Capítulo 9
La Alquería del Pi es una finca de la huerta que alguien ha reformado para que parezca rústica sin serlo, que es exactamente el gusto de mi familia: la autenticidad, pero con aparcacoches y farolillos de diseño entre los naranjos.
Un cuarteto de cuerda toca junto a la balsa de riego.
Doscientos invitados que se conocen entre sí desde antes de nacer, todos calibrándose los unos a los otros con una copa de cava en la mano y una sonrisa puesta.
Y en mitad de todo eso, entrando conmigo del brazo, Rubén Sanchis.
Con su traje. Su traje, que no es el que yo quería regalarle.
Es azul oscuro, de una tela más sencilla que la del resto, y le queda un poco justo en los hombros porque los hombros de Rubén no caben en la ropa de nadie que no los haya medido.
Y está guapísimo. Está tan fuera de lugar y tan entero a la vez, con la barbilla alta y esos hombros que no caben, que cuando cruzamos la entrada de piedra media familia se gira a mirarlo, y por una vez en mi vida no me importa que se giren. Que miren. Que miren bien.
— Respira — me dice Rubén por lo bajo, sin mover casi los labios—. Estás en modo lista otra vez. Se te nota en la cara.
— No estoy en modo lista.
— Vas repasando a la gente uno por uno como si fueran cargas puntuales de una viga.
Tiene razón. Suelto el aire despacio. Me subo las gafas con el índice.
— Vale. Recuerda: mi tía Reme es la del sombrero verde, cuidado con ella. Mi madre, la que ya viene hacia aquí con los brazos abiertos. Mi padre no dará conversación, solo mide. Y Gonzalo...
— El que lleva mirándote desde que hemos puesto un pie en la finca.
Lo ha localizado antes que yo. Gonzalo está al fondo, junto a la barra montada bajo un olivo, impecable como siempre, con un traje que sí es de sastrería, y esa sonrisa suya que reparte como quien reparte navajas envueltas en pañuelos de seda.
Levanta la copa hacia mí, un brindis mínimo, dos dedos.
"Ya te veo", dice el gesto desde la otra punta del jardín. "Ya veremos cuánto os dura la función."
Mi madre llega antes de que pueda contestar al gesto, cosa que agradezco.
— ¡Marc! — Me da dos besos, me sujeta la cara un segundo para inspeccionarme, y luego se gira hacia Rubén, y le veo hacer lo que hace siempre, el escaneo de arriba abajo en medio segundo, la tasación completa: el traje, los zapatos, las manos, la postura—. Y tú debes de ser Rubén.
— Encantado, señora Císcar. — Rubén le tiende la mano, pero antes de que ella decida qué hacer con ella, se inclina y le da dos besos con una naturalidad que a mí me costaría un mes de ensayo con libreta—. Amparo, ¿verdad? Marc me ha hablado mucho de usted. Muchísimo.
— ¿Bien o mal — dice mi madre, y suelta una risita coqueta que no le había oído en años.
— Eso se lo dejo a la imaginación — dice Rubén, y mi madre se ríe de verdad, encantada, porque Rubén acaba de ganársela en quince segundos con una frase, algo que yo no he conseguido en veintidós años de intentarlo por todos los medios.
La comida es un campo de minas con mantel de hilo.
Sobrevivimos a la tía Reme, que en efecto, entre el entrante y el primero, pregunta a qué se dedica Rubén, y Rubén dice "hago fallas" con toda la boca, sin bajar la voz, y la tía Reme parpadea dos veces y luego dice "ay, qué original, qué arte tenéis las manos", y le da glamour a su ensalada de bogavante, exactamente como Marc predijo anoche.
Sobrevivimos al primo que estudió un máster en el extranjero y lo cuenta tres veces.
Sobrevivimos al brindis largo del padrino y a la sobremesa.
Donde casi no sobrevivimos es en la pregunta de mi padre.
Enric Císcar apenas ha abierto la boca en toda la comida, porque mi padre no da conversación, mi padre pesa en la silla y observa.
Pero cuando llegan los cafés y los licores, se inclina un poco hacia Rubén por encima de mi plato, con esa mirada de tasador que me ha medido a mí toda la vida buscándome el defecto, y suelta, tranquilo:
— ¿Y qué es lo que te gusta de mi hijo.
La mesa entera se queda callada de golpe.
Es una prueba, todos lo sabemos, hasta la tía Reme baja la cucharilla.
Mi padre no hace preguntas; pone exámenes con forma de pregunta.
Y este no lo hemos ensayado. No está en ninguna de las listas de Marc.
Es justo la pregunta que no sabemos contestar, porque para contestarla de verdad Rubén tendría que quererme, y no me quiere, le pago yo por esto, hay un cartón en una nave que dice que esto no es real, y me doy cuenta de que voy a quedar en evidencia delante de toda mi familia, con Gonzalo mirando desde el olivo, y se me seca la boca, y no me sale nada, ni una lista, ni un plan, ni una frase de emergencia. Nada.
Rubén deja la taza en el plato. Se toma su tiempo, sin prisa, hasta que el silencio empieza a pesar. Y dice:
— Que se explica de más.
Mi padre levanta una ceja.
— ¿Cómo dices.
— Que habla mucho cuando está nervioso — dice Rubén, tranquilo, sin mirarme a mí, mirando a mi padre a los ojos—.
Se le nota un montón, aunque él esté convencidísimo de que no se le nota nada.
Y hace listas para todo. Listas de cosas que decir, listas de la compra, listas de sus propias listas.
— Una pausa corta—. Al principio pensé que era un tío frío, de los que lo tienen todo controlado y miran por encima del hombro.
Y luego me di cuenta de que hace todo eso, el orden, las listas, las gafas que se sube, porque le da pánico el silencio y lo que pueda pasar dentro del silencio.
Que debajo de tanto control hay alguien que se preocupa por todo el mundo todo el rato, y que no lo dice.
Y eso, no sé. — Se encoge de hombros, y ahora sí me mira, medio segundo, a los ojos—.
Eso me gusta de él. Que le importan las cosas mucho más de lo que se permite enseñar.
Silencio en la mesa.
Y yo no puedo respirar, porque Rubén acaba de describirme entero.
De verdad. Sin lista, sin ensayo, sin libreta, con una precisión que no debería tener alguien que me odia, alguien a quien pago mil quinientos euros.
Rubén Sanchis me ha estado mirando. Todo este tiempo, todas estas semanas, mientras yo lo miraba a él a escondidas, él me miraba a mí, y ha visto justo lo que llevo veintidós años escondiendo, y en vez de guardarlo como munición lo ha convertido, delante de mi padre, en una razón para quererme.
Mi padre asiente, despacio, una sola vez. Es lo más cerca de un aprobado que le he visto conceder en años, a mí o a nadie.
— Bien — dice, y vuelve a su café y a su silencio.
Por debajo del mantel de hilo, sin que nadie lo vea, busco la mano de Rubén y se la aprieto.
Gracias. Solo eso, gracias, con los dedos.
Él me la aprieta de vuelta y no la suelta, y nos comemos el postre con las manos cogidas debajo de la mesa como dos críos que se esconden de los mayores, y a estas alturas ya no sé qué parte de todo esto es paripé y qué parte se me ha escapado del guion.
Gonzalo me pilla solo en la barra del olivo, cuando voy a por agua y Rubén se ha quedado atrapado en una conversación con mi tía Reme sobre corcho y poliestireno.
— Marc. — Aparece a mi lado con su copa, su sonrisa, su perfume de siempre—. No me habías presentado a tu chico.
— No ha surgido.
— Es muy... — Busca la palabra, la saborea antes de soltarla— auténtico.
Se nota que no es de aquí. Y lo digo bien, ¿eh, te lo digo bien.
Te pega, ahora que has decidido probar cosas nuevas.
— Le da un sorbo a la copa—. Aunque me sorprende.
Tú siempre fuiste de necesitar que las cosas estuvieran...
en su sitio. Y ese chico no parece de los que se dejan colocar en ningún sitio. Me pregunto cuánto vas a aguantar.
— No sabes nada de él — digo, y me sale más firme de lo que esperaba.
— Sé de ti. — Sonríe, y ahí está la navaja, envuelta como siempre—. Y te lo digo por tu bien, Marc, como siempre. Ten cuidado con enamorarte de alguien que no es de tu mundo. Al final uno de los dos tiene que renunciar al suyo, y tú a lo tuyo no renuncias. Nunca supiste.
Y se va, dejándome con el vaso de agua en la mano y la frase clavada donde él sabe clavarlas, en el sitio exacto donde yo mismo dudo. "Tú a lo tuyo no renuncias." Lo peor de Gonzalo no es que mienta. Es que a veces acierta.
Después vienen el baile, los farolillos encendidos y el cuarteto tocando cosas lentas, y en algún momento de la noche, cuando la familia ya se ha soltado con el cava y las señoras se han quitado los zapatos, Neus, la novia, radiante, me agarra de la muñeca y me arrastra a la pista, y nos empuja a Rubén y a mí al centro para un lento, gritando por encima de la música "¡la otra parejita, quiero a la otra parejita bailando!
", y no hay manera humana de negarse sin dar la nota.
Así que bailamos.
Rubén me pone una mano en la cintura, torpe al principio, sin saber dónde exactamente, y yo le paso el brazo por encima del hombro, y nos movemos despacio bajo los farolillos, entre los naranjos que huelen a azahar de verdad ahora, con el cuarteto tocando algo lento que no reconozco, y de cerca Rubén huele a ese jabón suyo y por debajo, siempre, a madera, a taller, y tiene el traje justo en los hombros y esa raya más clara alrededor del iris que ya me sé de memoria de tanto no mirarla.
— Se te da fatal bailar — le digo, por decir algo, porque el silencio entre los dos pesa más que el de la mesa.
— Nadie baila bien en una boda. Es antinatural, moverse así delante de la familia.
— Me estás pisando el pie.
— Me estás distrayendo tú a mí.
Y lo dice mirándome la boca, sin disimular ya, y a mí se me olvida el paso, y nos quedamos casi parados en mitad de la pista, muy juntos, la mano de Rubén firme en mi cintura ahora, ya no torpe, firme y abierta, sujetándome de verdad.
Y entonces veo a Gonzalo.
Está en el borde de la pista, con su copa intacta, mirándonos con esa sonrisa que dice "no me lo trago, sé que es mentira, y voy a estar aquí cuando se caiga".
Esperando. Siempre esperando el momento exacto en que se venga abajo el decorado que he montado.
Y algo en mí, algo muy cansado de catorce meses fingiendo que estoy bien, algo que no le quiere dar a Gonzalo ni un centímetro cuadrado de razón sobre mí, toma una decisión que no figura en ninguna lista, en ningún plan, en ninguna nota del móvil.
— Nos está mirando — digo, muy bajo.
— Ya lo sé. Lleva mirando toda la noche.
— Deberíamos... darle algo que mirar de verdad.
Rubén me mira. Lo entiende al vuelo. Y en su cara veo el mismo cálculo rápido que hago yo, el mismo salto al vacío, y por debajo del cálculo, otra cosa, la misma que llevamos días sin nombrar ni de broma.
— Por la galería — dice, muy bajo, casi rozándome, y no sé si es una pregunta o un permiso o las dos cosas.
— Por la galería — digo.
Y me besa.
O lo beso yo. Es imposible saberlo, no hay forma, porque pasa a la vez, exacto, su mano subiendo de mi cintura a mi nuca y la mía cerrándose en su solapa azul, y su boca en la mía bajo los farolillos, entre los naranjos, y el cuarteto sigue tocando y el azahar huele y en algún sitio del jardín Gonzalo mira, pero yo ya no pienso en Gonzalo, no pienso en mi familia, no pienso en la tía Reme ni en mi padre ni en la lista de la boda que me sé de memoria.
Solo existe una norma en el mundo ahora mismo, la número uno, esto no es real, y se está quemando entera, de arriba abajo, con el primer beso que me dan de verdad en más de un año.
Y no es para la galería.
Los dos lo sabemos en el mismo segundo en que empieza, en cómo cambia a mitad de camino, en cómo Rubén respira contra mi boca. Esto no es para la galería. Esto no es para nadie más que para nosotros.