Lo que no arde Capítulo 24
86%

Capítulo 24

Camino hasta que se me acaba el barrio y sigo caminando. La mascletà me pilla en mitad de una plaza y dejo que el ruido me reviente los oídos, a ver si así deja de sonarme dentro la voz de Marc diciendo puedo explicarlo y la mía diciendo que arda.

Que arda.

Se lo he dicho delante de todos. Le he colgado a un tío su propia cara de una falla, le he dicho a su madre que su hijo es un mentiroso que paga a la gente, y me he ido con la barbilla alta como un imbécil. Y ahora estoy aquí, en una esquina, con las manos temblándome y ganas de vomitar.

Bien hecho, Rubén. De manual. El pobre humillando al rico para no ser por una vez el humillado. Un aplauso.

Me tiembla todo el cuerpo, y no es del frío, que hace una de esas noches templadas de Fallas.

Es la cara de Marc en la plaza. Los ojos llenándosele sin que cayera nada.

Llevo cuatro años odiando esa cara, la del niño rico que lo tiene todo resuelto, y hoy la he visto por fin sin nada detrás, en carne viva, y en vez de darme pena me he cebado con ella.

Porque el que hace pequeño primero no puede ser al que hacen pequeño.

Eso me lo enseñaron a los nueve años, en aquel comedor. Y lo aprendí demasiado bien.

Acabo en casa sin decidirlo. La de verdad, la de los Sanchis, un piso pequeño encima de un bar con las paredes llenas de fotos de fallas de otros años.

Mi padre está sentado a la mesa de la cocina, con el mono puesto ya para la cremà y una taza de manzanilla que le ha mandado el médico y que odia. Me mira entrar. Me mira la cara.

No dice nada. Nunca dice nada de primeras.

Me siento enfrente porque las piernas me piden sentarme. Suelto el contrato arrugado encima de la mesa, entre los dos.

— Ya lo sé — digo—. Lo de tu benefactor misterioso. Era Marc. Su padre. Los Císcar. Nos han pagado la deuda y nos han conseguido el encargo por caridad, papá. Por lástima. Como los de siempre.

Mi padre coge el contrato. Se pone las gafas de cerca, las de farmacia que se le resbalan. Lo lee despacio. Lo deja.

— Ya lo sabía — dice.

Me quedo parado.

— ¿Qué?

— Que fue el chico. — Se encoge de hombros, tranquilo, y ese detalle me pone de los nervios—. No soy tonto, Rubén. Aparece un encargo de un estudio de la Valencia de arriba justo cuando mi hijo trae a casa a un tal Císcar que estudia arquitectura. No hace falta ser un lince.

— ¿Y no dijiste nada?

— ¿Qué iba a decir?

— ¡Que no lo queríamos! — La voz me sale rota—. ¡Que no somos un caso de caridad! ¡Que no necesitamos que ningún niño rico nos arregle la vida como quien tira una moneda al suelo!

Mi padre me deja gritar. Cuando acabo, la cocina se queda en silencio, con el zumbido de la nevera vieja de fondo.

Y se levanta. Le cuesta, apoya una mano en la mesa para impulsarse, y le oigo el resuello del pecho, ese que desde el susto me hiela la sangre cada vez.

Da la vuelta a la mesa. Se para a mi lado.

Y me tiende las dos manos, las palmas hacia arriba, como hace con todo el que entra en el taller.

— Enséñame las manos — dice.

— Papá, no estoy para...

— Enséñamelas.

Lo hago porque a mi padre no se le dice que no. Pongo mis manos sobre las suyas. Las mías: callos, cola seca, la cicatriz vieja del cúter, los nudillos pelados de esta última semana. Manos de taller. Las que él me enseñó a tener.

Y las suyas debajo. Cuarenta años de oficio.

Dedos que ya no cierran del todo, una uña que no volvió a crecer bien, la piel como corcho, cicatrices encima de cicatrices.

Manos que han levantado ciento y pico fallas para verlas arder, que me sostuvieron de crío, que ya le tiemblan un poco por lo del corazón.

— ¿Ves estas manos? — dice, muy bajo—. Cuarenta años. ¿Y sabes cuántas veces me han tendido una y la he cogido?

No contesto.

— Muchas. — Me aprieta los dedos con los suyos, flojos, calientes—.

Cuando naciste tú y no llegábamos, mi hermano me dejó un dinero.

Lo cogí. Cuando faltó tu madre y me quedé solo con vosotros dos, el casal entero se turnó un año para que el taller no cerrara.

Lo cogí. Cuando me falló el corazón en enero y no podía ni subir al andamio, Nando y los chavales terminaron la falla por mí.

Lo cogí. — Se acerca más—. Y no me hicieron pequeño, hijo. Me hicieron saber que no estaba solo.

— No es lo mismo — digo, y la barbilla me tiembla—. Ellos son de los nuestros. Los Císcar no. A los de arriba les debes hasta el aire y te lo recuerdan en cada plato. Tú no lo viste, papá. Yo tenía nueve años y aquella señora...

— Aquella señora era mala persona. — Lo dice seco, cortante, y me callo—.

Aquello no fue ayuda. Fue una limosna con recibo, para sentirse buena mientras te hacía pequeño.

Lo viví igual que tú. Y desde entonces te blindaste.

No pides, no aceptas, no debes. — Baja la voz—.

Pero escúchame una cosa, que soy viejo y ya me he equivocado en casi todo.

Rechazar todas las manos que te tienden no es orgullo, Rubén.

Es miedo. Miedo con la barbilla alta, pero miedo.

Se me cierra la garganta. No digo nada porque no puedo.

— Y ese chico — sigue— no ha querido ni que se sepa.

Que quede entre nosotros, mejor no darle importancia, dijo su padre.

Un caso de caridad se hace a la vista, hijo, para que el pobre lo agradezca y sepa quién manda.

Esto se hizo a oscuras, sin querer nada a cambio, sin querer ni que se supiera.

— Me suelta las manos despacio—. Eso no es caridad.

Eso lo hace uno cuando quiere a alguien y no sabe decirlo.

Me quedo mirando la mesa. El contrato arrugado. La manzanilla enfriándose.

Cuando quiere a alguien y no sabe decirlo.

Como yo, que tallé un ninot con su cara para no decirle que me gustaba.

Como yo, que le hice un sitio en el banco y nunca le dije por qué.

Somos iguales, Marc y yo. Los dos queriendo por detrás, a oscuras, sin decirlo.

Solo que él lo hizo con lo único que le enseñaron, que es el dinero, y yo se lo he restregado por la cara delante del casal entero.

La puerta de la cocina se abre de golpe. Vera. Con el móvil en la mano, pero por una vez sin grabar. Tiene la cara roja de subir corriendo las escaleras.

— Rubén. — Se planta delante de mí—. Antes de que sigas de cabezón, escucha. He hablado con Alba.

— ¿Con quién?

— Con Alba, la amiga de Marc, la de los cafés. Nos escribimos, ella también los shipeaba. — Coge aire—. Lo de la plaza de primero. Lo que llevas cuatro años diciendo, que Marc te la quitó por el apellido.

— Vera, ahora no...

— Que fue por nota. — Lo suelta de golpe—.

Marc sacó más que tú en la prueba de acceso a aquel taller de proyectos.

Bastante más. Sin enchufe, sin apellido, sin nada.

Estaba todo colgado en el tablón, Alba lo ha comprobado.

Ni siquiera sabía quién eras tú entonces.

No te quitó nada, Rubén. Sacaste peor nota y ya está.

El suelo se me mueve un poco.

— Eso no...

— Y hay más. — Vera no para, porque Vera no para nunca—.

Este año había otra plaza en ese mismo taller, una buena, y Marc la tenía medio ganada.

La rechazó hace unas semanas. ¿Sabes por qué?

Porque el horario chocaba con las tardes que venía a echarnos una mano con la falla.

Renunció a la plaza. Por venir a partirse las manos a nuestro taller.

Silencio.

Cuatro años. Cuatro años odiando a un tío por algo que me inventé yo.

Cuatro años contándome que el niño rico me quitó lo mío por el apellido, porque era más fácil odiarle por eso que aceptar que saqué peor nota.

Mi herida me pedía un culpable de arriba y me lo fabriqué.

Igual que me he fabricado hoy que su ayuda era lástima.

Igual que me fabrico todo lo que me da miedo aceptar.

Es más fácil pensar que el mundo está amañado a favor de los Císcar que mirarme la nota y tragármela.

Yo necesitaba que Marc fuera el enemigo, el apellido, el enchufado, porque así mi rabia tenía dónde agarrarse y no le tocaba agarrarse a mí.

Y he levantado cuatro años de odio encima de un examen que suspendí yo solito.

Me miro las manos. Las que mi padre acaba de sostener.

Las que en el taller juzgan a la gente por los callos.

Y me acuerdo de las de Marc, blandas el primer día, y de cómo se las ha ido destrozando estas semanas apuntalando la falla, curándose los padrastros con mi navaja, viniendo a un sitio donde no pinta nada.

Ha renunciado a una plaza por venir a romperse las manos aquí. Y yo se lo he pagado colgándole la cara de una falla.

— Papá. — Me levanto. La voz apenas me sale—.

Le he dicho a su madre lo del dinero. Delante del casal.

Le he hecho lo que a mí me hicieron con nueve años, exactamente lo mismo.

Le he hecho pequeño delante de todos. Le he reducido a eso, a su apellido y a su cartera, a un Císcar que lo compra todo.

Que es justo lo que odio que me hagan a mí.

Le he mirado y solo he visto el apellido.

Como Gonzalo. Como aquella señora. Igual que ellos.

Vera me mira sin decir nada, que en ella es un acontecimiento.

Y me acuerdo de golpe. El ninot. Mi cara de tonto tallada con las gafas de pasta, colgada de la falla de la Plaça de l'Om. La que arde esta noche. En unas horas. Y le he dicho, delante de todos, que arda con todo lo demás.

Lo tallé para salvarlo del fuego en el último segundo.

Ese era el plan desde el principio, aunque no se lo dije a nadie: hacer un Marc de cartón, fingir que lo quemo, y en la cremà sacarlo de las llamas y dárselo, el ninot indultat, para decirle sin decirle todo lo que no sé decir. Y esta mañana le he dicho que arda.

Mi padre me mira con esos ojos cansados.

— Pues ya sabes lo que hay que hacer — dice.

Y añade algo más, cuando ya me estoy levantando. Lo dice bajo, sin mirarme, pasándose el pulgar por un callo igual que hago yo cuando algo me cuesta.

— Ese chaval se ha roto las manos en mi taller. En un Sanchis, esa es la carta de presentación más alta que hay. — Levanta un segundo la vista—. No la desperdicies por cabezón.

Asiento. No me sale la voz. Cojo la chaqueta. Vera me sigue hasta la puerta.

— Rubén. — Me para—. Como llegues tarde y arda ese ninot, no te lo perdonas en la vida.

Ya lo sé. No hace falta que me lo digas, enana.

Miro el reloj de la cocina camino de la puerta. Las siete y media. La cremà de la infantil a las diez, la grande a medianoche. Unas horas para deshacer lo que he hecho, o para dejar que arda de verdad, con su cara dentro, con todo dentro.

Bajo las escaleras de dos en dos, salgo al barrio que huele a pólvora y a noche empezando, y echo a correr hacia la Plaça de l'Om con una sola cosa clara y un miedo nuevo pegado a las costillas.

Porque puedo llegar y salvar el ninot y aun así llegar tarde a lo otro.

A Marc. Después de mirarle delante de todos como se mira a un apellido y no a una persona, después de hacerle lo que juré que no le haría a nadie, a lo mejor ya no hay un ninot que indultar que valga.

Corro igual. Con la barbilla, por una vez, no alta, sino gacha, mirando el suelo que se me come bajo las botas, hacia el fuego que ya empieza a oler en el aire.