Capítulo 20
La llave del taller la llevo en el mismo llavero desde los quince años, y nunca la había usado para meter a nadie de noche.
Marc espera detrás de mí en el callejón mientras peleo con la cerradura, que se atasca si no le das el tirón justo, y le oigo reírse por lo bajo cuando suelto un taco.
— ¿Necesitas ayuda? — dice.
— Necesito que te calles.
— Es que la estás forzando mal.
— Marc. — Le miro por encima del hombro—. Como me digas cómo abrir la puerta de mi propio taller, te dejo en la calle.
Levanta las manos, rindiéndose, con esa cara de arquitecto que no puede evitar arreglar las cosas ni cuando no le toca.
Doy el tirón. La puerta cede. Y el olor de siempre me recibe como una bofetada buena: cola, madera, corcho, serrín, pintura, cuarenta años de oficio metidos en las paredes. Mi sitio.
Entramos. No enciendo las luces grandes, solo la lamparita del banco, que deja la nave en penumbra naranja y las siluetas de los ninots a medio hacer para el año que viene proyectando sombras raras contra la pared. Marc da dos pasos y se para. Le veo respirar. Le veo llenarse de esto.
— Aquí sí que huele — dice.
— ¿A qué?
— A todo. — Pasa la mano por el banco, por las gubias colgadas, por un bote de cola abierto—. Tu casa huele a algo. La mía huele a nada. Ya te lo dije.
Cierro la puerta con el pestillo. Fuera, lejos, revientan los primeros petardos de la madrugada de Fallas, esa banda sonora que llevo oyendo toda la vida y que este año, por primera vez, no me da miedo.
La deuda pagada. La falla plantada. Y Marc Císcar de pie en mi taller a las tres de la mañana, tocándolo todo con esas manos que ya no tiene blandas.
— Mi padre no vuelve hasta que cierren el casal — digo—. Y eso es al amanecer.
— ¿Y me traes aquí?
— Te traigo aquí.
Se gira. En la penumbra le brillan las gafas, y detrás, los ojos, buscándome, con una pregunta que no hace falta que diga.
— ¿Por qué? — pregunta igual.
— Porque es mío — digo, y me sale más verdad de la que pensaba poner—. Todo lo demás lo compartimos. La facultad, la boda, tu piso, la ofrenda con media Valencia mirando. Esto no. Esto es lo único que es mío del todo. Y quiero que estés aquí.
Marc no dice nada durante un segundo. Y luego cruza la nave, sorteando un andamio, y me coge de la cara con las dos manos, las destrozadas, y me besa de una manera que me deja sin el discurso que ni siquiera sabía que estaba dando.
Le agarro de la cintura. Le pego a mí. Contra el banco de trabajo, con el serrín crujiendo bajo las botas y la lamparita temblando, le beso como no le he besado nunca, sin galería, sin normas, sin la excusa de que hay gente delante. Aquí no hay gente. Aquí solo estamos él y yo y el olor a cola.
— Rubén — murmura contra mi boca.
— Aquí estoy.
— Este banco tiene virutas.
— Aguántate.
— Me estoy clavando una gubia en la espalda.
Me río contra su cuello. Le aparto la gubia, la dejo colgada en su sitio, y le llevo, a trompicones, riéndonos los dos, hasta el altillo del fondo, donde tengo el sofá cama viejo en el que duermo las noches de Fallas cuando hay que velar la falla.
No es gran cosa. Un sofá desfondado, una manta que huele a taller, una bombilla pelada que ni enciendo.
Pero es blando y está a oscuras y Marc me está mirando como si esto fuera mejor que su cuarto del Eixample con sus planos de niño bueno.
— Menos lujo que tu casa — digo.
— Me da igual tu sofá.
— Ya.
— En serio, Rubén. — Me coge la mano, me la abre, me mira la palma en la penumbra, los callos, la cicatriz vieja del cúter que él ya conoce de memoria—. Me da igual todo menos esto.
Y ahí me rompo un poco. Porque yo con lo que sé pelear es con la rabia, con el orgullo, con la barbilla alta. Con esto no. Con un Císcar que me mira la mano rota como quien mira lo mejor que ha visto en su vida, no sé pelear. Dejo de pelear.
Le tumbo en el sofá. Se ríe cuando el somier protesta, esa risa suya que no le sale casi nunca, la de sin control, y me la trago con un beso.
Le desabrocho la camisa de la ofrenda botón a botón, sin prisa esta vez, que la primera vez fue una bronca y una nave y un choque, y esto es otra cosa.
Esto ya sabe a que nos conocemos. Sé dónde tiene el lunar del hombro.
Sé que se le corta la respiración cuando le beso debajo de la oreja.
Sé que odia que le vean y que aquí, conmigo, se deja ver.
— Estás muy callado, arquitecto — digo, quitándole la camisa del todo—. Tú, que hablas hasta para pedir la hora.
— Es que aquí no hago listas.
— ¿No?
— No puedo. — Me pasa las manos por la espalda, por los hombros, por los brazos, con una atención que me pone la piel de gallina—. Contigo se me borran. No sé si te haces una idea de lo raro que es eso para mí.
— Pues bórratelas.
Me subo encima. Piel con piel, su cuerpo largo debajo del mío, y encajamos igual que la otra vez, pieza con pieza, sin un codo de más.
Le beso el pecho, el vientre que se le tensa, la línea del pantalón, y noto cómo se agarra a mi pelo, cómo tira un poco, cómo se le escapa un sonido que intenta tragarse.
— No te contengas — le digo contra la piel—. Aquí no hay a quién impresionar. Solo yo.
— Tú eres a quien quiero impresionar.
— Pues fatal lo llevas, porque ya me tienes.
Se ríe, y la risa se le corta en un jadeo cuando bajo con la boca, y a partir de ahí las palabras se acaban un rato.
Le tomo entero y le oigo decir mi nombre roto contra la manta, y levanto la vista para verle la cara deshecha en la penumbra, el arquitecto perfecto hecho un desastre, agarrado al brazo del sofá con esas manos que se ha destrozado en mi mundo.
Y eso, verle así por mí, me tira más que nada.
— Para — jadea Marc al rato, tirándome del pelo hacia arriba—. Para o esto se acaba antes de tiempo.
Subo. Le beso la boca, que sabe a horchata y a sudor y a persona.
Rebusco en el bolsillo de la mochila que dejo siempre aquí, porque a estas alturas ya sé lo que hay que tener a mano, y volvemos a estar los dos torpes y riéndonos, un codazo, un "quita, ya lo hago yo", una viruta que se le pega en la espalda y que le quito soplando y que le hace reír más.
— Nadie me había dicho que esto se hacía riéndose — dice.
— Es que lo hacías mal antes.
— Idiota.
— Ven aquí.
Cuando entro en él lo hago despacio, mirándole, y Marc me clava los talones en la espalda baja y respira mi nombre otra vez, y todo lo que nos separa desaparece.
El apellido. El dinero. Los mil quinientos euros firmados en un cartón que cuelga a diez metros de aquí, en la pared del taller, y que ahora mismo no quiero ni recordar.
— Mírame — le digo.
— Te miro.
— No cierres los ojos, Marc.
— No los cierro.
Nos movemos juntos, buscando el ritmo, y lo encontramos, y por un rato largo no hay Fallas ni petardos ni deuda ni normas.
Hay este sofá desfondado, y él debajo, abierto, dejándose, y yo dentro, entregado, sin la coraza que llevo puesta desde crío.
Le entrelazo los dedos con los míos, los suyos que empiezan a estropearse con los míos rotos de siempre, y aprieto, y él aprieta de vuelta, y ese apretón me dice más que cualquier palabra.
Acaba él primero, con mi nombre estrangulado y la espalda arqueada, y verle así, deshecho, me lleva a mí detrás. Me derrumbo encima, la cara en su cuello, los dos temblando, su corazón y el mío a la carrera contra las costillas, a ver cuál revienta antes.
Nos quedamos así. El sudor enfriándose. Fuera, los petardos se van espaciando. Marc me dibuja círculos en la espalda con el pulgar, despacio, sin darse cuenta de que lo hace, ese gesto que le pillé la primera vez y que ahora espero sin decírselo.
— Pesas — dice al final.
— Ya me lo dijiste la otra vez.
— Y seguirá siendo verdad.
Me ruedo a un lado. El sofá es estrecho y no hay más remedio que quedarse pegados, y por una vez no me molesta que alguien me sujete. Marc me pasa un brazo por encima y me atrae, y yo, que soy alérgico a esto, me dejo, con la cabeza en su pecho y su corazón yendo despacio ya debajo de mi oreja.
La penumbra del taller es distinta a la de un cuarto normal.
Están las sombras de los ninots del año que viene, los rostros a medio tallar mirándonos desde los caballetes, testigos de madera.
Y en la pared del fondo, si giro la cabeza, se ve el cartón.
Las normas del paripé, escritas de mi puño con un rotulador gordo, clavado con dos chinchetas al lado del calendario de la comisión. Norma 1: esto no es real.
Miro el cartón. Miro a Marc, que se ha quedado con los ojos medio cerrados y la respiración lenta, a punto de dormirse en un sofá de un taller de Benicalap, él, que duerme en el Eixample entre molduras de escayola.
Y me pasa una cosa por dentro que no me había pasado nunca.
Que no me pesa. Que estar aquí, con él encima medio dormido, con la mano rota entre las mías, no me hace pequeño.
Llevo toda la vida oliendo la caridad a distancia, con el instinto del crío pobre al que una familia de bien le hizo la limosna y se lo recordó hasta hacerlo diminuto.
No pido, no acepto, no debo. Es mi religión.
Y este tío, este pijo de manos de recién nacido que se las está rompiendo en mi taller, ha ido colándose por debajo de la guardia sin que yo lo viera venir, y ahora estoy pensando, por primera vez en mi vida, que a lo mejor se puede aceptar algo de alguien y que no venga con recibo.
Que a lo mejor esto no es una deuda. Que a lo mejor, por una vez, me dejan querer sin cobrarme.
Y me da un miedo de cojones, porque si me lo creo y me equivoco, la caída es de las que no se levantan.
— ¿En qué piensas? — dice Marc, con la voz ya de sueño.
— En nada.
— Mentiroso. Se te oyen los engranajes desde aquí. Me lo has dicho tú alguna vez.
Me río bajito. Me quedo callado un rato, mirando el cartón en la penumbra, la Norma 1, las letras gordas que escribí en febrero convencido de que aquello iba a durar seis semanas y ni un día más.
Y me sale, sin querer que salga del todo, lo que llevo sin atreverme a decir en voz alta desde que dejé de llamarle Císcar en la cabeza.
— ¿Sabes lo peor de todo esto? — digo.
— Qué.
— Que ya no me acuerdo de cuándo era mentira.
Lo digo bajito, contra su pecho, casi con la esperanza de que no lo oiga y de que lo oiga a la vez. Y espero. Espero que diga lo suyo, ordenado y preciso, alguna de las que dice él, yo tampoco, hace semanas que no es mentira, cualquier cosa. Es la parte que toca. Le doy la mano. Que la coja.
Pero Marc no dice nada.
Se queda quieto. El pulgar que me dibujaba círculos en la espalda se para.
Le noto respirar distinto, más despacio, contando, del modo en que respira cuando algo se le va de las manos y empieza a hacer listas mentales para volver a agarrarlo.
Lo he aprendido este mes. Sé leerle el cuerpo mejor que la cara.
— ¿Marc?
— Estoy aquí.
— Te has quedado mudo. Tú.
— Estaba... — Una pausa. Le noto tragar. Levanta la mano libre y se sube las gafas en la oscuridad, aunque nadie las mira, aunque no hacen falta—. Estaba pensando que no me quiero dormir todavía. Que quiero quedarme así un rato más.
No es lo que iba a decir. Lo sé como sé abrir la puerta atascada del taller. Iba a decir otra cosa y ha cambiado el rumbo a mitad de frase, y ha elegido una verdad pequeña para tapar el hueco donde tenía que ir la grande.
— Vale — digo.
— Vale.
Me quedo con la oreja en su pecho, oyéndole el corazón, que ya no va despacio, que se le ha acelerado otra vez sin motivo.
Y por primera vez en toda la noche vuelvo a sentir el frío del taller, la corriente que entra por debajo de la puerta, el olor a cola que hace un minuto era mi sitio y ahora tiene algo raro metido dentro.
Me digo que son manías mías. Que Marc es así, que se enciende y se apaga, que lleva la cabeza a mil por hora. Que no pasa nada.
Pero llevo toda la vida oliendo cuándo alguien de arriba se guarda algo.
Se te queda dentro, el instinto, no se va con jabón, como la cola de las manos.
Y ahora mismo, en el sofá desfondado de mi taller, con el chico que me gusta abrazándome sin apretar del todo, ese instinto se ha despertado y me está diciendo bajito, muy bajito, debajo de los petardos que se apagan fuera, que Marc Císcar me está callando algo.
Miro el cartón por última vez antes de cerrar los ojos. Norma 1: esto no es real. Y pienso que ojalá la pudiera tachar ya, esta noche, y escribir debajo lo que de verdad hay.
Faltan dos días para la cremà, y algo me dice, muy bajito, debajo de los petardos, que lo que me calla es del tamaño de una falla entera.
Ahora solo cierro los ojos, con la cabeza en su pecho, y me dejo querer.
Que es lo más valiente que he hecho en mi vida.
Y lo peor que podía hacer.