Lo que no arde Capítulo 14
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Capítulo 14

Diez minutos en coche y no decimos nada.

Marc conduce con la mano vendada apoyada floja en el volante y la buena cambiando de marcha, y yo miro por la ventanilla las calles de Benicalap que me sé de memoria, los bares cerrando, las guirnaldas de Fallas ya colgadas de balcón a balcón, esperando el fuego.

En un semáforo le miro de reojo. Tiene la mandíbula apretada y los nudillos blancos.

Está tan nervioso como yo y por algún motivo eso me tranquiliza.

— Puedes cambiar de idea — digo, mirando al frente—. En cualquier momento. Paras el coche y me llevas a casa y mañana hacemos como que no ha pasado.

— ¿Quieres que pare el coche?

— No.

— Pues no lo pares tú tampoco. — Marc cambia de marcha, y su mano vuelve al volante rozándome la rodilla sin querer, o queriendo, ya no sé—. Yo tampoco me voy a echar atrás, Rubén. Aunque debería. En teoría debería.

— En teoría.

— Es lo único que tengo esta noche. La teoría de lo que debería hacer. Y la estoy ignorando.

No contesto. No hace falta. En este coche que huele a nuevo, a coche de familia con dinero, con el salpicadero limpio y sin una miga, los dos estamos ignorando la teoría a la vez, y eso es lo más honesto que hemos hecho en cuatro años.

— Es la de la persiana verde — digo cuando llegamos a mi calle—. Aparca donde puedas.

Aparca fatal, medio subido al bordillo, él, que lo hace todo perfecto. Ni se lo digo.

Mi casa es un bajo. Dos habitaciones, cocina pequeña, un comedor con la mesa donde comemos, donde estudio, donde mi padre se echa la siesta en el sofá.

Huele a lo que huele mi casa: a guiso de mediodía, a la colonia de mi padre, a serrín que se nos mete hasta en la ropa de estar por casa.

En la pared, fotos. Mi madre, que ya no está.

Vera de pequeña disfrazada de fallera. Mi padre y yo delante de una falla de hace diez años, yo con doce y una sonrisa de me falta un diente.

Marc entra detrás de mí y se para en el recibidor, mirándolo todo.

Y yo veo mi casa con sus ojos: pequeña, humilde, con la humedad en una esquina del techo que no hay dinero para arreglar, tan lejos del piso señorial del Eixample que casi me entra la vergüenza vieja, la de crío, la de cuando venían los del dinero y miraban así.

— Ya sé que no es lo tuyo — digo, seco, adelantándome al golpe—. Aquí no hay esquinas de hospital ni lápices por altura.

Marc se gira hacia mí. Y no hay ni rastro de lo que me temía. No mira la humedad ni el sofá viejo ni lo pequeño que es todo.

— Es cálida — dice.

— ¿Qué?

— Tu casa. — Se acerca a la pared de las fotos, mira la de la fallera, la mía con doce años—. Es cálida. La mía no lo es. La mía es perfecta y no hay una sola foto donde salga nadie riéndose. — Se sube las gafas—. Perdona. Me estoy explicando de más.

— Como siempre.

— Como siempre.

Se queda un rato delante de las fotos. Más de lo que esperaba. Se para en la de mi madre, la del marco de madera que talló mi padre, ella riéndose con la boca abierta en una verbena de hace quince años.

— ¿Es tu madre?

— Era. — Cojo aire—. Murió cuando yo tenía diez. Vera casi no se acuerda de ella. Yo sí.

Marc no dice lo que dice todo el mundo. No dice cuánto lo siento, ni pone la cara de pena esa que pone la gente. Se queda mirando la foto, con esa atención suya, la de leer un plano, y al rato dice:

— Se le ve que era de las que llenan una habitación.

Y con eso, con esa frase, este pijo del Eixample acaba de decir de mi madre muerta más verdad de la que dice mi familia en las comidas de Navidad. Se me hace un nudo raro. Me giro para que no me lo vea en la cara.

— Lo era — digo—. Mi padre no ha vuelto a ser el mismo. Por eso lo del corazón me da tanto... — Me callo. Estoy rompiendo la norma tres a lo bestia, contándole cosas de verdad—. Da igual. Ven.

Y se me pasa la vergüenza de golpe, porque este tío acaba de entrar en mi casa de currantes y lo primero que ha dicho es que es cálida, con envidia, con envidia de verdad, él que lo tiene todo.

Y algo se me afloja en el pecho, un nudo de años, el que me decía que para los Císcar yo soy siempre el de abajo.

— Ven — repito, y le llevo a mi habitación.

Mi cuarto es lo que es. La cama, una estantería con las figuritas que tallo, el escritorio con los apuntes de estructuras, un póster de una falla premiada del setenta.

Marc lo mira todo con esa atención suya de leer cada objeto igual que un plano, y coge una de mis figuritas de la estantería, un ninot pequeño de un pescador.

— Estos los haces tú.

— Cuando me pongo nervioso. — Cierro la puerta—. Tallo. En vez de hacer listas, como tú.

— Cada uno tiene lo suyo. — Le da la vuelta al pescador con cuidado, mirándole la base, los pliegues del jersey diminuto—. Está muy bien hecho. En serio. Tienes las manos de tu padre.

— No se lo digas a él. Se le sube.

— Se lo voy a decir el primer día que me deje. — Deja el pescador en su sitio, exacto, donde estaba, y ese gesto suyo de dejar cada cosa en su sitio me hace algo por dentro que no confieso ni bajo tortura.

Y luego se queda quieto en medio de mi cuarto, con la mano vendada, sin saber qué hacer con el cuerpo, y por primera vez en toda la noche a mí me da la risa.

— ¿De qué te ríes? — dice, y ya se está poniendo a la defensiva.

— De ti. Tienes cara de estar a punto de entregar un proyecto. — Me acerco—. Relájate, Marc. No es un examen.

— Es que... — Coge aire. Y suelta lo que lleva callando desde la nave, lo noto—. No sé hacer esto sin plan. Necesito saber cómo va a ir. Necesito... controlarlo. Y contigo no puedo controlar nada. Llevo semanas sin poder controlar nada y me aterra.

Ahí está. La cosa de verdad, la de debajo de las camisas planchadas. El niño al que en su casa solo querían cuando lo tenía todo resuelto, cuando quedaba bien, cuando no daba la nota. Y ahora está en un bajo de Benicalap sin lista, sin guion, sin nada que enseñar, y le tiembla un poco la voz.

— ¿Y en casa qué pasa si no controlas? — pregunto—. ¿Qué te hacen?

— Nada. Ese es el problema. — Marc se ríe sin ganas—. No te hacen nada. Simplemente te miran distinto. Con lástima. Como a un jarrón que se ha rajado y que hay que seguir poniendo en el salón porque queda mal tirarlo. — Se sube las gafas—. Prefiero que me griten.

— En mi casa te habrían gritado. Y luego te habrían dado de cenar y un abrazo.

— Ya. — Me mira—. Por eso es cálida.

Le pongo la mano en la mandíbula. Le levanto la cara.

— Pues aquí no hay jarrones — digo—. Aquí te puedes rajar. No pasa nada.

— No sé cómo.

— Yo te enseño. — Y le beso.

Despacio, esta vez. No como en la nave, que fue todo hambre y rabia.

Despacio, para que se entere de que no hay prisa, de que nadie le va a evaluar, de que aquí no tiene que quedar bien.

Marc tarda un segundo en soltarse, un segundo en dejar de pensar, y luego se suelta, y me devuelve el beso con una entrega que me desarma, agarrándome de la camiseta con la mano buena, como en la nave, con los nudillos blancos de apretar.

Le voy quitando cosas. El abrigo, con cuidado de la mano herida. Algo cae del bolsillo al suelo, un golpe pequeño, y los dos miramos.

Es el ninot. El Marc de cartón que le tallé. Lo lleva encima. Lleva días llevándolo encima.

— ¿Esto? — digo.

— Cállate.

— Llevas mi muñeco en el bolsillo.

— Que te calles, Sanchis. — Está rojo hasta las orejas, el arquitecto—. Lo cogí y se me olvidó sacarlo, ya está.

— Ya. — Lo recojo del suelo. Le pongo de pie en la mesilla, mirándonos, con su carita de estreñido—. Pues que mire.

— Eres un capullo.

— Y tú llevas dos semanas con mi muñeco en el bolsillo. — Vuelvo a besarle, sonriendo contra su boca—. Un muñeco que hice para quemarlo. Y lo llevas encima del corazón. Explícame esa lógica de arquitecto.

— No hay lógica. — Lo dice bajito, rendido, contra mi boca—. Esa es la novedad. Que no hay ninguna lógica y aquí sigo.

Y eso me desarma más que cualquier cosa que pudiera haberme dicho.

Nos reímos los dos, y la risa afloja lo último que quedaba tenso, el miedo, la vergüenza, los cuatro años de odio.

La camisa de Marc cae en la silla, doblada por él por costumbre, y yo me río otra vez de que doble la camisa hasta ahora, y él me manda callar otra vez, y le beso el cuello, el hombro, la clavícula, y noto cómo deja de doblar cosas y empieza a dejarse ir.

Le tumbo en mi cama, la de siempre, la que huele a mí, y le miro desde arriba.

Marc Císcar en mi cama de Benicalap, con el pelo revuelto por primera vez desde que le conozco, sin gafas, que se las he quitado yo y las he dejado en la mesilla al lado del muñeco.

Las manos me tiemblan un poco. No de nervios de novato.

De otra cosa. De que esto importa, y de que me da un miedo de muerte que importe.

Porque aquí está lo que llevo toda la noche sin decirme.

Que un Sanchis en la cama con un Císcar que le está pagando mil quinientos euros no es cualquier cosa.

Que si dejo que esto pase, mañana el dinero va a estar ahí, entre los dos, ensuciándolo.

Que aceptar algo de él —esto, lo que sea esto— es lo que me juré no hacer nunca, no deberle nada a nadie, no ponerme en manos de quien tiene más.

Y a la vez, mirándole así, despeinado y sin gafas y sin plan, no me parece que tenga más que yo. Me parece que tiene menos. Que este tío que lo tiene todo no tiene lo único que sí tengo yo, que es una casa cálida y un padre que me quiere sin condiciones y unas manos que saben hacer cosas.

— Rubén. — Marc me mira desde abajo, y me acaba de llamar por mi nombre otra vez, y ya van demasiadas veces esta noche—. ¿En qué piensas?

— En que esto es una idea malísima.

— Ya lo sé.

— La peor que hemos tenido.

— Ya lo sé. — Levanta la mano buena, me la pone en la cara, me pasa el pulgar por el pómulo con una suavidad que no le pega a un Císcar—. ¿Quieres parar?

Y ahí está la pregunta. La de verdad. No la del cuerpo, que eso lo tenemos los dos clarísimo. La otra. La de si estoy dispuesto a dejar que este tío me importe sabiendo que puede hacerme pequeño como me hicieron pequeño de crío.

Le miro. El pelo revuelto. La venda que le puse yo. El muñeco en la mesilla. La respiración cortada esperando mi respuesta. Y por debajo de todo el miedo hay una cosa que no había sentido nunca así, que es querer quedarme. No irme. No blindarme. Quedarme.

— No — digo—. No quiero parar. — Me paso el pulgar por el callo, despacio, para agarrarme a algo mío—. ¿Y tú? Y esta vez piénsalo de verdad, Marc, no me digas que sí para quedar bien, que te conozco. Si dices que sí es porque tú quieres. No porque toque, ni por el trato, ni por nada. ¿Seguro?

Marc me mira. Y por una vez no contesta rápido. Se lo piensa, de verdad, sin lista, sin plan, con los ojos oscuros y la mano en mi cara.

— Nunca he estado tan seguro de nada sin tenerlo planeado antes — dice—. Y eso me da un miedo horrible. Pero sí. Seguro.

— Vale.

— Vale.

Le beso otra vez. Y esta vez ya no hay marcha atrás, ni norma, ni cartón, ni galería, ni mil quinientos euros. Solo mi cuarto, mi cama, el frío de marzo fuera y el calor aquí dentro, y Marc Císcar dejándose ir por primera vez en su vida entre mis manos llenas de callos.

Apago la lámpara.

En la oscuridad, lo último que veo es el muñeco de la mesilla, con su cara de tonto, mirándonos.