Lo que no arde Capítulo 25
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Capítulo 25

Salgo del taller cuando cae la tarde y no voy a buscar a Rubén. Todavía no.

Hay algo que tengo que hacer antes, y por primera vez en mi vida sé el orden correcto sin necesidad de una lista.

Antes de pedirle a Rubén que me crea cuando le diga que era real, tengo que dejar de ser el chico que se inventó un novio para que su familia no le mirara con lástima. Tengo que ir a casa.

El piso del Eixample huele a nada, como siempre, pero esta vez el vacío no me tranquiliza.

Mi madre está en el salón con el abrigo todavía puesto, sentada muy recta, como quien espera una visita que no llega.

Mi padre, de pie junto a la ventana, con el móvil en la mano, gestionando algo, porque Enric Císcar siempre está gestionando algo.

Los dos levantan la cabeza cuando entro.

— Marc. — Mi madre se pone de pie—. Menos mal. Mira, he estado pensando y esto tiene arreglo. Si llamamos a los de Borja antes de que corra, decimos que ha sido una broma de mal gusto de un compañero de clase, que tú no tienes nada que ver con ese chico, y para cuando le llegue a tu tía Reme...

— Mamá.

— ...para cuando le llegue a tu tía Reme, nadie...

— Mamá. Para.

Se calla. No está acostumbrada a que la corte. Ni yo.

Y noto el tirón de siempre. El de dejar que mi madre coja el timón, que llame a quien haya que llamar, que redacte la versión buena de los hechos y me la tienda ya planchada para que yo solo tenga que ponérmela encima como una camisa.

Sería tan cómodo. Toda mi vida ha sido eso: que alguien tape el desorden antes de que se vea, que la familia cierre filas y salga impecable en la foto.

Me quedo plantado en medio del salón, con las manos destrozadas del taller a la vista, la camisa arrugada de dos días, sin nada preparado que decir. Saco el móvil. Abro las notas. Ahí siguen mis listas, mis guiones, mis secuencias. Después de cremà: contarle todo. El orden importa.

Le doy a borrar. Todas. Una detrás de otra, delante de mis padres, hasta que la pantalla se queda en blanco.

Y hablo sin guion por primera vez en mi vida.

— No es una broma — digo—. No es un compañero que quiere hacerme daño.

Todo lo que ha dicho es verdad. Me inventé un novio hace meses.

Lo hice yo. Porque cuando Gonzalo me dejó, tú, mamá, me dijiste que no lo contara por ahí.

— La miro—. ¿Te acuerdas? No lo cuentes, Marc, que no hace falta que se entere todo el mundo.

Como si me hubieran despedido de un trabajo.

Como si romperme fuera algo feo que hay que esconder debajo de la alfombra.

— Marc, yo solo quería...

— Déjame acabar. Por favor.

Es la primera vez que le digo por favor a mi madre con la voz temblando. Se sienta despacio, sin quitarse el abrigo.

— Me mirasteis con lástima — sigo, y la palabra me raspa la garganta—.

Los dos. No con pena de mi hijo está mal, sino con esa cara de vaya, otra cosa que le ha salido regular.

La de las notas cuando bajaban. La de cuando dejé natación.

Y no lo soportaba. Así que me inventé que tenía un novio nuevo, estupendo, que lo tenía todo resuelto otra vez, para que dejarais de mirarme así. Para volver a valer.

El día que Gonzalo me dejó llegué a esta casa con la cara descompuesta, y lo primero que me preguntó papá fue si eso iba a afectarme a los exámenes de junio.

Lo primero. Y tú, mamá, me pusiste una tila y me dijiste, con toda tu buena intención, que estas cosas es mejor no airearlas, que ya se sabe cómo habla la gente.

Nadie me preguntó cómo estaba. Me disteis una tila y un protocolo de discreción, y yo lo entendí a la primera: si te rompes, que no se note.

Arréglate solo y vuelve cuando estés presentable.

— Pues aquí estoy — digo—. Roto. Y sin arreglar.

Mi padre baja el móvil. Es lo máximo que Enric Císcar concede.

— Y cuando anunciasteis la boda de Neus y me dijisteis que llevara a ese chico — continúo— entré en pánico, porque el chico no existía.

Así que hice lo único que sé hacer cuando algo se me rompe.

Lo arreglé. Fui a la facultad y le pagué a un compañero mil quinientos euros para que fingiera ser mi novio hasta después de Fallas.

A Rubén. Le pagué. Con un contrato y unas normas y todo, porque soy así de patético.

— Marc — dice mi madre, y por primera vez no hay logística en su voz. Hay otra cosa.

— Y me enamoré de él. — Se me quiebra ahí—.

De verdad. Del tío al que llevaba cuatro años odiando en clase, del que huele a serrín y me llama pijo y tiene un padre que casi se muere este invierno y un taller lleno de deudas.

Me enamoré como no me había pasado con nadie, ni con Gonzalo ni con nadie.

Y en vez de decírselo, ¿sabéis lo que hice?

— Miro a mi padre—. Te llamé a ti. Para arreglarle el taller por detrás.

Porque no sé querer de otra manera que no sea pagando y arreglando y quedando bien.

Eso me lo enseñasteis vosotros. En esta casa el cariño siempre ha tenido factura.

El silencio que cae es distinto al de la plaza. Aquel era de vergüenza. Este es de algo que se resquebraja.

— No lo tengo controlado — digo, y es lo más difícil que he dicho nunca—.

Nada. No tengo el novio perfecto, ni la vida resuelta, ni el futuro atado en el estudio.

Estoy hecho un desastre. He humillado a la persona que quiero, mi vida es un espectáculo delante de medio barrio, y he venido aquí a deciros la verdad en vez de a que me la tapéis.

Porque estoy harto de que solo me queráis cuando quedo bien.

Prefiero que no me queráis a seguir fingiendo para que lo hagáis.

Mi padre no dice nada. Vuelve a mirar el móvil, pero no lo toca. Enric a su manera, encajando. Y al rato hace una cosa pequeña que en él es enorme: lo deja bocabajo sobre la mesa, la pantalla contra la madera. Para mi padre eso es tanto como sentarse a escuchar.

Mi madre se levanta. Despacio. Se acerca. Y me mira de verdad, no el conjunto, no cómo quedo, no qué van a decir. A mí. A las manos rotas, la camisa arrugada, los ojos que no aguantan más.

— ¿Está roto? — pregunta, muy bajito—. El taller ese. ¿De verdad andaba en apuros?

— Se iba a la ruina, mamá. Y su padre casi se muere.

— Y tú lo arreglaste sin decírselo a nadie.

— Lo arreglé mal. Por las razones equivocadas.

— Pero lo arreglaste. — Y por un momento la Amparo que mide el mundo en qué dirán se queda sin mundo que medir—.

Cuando eras pequeño hacías eso. Si un amigo perdía el bocadillo en el patio, le dabas el tuyo y no lo contabas.

Se me había olvidado. — Le tiembla la barbilla, esa barbilla Císcar que no tiembla nunca—.

Se nos había olvidado quién eras debajo de todo lo que te pedíamos que fueras.

No sé qué hacer con eso. Llevo veintidós años esperando que mi madre me mire así y no tengo protocolo para cuando pasa.

Se me hace un nudo en la garganta que no viene en ninguna lista, que no sé por dónde gestionar.

Ha tardado veintidós años. Pero llega, y llega igual de bien aunque llegue tarde, resulta.

— Ve a buscarle — dice.

— ¿Qué?

— Al chico. A Rubén. — Da un paso atrás, se seca la cara con el dorso de la mano, rápido, avergonzada de la emoción, tan Císcar—. Ve a buscarle. Y esta vez no le pagues nada ni le arregles nada. — Casi sonríe—. Ve tú. Roto. A ver si por una vez en esta familia alguien quiere a otro sin factura.

Miro a mi padre. Enric deja también el móvil quieto sobre la mesa, y es lo más parecido a una bendición que va a darme, y me vale.

— Lo del encargo del taller — dice, con su voz de reunión— es un buen encargo. Hacen buen trabajo. No fue caridad, Marc. Fue un contrato. Si el chico deja el orgullo cinco minutos, es la mejor oferta que va a tener en años. Díselo así.

Y en esa frase seca, técnica, sin una gota de sentimiento, entiendo por dónde puede ir la salida. No caridad. Un negocio entre iguales. Yo diseño, Rubén construye. Lo que hace uno y lo que hace el otro, sin que ninguno quede por debajo del otro. Pero eso es para después. Ahora hay algo que arde.

Miro el reloj. Las nueve y algo. La cremà de la falla grande es a medianoche. Y en esa falla, colgado de un rincón, hay un ninot con mi cara que Rubén talló para quemarlo de broma y que esta mañana me ha dicho que arda de verdad.

No pienso dejar que arda. No por salvar el ninot. Porque salvarlo es lo único que se me ocurre para decirle a Rubén, sin listas y sin guion, que de todo lo que hemos construido estas semanas para verlo arder esta noche hay una cosa que elijo sacar del fuego.

No es un plan. No hay lista que sirva para esto.

Solo sé que, si dejo que ese ninot arda con lo demás, me estaré dando la razón a mí mismo: que lo nuestro era mentira, que se firmó y se pagó y se acabó, que un Císcar no sabe hacer otra cosa que gestionar bien el final.

Y no pienso dármela. Por una vez pienso equivocarme del lado bueno.

— Me voy — digo.

— Marc. — Mi madre me para en la puerta—. Tráelo un día a comer. Al chico. Y a su padre, si quiere. — Se recompone el abrigo, recuperando un poco de compostura para no derrumbarse del todo—. Sin paella de las buenas. Sin quedar bien. Como se recibe a la gente de verdad.

— No sé si va a querer volver a verme, mamá.

— Pues dale motivos.

Me miro las manos un segundo antes de salir.

Las mismas que hace dos meses eran de arquitecto de revista, blandas, sin un callo, las que Ximo Sanchis miró aquel primer día en el taller y descartó sin decir nada.

Ahora tienen un padrastro a medio curar, la piel áspera de la lija, una mancha de pintura verde que no se va con el jabón bueno de esta casa.

Manos que se me han roto por meterme en un mundo que no era el mío, por apuntalar una falla que iba a arder de todas formas, por un tío que huele a serrín.

Y, mira por dónde, por primera vez en la vida me gustan más así. Rotas. Con historia.

Bajo las escaleras del Eixample de dos en dos, salgo a la calle Cirilo Amorós y echo a andar hacia Benicalap, hacia la Plaça de l'Om, hacia el fuego. Sin plan. Sin lista. Sin nada que enseñar más que a mí mismo, hecho un desastre, con las manos rotas y sin idea de qué voy a decir.

Por primera vez en mi vida no lo llevo controlado. Y por primera vez en mi vida no me importa.