Lo que no arde Capítulo 12
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Capítulo 12

Faltan seis días para la plantà y la falla parece un esqueleto al que le falta la mitad de la carne.

Lo pienso a las once de la noche, con el cuello agarrotado de mirar hacia arriba, contando lo que queda: vestir el segundo cuerpo, rematar el remate, pintar las escenas de abajo, montar los ninots grandes que todavía están tumbados en el suelo como muertos esperando su turno.

Seis días. Con mi padre a media máquina porque el médico le ha dicho que nada de esfuerzos, con Nando que aparece cuando le da la gana, y con una cuenta de tres mil euros que el proveedor no me perdona por mucho que le ponga ojitos.

Y con Marc Císcar subido a mi andamio a las once de la noche de un miércoles, cuando cualquier persona con su vida debería estar en su piso del Eixample durmiendo entre sábanas que huelen a suavizante caro.

— Deberías irte a casa — le digo, por decir algo, porque llevamos hora y media sin hablar y el silencio se ha puesto raro.

— Deberías dejar de decirme que me vaya a casa — responde Marc desde arriba, sin girarse—. Es la tercera vez.

— Cuarta.

— Tercera. La de las nueve no cuenta, esa fue para picarme.

Tiene razón y me fastidia que la tenga. Lleva la cuenta de todo, este tío.

De las veces que le digo que se vaya, de los tornillos que quedan en la caja, de los minutos.

Es agotador y a la vez es la primera persona en años que aparece a las once de la noche a arrimar el hombro sin que se lo pague nadie.

Bueno. A este sí le pago. En teoría. Mil quinientos euros por hacer de novio y aguantar a mi familia.

Pero eso era por la boda, y la boda pasó, y aquí sigue, con serrín en el pelo de peluquería y una tirita de ayer en el pulgar, sujetándome una plancha de corcho a las tantas sin que nadie le obligue.

La nave de noche es otra cosa. De día está Nando dando voces, mi padre gruñendo instrucciones, la radio, los del casal entrando a por herramientas.

De noche solo estamos la falla y yo. Y ahora, este último mes, la falla, yo y Marc Císcar.

El generador zumba bajo. El frío se cuela por la chapa.

Huele a cola caliente y a la cera de las figuras.

Y por encima de todo, el reloj: seis días, tres mil euros que no tengo, un remate a medio hacer y un padre al que el médico ha prohibido subir andamios justo cuando más manos hacen falta.

Debería agobiarme. Y me agobia. Pero hay una cosa nueva que le quita filo al agobio, y es que no estoy solo levantando esto.

Por primera vez en cinco años no estoy solo a las once de la noche mirando hacia arriba a una falla que no llega.

Y me da rabia lo mucho que me alivia, porque el alivio lleva un nombre y ese nombre es un Císcar.

No me apetece pensar en por qué. Cojo el cúter y me pongo a recortar el perfil de una nube.

— Pásame esa de ahí — le digo, señalando con la barbilla la plancha grande apoyada en la pared.

Marc baja del andamio. La coge. Pesa más de lo que parece y le veo doblar las rodillas para levantarla como le enseñé el primer día, no de espaldas, guardando la columna, y algo tonto se me remueve al ver que se acuerda.

La sube. La sujeta contra el marco mientras yo empiezo a cortar la unión, el cúter resbalando por el corcho, hoja nueva, corte limpio. Marc aguanta el peso con las dos manos, los brazos temblándole un poco del esfuerzo, esos brazos que no han cargado nada más pesado que un portátil en toda su vida.

— Aguanta firme — digo—. Como se mueva, el corte se va.

— Está firme.

No estaba firme. La plancha resbala medio dedo, yo corrijo la mano por instinto, el cúter salta de la ranura y me llevo por delante mi propia intención de no hacerme daño.

Solo que no me lo hago yo.

Marc suelta un ruido corto, seco, y aparta la mano de golpe. La plancha se ladea. La cojo yo antes de que caiga, la apoyo en el suelo de cualquier manera, y cuando me giro Marc está mirándose la palma de la mano izquierda con una cara de no entender nada.

Un corte. En la base de los dedos, cruzándole la palma, de esos que primero son una línea blanca y a los dos segundos se llenan.

— Collons, Marc. — Le agarro la muñeca—. ¿Estás tonto? ¿Por qué has metido la mano?

— Se caía. — Lo dice pálido, mirándose la sangre gotear en el serrín, puntos rojos en el suelo blanco—. Se iba a estropear el corte.

— Me da igual el corte. — Y es verdad, me da exactamente igual el corte del corcho, que es lo más raro que he pensado en toda la noche—. Ven aquí. Al grifo.

Le arrastro al fregadero del fondo, el que gotea, y le pongo la mano bajo el agua fría. Marc aprieta los dientes pero no dice nada, y verlo callado, a él, que se explica de más hasta para pedir la hora, me pone más nervioso que la sangre.

El agua se lleva el rojo y deja ver el corte de verdad. No es profundo. Largo pero no profundo, de los que sangran mucho y asustan y luego no son nada. El alivio me sale del pecho antes de que pueda pararlo.

— No necesita puntos — digo—. Pero te va a escocer una semana.

— Vale.

— ¿Vale? — Le miro—. ¿Ya está? ¿No me vas a hacer una lista de los pasos para curarlo?

Media sonrisa. Ahí está.

— Antiséptico, presión, apósito, elevar la mano por encima del corazón. — Recita mirándome, y me doy cuenta de que lo hace para picarme, para que me ría, y lo peor es que casi lo consigue—. ¿Tienes botiquín o esto también va contra el reglamento del taller?

Tengo botiquín. Lo saco del armario de las pinturas, le siento en el taburete de mi padre, y le cojo la mano herida entre las mías para curársela. Ya van dos manos suyas que le curo en cuatro días. La astilla del domingo. El corte de hoy.

Le echo el antiséptico. Se le tensa la mandíbula pero aguanta.

Le seco con gasa, con cuidado, y le veo los dedos de cerca por primera vez con luz.

Están hechos un desastre. La uña rota del domingo.

Un callo empezando en el índice, uno de verdad, de tanto lijar.

Los nudillos con rozaduras. Manchas de pintura que no se van con agua.

Estas no son las manos que le vi el primer día en la puerta, cuando su padre le soltó lo de enséñame las manos y Marc las puso encima del banco todas orgullosas, blancas, perfectas, de niño que nunca ha tocado nada.

Estas manos ya no son de niño rico. Son de alguien que lleva dos semanas destrozándoselas en un taller de Benicalap por un tío que le llama arquitecto para no llamarle otra cosa.

Le sigo la línea del corte con la yema del dedo, con cuidado, para ver hasta dónde llega, y noto cómo contiene la respiración.

No de dolor. Le sujeto la mano un segundo más de lo que hace falta para curarla, y él me deja, y ninguno de los dos dice nada, y el grifo gotea al fondo marcando los segundos.

Tengo su mano entre las mías, esa mano de arquitecto que se ha roto por mi falla, y me sube una cosa al pecho que no es enfado ni son ganas ni es lástima.

Es algo más peligroso que todo eso junto.

Es cuidado. Ganas de cuidarle. Y a un tío como yo, que lleva media vida jurando que no necesita a nadie y que nadie le necesite a él, las ganas de cuidar a otro le dan más miedo que la sangre.

— Se te están poniendo feas — digo, poniéndole el apósito—. Las manos.

— Ya. — Se las mira—. Mi madre está horrorizada. Dice que parezco un albañil.

— Y a ti eso te encanta.

Levanta la vista. No lo esperaba, que le pillara. Se sube las gafas con la mano buena, ese gesto que hace para ganar tiempo, y por un momento tengo delante no al Marc de las camisas planchadas sino al otro, al que asoma a veces cuando cree que no le miro.

— Me gusta hacer algo con las manos que no sea firmar planos — dice bajito—. En casa nadie hace nada con las manos. Todo es de encargo. Todo lo hace otro. — Se calla. Se ha explicado de más y lo sabe—. Da igual. Termina de vendarme, anda, que quiero acabar la nube.

— No vas a acabar ninguna nube. Te vas a casa a elevar la mano por encima del corazón, que lo has dicho tú.

— No me voy hasta que no acabemos el segundo cuerpo.

— Marc. — Le aprieto el apósito más de la cuenta a propósito, y ni se queja—. Estás sangrando por mi falla. No me debes esto.

— No lo hago porque te lo deba.

Lo dice rápido, sin pensar, y luego se calla porque acaba de decir algo que rompe una de las normas, la tres, la de no contarse cosas de verdad. Nos quedamos los dos ahí, con su mano vendada entre las mías, el botiquín abierto, la nave en silencio salvo por el goteo del grifo del fondo.

— Pues no sé por qué lo haces — digo, y me sale más suave de lo que quería.

— Yo tampoco. — Marc me mira, y esta vez no aparta la vista, y a mí se me olvida por qué estaba enfadado hace un rato—. En teoría.

Le suelto la mano. Recojo el botiquín para tener las manos ocupadas, para no tenerlas quietas cerca de él. Me paso el pulgar por el callo de la palma, el mío, el de verdad, el que llevo desde los catorce.

— Sube conmigo — digo, y no sé por qué lo digo—. A ver cómo queda de arriba. Se ve distinto desde el remate.

Subimos. El andamio del segundo cuerpo está a cinco metros, y desde ahí la nave entera se ve pequeña, el suelo lleno de virutas, los ninots tumbados, la puerta cerrada con el frío de marzo pegado al metal. Solo la luz de arriba, la de trabajo, dura y blanca, cae sobre la falla y sobre nosotros.

Marc se apoya en la barandilla del andamio con la mano buena. Mira hacia abajo, hacia la escena que llevamos dos semanas montando, la comedia de siempre, políticos de cartón y sátira que arderá dentro de seis días.

— Es una locura — dice—. Meses de trabajo para quemarlo en veinte minutos.

— Ya ves tú. — Me apoyo a su lado. Estamos cerca, el andamio es estrecho—. Esa es la gracia. No lo haces para que dure. Lo haces para que arda bien.

— No lo entiendo.

— Ya lo sé. — Le miro de lado. Tiene serrín en la ceja. Tiene el apósito que le he puesto yo blanco en la mano—. Tú construyes cosas para que aguanten cien años. Yo hago cosas para que ardan una noche. Somos lo contrario.

— Sí. — Se gira hacia mí. Estamos muy cerca. Demasiado, en un andamio a cinco metros del suelo, a medianoche, con la falla temblando un poco bajo nuestro peso—. Somos lo contrario.

Y ahí está. La cosa esa que llevamos dos semanas fingiendo que no está. El aire se pone denso, se me olvida respirar bien, y Marc baja la vista a mi boca un segundo, medio segundo, el tiempo justo para que yo lo pille y para que él sepa que lo he pillado.

Podría besarle. Está aquí. La mano vendada por mí, el serrín en la ceja, los ojos oscuros y esa cara que ya no es de estreñido, que es de otra cosa, de miedo puro, del mismo miedo que tengo yo.

Me inclino. Un centímetro. Dos.

Y freno.

Porque en la pared de abajo, clavado con una chincheta, está el cartón.

Las normas. Y la primera dice esto no es real, con mi letra, y la cinco dice el dinero no se menciona jamás, y el dinero está ahí aunque no se mencione, mil quinientos euros que le hacen a este beso una trampa, porque un Sanchis no besa a un Císcar que le está pagando.

Eso no es querer. Eso es cobrar. Y yo he visto de crío lo que pasa cuando aceptas algo de quien tiene más: te lo recuerdan hasta hacerte pequeño.

Me aparto. Bajo la vista. Cojo aire.

— Se ha hecho tarde — digo, con la voz rara—. Vete a casa, Marc. En serio.

Marc parpadea. Tarda un segundo en volver de donde estaba. Y luego asiente, despacio, y algo se le apaga en la cara, una luz que estaba encendida y que le he apagado yo.

— Vale — dice—. Me voy.

Baja del andamio con cuidado, con la mano buena, y recoge su mochila y su abrigo del banco de mi padre. En la puerta se para. No se gira del todo.

— Rubén.

Es la primera vez en toda la noche que me llama por mi nombre y no arquitecto ni Sanchis. Y lo noto, claro que lo noto, porque yo hago lo mismo con él y sé lo que significa cuando a uno se le escapa el nombre de verdad.

— Qué.

— Gracias por lo de la mano.

Se va antes de que conteste. La puerta metálica se cierra con ese golpe que retumba en toda la nave.

Me quedo arriba, en el andamio, con la falla enorme al lado y el corazón haciendo cosas que no le he dado permiso para hacer. Miro el punto donde ha estado su boca. Miro el cartón de las normas, allí abajo, pequeño y clavado.

Casi. Casi le beso. Y no porque tocara, ni por la galería, ni por Gonzalo ni por su familia. Le he querido besar porque me apetecía a mí, a mí solo, a Rubén Sanchis, en una nave vacía sin nadie mirando y sin ninguna norma que lo justifique.

Eso es lo que me asusta. No el beso.

Que ya no sé de quién me estoy protegiendo con las normas. Si de él o de mí.

Me paso el pulgar por el callo, fuerte, hasta que casi duele. Y me bajo a barrer el serrín con la sangre de Marc dentro, la suya, la de sus manos que ya no son las manos de un Císcar.