Capítulo 19
Tengo tres segundos para elegir entre la verdad y una lista, y elijo la lista.
Rubén me mira en medio de la plantà, con la falla ardiendo de luz sobre nuestras cabezas y Gonzalo ya perdido entre la gente, y me exige que le diga mirándole que no moví nada.
Y yo, que llevo toda la vida sabiendo qué decir para quedar bien, encuentro la frase exacta que es verdad y mentira a la vez.
— Recomendé el taller — digo—. Eso es todo. Le dije a mi padre que conocía un taller bueno, que hacíais un trabajo mejor que cualquier empresa de catálogo, y que os llamara. Nada más. No pagué nada. No moví ningún hilo raro. Di vuestro nombre porque sois los mejores, Rubén, y punto.
No es mentira. Cada palabra, por separado, es verdad. Y todas juntas son la mentira más grande que he dicho, porque callo el porqué, callo que lo hice para salvaros, callo que fue lástima disfrazada de recomendación, callo la transferencia que habría hecho si el encargo no cuela.
Rubén me mira. Le veo pesar cada palabra. Le veo querer creerme, que es distinto de creerme.
— ¿Solo una recomendación?
— Solo eso. El trabajo os lo dieron porque sois buenos. El anticipo, la deuda pagada, todo eso lo habéis ganado vosotros. Yo solo di vuestro nombre.
Y funciona. Porque una recomendación no es caridad. Una recomendación no rebaja a nadie. Un Sanchis puede aceptar que alguien diga su nombre y luego ganárselo a pulso, eso sí cabe en su orgullo, eso no es limosna. Le he dado la versión exacta que puede tragar.
Rubén suelta el aire despacio. Se le baja la barbilla, milímetro a milímetro, el escudo bajando.
— Vale — dice—. Te creo. — Y luego, más bajo, casi para sí—. Gonzalo es un hijo de puta que quería estropearme la noche.
— Gonzalo es exactamente eso.
— Pues que le den. — Coge aire, sacude la cabeza como quien se sacude agua, y vuelve a ser el de antes, el de la plantà, el que me besó delante del casal—. No pienso dejar que ese pijo de mierda me joda las Fallas. Ven, anda. Que mañana es la ofrenda y mi padre quiere que vayamos con la comisión.
Me coge de la mano. Y yo dejo que me lleve, con el veneno de Gonzalo neutralizado por media verdad, y con la otra media pudriéndose dentro de mí, donde no la ve.
La ofrenda es al día siguiente, por la tarde.
No había estado nunca en una. En mi casa las Fallas eran ese ruido que aguantábamos con las ventanas cerradas, y la ofrenda, si acaso, imágenes en las noticias.
Nada me había preparado para esto: la calle entera cortada, ríos de falleras con el traje de seda y el pelo recogido con peinetas, cestas de claveles rojos y blancos pasando de mano en mano, la banda, el olor a flor y a cera de las velas, y al fondo, hecha solo de flores, la figura enorme de la Virgen creciendo clavel a clavel según la gente va ofreciendo.
Rubén va delante, con la comisión de la Plaça de l'Om, sin traje de fallero él, con una camisa buena que le queda rara de lo poco acostumbrado que está a ir arreglado.
Ximo va al lado, con la gorra, más recuperado, orgulloso, saludando a medio mundo.
Vera revolotea grabándolo todo. Nando reparte claveles y se inventa que ofrecer el clavel con la mano izquierda trae más suerte, y una señora mayor le cree y lo hace.
Y yo voy en medio de todo, con una cesta de claveles blancos que me ha puesto Ximo en las manos sin preguntar, como uno más, y no recuerdo la última vez que fui uno más de algo.
— Estás flipando — me dice Rubén, apareciendo a mi lado.
— Un poco.
— Se te nota. Pones la misma cara que cuando viste la falla de pie. — Me quita un clavel de la cesta y me lo pone en el bolsillo de la camisa, encima del corazón—. Bienvenido a lo mío, arquitecto.
Lo dice sin escudo esta vez. Arquitecto sin distancia. Arquitecto de cariño, que es una cosa nueva que ha inventado esta semana y que no me atrevo a señalar por si deja de decirla.
Avanzamos con la marea hacia la plaza. Cuando llega nuestro turno, Ximo ofrece su cesta, y luego Vera, y luego Rubén, y me hace un gesto para que ofrezca yo la mía.
Subo los claveles blancos al montón de flores que ya trepa por la estructura de la Virgen, los coloco con cuidado, con las manos destrozadas de dos semanas de taller, y por un segundo, entre el gentío y la banda y el olor a clavel, se me llenan los ojos y no sé de qué.
Rubén lo ve. Claro que lo ve. Me pone la mano en la espalda, sin decir nada, y me deja estar así un momento, sin preguntar, sin arreglarlo, solo la mano en la espalda, que es más de lo que ha hecho nadie por mí en mi casa en veintidós años.
Y pienso en mi madre. En Amparo, que ahora mismo estará en el piso del Eixample, con las ventanas cerradas para que no entre este ruido, este olor a flor y a cera, esta gente.
Que si me viera aquí, con las manos rotas y los ojos llenos por una figura de claveles, no lo entendería.
Le preguntaría qué hago yo metido en esto, con esta gente, y usaría esa palabra, esta gente, sin darse cuenta, como el señor que dejó pequeño a Rubén de crío.
Y por primera vez en mi vida se me pasa por la cabeza que a lo mejor la que va corta de algo no es la familia de Rubén.
Que a lo mejor los pobres, en algún sentido que nunca me habían enseñado a ver, somos los míos.
— Gracias — le digo a Rubén, aunque no sé bien por qué se lo digo.
— No he hecho nada.
— Has hecho más que nada. Créeme.
Cuando salimos del río de gente, la tarde ya cae naranja sobre Valencia.
Nos apartamos a una plaza pequeña, lateral, más tranquila, donde el ruido de la ofrenda llega amortiguado.
Nos sentamos en el bordillo de una fuente seca.
Ximo y los demás siguen con la comisión; nadie nos echa de menos por un rato.
Rubén saca del bolsillo una figurita a medio tallar y una navaja pequeña, y empieza a lijar la cera con el pulgar, ese gesto suyo de cuando está a gusto o cuando está nervioso, y hoy no sé cuál de los dos.
— Gracias por venir — dice, sin levantar la vista de la figura—. A mi padre le ha hecho ilusión. Le caes bien. Y eso que a mi padre no le cae bien nadie con las manos blandas.
— Ya no las tengo blandas.
— No. — Me coge una mano, la mira, me pasa el pulgar por la cicatriz del cúter, por el callo que empieza en el índice—. Ya no. — Levanta la vista—. Te las has destrozado en mi taller, Marc. Por mí. Y no sé qué hacer con eso.
— No hace falta que hagas nada.
— Sí hace falta. — Deja la figurita en la piedra, deja la navaja al lado, se queda con las manos vacías, que en él es como desnudarse—.
Porque llevo toda la vida sin dejar que nadie me dé nada.
No pido, no acepto, no debo. Es como me crié.
Y contigo llevo semanas aceptando cosas sin darme cuenta.
El que vengas al taller. El que me cures cuando me corto.
El que me sujetes la plancha con la mano rota.
El que estés hoy aquí, ofreciendo claveles con mi familia como si fueras de los nuestros.
Y no me pesa. Por primera vez en mi vida aceptar algo de alguien no me pesa. Y eso me tiene acojonado, Marc.
Y ahí está. El momento. Lo noto llegar como se nota una ola. Estamos en el borde de decirlo, los dos, lo que llevamos semanas rodeando. Te quiero. Esto es real. Ya no es mentira. Lo tengo en la boca, entero, y Rubén me está mirando con esos ojos que no parpadean, esperando, medio dicho ya.
Y con lo del te quiero, empujando por salir a la vez, está lo otro.
La verdad entera. Que la recomendación fue lástima.
Que moví a mi padre para salvaros. Que iba a pagar yo la deuda si el encargo no colaba.
Que llevo desde febrero gestionando su vida a sus espaldas porque es la única forma que sé de que alguien se quede: arreglándolo, pagándolo, controlándolo.
Podría decirlo todo ahora. Aquí, en esta fuente seca, con la ofrenda de fondo, con Rubén abierto por primera vez en su vida. Podría decir te quiero y también hice algo que tienes que saber, y dejar que él decida qué hacer con las dos cosas.
Pero si lo digo, pierdo el control de cómo acaba esto.
Si le confieso que he estado gestionándolo todo, se acabó la versión bonita, la que tengo planeada, la de contárselo después de Fallas, con calma, cuando ya seamos algo sólido que aguante el golpe.
Ahora mismo es demasiado frágil. Ahora mismo, si suelto la verdad, se rompe.
Eso me digo. Que lo callo para protegerlo. Cuando la verdad es que lo callo para protegerme yo, para no perder el control del final, para no verle la cara cuando descubra que soy exactamente lo que Gonzalo le dijo que soy.
— Rubén — digo.
— ¿Qué?
Me sube las gafas. Gano tiempo. Y elijo, otra vez, la mitad.
— Yo tampoco sé qué hacer con esto — digo—.
Con lo que siento. No lo tenía planeado.
No está en ninguna lista. Y me da tanto miedo como a ti.
— Le cojo la cara con las dos manos, las destrozadas—.
Pero no quiero que se acabe con las Fallas.
No quiero cobrar nada ni que me cobres nada.
Quiero... esto. Lo que sea esto. Contigo.
No es todo. Me falta la mitad. Me falta la piedra que llevo dentro desde febrero, la del hilo que moví, la de la deuda que iba a pagar, la de que la única forma que conozco de que alguien se quede es arreglarle la vida sin que se entere.
Me lo trago con el resto. Se me queda atravesado en algún sitio del pecho, junto al clavel.
Pero es lo más verdadero que le he dicho, y a él le basta, se le rompe algo bueno en la cara, y se acerca, y me besa en el bordillo de la fuente seca con la ofrenda muriendo naranja al otro lado de la plaza.
Y me digo, mientras le beso, que se lo contaré.
Que después de la cremà, cuando arda la falla y solo quedemos nosotros, se lo diré todo.
Que fui yo. Que no fue lástima, o que empezó siéndolo y se convirtió en otra cosa.
Que le quiero desde antes de saberlo. Me lo digo con la boca en la suya, y sueno convincente hasta para mí, que es lo que más miedo debería darme y no me lo da, porque estoy demasiado ocupado siendo feliz.
— Vámonos — dice Rubén contra mi boca, ronco—. De aquí. A cualquier sitio. No aguanto más gente.
— ¿Y tu padre?
— Mi padre tiene a media comisión pendiente de él hasta la madrugada. No me va a echar de menos. — Se levanta, me tira de la mano, y en sus ojos ya no hay ni ofrenda ni Gonzalo ni membretes, solo yo—. Ven. Quiero estar contigo sin que nos grabe Vera ni nos vea nadie. Solo tú y yo.
Y yo me levanto, con el clavel blanco todavía en el bolsillo de la camisa, encima del corazón, y le sigo por las calles cortadas de Valencia en Fallas, esquivando gente, hacia cualquier sitio donde estar solos.
Rubén conoce cada atajo de este barrio. Me arrastra por una calle lateral, luego por otra, saltando un charco de cera de una hoguera pequeña, esquivando a una familia con un cochecito, riéndonos como críos que se escapan de algo.
En una esquina oscura, entre dos petardos que estallan lejos, me para de golpe, me empuja contra la pared con las dos manos y me besa hasta dejarme sin aire, y luego se separa un centímetro y se ríe él también, con esa risa rara que casi no enseña nunca.
— Mírate — dice—. El arquitecto del Eixample corriendo por Benicalap con un clavel en el bolsillo.
— Me has secuestrado.
— Te has dejado. — Me coge de la mano otra vez—. Ven. Ya casi estamos.
Y le sigo, porque le seguiría a cualquier parte, y esa certeza me da tanto vértigo como paz.
Y mientras corremos, riéndonos, con las guirnaldas encendidas sobre nuestras cabezas y toda la ciudad oliendo a pólvora y a flor, hay una sola cosa clavada en mí que no me deja del todo.
Que le he dicho medio te quiero y me he callado la mitad de mí.
Y que faltan dos días para que arda todo.