Lo que no arde Capítulo 13
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Capítulo 13

Llevo dos días haciendo listas de motivos para no volver al taller y ninguna me convence.

Motivo uno: la falla la terminan sin mí. Falso, van fatal de tiempo. Motivo dos: la mano necesita reposo. Cierto, pero me la puedo curar solo. Motivo tres: si vuelvo, va a pasar algo que rompe tres normas de golpe y no voy a poder deshacerlo. Ese es el bueno. Ese es el único de verdad.

Y aquí estoy, el viernes a las ocho de la tarde, aparcando en Benicalap, con la mano vendada al volante y el ninot con mi cara en el bolsillo del abrigo, porque llevo dos días sin sacarlo de ahí como un adolescente con un cromo.

La nave tiene la puerta entornada. Dentro, Rubén trabaja solo otra vez, y en cuanto me oye entrar se pone tenso de espaldas, los hombros de cargar madera subiéndosele hacia las orejas.

— No hacía falta que vinieras — dice sin girarse.

— Ya. Me lo dices siempre.

— Y nunca me haces caso.

— Nunca me lo dices en serio.

Eso le hace girarse. Tiene el cúter en la mano y una cara que no le había visto, entre el enfado y otra cosa que no sé leer todavía.

— ¿Perdona?

— Que si de verdad no quisieras que viniera, no me mandarías un mensaje a las cuatro diciéndome que el corcho llegó tarde.

— Dejo la mochila en el banco de Ximo, muy despacio, muy ordenado, porque cuando pierdo el control ordeno cosas—.

Me estás dando información para que venga y luego te enfadas de que venga. Elige.

Rubén suelta el cúter en la mesa con un golpe seco.

— No me vengas con lógica de arquitecto, Císcar.

— Es que es lógica. Es coherencia básica. O quieres que esté aquí o no lo quieres, no puede ser las dos cosas.

— La vida no es un plano. No todo cuadra.

— Conmigo cuadra. — Doy un paso hacia la falla, hacia él—. Yo hago que las cosas cuadren. Es lo que hago. Vine porque me dijiste que vas tarde y es verdad que vas tarde y puedo ayudar, y en vez de darme las gracias te pones así, tenso, como el otro día en el andamio, cuando...

Me callo. He llegado al borde y he frenado, igual que hizo él.

— Cuando qué — dice Rubén, muy bajo.

— Nada.

— No. Dilo. — Se acerca. Ahora está a un metro, con el pecho subiéndole rápido, y la nave entera parece haberse encogido a este metro de aire—. Cuando qué, Marc.

— Cuando casi me besas y te echaste atrás.

Sale. Sale entero, la frase que llevo dos días tragándome, y en cuanto sale me arrepiento y a la vez siento un alivio que me marea, como cuando aflojas un tornillo pasado de rosca.

Rubén se queda muy quieto. Se pasa el pulgar por el callo, una vez, dos.

— No te iba a besar.

— Rubén.

— Que no.

— Te inclinaste. Te vi. Estabas a dos centímetros y luego miraste el cartón de las normas y te echaste atrás.

Lo vi todo. — La voz se me está subiendo y no la puedo bajar—.

Y llevo dos días haciendo listas de por qué no debería volver aquí, y he venido igual, porque soy incapaz de no venir, ¿vale? Eso es lo que pasa. Que soy incapaz.

— Pues no vengas.

— No puedo.

— ¡Pues aprende!

Lo grita, y el grito rebota en el techo de chapa y se muere entre los ninots tumbados. Nos quedamos los dos respirando fuerte, a un metro, en una nave que huele a cola y a viernes por la noche.

— Esto era un trato — dice Rubén, más bajo, casi para sí mismo—. Un paripé. Firmamos unas normas. La uno dice que esto no es real. Y tú vienes aquí con tu mano rota y tu cara de pena y me lo estás poniendo imposible.

— ¿Yo te lo estoy poniendo imposible? Tú me tallas un muñeco con mi cara y me lo regalas como si eso fuera normal.

— ¡Para quemarlo!

— ¡Nadie talla durante dos semanas la cara de alguien que quiere quemar!

Eso le calla. Se le abre algo en la cara, una grieta, y por un segundo veo debajo del enfado exactamente lo mismo que tengo yo: miedo. Miedo del bueno. Del que da cuando algo importa de verdad.

— Odio que tengas razón — dice Rubén.

— Yo odio muchas cosas de ti y ninguna es que tengas razón.

— Ah, ¿sí? Enuméramelas, que se te da bien hacer listas.

— Odio que me llames arquitecto para no llamarme Marc.

— Doy otro paso. Ya no hay metro. Hay medio—.

Odio que seas amable con todo el mundo menos conmigo.

Odio que el otro día me curaras la mano con esa delicadeza y luego me echaras de tu taller como a un perro.

Odio que te frenes. Odio que en primero pensaras que te quité la plaza por mi apellido, cuando nadie llamó a nadie por mí, Rubén, entré por la nota del examen y ya está, y nunca me dejaste explicártelo.

Eso último lo suelto sin querer, y le veo encajarlo, la plaza, la herida de cuatro años, el origen de todo este odio que resulta que no era odio.

— ¿Por la nota?

— Por la nota. — Aparto la mirada—. Lo pedí como todos, sin que mi padre moviera un dedo, y entré por el examen.

Ni siquiera sabía quién eras entonces, ni que hubiera alguien que se quedaba fuera por un puesto.

Y cuando me enteré de que pensabas que te la había robado por el apellido, ya me odiabas tanto que no me dejaste explicártelo.

— Eso lo dices tú ahora. — A Rubén se le sube la barbilla, el reflejo viejo—. Cuatro años pensando una cosa no se caen en un minuto.

— Bienvenido al club. Yo llevo cuatro años dejando que me odies porque era más fácil que aguantar cómo me mirabas. — Cojo aire—. Da igual eso ahora.

— No da igual.

— Sí da igual, porque lo que estoy intentando decirte es otra cosa y no me sale, ¿vale? No me sale porque no lo tengo en ninguna lista y yo sin lista no sé hablar.

Rubén me mira. Y algo cambia en cómo me mira. Se le baja la barbilla, esa barbilla que siempre lleva alta, orgullo de no agachar la cabeza ante nadie, y por primera vez desde que le conozco la baja un poco, hacia mí.

— Pues sin lista — dice—. Dímelo sin lista.

Y ahí estoy. En el sitio que más miedo me da del mundo, que es no tener un plan. Sin guion, sin puntos ordenados, sin nada que enseñar, en una nave de Benicalap con la mano rota y un muñeco con mi cara en el bolsillo, delante del único tío al que llevo cuatro años fingiendo que odio.

— Me gustas — digo.

La palabra cae y no hay martillo ni cúter ni goteo de grifo que la tape. Cae limpia en el silencio.

— Me gustas y no es parte del trato y no lo tenía previsto y me está volviendo loco. No es la boda. No es Gonzalo. No es la galería. Eres tú, aquí, con serrín en las manos, gritándome. Me gustas tú.

Rubén no dice nada. Y el silencio dura tanto que empiezo a hacer, mentalmente, la lista de cómo voy a salir de aquí con la menor humillación posible, recoger la mochila, disculparme, conducir a casa, no volver nunca.

— A mí también — dice.

Levanto la vista.

— ¿Qué?

— Que a mí también, collons. — Se pasa la mano por el pelo, exasperado, exasperado consigo mismo—.

¿Te crees que tallo la cara de cualquiera?

Llevo dos semanas hecho un desastre. Apareciste en mi taller con tu chaqueta de trescientos euros y tu cara de asco y tus manos perfectas y ahora tienes las manos hechas polvo por mi culpa y no puedo parar de mirarte y me da una rabia que no veas.

— ¿Rabia?

— Rabia. — Se acerca, medio paso, el que faltaba—. Porque tú y yo somos lo contrario, Marc. Tú eres el Eixample y yo soy Benicalap. Tú construyes para cien años y yo hago cosas para quemar. Esto no puede salir bien. De manual, esto acaba fatal.

— Ya lo sé.

— Y me da igual. — Lo dice bajísimo, casi con asco de sí mismo por decirlo—. Ahora mismo me da exactamente igual.

Y lo peor, o lo mejor, es que le creo. Que sé que dice la verdad, porque le he visto tallar mi cara durante dos semanas y le he visto curarme la mano y le he visto frenar en el andamio por miedo, y todo eso, junto, no lo hace alguien a quien le das igual.

Rubén Sanchis no es de fingir. Es lo contrario de mí.

Él odia a cara descubierta y quiere a cara descubierta, y ahora mismo tengo delante las dos cosas, y me tiemblan las rodillas como no me temblaban desde el instituto.

— ¿Y ahora qué hacemos con esto? — pregunto, y la voz me sale más pequeña de lo que quiero.

— No lo sé. — Rubén se ríe, sin ganas, pasándose la mano por el pelo—. Tú eres el de los planes. Haz un plan.

— No tengo. Por primera vez en mi vida no tengo ninguno. — Y decirlo en voz alta me da un vértigo que casi es placer—. Es lo más aterrador que me ha pasado nunca.

— Bienvenido a mi mundo, arquitecto. Aquí improvisamos.

Estamos tan cerca que le noto el calor, el olor a cola y a sudor de trabajo, la respiración cortada. Y la parte de mí que hace listas, que planifica, que controla, que necesita saber cómo termina todo antes de empezarlo, esa parte, por una vez en mi vida, se calla.

— Podríamos — empiezo, y me sale la voz de negociador, la última defensa, el último plan—. Podríamos hacerlo una vez. Para quitárnoslo de encima. Solo... resolverlo. Físicamente. Y ya. Y seguimos con el trato como si nada.

Es la mentira más grande que he dicho nunca, y sé que es mentira, y sé que él sabe que es mentira, y aun así la digo porque necesito un marco, una norma nueva, algo que me deje hacer esto sin admitir lo que significa.

Rubén me mira. Un rato largo, callado, con esos ojos suyos que le encuentran la veta a la madera antes de tocarla.

— Una vez — repite.

— Una vez. Para quitárnoslo de encima.

— Vale. — Y sonríe, media sonrisa, la que le desarma la cara—. Mentiroso.

— Igual que tú.

— Igual que yo.

No sé quién se mueve primero. Creo que los dos. Le agarro de la camiseta con la mano buena, él me coge de la nuca con esos dedos anchos, y entre el banco de su padre y la falla a medio hacer, en una nave que huele a serrín, nos besamos.

Y no es como en la boda.

En la boda hubo público, hubo medida, hubo un plan.

Aquí no hay nada. Aquí Rubén me besa como si llevara dos semanas queriéndolo y no lo hubiera sabido hasta ahora, con hambre, con un ruido bajo en la garganta que me atraviesa entero, y yo dejo de contar, dejo de planear, dejo de subirme las gafas y de ordenar los lápices y de vigilar cómo quedo.

Le beso yo también. Sin galería. Sin norma que lo cubra.

La norma uno arde en algún sitio dentro de mi cabeza, esto no es real, y por primera vez la dejo arder.

Rubén se separa un centímetro, la frente contra la mía, la respiración hecha polvo.

— Aquí no — dice, ronco—. Mi padre puede volver a por las llaves. Y esto... — coge aire, apoya la frente en la mía otra vez—. Esto no quiero hacerlo entre serrín y prisas.

— ¿Entonces?

— Mi casa está a diez minutos. — Me mira, y en sus ojos ya no hay ni rastro de arquitecto ni de Císcar ni de distancia—. Está vacía. Vera duerme en casa de una amiga y mi padre no vuelve hasta mañana.

Cojo aire. El corazón me va a mil y la mano me escuece y tengo un muñeco con mi cara en el bolsillo y acabo de tirar cuatro años de odio y tres normas por la ventana en cinco minutos.

Debería tener miedo. Tengo el reflejo de buscar el móvil, de abrir las notas, de escribir una lista que ponga orden en esto: pros, contras, qué pasa mañana, qué pasa después de Fallas, qué pasa cuando esto se acabe y tengamos que volver a clase y sentarnos a dos filas de distancia.

Todo lo que puede salir mal. Y hay mucho que puede salir mal.

Empezando por lo que él no sabe, lo del taller, lo que moví con mi padre, lo que llevo dentro como una piedra.

Pero no saco el móvil. Le miro a él, a Rubén, con la luz de trabajo apagándosele detrás y la puerta de la nave abierta al frío, y por primera vez en mi vida decido no saber cómo acaba algo antes de empezarlo.

— Vale — digo.

Y por una vez, no hago ninguna lista de lo que puede salir mal.

Rubén apaga la luz de trabajo. Coge las llaves. Y en la puerta de la nave, con el frío de marzo y todo Benicalap a oscuras, me tiende la mano.

La mano llena de callos, con restos de cola, la que me curó la herida.

Se la cojo.