Capítulo 18
La plantà se hace de noche, contra reloj, y esta es la primera en la que no tengo miedo de no llegar.
Cinco años seguidos he vivido la misma pesadilla: las tres de la madrugada del quince, la falla a medio montar, mi padre con la tensión por las nubes, el proveedor sin cobrar, y yo rezando para que aguante todo de pie hasta que amanezca.
Este año no. Este año la deuda está pagada, el corcho llegó entero, y a las once de la noche la falla ya está casi en pie en la plaça de l'Om, iluminada, enorme, con sus escenas de sátira y sus ninots grandes ocupando su sitio.
Y en medio de todo, subido a la grúa que iza el remate, dando indicaciones con esa voz suya de arquitecto que aquí, por fin, sirve para algo, está Marc.
— ¡Un poco más a la derecha! — grita hacia el gruista—. ¡Ahí! ¡Que asiente en los cuatro puntos a la vez o se nos va de eje!
Nando, a mi lado, lo mira flipando.
— Tu novio sabe de esto — dice—. El pijo sabe.
— El pijo estudia lo mismo que yo, Nando.
— Ya, pero tú eres de aquí. Él es de los que miran las fallas por encima del hombro. Y mírale. — Nando le da un trago a la caña—. Está más contento que nosotros.
Y es verdad. Ese es el problema, o el milagro, todavía no sé cuál.
Marc Císcar, que hace seis semanas habría cruzado la calle para no oler a churro de falla, está subido a una grúa a las once de la noche en Benicalap, con el pelo revuelto y las manos destrozadas, dirigiendo la plantà de mi falla como si fuera lo más importante que ha hecho nunca.
Y le brilla la cara. Le brilla de una manera que no le he visto en su mundo, ni en la boda, ni en su piso de esquinas de hospital.
Aquí es feliz. En mi mundo. El que empezó siendo el sitio seguro para el paripé, el de bajo riesgo, donde nadie de su familia le vería fingir. Y ha acabado siendo el único sitio donde le veo de verdad. Che, si lo llego a saber cuando entró por la puerta con su cara de asco, me río.
El remate asienta en sus cuatro puntos. La falla queda de pie, entera, temblando un poco y luego firme, y la plaça estalla en aplausos, y mi padre, abajo, con la gorra en la mano, mira hacia arriba a lo que hemos levantado, y se le ablanda la cara de una manera que no le había visto nunca.
Marc baja de la grúa. Viene hacia mí entre la gente, sorteando falleros, y sin pensarlo, delante de todo el casal, me pone la mano en la nuca y me da un beso. Corto. Real. Sin galería, aunque haya público, que es la primera vez que las dos cosas pasan juntas.
— Está de pie — dice, con una sonrisa que no le cabe en la cara—. Rubén, está de pie. La hemos levantado.
— La hemos levantado — repito.
Y no le corrijo el hemos, aunque una parte de mí, la vieja, la del orgullo, quiere decirle que esta falla es mía, es de mi padre, es de Benicalap, no es de ningún Císcar.
Pero le miro la cara, feliz, con serrín en la ceja, y no me sale.
Porque esta noche sí es un poco suya. Se la ha ganado subido a esa grúa.
Vera aparece con el móvil, grabándolo todo.
— ¡Esto va directo a mis redes! — canta—. La plantà de la Plaça de l'Om, con la falla más bonita de Benicalap y el arquitecto oficial de la familia. ¡Saludad!
— Vera, quita eso.
— Que os calléis, que sois virales. — Nos enfoca—. En serio, tenéis mil comentarios preguntando por vosotros. Sois el ship del año.
Marc se ríe, le hace una mueca a la cámara, y Vera se va corriendo a grabar a mi padre. Y yo me quedo mirando a Marc reírse con mi hermana de dieciséis años en medio de la plantà, integrado, feliz, uno más, y esto es lo más peligroso que me ha pasado en la vida.
Porque me lo estoy creyendo. Del todo. Se me ha borrado la raya entre lo que fingíamos y lo que hay.
Mi padre se acerca a Marc con dos vasos de horchata.
Le tiende uno, y antes de soltarlo, hace lo que hace con todo el que entra en su mundo: le mira las manos.
Aquel primer día, en el taller, se las miró y torció el gesto, blandas, de niño, sin un solo callo, y yo vi cómo lo juzgaba y me dio hasta vergüenza ajena.
Ahora se las mira otra vez. La cicatriz del cúter.
Los callos empezados. Las uñas rotas. Dos semanas de nave escritas en las palmas de un Císcar.
— Vas mejorando esas manos, chaval — le dice mi padre, y en su idioma eso es casi una declaración de amor.
Marc baja la vista a sus propias manos y se las mira como quien no acaba de reconocerlas. Y sonríe, una sonrisa rara, orgullosa, de crío al que por fin le dicen bien.
— Tengo buen maestro — dice, y me señala a mí con la barbilla.
— El maestro es él. — Mi padre le da una palmada en el hombro, de las de verdad, no de las de compromiso—.
Yo solo le enseñé a él. — Y se va, con la gorra, a saludar a otro, dejándome con un nudo en la garganta y a Marc con la horchata en la mano y esa cara de haber ganado algo que no sabía que quería.
Repartimos las cervezas y la horchata, la banda toca, los críos corren entre las escenas de la falla, y por un rato Benicalap entero es una fiesta bajo las guirnaldas.
Marc me trae una caña sin que se la pida.
Se apoya a mi lado, el hombro contra el mío, mirando hacia arriba la falla que hemos plantado.
— Es una pena que arda — dice.
— Ya empezamos.
— No, en serio. Meses de trabajo. Y en cuatro días, cenizas. — Le da un trago—. No lo entiendo.
— Ya te lo dije. No se hace para que dure. Se hace para arder bien. — Le miro—. Lo que importa no es que no arda. Es qué salvas del fuego.
— ¿Y qué se salva?
— El ninot indultat. Uno. La comisión vota cada año un ninot de la falla y ese no arde. Se guarda. Es el único que sobrevive a la cremà.
Marc se queda mirando la falla, pensando en eso, con esa atención suya que pone en las cosas cuando le importan, y yo pienso en el Marc de cartón que le tallé, el que se lleva en el bolsillo, y no digo nada, porque hay cosas que si las dices las estropeas.
Marc me mira, y yo le miro, y estamos los dos ahí, hombro con hombro bajo la falla que hemos plantado, con toda la fiesta alrededor, y es el momento.
Ahora. El de decirlo. Lo que llevo días rondando y tragándome.
Que ya no quiero que esto se acabe con la cremà.
Que se me olvidó cuándo empezó a ser de verdad. Abro la boca. Cojo aire.
Estoy a punto de decir otra cosa, algo que llevo días queriendo decir y que no sé si me atrevo, cuando una voz que no conozco me interrumpe por detrás.
— Vaya, vaya. Así que es aquí donde te metes.
Marc se pone rígido a mi lado. Lo noto antes de girarme, cómo se le va la sonrisa de golpe, cómo se le tensan los hombros. Me giro.
Es un tío de nuestra edad, poco más, impecable, con una camisa que aquí en la plantà desentona como un pingüino en la playa.
Sonríe. Sonríe mucho, con toda la boca, y aun así no hay nada amable en esa sonrisa.
Va del brazo de un chico que reconozco vagamente de la boda, de las fotos que Vera cotilleó.
— Gonzalo — dice Marc, plano.
Gonzalo. El ex. El de la boda. El que le hizo a Marc lo que le hizo.
— Álvaro me ha traído a ver las fallas de los barrios — dice Gonzalo, señalando con la barbilla al chico—.
Dice que las de verdad están aquí, en los sitios estos, no en el centro.
Y mira por dónde. — Me mira a mí de arriba abajo, las manos, la ropa de trabajo, el serrín—. Tú debes de ser el famoso novio.
— Rubén — digo, y no le tiendo la mano.
— Rubén. — Saborea el nombre como si le buscara el precio—. Encantado. Se habla mucho de ti en ciertos círculos. El chico nuevo de Marc. El del... — hace un gesto vago hacia la falla, hacia todo—. El del mundillo este. Qué pintoresco.
— Gonzalo. — Marc da un paso, poniéndose casi entre los dos—. ¿Qué quieres?
— Nada, hombre, saludar. Me alegro de verte tan...
instalado. — La sonrisa no se le mueve—.
La verdad es que me sorprendió lo tuyo. Cuando me dijeron que salías con alguien pensé, bueno, alguien de los nuestros.
Y resulta que no. Resulta que un artista fallero.
— Mira a Marc—. Qué cambio. Qué generoso por tu parte.
— No es generosidad. Es mi pareja.
— Claro, claro. — Gonzalo se vuelve hacia mí, y baja la voz, en ese tono de confidencia que es la puñalada más limpia que he oído nunca—.
Oye, entre nosotros. ¿Te ha ayudado ya con algo?
Con el negocio, con lo que sea. Porque es lo suyo, ¿sabes?
Los Císcar. Lo arreglan todo con dinero.
Es lo que hacen. No saben querer de otra forma.
Te compran, te colocan, te resuelven la vida, y luego te lo cobran el resto de tus días. — Sonríe—. Lo digo por tu bien.
Y ahí, en medio de la plantà, con la falla que hemos levantado brillando sobre nuestras cabezas, se me hiela la sangre.
Porque encaja.
El encargo caído del cielo. El estudio Císcar Bonet en el membrete. Los cuatro mil de anticipo justo cuando nos ahogábamos. La suerte que no le preguntas la dirección. El apellido igual que el suyo que él me juró que era casualidad.
Lo arreglan todo con dinero. Es lo que hacen.
— Vámonos, Gonzalo — dice Álvaro, incómodo, tirándole del brazo—. Que llegamos tarde a lo de después.
— Voy, voy. — Gonzalo me da una palmada en el hombro, la mano blanda, sin un solo callo, igual que tenía Marc el primer día—.
Un placer, Rubén. Cuídate. Y ya sabes: mira siempre de dónde viene el dinero.
— Se gira hacia Marc, la sonrisa intacta—.
Marc. Me ha encantado verte tan bajado a la tierra. Le sienta bien al ego, supongo.
Y se va, entre la gente, con su camisa de pingüino, dejando el veneno hecho, limpio, exacto.
Odio que me haga esto. Odio que un tío al que conozco de tres minutos me meta en el cuerpo, con cuatro frases, la duda que llevaba años enterrada.
Porque no es Gonzalo quien habla. Es aquel señor del centro con la mano en mi hombro de crío.
Es esta gente. Es la certeza vieja de que arriba no se quiere gratis, de que todo lo que baja de arriba trae una etiqueta con precio.
Gonzalo solo le ha dado voz. Y ha apuntado justo donde más duele, con la puntería de quien sabe leer a la gente por lo que le falta.
Miro la falla. Miro a mi padre riéndose a diez metros, sin la deuda encima por primera vez en años.
Miro las manos ya destrozadas de Marc. Y todo lo que hace una hora era felicidad se me llena de una pregunta que no me quito: ¿y si nada de esto lo hemos ganado?
¿Y si es todo una buena obra de un Císcar, y yo el pobre al que ha rescatado?
Marc se gira hacia mí. Está pálido.
— Rubén, no le hagas caso. Gonzalo es...
— El estudio del encargo. — Le corto. Tengo la voz rara y no la controlo—. Císcar Bonet. Me juraste que era casualidad.
— Rubén...
— ¿Es de tu padre, sí o no?
Marc no contesta enseguida. Y ese no contestar enseguida, en un tío que contesta todo a la velocidad de la luz, que se explica de más hasta para pedir la hora, ese silencio me lo dice todo.
— No es lo que estás pensando — dice al fin, bajito.
— Entonces dime qué es.
La banda sigue tocando. Los críos siguen corriendo.
Vera graba a mi padre a diez metros, feliz, ajena.
La falla que hemos levantado brilla enorme sobre los dos, hecha para arder en cuatro días, y yo tengo delante a Marc Císcar, al que me he creído, al que he besado esta noche delante de todo el casal, y por primera vez en semanas vuelvo a verle el apellido antes que la cara.
— Dime que no moviste nada — digo—. Dime que ese encargo llegó solo. Que no le pediste nada a tu padre. Que la deuda no la pagaste tú por detrás. Dímelo mirándome, Marc, y te creo.
Marc abre la boca.
Y no dice nada.