Capítulo 11
La lista se titula Cosas que están controladas y tiene cuatro puntos.
El primero dice: el beso fue por Gonzalo.
El segundo: la boda salió perfecta. El tercero: Rubén cobra, yo mantengo la imagen, todos contentos.
El cuarto está a medias, con el cursor parpadeando después de los dos puntos, porque llevo veinte minutos sin saber qué escribir ahí.
Cierro las notas del móvil. Lo dejo bocabajo sobre el escritorio. A ver si así deja de existir.
Son las nueve de la mañana del domingo siguiente a la boda de Neus y todavía tengo en la yema de los dedos la tela del traje de Rubén, el sitio exacto de su nuca donde apoyé la mano cuando nos besamos delante de media familia Císcar.
Para la galería. Eso fue. Un beso de utilería, medido, con público, que cualquiera habría dado en mi lugar.
Lo que no sé explicarme es por qué me desperté a las seis repasándolo.
Mi habitación está impecable, como siempre.
Los libros por altura, los lápices por dureza, la cama hecha con esquinas de hospital.
Aquí dentro no pasa nada que yo no haya decidido que pase.
Es la única parte del mundo que funciona así, y esta mañana me da una rabia rara, casi física, que Rubén Sanchis se me haya colado hasta aquí sin permiso.
Porque el trato, en teoría, entra ahora en pausa.
Lo pactamos en el cartón, con rotulador, la letra torcida de Rubén y la mía de arquitecto.
Norma cuatro: se acaba después de Fallas.
Y la boda ya pasó, que era lo urgente, lo que me acorralaba.
Lo lógico sería enfriarlo. Vernos poco. Dejar que la cosa se apague sola hasta el 19 de marzo, cobrar él, respirar yo, y cada uno a su vida.
Lo lógico. Abro otra vez las notas y escribo una lista distinta, esta sin título, y el primer punto que me sale es: llamar a mi padre. No tiene nada que ver. O sí.
El jueves, volviendo del casal, oí a Ximo hablar por teléfono en la puerta de la nave.
No quería oírlo; hablaba bajo, con esa voz que ponen los padres cuando no quieren asustar a los hijos y asustan el doble.
Tres mil. El proveedor de la madera. Que si para el día quince, que si no me quedo sin corcho para rematar la falla.
Y luego una tos, y un silencio, y Rubén saliendo a la puerta a decirle que entrara, que hacía frío, con una suavidad que no le había oído nunca, ni conmigo ni con nadie.
Tres mil euros. Una falla que se hace para arder.
Un hombre con el corazón tocado subiendo y bajando andamios porque no hay dinero para pagar a alguien que lo haga por él.
Y yo tengo un padre que mueve tres mil euros con una llamada, que se los gasta en un fin de semana en un hotel de Formentera sin mirar la cuenta.
Es de una injusticia tan simple que hasta me parece un problema de examen. Falta un recurso aquí, sobra allá. Redistribúyase.
Cojo el teléfono antes de pensarlo más.
— Papá.
— Marc. — Al otro lado, el ruido de una cafetera cara y del periódico—. Dime.
— El estudio sigue buscando talleres para lo del stand de la feria de urbanismo, ¿no? Alguien que monte estructuras efímeras, maquetas grandes, ese tipo de cosa.
Una pausa. A mi padre no le gusta que le pregunte por el estudio si no es para hablar de mi futuro dentro de él.
— Puede. ¿Por?
— Conozco un taller. Fallero, de los buenos. Gente que lleva toda la vida montando estructuras que aguantan de pie tres días y luego se queman. Saben de volúmenes, de peso, de aguantar viento. Mejor que cualquier empresa de esas de catálogo que os cobran una millonada.
— ¿Y tú qué ganas recomendándomelo?
Esa es mi familia en cinco palabras. Nadie hace nada por nada. Todo cariño lleva factura, todo favor tiene su contrapartida, y si no la ves es que todavía no ha llegado.
— Nada — digo, y suena falso hasta para mí—. Es buen trabajo y sale barato. Ya está.
Miento tan bien que casi me lo creo. Casi.
Le paso el nombre. Taller Sanchis, Ciutat de l'Artista Faller. Le digo que hablen ellos directamente, que a mí no me metan, que fue una recomendación y nada más. Mi padre gruñe algo que en su idioma significa que lo mirará. Colgamos.
Me quedo con el móvil caliente en la mano y una sensación en el pecho que no sé nombrar y que decido llamar eficiencia.
Práctico. Eso es. Lástima es lo que hace mi madre: mirarte con la cabeza ladeada, decir pobrecito y no mover un dedo. Lo mío es distinto. Yo resuelvo. Es lo único que sé hacer bien, y lo estoy haciendo bien.
Abro las notas. Añado un punto a la lista sin título: que Rubén no se entere de que fui yo.
Y ahí me paro, con el dedo encima de la pantalla, porque acabo de escribir la frase que convierte una recomendación inocente en un secreto.
Si es tan limpio, tan práctico, tan sin doble fondo, ¿por qué no puede saberlo?
Sé la respuesta. La sé perfectamente, y por eso me subo las gafas, cambio de pantalla y me pongo a mirar la previsión de una semana que me trae sin cuidado.
Rubén me lo dijo el primer día, con esos ojos que no parpadean, mirándome las manos: yo no le debo nada a nadie.
Su padre me lo dijo el segundo sin decírmelo, con un enséñame las manos que era un juicio entero.
En esa nave, el dinero de un Císcar viene siempre con lazo, y el lazo aprieta. Lo aprendí en una tarde.
Si Rubén se entera, dará por hecho lo peor. El niño rico jugando a rescatador. La lástima con forma de favor. Me mirará como en primero, cuando creyó que le había quitado la plaza por el apellido, con ese asco frío que todavía me sé de memoria.
Y eso no lo aguanto. Que Rubén Sanchis me vuelva a mirar así.
A las nueve y cuarto de un domingo, con los lápices ya ordenados, ahí está el problema entero. Me importa cómo me mira. Y lo de cuándo empezó a importarme prefiero no mirarlo de frente.
Cierro el móvil. Me levanto. Ordeno los lápices que ya estaban ordenados.
El teléfono vibra. Alba. Cómo no. Tiene un radar para cuando estoy haciendo algo que no debo.
Alba: spoiler: te vi en la boda con el fallero y no me lo trago ni de broma.
Alba: os mirabais mal. Como los que se odian o como los que se van a hacer daño de verdad. Y contigo esas dos cosas suelen ser la misma.
Escribo que es un montaje, que ya se lo expliqué, que Rubén y yo tenemos un acuerdo y punto. Y ella, que me conoce desde primero y que clava mis finales antes que yo, contesta con un solo mensaje que me deja mirando la pantalla más tiempo del que me gustaría.
Alba: los acuerdos no se llevan en el bolsillo del abrigo. spoiler: esto va a acabar fatal y tú lo sabes.
No le contesto. Guardo el móvil bocabajo, otra vez, y me digo que Alba exagera, que dramatiza, que ve series donde hay hojas de cálculo. Está controlado.
El teléfono vibra sobre la mesa. Le doy la vuelta con el corazón haciendo algo estúpido, y es él.
Rubén: ya que la boda pasó, supongo que ensayar sobra. deja de aparecer por el taller si quieres.
Lo leo tres veces. Es un mensaje que me da permiso para desaparecer. Lo lógico, lo pactado, la norma cuatro en versión mensaje. Me está tendiendo la salida limpia que yo mismo dibujé en aquel cartón.
Escribo: vale.
Lo borro.
Escribo: como quieras.
Lo borro.
Tardo un minuto entero en teclear una frase de nueve palabras, yo, que redacto memorias de proyecto de cuarenta páginas sin despeinarme.
Marc: la falla no está lista y vas tarde. Voy a las cinco.
Envío antes de arrepentirme. Me quedo mirando el móvil como un idiota esperando los tres puntitos.
Aparecen. Desaparecen. Aparecen.
Rubén: como quieras, arquitecto.
Arquitecto. Otra vez la distancia, el escudo, el apellido de oficio con el que me pone en mi sitio.
Pero ha dicho que sí. Ha dicho que vaya.
Y yo estoy sonriéndole a una pantalla en una habitación vacía, con las esquinas de la cama perfectas y los lápices por dureza, sintiéndome más descolocado que en toda la semana de la boda.
A las cinco menos diez estoy en Benicalap.
La nave huele a lo de siempre: cola, serrín, poliestireno, y por debajo el olor a churro del bar de la esquina.
La falla ocupa el centro, media docena de metros de estructura a medio vestir, andamios alrededor, y Rubén arriba, en el segundo cuerpo, con una camiseta que le queda ancha y las manos manchadas de blanco.
— Llegas pronto — dice sin mirarme, encajando una pieza de corcho.
— Dije a las cinco.
— Y son las cinco menos diez. — Ajusta la pieza, la suelta, la vuelve a coger—. De manual. El niño puntual.
Dejo la mochila en el sitio de siempre, junto al banco de Ximo, que hoy no está. La ausencia me pesa más de lo que debería. Sé dónde está: en el médico, otra vez, aunque nadie lo diga en voz alta en esta familia que grita todo menos lo importante.
— ¿Y tu padre? — pregunto, y me arrepiento a la mitad.
Rubén para. Solo un segundo. Sigue.
— Revisión. Rutina. — La palabra rutina la dice como se aprieta un tornillo que no acaba de entrar—. Sube, anda, ya que estás. Necesito unas manos para aguantar esto mientras clavo.
Subo. El andamio se mueve un poco bajo mi peso y Rubén no dice nada, solo me señala con la barbilla una viga de madera que hay que sostener contra la estructura mientras él la fija por dentro.
Me pongo. Empujo. Él trabaja pegado a mí, tan cerca que le oigo respirar, que le noto el calor del brazo contra el mío, y ninguno de los dos menciona la boda, ni el baile, ni el balcón, ni lo que pasó en el balcón.
— Más fuerte — dice—. No se va a romper por empujar, Císcar, no es de cristal.
Empujo más. Se me marcan los tendones de la muñeca. Rubén clava, tres golpes secos, y la viga entra. Bajo los brazos y me miro las manos.
Tengo una astilla clavada en la base del pulgar y un arañazo largo en el dorso de la otra. Se me ha roto una uña. Estas manos que mi madre presume de haberme criado para que nunca tuvieran un callo, estas manos de arquitecto de escritorio, de reunión, de foto, tienen sangre y serrín.
Rubén me las mira. Baja del andamio de un salto y me coge la muñeca sin pedir permiso, con esos dedos suyos que son el doble de anchos que los míos, y me da la vuelta a la mano para ver la astilla.
— Vas a coger un tétanos de campeonato — dice, pero no me suelta.
— No es nada.
— Cállate. — Saca del bolsillo del pantalón una navaja pequeña, la abre, y con una delicadeza que no le pega nada me saca la astilla de un movimiento limpio—. Ya está. Menos llorar.
— No estaba llorando.
— En teoría.
Me ha robado mi propia muletilla. Levanto la vista y le pillo con media sonrisa, la primera del día, esa que le desarma la cara entera y que dura lo que tarda en darse cuenta de que la tiene puesta.
Nos quedamos así. Su mano en mi muñeca, la navaja cerrada entre los dos, el olor a cola, la falla enorme sobre nuestras cabezas, la nave vacía y el domingo cayendo naranja por los ventanucos de arriba.
Cinco pronombres, me digo, absurdamente, contando como cuando quiero controlar algo que se me escapa. Suéltale la mano. Suéltate tú.
Rubén me suelta primero. Da un paso atrás, se pasa el pulgar por un callo de la palma, un gesto suyo que ya le tengo fichado, y se agacha a recoger una figura pequeña del banco.
— Toma. Para que no digas que no te doy nada por tus servicios.
Me la pone en la mano buena. Es un ninot. Pequeño, de cartón y cera, hecho a mano, del tamaño de un pulgar. Tiene gafas finas de pasta. Tiene el pelo repeinado. Tiene una camisa diminuta y una cara de estreñido que reconozco al instante porque me la veo cada mañana en el espejo.
Soy yo.
— ¿Esto qué es?
— Un Marc de cartón. — Rubén se cruza de brazos, encantado consigo mismo—. Lo empecé el primer día que apareciste por aquí. Para quemarlo en la cremà. Cuando esto acabe, va a la falla y arde contigo dentro. Simbólicamente.
Debería ofenderme. En vez de eso me quedo mirando la figurita, el trabajo que lleva, las horas que lleva, los detalles que solo pone alguien que te ha mirado mucho para clavarte así.
— Me has puesto cara de estar oliendo algo malo.
— Es tu cara. — Se encoge de hombros—. Yo solo copio.
Cierro los dedos alrededor del ninot. La cera está tibia de haber estado al sol en el banco.
Y por un segundo, uno solo, se me pasa por la cabeza que no quiero que esta cosa arda.
Que no quiero que llegue el 19 de marzo.
Que no quiero cobrarle a nadie ni que nadie me cobre a mí, y que esta mañana he movido un hilo de mi padre para arreglarle la vida a este tío sin que se entere, y que si me pregunta ahora mismo por qué lo he hecho, no le diría la verdad, porque la verdad ya no cabe en ninguna lista.
— Gracias — digo, y me sale ronco.
Rubén me mira raro. Se guarda la navaja. Vuelve a subir al andamio con la cara de que ahí no ha pasado nada, que es su especialidad, hacer como que no pasa nada.
— Sujeta la de al lado — dice desde arriba—. Y no sangres encima del corcho, que mancha.
Me guardo el ninot en el bolsillo del abrigo, con cuidado, como no me he guardado nada en mi vida. Subo al andamio. Empujo la viga que me toca.
Y mientras Rubén clava y suelta tacos y me llama arquitecto, yo pienso en la lista que dejé sin terminar esta mañana, la de Cosas que están controladas, con el cursor parpadeando en el punto cuatro.
Ya sé lo que iba ahí.
Nada. No iba nada. Porque no hay nada controlado.
Le he metido la mano a mi padre en el bolsillo para salvarle el taller a un tío al que llevo cuatro años diciendo que odio, tengo su cara tallada en cera en mi abrigo, y estoy sonriendo en una nave que huele a cola un domingo por la tarde en Benicalap, que es el último sitio del mundo donde debería estar sonriendo.
Esto no es real, dice la norma uno.
La miro clavada en la pared, el cartón con nuestra letra, y por primera vez me da miedo. No que se rompa el paripé.
Que sea verdad.