delante de mí, hago lo que llevo toda la vida sin atreverme a hacer.

Le dejo quererme.

Sin factura. Sin deuda. Sin sentir que me hace pequeño. Le tiro de la chaqueta, le acerco, y le beso ahí, entre las cenizas, con la cara llena de humo y el sabor de la sal en la boca, mientras la falla se apaga a nuestro lado.

— Vale — digo contra su boca.

— ¿Vale?

— Vale. Nosotros. Lo demás que arda.

Marc se ríe, esa risa suya sin control, y me abraza tan fuerte que el ninot nos queda aplastado entre los dos, y le noto el corazón golpeándole el pecho a mil, y el mío igual, compitiendo.

A un lado de la plaza, entre la gente, hay una figura parada mirándonos.

Mi padre. Ha venido a la cremà, cómo no, con el mono puesto, apoyado en Vera.

Me mira, luego mira las manos quemadas de Marc, que me sujetan la cara, y hace un gesto pequeño con la cabeza.

Uno que conozco. El que hace cuando alguien pasa la prueba de las manos.

Ximo Sanchis acaba de aceptar a Marc Císcar. Por las manos. Por estas, rotas y quemadas de sacar del fuego lo que importa.

Vera nos graba, cómo no, pero esta vez no le dice nada a la cámara.

Solo nos graba, a Marc y a mí sentados entre las cenizas, y luego baja el móvil y se seca la cara con la manga, y mi padre le pasa un brazo por encima de los hombros.

Detrás, Nando se suena la nariz con un ruido de trompeta y jura que es el humo.

En la cremà siempre llora alguien, dijo el año pasado.

Esta noche, resulta, lloramos casi todos.

— Vámonos de aquí — le digo a Marc al oído, entre el humo—. Al taller.

— ¿Al taller?

— A lo único que no arde. — Me levanto, tiro de él, con el ninot bajo el brazo y su mano quemada en la mía—. Vamos, arquitecto. Que tengo que curarte esas manos otra vez.

Y nos vamos juntos de las cenizas, dejando atrás la plaza llena de brasas y de gente, hacia la nave de Benicalap que huele a cola y a serrín y a todo lo que sigue en pie cuando lo demás ha ardido.