Lo que no arde Capítulo 21
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Capítulo 21

Me despierto en el sofá del taller con el brazo dormido y a Rubén encima, y por un momento, antes de acordarme de todo lo que me falta por decir, soy feliz sin trampa.

Entra una luz gris por la claraboya del altillo.

Serán las siete. Rubén respira despacio contra mi cuello, con la cara aplastada y una viruta de tilo pegada en la mejilla que no le voy a quitar porque quitársela sería despertarle.

Tiene los nudillos pelados. Tiene una mancha de pintura verde en el antebrazo que ni el jabón de mi casa quitaría.

Y está en un sofá desfondado de una nave que huele a cola y a madera, encima de mí, y no se me ocurre ningún sitio del mundo donde quiera estar más.

No debería quedar tan bien. Un Sanchis durmiéndose sobre un Císcar en un taller de Benicalap. Queda perfecto.

Me quedo quieto, aguantando el brazo dormido, mirando el techo de tablones y el cartón clavado en la pared del fondo, y hago lo que hago siempre cuando algo me supera: una lista. Solo que esta vez la lista es distinta. Esta vez la lista es para decir la verdad.

Uno: esperar a la cremà.

Dos: cuando arda todo y solo quedemos nosotros, contarle que moví el hilo de mi padre. Que el encargo no cayó del cielo. Que le mentí en la ofrenda cuando le juré que solo fue una recomendación.

Tres: contarle lo del dinero del trato, y que hace semanas que para mí dejó de ser un trato.

Cuatro: decirle que le quiero. En ese orden. Lo malo primero, lo bueno al final, para que lo último que oiga sea lo bueno.

Miro la lista mental un rato largo. Y pienso, con la primera luz entrando en el altillo, que hasta para confesarme necesito un guion.

Que soy incapaz de soltar la verdad sin ordenarla en cuatro puntos, igual que un cálculo de estructuras.

Rubén hace las cosas de frente, sin apuntes.

Y yo estoy aquí, con él dormido encima, redactando mi propia sinceridad como quien redacta un proyecto.

Pero no borro la lista. Claro que no la borro. La guardo. Después de la cremà. Cuando seamos algo tan sólido que aguante el golpe.

Me lo digo y me lo creo, que es lo peligroso.

Nos escapamos del taller antes de que llegue Ximo, medio vestidos, riéndonos como dos críos que han hecho algo prohibido, y desayunamos churros en un bar de Benicalap donde Rubén conoce hasta al perro del dueño.

La mañana del dieciocho la pasamos como una pareja de verdad, sin comillas.

Le acompaño a llevar unos remaches al casal.

Me presenta a media comisión como el arquitecto, y ya no lo dice con distancia, lo dice con una punta de orgullo que finge no tener.

Nando me pone una caña a las once y me jura que beber antes de la última mascletà es tradición, que si no la falla se ofende.

Y yo estoy feliz. Estúpidamente feliz, con una caña caliente a las once de la mañana en un casal donde nadie sabe pronunciar mi apellido y a nadie le importa. En mi vida entera no he sido esto: uno más. Me duele la mandíbula de sonreír de una manera que no reconozco.

Solo hay una piedra. La de siempre. La que llevo desde febrero atravesada en el pecho, entre el corazón y el guion de las notas.

Alba me llama a mediodía y me aparto a la puerta del casal.

— Spoiler — dice, sin saludar, que es como saluda ella—. Esto se va a poner interesante y no en el buen sentido.

— Buenos días a ti también.

— Escúchame. Dos cosas. — Le da un sorbo a un café que siempre lleva a medias—.

Una: tu madre me ha escrito. A mí. Para preguntarme por tu novio, que si de qué familia, que a qué se dedica el padre, que dónde os conocisteis, que los de Borja preguntan.

Y he improvisado como una campeona, pero, Marc, Amparo ata cabos.

Ha soltado un "qué casualidad que apareciera justo cuando le hacía falta uno para la boda".

Con su tonito. Cuando tu madre dice "qué casualidad" con ese tono, ya está tirando del hilo.

Me subo las gafas. La caña se me vuelve metal en la boca.

— ¿Y la segunda?

— Peor. Gonzalo. Va contando por ahí, en plan cotilleo fino, que te ha visto de fallero en las fallas de barrio y que le parece todo muy raro y muy montado. Está tirando del hilo él también. Y Gonzalo, cuando tira, no para hasta dejarte en pelotas delante de todos. Ya lo hizo una vez.

Cierro los ojos. El ruido del casal me llega amortiguado, las risas, Nando jurando una tradición inventada.

— Está controlado — digo.

— Cuando dices eso es cuando menos lo está. Te conozco desde primero. — La voz se le ablanda, que en Alba es raro—. ¿Se lo has contado ya? A Rubén. Lo del dinero, lo del encargo, todo.

— Después de la cremà.

— Marc.

— Lo tengo pensado, Alba. Después de la cremà.

— Lo tienes pensado. Ese es tu problema de siempre: lo piensas todo y no sueltas nada. — Se ríe sin ganas—. Spoiler: las cosas no esperan a tu calendario. Explótalas tú antes de que te exploten a ti. — Cuelga sin despedirse, que también es como cuelga ella.

Me quedo con el móvil en la mano y la piedra un poco más grande. Miro hacia dentro del casal, donde Rubén se ríe con Nando con la cabeza echada hacia atrás, sin la menor sospecha de todo lo que se le está montando alrededor.

Podría entrar ahora. Podría llevármelo a un rincón, saltarme el calendario, contárselo aquí, entre remaches y cerveza, antes de que lo cuente Gonzalo, antes de que lo huela mi madre. Alba tiene razón. Explótalo tú antes.

Pero pasa Vera corriendo con el móvil por delante, gritando que la mascletà, que a la plaza, que hay que grabarla, y me arrastra la marea, y el momento se cierra como se cierran todos los que dejo pasar por miedo.

Por la noche hay cena en el casal. Es dieciocho de marzo, mañana arde todo, y esta es la última cena de la comisión antes de la cremà: la de despedirse de una falla que llevan un año haciendo para verla arder en veinticuatro horas.

Rubén me dice que vaya. Ya eres del casal, aunque seas un pijo. Y voy.

El casal huele a lo contrario que mi casa: a fritanga, a cerveza, a gente que se conoce de toda la vida. Nando me pone una caña en la mano antes de que salude a nadie.

— ¡El arquitecto! — brama—. Che, una cervecita, que mañana llorarás como todos.

— No pienso llorar.

— Lloran hasta los que dicen que no lloran. Lo pone en los estatutos.

— No pone eso en los estatutos, Nando.

— Pone algo parecido.

Vera me graba entrando, cómo no, narrando para sus seguidores que el cuñado ya está aquí.

Rubén me rescata de en medio del salón y me lleva a una mesa larga con manteles de papel y platos que se rompen si los miras.

Me sienta a su lado. Me pasa la sepia. Me señala cuáles de las figuras de la falla ha hecho él y cuáles su padre, con esa atención suya de tallador, y a mí se me olvida un rato la lista, las dos mentiras, el hilo del que tira mi madre.

Esta mesa de papel y esta gente ruidosa es lo más caliente en lo que he estado nunca.

Mi casa tiene calefacción central. Esto es otra cosa.

Luego Ximo se levanta.

Le tiembla un poco la mano cuando pide silencio con una cuchara contra el vaso. Ximo habla poco; lo que siente lo dice con las manos. Cuando se pone de pie, el casal entero se calla de golpe. Hasta Vera baja el móvil.

— Poca cosa — empieza, con esa voz de lija—.

Sabéis que este año ha sido complicado. La falla casi no sale.

Yo casi no salgo. — Risa suave, la de los que saben lo del corazón—.

No os voy a poner triste la noche. Solo quiero decir que hace tres semanas yo hacía cuentas para ver a qué proveedor le pagaba con qué, y que hoy el taller no le debe un duro a nadie.

Y que hay un encargo firmado para después de Fallas que nos da de comer medio año.

Aplausos. Nando silba. Alguien grita visca el taller.

Yo me quedo muy quieto, con la caña a medio camino de la boca.

— Y eso — sigue Ximo, y busca una mirada entre la gente sin encontrarla—, no lo hemos hecho solos.

Alguien movió los hilos que había que mover.

Con discreción, que no quería ni que lo dijera.

Pero yo soy viejo y digo lo que me da la gana.

— Levanta el vaso—. Por quien nos echó una mano cuando más falta hacía.

Sea quien sea. Que Dios se lo pague, porque yo no puedo.

El casal brinda. Todos brindan. Rubén brinda a mi lado, con el vaso en alto, riéndose, gritando por el misterioso, sin tener ni idea de que el misterioso está sentado a treinta centímetros de él con la sangre helada.

Bebo. Tengo que beber, todos beben. Bebo y sonrío y me sale una sonrisa que no sé de dónde saco.

— ¿No brindas por el santo benefactor? — me pincha Rubén, dándome con el hombro.

— Claro que sí.

— Anda que no tenéis suerte los ricos de que exista gente así.

— Ya ves.

Y se me queda mirando un segundo de más. Solo un segundo. Ha oído algo raro en mi voz, o me ha visto la cara, no sé, pero se le borra media sonrisa y le sale esa arruga entre las cejas que le sale cuando algo no le cuadra.

— Estás blanco — dice.

— Es el calor.

— Aquí no hace calor, arquitecto.

— La cerveza, entonces.

No cuela. Lo sé por cómo me mira. Rubén me contó una noche, medio en broma, que lleva toda la vida oliendo a distancia cuando alguien de arriba se guarda algo, que es un instinto de crío pobre y no se va. Y ese instinto se acaba de despertar. Lo veo. Veo cómo empieza a mirarme distinto.

Ximo se sienta. La cena sigue. Nando cuenta una historia larguísima de una falla que ardió antes de tiempo hace veinte años por culpa de un cigarro, y todos se ríen, y Vera vuelve a levantar el móvil.

Pero Rubén se ha quedado callado a mi lado.

Come despacio. No me toca. Y cada vez que Ximo, orgulloso, agradecido, sin malicia ninguna, vuelve a mencionar al que movió los hilos, noto cómo Rubén se pone un poco más tieso, cómo la arruga se le hace un poco más honda.

— Rubén.

— Qué.

— Nada.

— Has dicho mi nombre.

— Se me ha escapado.

Me mira. Directo, sin filtro, con esa manera que me desnudó la primera vez que me dejó tocarle la mano. Solo que ahora no hay ternura en la mirada. Hay una pregunta empezando a formarse, un cabo suelto que sus dedos de tallador han cogido para tirar.

— Los hilos que había que mover — dice despacio, probando las palabras—. Con discreción. Sin querer que se supiera.

— Rubén, déjalo.

— ¿Que deje el qué?

— Nada. Que lo dejes.

Y ahí, con la mesa de papel entre los dos y el casal cantando ya una canción que no me sé, veo el momento exacto en que a Rubén Sanchis se le empieza a caer la venda. No del todo. Todavía no. Es solo una duda, un qué casualidad de los de mi madre plantándose en su cabeza.

Pero conozco esa cara. Es la mía en el espejo cada mañana desde hace tres semanas.

Es la cara de alguien que ha empezado a atar cabos, y ya no la va a soltar hasta llegar al final del hilo.