Capítulo 17
La lista de hoy tiene un solo punto y no me atrevo a escribirlo: que no se note.
Llevo tres días viniendo al taller como si nada, sujetando planchas de corcho con la mano ya casi curada, comiendo bocadillos de tortilla en el banco de Ximo, riéndome de los tacos de Nando, y por dentro esperando.
Esperando la llamada. La de mi padre al taller, la del estudio, la que va a saldar en una tarde la deuda que le quita el sueño a Rubén desde febrero.
Y esta mañana ha llegado.
Lo sé porque cuando entro en la nave, Ximo está en medio, con un papel en la mano y una cara que no le había visto: la boca floja, los ojos brillantes, un hombre de cincuenta y cinco años a punto de llorar y aguantándose porque los hombres de su generación se aguantan.
— Rubén — dice, con la voz rara—. Ven aquí. Lee esto.
Rubén baja del andamio. Yo me quedo junto a la puerta, con la mochila colgando, y algo se me tensa en el estómago porque sé lo que pone ese papel antes de que lo lean.
— Es del estudio ese — dice Ximo—. El grande. Confirman el encargo de las estructuras para la feria. Y mira. Mira la cifra del anticipo.
Rubén coge el papel. Lo lee. Le veo la nuca desde aquí, los hombros, cómo se le quedan quietos.
— Papá. Esto es...
— Cuatro mil de adelanto. — Ximo se sienta en el taburete de golpe, con las piernas flojas de la buena noticia—. Cuatro mil, Rubén. Pago al de la madera los tres mil hoy mismo y respiramos. Respiramos, hijo.
Y entonces pasa algo que no había visto nunca en esta nave.
Rubén deja el papel en la mesa, con cuidado, y va y abraza a su padre.
Fuerte. Los dos, el maestro fallero y su hijo, abrazados en medio del serrín, sin decir nada, porque en esta familia lo que sienten lo dicen con las manos, no con la boca.
Y Ximo le da unas palmadas en la espalda a Rubén, torpes, y le dice algo bajito que no oigo, y Rubén asiente contra su hombro.
Yo me quedo en la puerta, mirando, con el papel de mi mentira encima de la mesa a tres metros, y siento dos cosas a la vez que no deberían caber juntas en un pecho.
La primera es que he hecho bien. Que ese abrazo lo he provocado yo.
Que un hombre con el corazón tocado va a dormir esta noche sin la deuda encima por un hilo que moví.
Y la segunda, la que me hiela: que si Rubén supiera que fui yo, ese abrazo no existiría.
Que lo que para su padre es suerte, para él sería lástima.
Que le he dado esto a costa de que no pueda saber nunca que se lo di.
— ¿Y de quién ha salido? — dice Rubén, separándose de su padre—. Lo del estudio. ¿Cómo nos han encontrado?
— Una recomendación. Ya te lo dije. No sueltan de quién. — Ximo se encoge de hombros, feliz, sin ganas de mirarle los dientes a un caballo regalado—. Alguien que nos conoce el trabajo. Che, qué más da, Rubén. Es un encargo bueno y punto.
— Ya. — Rubén coge el papel otra vez. Le da la vuelta. Lo mira—. Qué más da.
Pero no lo suelta enseguida. Desde la puerta, la vista se le queda un segundo de más en el membrete, en el nombre del estudio, y a mí se me corta la respiración.
— ¿Sabes qué? — digo, demasiado rápido, demasiado alto, y los dos me miran—. Que hay que celebrarlo. Os invito a comer. A los tres. Al bar de la esquina, lo que queráis.
Funciona. Ximo se ríe, dice que el arquitecto pijo por fin suelta la cartera, Rubén deja el papel en la mesa, y yo respiro por primera vez en cinco minutos.
Comemos en La Mendrugà, los tres, arroz del día y cerveza para ellos y agua para mí que conduzco.
Nando aparece a mitad de comida, se sienta sin que nadie le invite, y jura que la falla de este año va a ganar premio porque ha visto una gaviota posarse en el remate y eso, según una tradición que se acaba de inventar, trae suerte segura.
— Nando, esa tradición no existe — dice Rubén.
— Existe desde hoy. — Nando levanta la caña—. Todo se arregla con una cervecita y una buena señal. Brindemos.
Brindamos. Y por un rato, en ese bar de Benicalap con el sol de marzo entrando por la puerta, se me olvida el papel del membrete, y la transferencia de mil quinientos que se ejecutó ayer y que Rubén no ha mencionado, y la mentira debajo de todo.
Miro a Rubén reírse de una tontería de Nando, con la barbilla baja, relajado, y podría acostumbrarme a esto.
A este mundo cálido que no es el mío. A esta gente que dice lo que siente a gritos y se abraza en medio del serrín.
Y pienso, con un miedo nuevo, que lo quiero. Que quiero a este tío que me llama Císcar cuando se protege y Marc cuando cede. Que no me lo he quitado de encima en absoluto.
— Oye, arquitecto — le suelta Nando, señalándole con la caña—. ¿Tú de verdad vas a heredar el estudio ese de tu padre? El grande.
Marc se pone tenso un milímetro. Nadie lo nota menos yo, que llevo semanas aprendiéndome sus milímetros.
— Es la idea — dice—. Desde que nací, básicamente.
— ¿Y te mola?
— No me lo he preguntado nunca. — Marc juega con la servilleta, la dobla en un triángulo perfecto—. En mi casa no se pregunta si te mola. Se pregunta si estás preparado.
— Qué palo — dice Nando, con la sabiduría del que lo arregla todo con una cervecita—. Yo, si mi viejo me dijera de heredar el bar, le mandaba a paseo. Uno tiene que hacer lo suyo. — Le da un trago—. Aunque un estudio de esos da para muchas cervecitas, no te digo que no.
Marc se ríe, de verdad, con esa risa suya que no enseña casi nunca, y yo me quedo mirándole doblar la servilleta en triángulos cada vez más pequeños, pensando que este tío tiene una jaula de oro esperándole en el Eixample y que aquí, en un bar de mala muerte de Benicalap, con un fallero preguntándole si le mola su vida, parece más libre que en toda su casa señorial.
Por la tarde volvemos a la nave. Ximo se va a pagar al proveedor, orgulloso, con el cheque del anticipo en el bolsillo, y nos quedamos Rubén y yo solos, terminando de vestir el segundo cuerpo de la falla.
Y aquí, sin nadie mirando, dejamos de fingir que somos sin etiquetas.
Rubén me pasa las piezas y sus dedos rozan los míos más de lo necesario.
Le acerco un café y me quedo detrás de él, la barbilla en su hombro, mirando cómo remata una moldura, y no me aparta.
En un momento en que subimos los dos al andamio, me para, me pone la mano en la cara con esa suavidad suya de cargar madera, y me besa despacio, sin prisa, sin galería, y luego seguimos trabajando en silencio, tranquilos, dos que montan una falla juntos y no tienen que fingir nada.
— Se te da bien esto — dice, señalando la unión que acabo de encajar—. Para ser un pijo del Eixample.
— Tengo un buen maestro.
— Tienes un maestro exigente. Que es distinto.
Me río. Y por un instante todo es tan fácil, tan cálido, tan lejos de mi casa de esquinas de hospital, que se me olvida que todo esto está construido sobre un secreto.
Que la razón por la que Rubén sonríe hoy es un hilo que moví a espaldas suyas.
Que el suelo que piso es de cartón y se hace para arder.
Trabajamos hasta que se hace de noche. En un momento me manda subir a por una brocha que se ha dejado arriba, y cuando bajo me lo encuentro tallando en el banco, una figurita nueva, y me quedo mirándole las manos, esas manos anchas moviéndose sobre la cera con una precisión que no tiene ni el mejor delineante del estudio de mi padre.
— ¿Qué haces?
— Nada. — Cierra la mano sobre la figura, tapándola—. Cosas mías.
— ¿Otro muñeco para quemarme?
— Puede. — Media sonrisa—. O puede que este no lo queme.
No me deja verlo. Se lo guarda en el bolsillo, y no insisto, porque hay algo en cómo lo esconde que me dice que es mejor no preguntar, y porque tengo el pecho lleno de una cosa cálida y peligrosa que se parece demasiado a ser feliz.
Al caer la tarde, mientras recojo los pinceles, Rubén se sienta en el banco de su padre con el papel del encargo en la mano. Otra vez. Lo está leyendo otra vez, despacio, y algo en cómo lo lee me pone en guardia.
— Marc.
— ¿Qué?
— El estudio este. El del encargo. — No levanta la vista del membrete—. Císcar Bonet. ¿Es de tu padre?
Se me para todo. El pincel en la mano, la respiración, el corazón. Ahí está. El hilo colgando delante de él, esperando que tire.
— Hay varios Císcar en Valencia — digo, y odio lo fácil que me sale mentir—. Es un apellido de aquí.
— Ya. — Rubén sigue mirando el papel. Se pasa el pulgar por el callo, ese gesto suyo de cuando algo no le cuadra—. Pero es raro, ¿no? Que justo el estudio que nos da el encargo se apellide igual que tú. Justo ahora. Justo cuando estábamos ahogados.
— Valencia es un pueblo grande. Todo el mundo se conoce.
Me mira. Y por un segundo, medio segundo, veo cómo ata los cabos delante de mí. El apellido. El encargo caído del cielo. La recomendación anónima. El niño rico que aparece en su taller y la suerte que da media vuelta. Lo tiene todo delante. Solo tiene que decirlo.
Y no lo dice.
Baja la vista. Dobla el papel. Se lo guarda en el bolsillo del pantalón, y cuando vuelve a mirarme ha decidido, delante de mí, no seguir tirando del hilo.
— Nah — dice—. Casualidad. Mi padre siempre dice que la suerte, cuando llega, no le preguntas la dirección.
— Eso es muy sabio.
— Es de Nando, en realidad. Pero suena mejor si lo digo yo.
Nos reímos, y él deja el tema, y yo dejo que lo deje, y los dos sabemos, cada uno por su lado, que acaba de pasar algo. Él ha visto una puerta y ha elegido no abrirla porque no quiere ver lo que hay detrás. Y yo he tenido la verdad en la punta de la lengua y he vuelto a tragármela.
Porque decirla ahora sería destrozar el mejor día que ha tenido su padre en años. Sería convertir la suerte en limosna delante de Rubén, que odia la limosna más que nada. Sería perder esto, lo de esta tarde, los besos en el andamio y el café y la falla montada a cuatro manos.
Me digo que se lo contaré después. Después de Fallas. Cuando arda todo y solo quedemos nosotros, se lo contaré con calma, y le explicaré que no fue lástima, que fue quererle sin saber cómo, y lo entenderá.
Me lo digo como quien programa una transferencia para no tener que acordarse.
Rubén cierra la nave. En la calle, ya de noche, con las guirnaldas de Fallas encendidas por primera vez sobre nuestras cabezas, me coge de la mano. La suya llena de callos. La mía con la cicatriz nueva del cúter.
— Oye — dice, mirando las luces—. Igual esto no acaba fatal. Igual me equivoqué.
— Igual sí.
— No te acostumbres a que lo diga.
Le aprieto la mano. Y camino a su lado por Benicalap bajo las guirnaldas, con el papel del membrete guardado en su bolsillo como una bomba a la que él ha decidido no mirar, y yo dejo que la lleve encima, contra el muslo, sin saber que es una bomba.
Paramos en la esquina, donde él tiene que tirar para su casa y yo hacia el coche. Rubén se queda un momento mirándome, con esa manera suya de mirar que no tiene nada de arquitecto y sí de crío que talla figuras cuando está nervioso.
— Gracias por lo del encargo — dice de pronto.
Se me para el corazón otra vez.
— No he hecho nada.
— La recomendación. Da igual que fuera solo un nombre.
— Se encoge de hombros, incómodo, porque dar las gracias no es lo suyo, aceptar no es lo suyo—.
Es la primera vez en mi vida que dejo que alguien de fuera nos eche una mano y no me siento como una mierda por ello.
Y eso es por ti. Por cómo lo hiciste. Sin restregarlo.
— Baja la barbilla—. Así que gracias. Ya está. No lo voy a repetir.
Y yo, que sí lo restregué, que no fue un nombre sino un hilo entero, que lo monté todo para rescatarle sin que se enterara, me quedo con su gracias clavado en el pecho como el cumplido más envenenado que me han hecho nunca.
Porque me lo está agradeciendo justo por lo que no hice.
Por la versión limpia. Por el Marc que le he vendido y que no existe.
— No hay de qué — digo, y me sale la voz más pequeña de lo que quiero.
Después de Fallas, me digo. Se lo cuento después de Fallas.
Faltan cuatro días para la cremà.