Lo que no arde Capítulo 10
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Capítulo 10

En el coche, de vuelta, ninguno de los dos habla del beso.

— Ha colado — digo al final, porque alguien tiene que decir algo antes de que el silencio nos aplaste a los dos.

— Ha colado.

— Tu familia se lo ha tragado enterito. Hasta tu padre, que parece de piedra.

— Sí.

— Lo del baile ha sido... buen detalle. Convincente.

— Muy convincente — dice Marc, y aprieta un poco más el volante, se le marcan los nudillos.

Y ahí lo dejamos. Los dos sabemos perfectamente de qué no estamos hablando. Del beso, que no fue un detalle, que no fue convincente, que fue otra cosa distinta que ninguno de los dos tiene los huevos de nombrar a la una de la madrugada en la V-30 con las luces naranjas pasando.

Pero el beso no es lo único que me da vueltas en la cabeza mientras miro pasar la ciudad.

Es cómo lo trataban.

Me he pasado la boda entera mirando, porque es lo que hago yo en las fiestas, miro desde una esquina, y he visto cosas que Marc a lo mejor ya ni registra de tan acostumbrado que está.

He visto a su madre presentarlo a la gente del modo en que se enseña un cuadro caro que acabas de comprar: "mi hijo Marc, el que va a heredar el estudio de su padre".

Nunca "mi hijo, que está bien", ni "que es majo", ni "que me hace reír por las mañanas".

El estudio. El expediente. La carrera. Lo que va a ser algún día, nunca lo que es hoy sentado a la mesa.

He visto a su padre medirlo con la mirada durante toda la comida, buscándole la grieta, el fallo estructural.

He visto a la tía Reme preguntarle, con voz de pena, si "ya se le había pasado del todo lo del año pasado", y a Marc contestar "todo bien, tía, estupendamente" con la cara de catálogo puesta, la que ahora sé leer del derecho y del revés, la que se pone justo, justo, cuando no está nada bien por dentro.

Toda la noche recolocándose para que lo quisieran. Cambiándose de sitio, de gesto, de sonrisa, según quién lo mirara. Una pieza que va rotando en la estantería para que siempre se le vea el lado bueno y nunca la parte donde el barniz está saltado.

Y luego estaba el ex. Gonzalo. Lo tuve tres sillas más allá durante los cafés y me bastó para cogerle la medida.

Es de esos que hablan bajito para que te acerques, y cuando te acercas te clavan la frase.

En un momento, cuando Marc se levantó a saludar a no sé quién, Gonzalo se giró hacia mí con su copa y me dijo, sonriendo, "cuídalo, que es más frágil de lo que parece, aunque él no lo admita nunca".

Y lo dijo con cariño, con esa voz de médico que te da una mala noticia despacito.

Pero yo he crecido oyendo a gente decir cosas amables con la boca torcida, y sé distinguir un consejo de una puñalada aunque vengan envueltos igual.

Aquello no era cuidarlo. Era recordarme, y recordarse a sí mismo, que él conoce a Marc por dentro y yo no, que él estuvo antes, que él sabe dónde aprieta.

Me dieron ganas de contestarle algo, pero me callé, porque estábamos en la galería y en la galería no se rompe nada.

Me guardé la frase, eso sí. Se la guardé entera.

Y me ha dado una rabia que no me esperaba tener. Una rabia que no es de paripé, que no cabe en ninguna norma del cartón.

— Tu familia es agotadora — suelto, sin poder callármelo.

Marc me mira un segundo de reojo, sorprendido, y vuelve a la carretera.

— Bienvenido al club.

— No, en serio, Marc. — Me giro entero hacia él en el asiento—.

Te tratan como... como a un producto de escaparate.

Todo el rato midiéndote, tasándote. "El que hereda el estudio.

" Tu madre te presenta y parece que te esté vendiendo a plazos.

Y tú aguantas, y sonríes, y encima les das las gracias por la cena.

— Es mi familia, Rubén. Es lo que hay.

— Ya. Pero no deberían mirarte así. — Y ahora me sale más bajo, más de verdad de lo que pretendía que sonara—.

Tú no eres eso que enseñan. No eres un expediente con patas ni una silla vacía que van a heredar.

Eres... — Me callo a tiempo, porque lo que iba a decir era de las cosas de verdad, de las de dentro, y no toca, y encima estamos en un coche donde no hay escapatoria—.

Da igual lo que eres. Que me cabrea, es lo que digo.

Me cabrea por ti. Verlo me ha jodido la boda.

Marc no contesta enseguida. Conduce. Las luces de la ciudad le pasan por la cara, naranja, sombra, naranja, sombra.

— Nadie se cabrea por mí — dice al final, muy bajo, casi para el volante—. Normalmente la gente se cabrea conmigo, que es distinto. Por mí, a mi favor, es nuevo. No sabría ni qué hacer con eso.

Y no sé qué contestar a algo tan triste dicho tan de pasada, así que no contesto, y el silencio vuelve al reposabrazos, pero es un silencio distinto ahora, más cálido y más peligroso a la vez, de los que acercan.

Me suena el móvil en el bolsillo.

Es Vera. A la una y pico de la madrugada, un sábado, Vera no llama por gusto ni para enseñarme un vídeo. Descuelgo con el estómago ya encogido antes de oír nada.

— ¿Qué pasa.

— Nada grave, ¿eh? — dice Vera, y la voz le tiembla lo justo para que se me hiele todo el cuerpo—.

Que no te asustes. Papá se ha mareado. En el taller.

Se ha empeñado en ir a rematar una cosa esta noche él solo, ya sabes cómo es de cabezota, y se ha mareado y ha tenido que sentarse en el suelo, y le he dado la pastilla y un vaso de agua y ya está mejor, ¿vale, ya está bien, está viendo la tele.

Pero me ha dicho que no te lo dijera para no preocuparte, y por eso te lo digo yo, porque eso es una tontería como una casa.

— Voy para allá ahora mismo.

— Que está bien, pesado, que no hace falta, que se ha puesto a ver la tele.

Es que... — Vera baja la voz, se aleja del salón, oigo una puerta—.

Es que ha vuelto a llamar el del corcho.

Esta tarde. Delante de papá. Y papá se ha puesto a hacer números en un papel, otra vez, y ha sido justo entonces cuando se ha mareado.

Yo creo que ha sido de eso, Rubén. De los nervios de los tres mil. No del corazón, de los nervios.

Cierro los ojos un segundo en la oscuridad del coche. Los tres mil. El corazón de mi padre y tres mil euros atados con el mismo nudo que aprieta y aprieta.

— Vale — digo—. Vale, Vera. Voy igual, para quedarme tranquilo. Dile que ya voy, que no discuta.

Cuelgo. Marc me está mirando de reojo mientras conduce, y no ha dicho ni una palabra, pero lo ha oído todo, porque en un coche a la una de la madrugada con el motor en silencio se oye absolutamente todo, hasta lo que dice Vera al otro lado, y tiene esa cara de estar guardándose algo, la cara de estar montando una lista por dentro sin sacar el móvil.

— ¿Está bien tu padre — pregunta.

— Sí. Un mareo, dice Vera. — Me froto la nuca, cansado—. Los nervios de la deuda otra vez. El del corcho ha vuelto a llamar. Ya está. Voy a asegurarme y me quedo a dormir allí.

— Si necesitas... — empieza Marc, y para. Empieza otra vez—. Si en algún momento hiciera falta algo para el taller, para quitarle presión a tu padre, yo podría...

— No. — Lo corto antes de que termine la frase, porque sé exactamente adónde va, la conozco esa frase, la he oído toda la vida—. Ni se te ocurra, Císcar. Esto lo arreglo yo. Es mío. Tú tienes tu parte del trato y yo la mía, y la mía incluye no deberte nada más que aguantarte en una boda.

— No lo decía como...

— Da igual como lo dijeras. La respuesta es no.

Se calla. Aprieta los labios. Y no insiste, otra vez no insiste, pero le veo la mandíbula tensa a la luz de los semáforos y los dedos tamborilear un momento sobre el cuero del volante, tap tap tap.

Sé que lo ha guardado en algún cajón suyo de cosas por resolver, que le está dando vueltas a algo, y yo estoy demasiado cansado y demasiado preocupado por mi padre para pararme a averiguar el qué esta noche.

Me deja en la puerta del taller. Apaga el motor. Y nos quedamos un momento los dos ahí dentro, en el coche parado, con el motor haciendo tic-tic mientras se enfría, la nave a oscuras delante de nosotros, y otra vez ese silencio, el de antes, el peligroso.

— Oye — digo, y me giro hacia él en el asiento—. Lo de antes. En la boda. El beso.

— Fue por Gonzalo — dice Marc, rápido, demasiado rápido, atropellándose—. Estaba mirando, había que venderlo del todo. No cuenta.

— No cuenta — repito.

— Norma uno.

— Norma uno.

Y estamos a un palmo otra vez, en el coche, en la oscuridad, diciendo "no cuenta" con las dos bocas todavía a un palmo la una de la otra, y sería tan fácil, sería la cosa más fácil del mundo repetirlo aquí, ahora, sin galería, sin Gonzalo mirando, sin cuarteto, solo porque nos apetece a los dos, y los dos lo sabemos, se nota en el aire del coche, y ninguno se mueve, y el motor hace tic, y fuera todo está negro y quieto y huele a la nave.

No lo hacemos.

Me obligo a mí mismo a coger el tirador de la puerta, a apretarlo, a abrir. Marc se obliga a mirar al frente, al parabrisas, a la nada. Salgo del coche con las piernas un poco raras, como después de una feria.

— Gracias por traerme — digo por la ventanilla bajada—. Y por lo de mi padre. Digo, por preocuparte. Por preguntar.

— Cuídalo — dice Marc, mirándome por fin—. Y avísame de cómo está mañana, ¿vale? Aunque sea un mensaje.

Y arranca, y se va, con las luces rojas del coche haciéndose pequeñas calle abajo hasta la esquina, y yo me quedo plantado en la puerta del taller a oscuras, con las llaves en la mano y el corazón hecho un lío doble, mi padre mareado ahí dentro viendo la tele y un beso que hemos decidido entre los dos que no cuenta.

Los dos hemos dicho que no cuenta. Los dos, en voz alta, para que quedara claro.

Lo que no hemos dicho, ni él ni yo, ninguno de los dos, es por qué, si de verdad no contara nada, nos ha costado tantísimo no repetirlo en ese coche.