Capítulo 16
Me despierto solo y la cama todavía huele a él.
Es lo primero, antes de abrir los ojos: el hueco al lado, frío, y el olor de Marc en la almohada, ese suavizante caro mezclado ya con serrín, porque hasta el suavizante caro acaba oliendo a taller si lo dejas dos semanas en mi mundo.
Me quedo un rato ahí, boca arriba, mirando la humedad del techo, reconstruyendo la noche pieza a pieza como una figura que tallo.
Lo bueno. Lo malo. El momento en que le tuve entero, deshecho, diciéndome cosas con el cuerpo que no me diría nunca con la boca. Y el otro momento, el del final, cuando se le encendió el móvil en la cara y algo se le cerró de golpe y volvió a ser Císcar.
Ha sido lo que teníamos que hacer. Eso me dijo. Con la voz plana. Nos lo hemos quitado de encima. Y una mierda.
Me levanto. Me visto. En la mesilla, al lado de donde estuvieron sus gafas, sigue el muñeco. El Marc de cartón. No se lo llevó. Lo cojo, le miro la cara de tonto que le tallé, y me dan ganas de partirlo en dos y no lo hago, lo dejo otra vez de pie, mirando hacia la puerta por la que se fue.
En la cocina, mi padre ya está levantado, con el café y la radio de las fallas puesta. Me mira una vez, de esa manera suya que ve más de lo que dice, y no dice nada, gracias a Dios, porque no sabría qué contestar.
— Hoy vienen a por lo del stand — dice, removiendo el café—. Los del estudio ese grande. A ver la nave.
— ¿Qué estudio?
— Uno de arquitectos. Llamaron el lunes. Quieren que montemos unas estructuras para una feria, maquetas grandes. — Se encoge de hombros, pero le brillan los ojos, y hace mucho que no le brillan—. Buen dinero, Rubén. Del que no se quema. Si sale, igual respiramos.
— ¿Y cómo nos han encontrado?
— Una recomendación, dicen. No han querido soltar de quién. — Le da un sorbo al café—. Che, qué más da. Buena suerte, por una vez.
Buena suerte. Me quedo con la taza a medio camino de la boca.
En cuarenta años de oficio, a mi padre no le ha caído nunca la suerte del cielo.
Se la ha peleado tornillo a tornillo. Y ahora, en plena semana negra de deudas, un estudio grande llama de la nada, con una recomendación anónima, justo cuando más falta hace.
— ¿No te parece raro? — digo—. Así, de golpe. Ahora.
— ¿Raro? — Mi padre me mira por encima de la taza, con esa cara suya de haber visto ya de todo—.
Rubén, hijo, cuando llevas toda la vida esperando que la báscula se incline para el otro lado, no le pides el carné a la buena racha cuando por fin llega.
Se da las gracias y a currar. — Vuelve a la radio—.
Además, tenemos el mejor taller de Benicalap.
Ya iba siendo hora de que alguien se diera cuenta.
Y eso me calla, porque es verdad y porque quiero que sea verdad. Que nos lo hayamos ganado. Que por una vez la suerte sea suerte y no una mano de arriba puesta en el hombro.
Aparco el pensamiento. No me gusta a dónde va.
El móvil me vibra en el bolsillo. Lo saco. Un SMS del banco.
Notificación: transferencia programada de 1.500,00 € a su favor. Ordenante: M. Císcar Bonet. Ejecución en 2 días.
Y ahí, en la cocina de mi casa, con la radio de las fallas de fondo y mi padre sorbiendo café, se me cae el estómago al suelo.
Mil quinientos euros. De Marc. Programados. El pago del trato.
Lo sabía. Claro que lo sabía, lo firmamos en el cartón, norma cinco, el dinero no se menciona jamás, mil quinientos por hacer de novio. No es ninguna sorpresa. Lo sabía perfectamente.
Lo que no sabía es lo que iba a sentir al verlo en la pantalla el día después de tenerle en mi cama.
— ¿Malas noticias? — dice mi padre.
— No. — Me guardo el móvil—. Voy a la nave. Nos vemos allí.
Salgo a la calle sin desayunar. Las guirnaldas de Fallas cuelgan sobre mi cabeza, y por primera vez en mi vida me dan ganas de que llegue ya la cremà y arda todo de una vez.
Marc aparece en la nave a media mañana. Le veo entrar y se me revuelve todo, lo bueno y lo malo mezclado, porque una parte de mí quiere ir y besarle contra la puerta y otra parte quiere tirarle a la cara los mil quinientos euros. Gana la segunda. Casi siempre gana la segunda.
— Hola — dice. Trae dos cafés del bar de la esquina. Me tiende uno—. Te he traído...
— Me llegó el mensaje del banco.
Se para con el café en la mano tendida. Baja el brazo, despacio.
— Rubén...
— Mil quinientos euros. En dos días. — Dejo el cúter en la mesa para no tenerlo en la mano—. Lo tenías programado. Desde el principio.
— Lo programé el primer día para no tener que acordarme. Es como hago todo, lo dejo automático, no significa...
— ¿No significa qué? — Me sale más alto de lo que quiero, y miro atrás por si mi padre lo oye, pero está fuera. Bajo la voz, que quema más—. Anoche estuviste en mi cama, Marc. Y mañana me ingresas mil quinientos euros. ¿Te das cuenta de cómo queda eso?
— Es el trato. Es lo que firmamos. No tiene que ver con lo de anoche.
— Tiene todo que ver. — Doy un paso hacia él—. ¿Me estás pagando esto también? ¿Va incluido en el precio? Novio de mentira, mil quinientos, y una noche de propina.
— No digas eso.
— ¿Por qué no, si es lo que parece?
— ¡Porque no es lo que es! — Y él, que nunca grita, que lo controla todo, levanta la voz, y le tiembla—.
Lo de anoche no tiene nada que ver con el dinero.
Nada. Los mil quinientos son por la boda, por tu familia, por lo que acordamos.
Lo otro fue... — Se para. Se sube las gafas. Baja la mano—. Lo otro fue de verdad.
Y ahí me tiene. Porque le veo, debajo del arquitecto, al Marc de anoche, el deshecho, el que me dijo con la voz rota que estaba hecho un desastre. Y quiero creerle. Dios, cómo quiero creerle.
Pero llevo toda la vida sabiendo lo que sé. Que cuando alguien de arriba te da algo, siempre hay una factura.
Tenía nueve años. El taller pasaba una mala racha, de las gordas, y una familia del centro, de las de apellido, encargó una falla y adelantó dinero para que mi padre no cerrara.
Al principio lo vivimos como un milagro, igual que hoy con lo del estudio.
Y luego vinieron las visitas. El señor traía a sus amigos a ver la nave como quien enseña un zoo, con la mano en mi hombro, contándoles a media voz lo mucho que nos había ayudado, lo agradecidos que estábamos, lo bien que se portaba con esta gente.
Esta gente. Yo, con nueve años, entendí perfectamente qué éramos: una buena obra que se contaba en las cenas.
Un motivo para sentirse generoso. Mi padre le daba las gracias con la gorra en la mano y a mí me hervía algo por dentro que tardé años en saber nombrar.
Aquel día me juré que no volvería a deberle nada a nadie de arriba.
Que prefería cerrar el taller a que me volvieran a poner la mano en el hombro así.
Y ahora mismo tengo delante a un Císcar que me va a ingresar mil quinientos euros y que anoche me tuvo entero, y no sé separar una cosa de la otra, no sé, no puedo.
— Guárdate el dinero — digo.
— ¿Qué?
— El dinero. No lo quiero. Cancela la transferencia.
— Rubén, tú necesitas ese dinero. El taller...
— No me digas lo que necesito. — La barbilla se me sube sola, el orgullo, el escudo—. Llevo toda la vida saliendo adelante sin deberle nada a nadie. Y menos a un Císcar. No quiero tu dinero.
Marc me mira, y algo se le rompe en la cara, y por un segundo se le ve a punto de decir algo verdadero, algo que lo arregle. Y entonces vuelve a montarse el otro, el de las camisas planchadas, el del control.
— No puedes cancelarlo tú, lo tengo que hacer yo — dice, plano—. Y no lo voy a hacer. Un trato es un trato. Cumpliste tu parte. Yo cumplo la mía.
— No lo hagas por cumplir. No es una factura.
— Todo es una factura, Rubén. — Lo dice tan bajo que casi no lo oigo, sin rabia, como quien repite algo que le enseñaron de crío—. En mi casa todo tiene su precio. Todo cariño se paga. Es lo único que sé hacer.
Nos quedamos los dos ahí, en la nave, con los cafés enfriándose y la falla enorme sobre nuestras cabezas, cada uno con su herida al aire sin haber querido enseñarla. Él, que solo sabe querer pagando. Yo, que solo sé querer sin deberle nada a nadie.
— Somos un desastre — digo.
— Ya. — Marc suelta un ruido que quiere ser risa y se queda a medias—. Un desastre.
Y entonces, sin pensarlo, alarga la mano y me toca el dorso de la mía.
Un segundo. La yema de sus dedos sobre mis nudillos.
No hay nadie mirando, no hay a quién fingirle nada.
Me toca porque le sale, porque después de una bronca así es lo que le pide el cuerpo, y a mí me pasa igual y por eso no aparto la mano.
Ahí nos quedamos, dos orgullosos discutiendo por dinero, sin poder dejar de tocarnos.
Fuera se oye la voz de mi padre volviendo, y la de Vera, que ha aparecido con el móvil por delante como siempre, grabando la nave, la falla, todo, para sus redes. Nos separamos un paso por instinto, Marc y yo, aunque ya no hay nadie a quien engañar y a la vez hay todo el mundo.
— Entonces qué — digo, bajo, rápido, antes de que entren—. ¿Qué hacemos?
Marc coge aire. Y hace lo que hacemos los dos cuando algo nos supera: buscar una norma nueva donde escondernos.
— Seguimos como hasta ahora — dice—. Sin etiquetas. Sin hablar de lo de anoche ni de lo del dinero. Hasta Fallas, como pone en el cartón. Y luego... luego ya se verá.
— Sin etiquetas.
— Cada uno a lo suyo.
Es la peor idea del mundo. Es meter la mano en el fuego y prometer que no te vas a quemar. Los dos lo sabemos. Y los dos asentimos, porque es más fácil que decir la verdad, que sería te quiero y me da un miedo de muerte.
— Vale — digo.
— Vale.
Vera entra en ese momento, enfocándonos con el móvil.
— ¡Los tortolitos! — canta—. Poned cara de enamorados para el vídeo, va.
— Vera, quita eso — gruño.
— Ni de coña. Os he puesto hashtag y todo. — Nos enfoca a los dos, muerta de risa—. Mira, mira qué monos. El arquitecto pijo y mi hermano el cascarrabias. Esto lo flipa toda mi clase.
Y sube la historia antes de que pueda quitársela, y en un segundo la cara de Marc y la mía están colgadas en internet con un corazón y un hashtag, y las madres del casal ya la están viendo, y mañana media falla sabrá que Rubén Sanchis sale con un Císcar, y ya no hay manera de que esto se apague sin que se entere todo el mundo.
— Vera. — La cojo del brazo antes de que se largue—. Bórrala.
— ¿Por? — Me mira, y por un segundo deja de hacer la tonta, y me clava esos ojos de dieciséis años que ven más de lo que a mí me gustaría—.
Rubén, es broma que la borre, ¿no? Porque si es de verdad, si de verdad quieres que la borre, entonces esto no es lo que dices que es.
— Ladea la cabeza—. O es más de lo que dices que es. Una de dos.
Y se va, tan pancha, dejándome esa frase encima como quien deja una piedra en un bolsillo. Miro a Marc. Marc me mira. Ninguno de los dos le dice a Vera que la borre.
Ahí queda la historia. Con el corazón y el hashtag. A la vista de todos. Igual que nosotros.
Marc me mira. Yo le miro. Y por debajo del lío, por debajo del dinero y las normas y el móvil de Vera, hay una cosa que ninguno de los dos dice y que pesa más que los mil quinientos euros y que la falla entera.
Que a estas alturas el paripé y lo de verdad se me han enredado y ya no sé separarlos.
Cojo el cúter. Vuelvo a la nube de corcho que dejé a medias. Y Marc se pone a mi lado, en silencio, a sujetar la plancha con su mano vendada. Los dos tan tranquilos. Nadie diría que acabamos de acordar la tontería más grande de nuestras vidas.
Sin etiquetas. Hasta Fallas.
De manual, esto acaba ardiendo.