Capítulo 15
A oscuras no puedo hacer listas.
Es lo primero que descubro, tumbado en la cama de Rubén Sanchis con la lámpara apagada y su boca bajando por mi cuello.
No hay nada que ordenar. No hay puntos, no hay pasos, no hay un plan que repasar mentalmente para saber que voy bien.
Solo está su peso encima del mío, el calor que suelta, esas manos anchas que me recorren despacio, y mi cabeza, por una vez en veintidós años, en blanco.
Debería aterrarme. Y me aterra. Pero debajo del terror hay otra cosa que no sé nombrar y que se parece a soltar un peso que llevaba tanto tiempo cargando que se me había olvidado que pesaba.
— Estás tenso — dice Rubén contra mi clavícula—. Deja de pensar.
— No estoy pensando.
— Mentiroso. Te oigo los engranajes desde aquí.
Me río, y la risa se me corta cuando me muerde el hombro, sin fuerza, solo lo justo, y me sube un calor por la espalda que no había sentido nunca así.
Le busco la boca. Le beso como en la nave, con hambre, y Rubén responde con un sonido bajo en la garganta que me atraviesa entero y me deshace lo poco que me quedaba de control.
Le paso las manos por la espalda. La buena y la vendada, las dos, sin miedo ya a hacerme daño.
Tiene la espalda ancha, de cargar madera, la piel caliente, y noto bajo los dedos la fuerza de los músculos cuando se mueve sobre mí.
Le quito la camiseta del todo. Le miro en la penumbra, el pecho, los brazos, las manos que me curaron y que ahora me están soltando entero, y pienso, absurdamente, que llevo cuatro años fingiendo que este cuerpo me daba igual.
En clase le miraba de reojo y me decía que era desprecio.
Que me molestaba su barbilla siempre alta, la ropa de trabajo, esa manera suya de sentarse en la última fila con medio cuerpo fuera del pupitre, dueño del sitio.
Me lo creí cuatro años. Y ahora, con la boca de Rubén en mi cuello y sus manos en mi cintura, la mentira se cae entera.
La más vieja que me contaba. Y me da hasta risa lo tonto que he sido.
— ¿De qué te ríes ahora? — murmura contra mi piel.
— De mí. De cuánto tiempo he perdido odiándote.
— Recupéralo. — Y me besa de una manera que borra los cuatro años enteros, despacio y hondo, y yo me arqueo hacia él sin decidirlo, buscando más, buscando todo.
— Marc.
— ¿Qué?
— Nada. — Me pasa el pulgar por el labio, ese pulgar con el callo—. Que me gusta cómo me miras.
No sé qué contestar a eso sin explicarme de más, así que le beso otra vez para no tener que hablar.
Y Rubén me deja, y me va bajando por el pecho, con la boca, con las manos, quitándome lo que queda de ropa despacio, sin prisa, dándome tiempo, y yo me dejo, que es lo más difícil que he hecho nunca, dejarme.
Cuando ya no queda ropa entre los dos, para. Se apoya en un codo, encima de mí, y me mira en la oscuridad.
— ¿Bien? — dice.
— Bien.
— Si en algún momento no...
— Rubén. — Le agarro de la nuca—. Cállate y ven.
Y viene.
Lo que pasa después no lo puedo ordenar en una lista y por primera vez no quiero.
Es su boca por todas partes. Es su mano rodeándome y el jadeo que se me escapa sin permiso, un sonido que no sabía que hacía, que me da vergüenza y que a él le arranca media sonrisa contra mi piel.
Es el calor y la fricción y el olor a él, a cola y a sudor y a algo que es solo suyo, metiéndoseme dentro hasta que no sé dónde acabo yo y empieza él.
— Así — dice, ronco, cuando encuentro su ritmo con las caderas—. Joder, Marc, así.
Que diga mi nombre así me deshace más que sus manos. Me agarro a sus hombros. Le busco la boca a ciegas. Y él me sujeta, con esa fuerza suya de cargar estructuras, me sujeta como si yo fuera algo que aguantar de pie, y yo, que nunca he dejado que nadie me sujete, me dejo sujetar.
Rubén no tiene prisa. Es lo que más me descoloca.
En mi cabeza esto siempre había sido una carrera, un examen, algo que hacer bien y rápido para que el otro no viera las costuras.
Y él para. Me mira en la oscuridad, me aparta el pelo de la frente, me pregunta con la voz ronca si voy bien, y espera la respuesta de verdad, no la de cortesía.
Me trata como se trata algo que se quiere conservar, no algo que se usa.
Y yo no sabía que me pudieran tratar así.
No lo sabía, y ahora que lo sé no voy a poder olvidarlo, y eso, en mitad de todo, me asusta más que el propio vértigo.
Hay un momento en que me detengo. No de miedo. De vértigo. Rubén lo nota, para conmigo, la frente contra la mía, la respiración de los dos hecha polvo en el aire negro del cuarto.
— Eh — dice, bajito—. Estoy aquí. No pasa nada.
— Es que no sé... — La voz me sale rota, y odio que me salga rota, y por una vez no puedo evitarlo—. No sé estar así. Sin controlar nada. Estoy hecho un desastre, Rubén. Me estás viendo hecho un desastre.
Y esa es la frase. La que llevo escondiendo toda la vida.
Si me ven roto, sin plan, sin nada presentable, dejo de valer.
Es lo que aprendí en mi casa. Es lo que me hizo inventarme un novio para que no me miraran con lástima.
Es el miedo entero, dicho en voz alta, desnudo, en la cama de un chico de Benicalap.
Rubén se queda quieto. Me coge la cara con las dos manos.
— Ya lo sé — dice—. Te estoy viendo hecho un desastre. — Me besa, despacio, en la boca, en la mandíbula, en el sitio donde tengo el pulso disparado—. Y no se me ocurre nada que me guste más.
Se me llenan los ojos y menos mal que está oscuro. Le agarro. Le beso con todo. Y le dejo entrar, del todo, dejo entrar a Rubén Sanchis en el único sitio de mí que no había abierto para nadie, y no le abro el cuerpo, le abro el desastre entero, y él me tiene, y me mueve, y me deshace despacio.
Lo que viene después no tiene palabras que le hagan justicia y no voy a intentar ordenarlo.
Es él y yo. Es su nombre en mi boca y el mío en la suya.
Es la cama vieja crujiendo y las guirnaldas de Fallas colgando fuera esperando arder y aquí dentro algo que se enciende y no se apaga.
Es dejarme caer, por fin, sin red, sin lista, sin saber cómo acaba, confiando en que él me sujeta.
Y me sujeta.
Cuando termina, cuando terminamos, me quedo boca arriba, mirando la humedad de la esquina del techo, con la respiración rota de haber corrido una carrera que no he corrido.
El cuerpo deshecho de la mejor manera. La cabeza, por primera vez en años, en un silencio limpio.
Rubén se deja caer a mi lado. Nuestros brazos se tocan. Fuera pasa una moto y se aleja.
No tengo ninguna lista. Es lo que noto en ese silencio, tumbado en una cama que huele a él en un bajo de Benicalap.
Ni una. Ninguna previsión, ningún plan de mañana, ninguna cuenta de lo que puede salir mal.
Solo el techo con la humedad y el pecho de Rubén subiendo y bajando a mi lado y una paz que no reconozco porque no la había tenido nunca.
Y pienso, sin querer pensarlo, que a esto se referirá la gente cuando habla de estar bien.
Que llevo veintidós años sin saber lo que era y he tardado media hora en aprenderlo con la última persona del mundo con la que debería.
Me giro a mirarle. En la penumbra le distingo el perfil, la nariz un poco torcida de un balonazo de crío que me contó una vez sin darle importancia, la barbilla que ahora no tiene alta, que tiene ladeada hacia mí.
Y tengo unas ganas de decirle algo enormes, algo verdadero, y me da tanto miedo que me quedo callado.
— Bueno — dice, después de un rato, con la voz perezosa—. Ya está. Ya nos lo hemos quitado de encima.
— Sí — digo—. Ya está.
Los dos sabemos que es la mentira más grande de la noche.
Nos reímos, bajito, en la oscuridad. Rubén se gira de lado, hacia mí, y me pone una mano en el pecho, encima del corazón, que todavía me va rápido. Se me queda mirando. Y en su cara, en la penumbra, hay algo tan abierto, tan sin escudo, que me da miedo.
— No ha sido para quitárnoslo de encima — dice.
No lo pregunta. Lo dice. Y lo dice con la cabeza gacha, él, que no la agacha ante nadie, la barbilla ladeada hacia mí, entregada.
— ¿Verdad, Marc? No ha sido eso.
Y ahí está el momento. El de decir la verdad.
La tengo entera en la boca: no, no ha sido eso, ha sido que me gustas desde hace más tiempo del que reconozco, que no quiero cobrarte nada ni que me cobres nada, que llevo el muñeco en el bolsillo porque no soporto la idea de que ardas, que esto es lo más real que me ha pasado.
Y entonces, en la mesilla, la pantalla de mi móvil se enciende sola con un mensaje y me ilumina la cara, y por instinto giro la cabeza a mirar, y lo veo antes de poder evitarlo.
Banco. Transferencia programada. 1.500 €. Beneficiario: R. Sanchis Moll. Se ejecutará en 3 días.
El pago. El del trato. Programado desde el primer día, ordenado, como ordeno yo todo, para no tener que acordarme de hacerlo. Mil quinientos euros a la cuenta de Rubén, dentro de tres días, por hacer de mi novio.
Y encima, debajo de eso, lo que él no sabe: los tres mil de la deuda del taller que mi padre está a punto de mover por un hilo que yo le tiré en secreto. La caridad. La lástima con lazo que Rubén odia más que nada en el mundo.
Se me hiela todo.
Rubén sigue mirándome. Esperando que le conteste.
Que le diga que no ha sido para quitárnoslo de encima.
Y yo, que hace un minuto estaba deshecho y abierto y sin escudo, siento cómo el escudo vuelve a montarse solo, plancha a plancha, porque acabo de acordarme de que le estoy pagando, de que le estoy comprando el taller a sus espaldas, de que todo lo que hay entre los dos tiene, debajo, una factura que él no ha visto.
Y no puedo decirle la verdad. Porque la verdad ahora incluye el dinero, y el dinero lo va a estropear todo, y prefiero mentir a verle la cara cuando descubra lo que hay debajo.
— Ha sido lo que teníamos que hacer — digo, y la voz me sale plana, controlada, la de siempre—. Nos lo hemos quitado de encima. Como dijimos.
Noto cómo Rubén se queda quieto. Cómo aparta despacio la mano de mi pecho. Cómo la barbilla vuelve a subírsele, milímetro a milímetro, el escudo de él montándose a la vez que el mío.
— Ya — dice—. Claro. Lo que teníamos que hacer.
Se gira boca arriba. Ahora hay treinta centímetros de sábana fría entre los dos que hace un minuto no estaban. El móvil se apaga solo y el cuarto vuelve a la oscuridad, pero ya es otra oscuridad, no la de antes.
— Deberías irte antes de que llegue mi padre — dice Rubén al techo.
— Sí.
Me visto en silencio. Doblo la ropa por costumbre. Cojo las gafas de la mesilla, y al lado de las gafas está el muñeco, el Marc de cartón con su cara de tonto, mirándome, y no me atrevo a cogerlo delante de él, así que lo dejo ahí.
En la puerta del cuarto me giro. Rubén sigue tumbado, un brazo sobre los ojos, sin mirarme.
— Rubén.
— Hasta mañana, Císcar.
Císcar. Otra vez. El apellido de oficio, la distancia, el escudo.
Salgo de su casa cálida a la calle fría, con las guirnaldas colgando sobre mi cabeza esperando arder, y me meto en el coche, y no arranco.
Me quedo con las manos en el volante, la vendada y la que tiembla, y por primera vez desde que aprendí a hacer listas no tengo ni idea de cómo arreglar lo que acabo de romper.
Porque lo he tenido. Lo he tenido entero, abierto, diciéndome que le gusto de verdad.
Y he vuelto a hacer lo único que sé hacer: he preferido el control a la verdad.