Lo que no arde Capítulo 23
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Capítulo 23

Rubén se va y yo me quedo.

Me quedo en medio de la Plaça de l'Om con la falla enorme encima, mi propia cara colgada de ella, y todo el casal mirándome.

Nando, con las herramientas en la mano, parado.

Vera, con el móvil bajado, sin grabar por una vez.

Gente que hace tres semanas me puso una cerveza y me llamó el arquitecto y que ahora sabe que soy el niño rico que pagó a uno de los suyos para que le hiciera de novio.

Y me miran con algo peor que el desprecio. Me miran con pena.

La misma pena con la que me mira mi familia desde que Gonzalo me dejó, la que llevo meses huyendo, la que me empujó a inventarme un novio de cartón para que dejaran de ponérmela.

He cruzado media Valencia para escapar de esa mirada y la he ido a encontrar aquí, en las caras equivocadas, en la única gente que había empezado a caerme bien de verdad.

Está controlado, dice una voz idiota dentro de mí, la que lleva veintidós años diciéndolo. No está controlado. No queda nada que controlar. Esa es justo la novedad.

— Marc. — Mi madre me coge del brazo con esa mano que mide el mundo en logística, y por una vez no sabe qué organizar—. Nos vamos. Ahora mismo. Aquí no.

— Mamá.

— Aquí no, Marc. Nos está mirando todo el mundo.

Y ahí está. Mi vida entera en una frase.

Nos está mirando todo el mundo. No estás bien.

No qué ha pasado, hijo. Nos está mirando todo el mundo, que es lo único que ha importado siempre en mi casa.

Y lo peor es que una parte de mí quiere irse con ella.

Quiere subirse al coche, volver al Eixample, a la penumbra dorada y el ambientador caro, cerrar la puerta que no hace ruido y fingir que esto no ha pasado. Volver a lo seguro.

Gonzalo aprovecha, cómo no. Se acerca por el otro lado, la mano en mi hombro, la voz suave.

— Vámonos, Marc — dice, como quien recoge algo del suelo—. Este no es tu sitio. Nunca lo fue. Te lo dije en su día y tenía razón. — Aprieta un poco—. Estas cosas pasan. Vuelves a Valencia de verdad, a los tuyos, y en una semana esto es una anécdota. Yo te ayudo. Como antes.

Como antes.

Y por un instante, el mismo medio segundo en que a Rubén se le llenaron los ojos, me veo diciendo que sí.

Me veo cogiendo la mano que Gonzalo me tiende, subiéndome a lo conocido, a lo que no duele porque no toca nada.

Gonzalo, que me dejó cuando dejé de convenirle y ahora me recoge porque estoy roto y roto soy manejable.

Los míos, que me quieren presentable. El futuro atado, las apariencias otra vez en su sitio.

Sería tan fácil.

— Suéltame — digo.

— Marc, por tu bien...

— No me digas por mi bien. — Le quito la mano del hombro—. No sabes lo que es mi bien. No lo has sabido nunca.

Gonzalo parpadea. No está acostumbrado a que le hable así. Yo tampoco.

Mi madre tira de mí otra vez, más floja, confundida, porque su hijo no se deja gestionar y eso no le entra en la lista.

— Marc, el coche está...

— Vete tú, mamá. — La miro, y por primera vez en mi vida la miro sin miedo a lo que va a pensar—. Yo me quedo.

— ¿Que te quedas? ¿Aquí? ¿Después de esto?

— Sobre todo después de esto.

Me suelto de los dos, de mi madre y de mi ex, de las dos manos que tiran de mí hacia el sitio donde el cariño se gana quedando bien, y me voy en la dirección contraria, hacia donde se fue Rubén, apartando gente, sin plan, sin lista, sin la menor idea de qué voy a hacer.

No le alcanzo. Claro que no le alcanzo. Rubén conoce cada calle de este barrio y yo soy un turista con las manos destrozadas.

Le pierdo entre la multitud que ya se apelotona para la mascletà, y cuando el aire empieza a estallar en pólvora sobre la ciudad me quedo parado en una esquina cualquiera, con el ruido metiéndoseme en el pecho, temblando.

Camino sin rumbo un buen rato. Me meto por callejones que no conozco, entre petardos y críos con bengalas, con la camisa pegada de sudor y las manos ardiéndome de un rasguño nuevo que ni recuerdo haberme hecho.

Pasa una banda tocando un pasodoble y la gente se aparta para dejarla, y yo me quedo pegado a una pared, invisible por una vez, que es lo único que quiero: que nadie me mire, ni con pena ni sin ella.

La mascletà acaba. La ciudad sigue de fiesta, ajena, porque para casi todos el mundo no se ha roto esta noche.

Y mis pies, sin que yo decida nada, me llevan al único sitio donde estas semanas me he sentido algo parecido a real.

El taller.

La nave está vacía. Es cremà, todo el mundo está en la calle, la puerta cede porque en este barrio se fía y nadie roba serrín.

Entro. Y el olor me recibe como una bofetada buena: cola, corcho, madera, la resina de las virutas.

El olor de Rubén, el que se le queda pegado a la piel y que estas noches he tenido en mis sábanas del Eixample.

En el banco hay figuritas a medio tallar, las que Rubén hace con los dedos cuando está nervioso sin darse cuenta: un cabezudo diminuto, un gato de cera, una mano abierta.

Cojo el gato con estos dedos que ya no son de arquitecto de revista y pienso en las horas que le he mirado tallar sin decir nada, creyéndome que él disimulaba cuando en realidad era yo el que por primera vez en años se quedaba quieto en un sitio sin necesidad de controlarlo.

Dejo el gato donde estaba. No es mío. Nada de aquí es mío ya.

Le doy al interruptor y el fluorescente parpadea. La mesa de Ximo, con las facturas en el clavo. La carpeta abierta que Rubén dejó esta mañana, la del encargo. No la toco. Ya sé lo que pone en la cabecera. Mi apellido y el de mi madre, juntos, en el papel que lo reventó todo.

Y saco el móvil. No sé por qué. Costumbre. Cuando el mundo se me va de las manos hago listas para volver a agarrarlo. Abro las notas, y ahí están, en fila, mis planes de las últimas semanas.

Boda: repasar guion con R. Familia de Borja. No mencionar el Erasmus de Neus.

Comprar el café que le gusta a R. Esconderlo para que mamá no pregunte.

Hablar con papá, deuda taller. Discreto. Que no se entere R.

Traje de boda para R. Que no parezca limosna.

Después de cremà: contarle todo. Orden: primero lo que siento, segundo la ayuda. La secuencia importa.

Leo la última tres veces. Después de cremà. Orden. La secuencia importa.

Y ahí, de pie en el taller vacío, con el móvil iluminándome la cara en la penumbra, lo entiendo de golpe, entero, sin anestesia.

Lo he gestionado. Todo. He gestionado quererle igual que gestiono el resto de mi vida, con listas y secuencias y planes discretos.

He tratado a Rubén como un proyecto de estructuras: repasar el guion, comprar el café, saldar la deuda, confesar la verdad en el orden correcto.

He querido a una persona a base de organizarla.

Y por debajo de esa lista, otra que no está escrita en ningún móvil pero llevo grabada desde niño.

Cómo hacer que alguien se quede. Punto uno, ser útil.

Punto dos, arreglarle las cosas. Punto tres, pagar lo que haga falta.

Porque en mi casa el cariño nunca fue gratis, nunca fue te quiero y punto.

Fue te quiero si rindes, si quedas bien, si no das la nota.

Aprendí que el afecto se gana y se paga, y cuando por fin apareció alguien de verdad, alguien que me removía entero, hice lo único que sé hacer: pagarlo.

Le pagué mil quinientos euros para tenerlo cerca.

Le pagué el taller para que se quedara. Convertí a Rubén en una transacción porque es el único idioma en el que me enseñaron a querer.

Con nueve años le regalé mi bici nueva a un niño de clase para que fuera mi amigo.

Duró una semana. Con quince invitaba a todos a todo, las entradas, las cañas, el taxi de vuelta, y me quedé sin saber nunca cuántos venían por mí y cuántos por lo que ponía yo.

Aprendí a comprar compañía porque en mi casa el afecto siempre llegó con precio, y me pareció lo más normal del mundo ponerle uno a todo lo demás. Hasta a esto. Hasta a él.

Eso es mi herida. No la lástima de mi madre, no la crueldad de Gonzalo. Soy yo, comprando a la gente que quiero porque no me creo que se puedan quedar gratis.

Deja de arreglarlo todo, me dijo Rubén una noche, medio en broma, con el cúter en la mano, mientras yo intentaba ordenarle las herramientas. Deja de arreglarlo todo, arquitecto, que no todo está roto.

No le entendí. Ahora sí.

Me guardo el móvil. Las listas ya no sirven. Nunca sirvieron para esto.

Y entonces lo veo, clavado en la pared de tablones encima del banco, donde lleva desde el principio y donde yo había dejado de mirarlo de tanto tenerlo delante.

El cartón. Las normas del paripé, escritas a mano con rotulador, la letra de Rubén, aquella tarde de febrero en que sellamos el disparate dándonos la mano y él me miró las palmas blandas y supo, antes que yo, que esto iba a acabar fatal.

Me acerco. Las leo de arriba abajo, aunque me las sé.

Norma 2: nada de tocarse más de lo justo.

Norma 3: nada de contarse cosas de verdad.

Norma 4: se acaba después de Fallas.

Norma 5: el dinero no se menciona jamás.

Las hemos roto todas. Una a una, sin darnos cuenta, las fuimos rompiendo hasta no dejar ninguna en pie.

Nos hemos tocado mucho más que lo justo.

Nos hemos contado cosas de verdad a oscuras, en un sofá desfondado.

Y el dinero, la maldita Norma 5, el dinero lo ha reventado todo justo el día antes de que esto acabara en teoría.

Todas rotas menos una.

Subo el dedo hasta arriba del todo, a la primera, la que va antes que ninguna, la que lo sostenía todo.

Norma 1: esto no es real.

Me quedo mirándola en el silencio de la nave, con el fluorescente parpadeando encima y el olor de Rubén en cada tabla.

Es la única norma que no hemos roto en voz alta.

La única que seguimos fingiendo cumplir.

Nunca le he dicho que era real. Ni una vez.

Tuve mil ocasiones y en todas hice una lista, planeé el momento, elegí la secuencia y lo dejé para después.

Para después de la boda. Para después del taller. Para después de la cremà.

Y ahora Rubén se ha ido convencido de que fue mentira de principio a fin, porque yo, que lo gestiono todo, nunca gestioné lo único que importaba: decírselo.

Norma 1: esto no es real.

Es lo único que queda en pie del paripé entero. Y es lo único que siempre fue mentira.