Capítulo 22
No pego ojo. A las seis de la mañana del diecinueve me rindo, dejo de dar vueltas en la cama, y salgo andando hacia el taller con Benicalap todavía a oscuras y las calles oliendo a pólvora vieja del día anterior.
El taller a esta hora es mío. Solo mío. La falla ya no está, la plantamos en la plaza hace días, pero queda su sombra por todas partes: los andamios desmontados contra la pared, los restos de corcho, el serrín que no se va nunca del todo por mucho que barras.
Enciendo el fluorescente, que parpadea antes de decidirse, y me quedo de pie en medio de la nave, en el sitio donde llevo toda la vida sabiendo quién soy.
Y me pongo a buscar.
No sé qué busco. Miento. Lo sé de sobra.
Anoche, en el casal, mi padre brindó por un misterioso que le arregló la deuda, y a mi lado Marc se puso blanco y me dijo que era el calor, y en el casal no hacía calor.
Desde entonces llevo un cabo suelto entre los dedos, tirando de él en la oscuridad.
Ahora quiero ver adónde lleva, aunque una parte de mí ya lo sepa y solo esté buscando la prueba para dejar de dudar.
La mesa de la oficina es el caos ordenado de mi padre: facturas pinchadas en un clavo, el cuaderno de cuentas a boli, el móvil viejo cargando.
Repaso el clavo, factura a factura. Proveedor de madera y corcho.
Pagado. Pone pagado, con fecha de hace tres semanas, justo cuando yo hacía números para ver de dónde sacábamos ni la mitad.
Y el encargo. El que nos da de comer medio año. Está en una carpeta que mi padre guarda con más celo que la escritura de la nave. La abro. Es un contrato para unas estructuras y unas maquetas grandes de una feria, buen dinero, con anticipo y todo. Leo el membrete de la cabecera dos veces.
Estudio de Arquitectura Císcar Bonet.
Me quedo mirándolo mucho rato. El fluorescente parpadea. Fuera empieza a clarear.
Císcar Bonet. El apellido de Marc y el de su madre, juntos, en la cabecera del papel que ha salvado el taller de mi padre. Con discreción, dijo Ximo anoche. Sin querer que se supiera.
Dejo el contrato en la mesa despacio, muy despacio, porque si no lo suelto despacio lo rompo.
Podría ser casualidad. Valencia es grande, el mundillo es pequeño, un estudio contrata a un taller, pasa. Me agarro a eso el rato justo que tardo en coger el móvil viejo de mi padre y entrar en las llamadas, porque la parte de mí que huele estas cosas a un kilómetro necesita la prueba entera.
Y ahí está.
Una llamada entrante de hace tres semanas. Un número guardado como Enric, padre de Marc. Catorce minutos. Y ese mismo día, después, un mensaje. Lo abro con el pulgar torpe.
Ximo, soy Enric Císcar, el padre de Marc. Mi hijo me ha comentado lo del taller. Me gustaría echar una mano. Que quede entre nosotros, mejor no darle importancia.
Que quede entre nosotros. Mejor no darle importancia.
Me siento en la silla de mi padre porque las piernas dejan de sostenerme. El taller entero me da vueltas: el serrín, los botes de cola, las gubias colgadas, el sitio donde anoche dormía Marc encima de mí en el sofá con una viruta pegada en la cara. Mi hijo me ha comentado lo del taller.
Marc lo sabía. Marc me oyó, aquella madrugada de vuelta a casa, hablar del agujero, del susto de mi padre, del proveedor que nos ahogaba.
Me oyó bajar la guardia por una vez en mi vida y contarle una esquina de la verdad.
Y en lugar de darme la mano y quedarse callado, cogió el teléfono y llamó a su padre para que le resolviera el problema al pobre, como quien manda arreglar una gotera antes de que se le note al invitado.
Y luego, en la ofrenda, con los ojos limpios, me lo juró. Solo recomendé el taller, Rubén. No moví ningún hilo. No pagué nada. Y yo, imbécil, le creí. Le bajé la barbilla y le creí.
Caridad. La palabra me sube por la garganta con sabor a vómito.
Tengo nueve años otra vez. Tengo nueve años y estamos en el comedor de una casa que huele a cera cara y a nada, la casa de unos conocidos con posibles que nos echaron una mano cuando mi padre no llegaba a fin de mes.
La señora me sirve el segundo plato sin que yo lo pida, delante de todos, y le dice a mi madre pobrecito, cómo come, con lo justo que andáis vosotros, que coma, que coma.
Y mi madre sonriendo con la barbilla temblándole.
Y yo entendiendo, con nueve años, sentado en aquella silla que no era mía, que aceptar algo de quien tiene más te hace pequeño para siempre.
Que te lo recuerdan en cada plato. Que la ayuda de los de arriba nunca es gratis: se paga en dignidad, a plazos, el resto de tu vida.
Yo no le debo nada a nadie. Lo dije el día del trato, riéndome, orgulloso, dándome golpes de pecho. Yo no le debo nada a nadie.
Y llevo tres semanas debiéndole el taller entero a un Císcar.
El móvil se me cae de las manos contra la mesa. No lo recojo.
No sé cuánto tiempo llevo ahí sentado cuando entra Nando a por unas herramientas para la cremà, me ve la cara y se guarda la broma que traía puesta. Detrás de él, Vera, con el móvil por delante como siempre, que lo baja por primera vez en su vida al verme.
— Rubén — dice mi hermana—. ¿Qué te pasa?
No contesto. Cojo el contrato, cojo el móvil de mi padre, y salgo del taller andando hacia la plaza, hacia la falla, hacia donde sé que va a estar Marc, porque hoy es cremà y hoy está toda Valencia en la calle.
La Plaça de l'Om está a reventar. La falla en pie, enorme, con los ninots que hemos hecho durante un año expuestos a la luz de la mañana antes de arder esta noche. Gente por todas partes, música, olor a buñuelos, críos con bengalas. Y en medio de todo, junto a la falla, Marc.
No está solo. A un lado tiene a su madre, Amparo, a la que solo vi en la boda, con un abrigo que vale lo que gano yo en un mes y mirando la falla como quien mira algo que se le ha pegado a la suela del zapato.
Al otro lado, impecable, con esa sonrisa que ya me pareció asquerosa en la plantà, Gonzalo.
El ex. El que le dijo por tu bien y le hundió y ahora ronda las Fallas de turista de lujo.
Marc me ve llegar. Y lo sabe. Lo sabe por mi cara, igual que yo supe lo suyo anoche por la suya. Se le va el color de golpe.
— Rubén — dice, y da un paso hacia mí—. Rubén, espera, deja que te lo...
— ¿Que espere qué? — Levanto el contrato. Me tiembla la mano y me da igual que se vea—. ¿Esto? ¿Que espere a que me lo cuentes tú, con tu orden y tu secuencia y tus listas del móvil?
Marc mira el papel. Y se le cae la máscara entera, ahí, delante de todos.
— Puedo explicarlo.
— Ya está explicado. — La voz me sale rota y la odio por salir rota—.
Llamaste a tu padre. Le contaste lo del pobre del taller.
Pagasteis la deuda, nos colasteis un encargo, que quede entre nosotros, mejor no darle importancia.
— Le escupo las palabras de Enric, y veo cómo a Marc cada una le da como un puñetazo—.
Le arreglaste la vida a mi padre a mis espaldas.
Como quien tira una moneda al suelo y se va antes de que el pobre se agache a cogerla, para no verle la cara.
— No fue así, Rubén.
— ¿No? ¿Y cómo fue?
— Te oí. Estabas fatal, tu padre estaba fatal, y yo tenía la manera de arreglarlo, y...
— Y lo arreglaste. — Me río, y me sale una risa horrible—. Claro. Es lo que hacéis. Es lo que hacen los Císcar.
Y ahí, cómo no, Gonzalo mete baza. Da un pasito, las manos en los bolsillos, la voz de terciopelo.
— Bueno, tampoco te sorprendas, chaval — dice, condescendiente—. Marc siempre arregla las cosas igual. Es de familia. Lo que no le sale, lo compra. — Me mira de arriba abajo, el traje que Marc me consiguió para la boda, las manos—. ¿No pensarías en serio que un Císcar estaba contigo por otra cosa?
Y lo peor es que le creo. Ahí, en medio de la plaza, con el contrato ardiéndome en el puño, le creo a Gonzalo antes que a Marc, porque lo que dice encaja pieza a pieza con todo lo que me enseñaron de crío.
Un Císcar no está contigo. Un Císcar te tiene.
Te arregla. Te colecciona, como el ninot que soy para él, una cosa más que sacar del apuro con la cartera.
La duda que este mismo Gonzalo me sembró en la plantà lleva días royéndome por dentro, y ahora tiene forma de papel, tiene membrete.
— Cállate, Gonzalo — dice Marc, y por primera vez le tiembla la voz de rabia y no de miedo—. No tienes ni idea.
— ¿No? — Gonzalo se encoge de hombros, encantado del incendio que está regando—. Amparo, tú sabías que tu hijo salía con... esto, ¿no? ¿O también es sorpresa?
Amparo mira a su hijo. Y Marc no dice nada. Y ese silencio lo dice todo.
Y algo dentro de mí, la última cuerda que me quedaba tirante, se parte.
— No — digo, y lo digo alto, para que lo oiga su madre, para que lo oiga Gonzalo, para que lo oiga medio casal que ya se ha girado a mirar—. No lo sabía, señora, porque no hay nada que saber. Su hijo me pagó.
El mundo se para un segundo.
— Rubén — dice Marc, blanco como el corcho—. No.
— Mil quinientos euros. — Cada palabra me cuesta la vida y las suelto igual, porque quiero que le duela, quiero que le duela lo que me duele a mí, quiero reventarle la imagen perfecta delante de la persona para la que se la fabrica—.
Mil quinientos por hacer de novio suyo hasta después de Fallas.
Se inventó un novio delante de ustedes y necesitaba uno de verdad para la boda de la prima.
Nada de esto es real, señora. Ni una hora.
Su hijo lo tenía todo firmado en un cartón del taller.
El silencio que cae es de los que no se olvidan.
Amparo mira a Marc con la boca entreabierta. Gonzalo se ha quedado sin sonrisa, porque el incendio se le ha ido de las manos hasta a él. Y Marc.
Marc se ha quedado quieto en medio de la plaza, con toda la gente mirándole, expuesto entero, sin la imagen que lleva de armadura desde que nació.
El chico que lo tiene todo controlado, todo presentable, todo bien atado.
Ahí, delante de su madre y de su ex y del casal, convertido en lo que más miedo le da del mundo: un desastre que no supo ni fingir bien un novio.
Le he hecho justo lo que me hicieron a mí con nueve años. Le he hecho pequeño delante de la gente. Y por medio segundo, cuando se le llenan los ojos sin que caiga nada, algo me atraviesa como un cúter y quiero parar, quiero tragarme cada palabra.
No paro.
— Que te lo pague todo tu padre — digo, y me tiembla la barbilla, esa que llevo alta toda la vida para no agachársela a nadie con más dinero—. El taller, la deuda, el novio. Los Císcar lo compráis todo. Pues quédatelo. Yo no quiero nada tuyo.
Me giro para irme. Y entonces lo veo.
Arriba, en un rincón de la falla, colgado entre los ninots que esperan la noche, pequeño, la figura que tallé yo con estas manos hace un mes: un muñeco con gafas de pasta, camisa perfecta, la cara de Marc.
Lo hice de broma. Lo hice con cariño. Un Marc de cartón para quemarlo en la cremà, le dije, y él se rió, y yo me guardé su risa como me guardo las virutas buenas de tilo.
Ahora lo miro y me quema en el pecho.
— ¿Y ese ninot? — dice Gonzalo, señalándolo, buscando remover más—. ¿Ese eres tú, Marc? Qué detalle.
Marc mira su propia cara de madera colgada de la falla que va a arder esta noche. No dice nada. Ya no le queda nada que decir.
Y yo, que lo tallé de noche riéndome solo, que pensaba salvarlo del fuego en el último momento como se hace con el ninot que uno indulta, escupo justo lo contrario. Lo escupo para hacerme el duro, para que no se me note que por dentro me estoy partiendo en dos.
— Que arda — digo—. Que arda con todo lo demás.
Y me voy sin mirar atrás, apartando gente, con el contrato arrugado en el puño y los ojos ardiéndome, dejando en medio de la plaza a Marc Císcar hecho pedazos delante de su madre, con su cara de tonto colgada de una falla, esperando a que caiga la noche para arder.