Capítulo 8
— El tenedor de fuera para el pescado — dice Marc—. El de dentro para la carne. La cuchara de la sopa por la derecha, la del postre cruzada arriba.
— Voy a una boda, no a desactivar una bomba.
— En mi familia es prácticamente lo mismo. Un cubierto mal cogido y hay muertos.
Estamos en su piso. Es la primera vez que subo, y he tardado veinte minutos largos en dejar de mirarlo todo con cara de pardillo, porque el piso de los Císcar en el Eixample es lo que te imaginas y un poco peor: techos de cuatro metros, molduras de escayola con hojas, muebles que valen más que el taller entero con falla y todo dentro, y un silencio espeso de dinero viejo que se te mete en los oídos y no se va.
He venido a que me "coache" para el sábado, palabra que Marc ha vuelto a usar sin que se le caiga la cara de vergüenza, y llevamos una hora larga con los cubiertos, los saludos, quién es quién y el protocolo de la mesa presidencial.
— A ver — dice Marc, poniéndose de pie, muy serio, con las gafas y una libreta de verdad en la mano, porque este tío coge notas hasta para enseñarte a dar dos besos—.
Practiquemos la presentación. Yo soy mi tía Reme.
— Cambia la voz, la pone aguda, estira las vocales—.
"Ay, así que tú eres el famoso Rubén. Cuéntame, cariño, ¿y a qué te dedicas tú. "
— Hago fallas.
— No.
— ¿Cómo que no. Es lo que hago, Císcar. Es literalmente mi oficio.
— No digas "hago fallas". — Se sube las gafas—. Di que estudias arquitectura, que es verdad, y que colaboras en el taller familiar de escultura efímera.
Me lo quedo mirando desde el sofá que vale un riñón.
— Escultura efímera.
— Suena más...
— ¿Más qué, Císcar. — Dejo la servilleta que me ha hecho doblar de tres maneras distintas encima de la mesa de cristal—. ¿Más presentable. ¿Menos vergonzante de contar delante de tu tía Reme y sus perlas.
— No he dicho eso.
— Lo has dicho con otras palabras, que es exactamente como lo decís todos los de tu casa.
— Me levanto del sofá—. Mira, te lo explico una vez y ya.
Mi padre hace fallas. Se llama artista fallero, con dos palabras, y es la cosa más de verdad que conozco en este mundo.
No es "escultura efímera", no es un hobby mono para soltar entre el primer plato y el segundo.
Es serrín en los pulmones y un corazón reventado de cargar madera durante cuarenta años.
Y no pienso maquillarlo con palabras finas para que tu tía se quede tranquila y no se le atragante el salmón.
Marc se calla.
Y ahí está otra vez esa cosa que me saca de mis casillas: que no se defiende. Que baja la libreta despacio, y me mira, y dice, en voz baja, sin pelear:
— Tienes razón. Perdona. Ha estado fuera de lugar.
Lo cual es peor, mucho peor, porque me deja con toda la bronca cargada en la recámara y sin blanco donde soltarla.
Es facilísimo odiar a un Marc que insiste, que se cree superior, que defiende su mundo.
Este Marc que me da la razón a la primera y encima pide perdón me desarma entero, y que me desarme no entraba en mis planes para esta noche ni para ninguna.
— No estoy hecho para tu mundo, Marc — digo, y me sale más flojo de lo que quería—. Y no pienso dejar que me arregles para que quepa en él. No soy uno de tus proyectos de la carrera. No soy un plano con un fallo estructural que corriges con lápiz rojo.
— No intento arreglarte.
— Llevas una hora arreglándome. Los cubiertos, los dos besos, lo de "escultura efímera".
— Me paso el pulgar por el callo de la palma, ida y vuelta—.
Me estás lijando las esquinas para que no rasque en tu boda, para que no arañe los muebles buenos.
Y esas esquinas, Císcar, me las he ganado una a una. Son mías.
Marc deja la libreta sobre la mesa de cristal. Se queda un momento callado, con esa cara suya de estar reordenando algo por dentro, buscando las palabras exactas antes de soltarlas, y luego dice:
— No quiero que quepas. — Baja la voz, deja la libreta—.
Quiero que estés cómodo, que es distinto.
Mi familia intimida hasta al que ha nacido dentro, imagínate al que llega de fuera.
Y no quiero que te sientas como me sentí yo el primer día en tu taller.
Perdido. Fuera de sitio. Con las manos sin saber dónde ponerlas.
Solo era eso. No te quería cambiar. Te quería ahorrar el mal rato.
Y me lo quedo mirando, porque eso no me lo esperaba, y porque tiene toda la razón en lo del taller: el primer día en la nave Marc estaba tan perdido como yo aquí esta noche, con el jersey caro fuera de lugar entre el serrín.
A lo mejor los dos llevamos tres semanas haciendo lo mismo sin darnos cuenta, enseñándonos nuestros mundos con el miedo metido en el cuerpo a que el otro los mire por encima del hombro y los encuentre pequeños.
— Vale — digo, más bajo—. Pero sin lo de "escultura efímera". Eso no.
— Sin "escultura efímera". Retirado.
— Digo que hago fallas, con esas palabras, y si a tu tía Reme le da un pasmo, que le dé.
— Le va a encantar que le dé un pasmo — dice Marc, y se le escapa media sonrisa, la torcida—. Le da tema de conversación para tres bautizos. Le pones glamour a la comida sin querer.
Y me río, y él se ríe, y por un segundo se nos olvida a los dos que esto es un ensayo con libreta.
Marc saca el móvil y me enseña fotos de la familia, para que sepa poner cara a los nombres el sábado.
Su prima Neus, la novia, con cara de buena persona y ninguna culpa de nada.
Su tía Reme y el sombrero. Un montón de primos que se llaman todos parecido.
Y en una foto antigua, de un cumpleaños, un Marc de doce o trece años, delgadísimo, con aparato en los dientes y una sonrisa que no había vuelto a verle, la de antes de aprender a medirlas.
— Ese eras tú — digo, y no puedo evitar sonreír.
— No te rías.
— No me río. — Aunque me río un poco—. Es que se te ve... suelto. En esa foto se te ve suelto.
Marc mira la pantalla un segundo más de lo que hace falta. Luego pasa la foto, como quien pasa página.
— Tenía doce años — dice—. A los doce todavía no sabes que te miran.
Y lo suelta ligero, quitándole hierro, pero se me queda dentro, porque es lo más triste que le he oído decir y lo ha dicho enseñándome fotos de una boda.
Me guardo también eso, junto a lo de la caña de la otra noche, en el cajón donde estoy empezando a acumular pedazos de Marc Císcar que no debería tener.
Marc se levanta, va al pasillo y vuelve con una funda de traje colgada del brazo, de esas fundas negras con cremallera y el nombre de una sastrería bordado.
— Toma — dice, y la deja sobre el respaldo de una silla—. Para el sábado.
La miro donde está. No la cojo.
— ¿Qué es eso.
— Un traje. Para la boda. — Le baja un poco la cremallera, se ve el gris marengo—. Es de una sastrería de aquí al lado, lo cogí de tu talla a ojo, si no te va bien de hombros se puede meter o sacar en dos días, tienen un...
— No.
Marc para con la mano en la cremallera.
— Rubén, es una boda del Eixample. La gente va a ir de...
— He dicho que no. — Me sube la barbilla sola, lo noto, ese reflejo viejo que no controlo—. Tengo traje. El de la comunión no, tranquilo, tengo uno de persona adulta, azul, que me queda bien. Y si no fuera lo bastante bueno para tu dichosa boda, iría con lo que tengo igual, y que se aguanten.
— No es eso. Solo quería que fueras cómodo, que no...
— Sé perfectamente lo que querías. — Y ahora me sale la voz distinta, más baja, más fea, la de la herida vieja que llevo cosida desde crío—.
Querías vestir al pobre para que no desentone en la foto de familia.
Ya lo he vivido, Císcar. De niño. Una familia con dinero nos "ayudó" una vez, cuando lo del primer susto de mi padre, y mi madre me puso la ropa que nos dieron, ropa buena, ropa cara de sus hijos mayores, y yo iba guapísimo a misa, el más guapo.
Y cada vez que la llevaba, alguien de esa familia me recordaba de dónde había salido.
"Qué bien te queda lo que os dimos, Rubén.
" "Cómo se aprovecha, con lo que crecen.
" Aprendí ahí que la ropa prestada pesa una barbaridad.
Que la caridad lleva siempre una etiqueta cosida por dentro que solo ves tú, en la nuca, y que pone: acuérdate de que esto no es tuyo, acuérdate de quién te lo dio.
Marc se queda blanco.
— No lo pensé así — dice, y por primera vez le tiembla un poco la voz, se le raja—. Te lo juro que no lo pensé así. Solo... quería que estuvieras bien el sábado. Nada más. Perdóname.
— Ya lo sé. — Y lo sé, esa es la putada de todo esto, sé que Marc no lo hace por hundirme como los de mi infancia, lo hace por lo contrario exacto, y aun así me quema igual por dentro, porque la herida no distingue la intención, solo reconoce la forma—.
Pero no me vistas, Marc. De todo lo que me pidas para el sábado, eso no.
Pídeme que aprenda los cubiertos, que salude a tu tía, que me sepa quién es quién. Pero no me vistas. Iré con lo mío.
Le llamo Marc. No Císcar. Se me ha escapado, y él lo nota, porque algo le cambia en la cara al oírlo, se le suaviza.
Coge la funda del traje del respaldo de la silla.
Y en vez de discutir, en vez de insistir como haría el Marc de los cubiertos y las listas y los planes, la lleva otra vez al pasillo y la guarda en el armario, sin una palabra más, y ese gesto —hacerme caso, tragarse la caridad, guardarla sin pelear— me dice más de quién es Marc Císcar que todo el protocolo de la noche entera.
Vuelve. Se apoya en la mesa de cristal, frente a mí, cerca. Demasiado cerca para lo que dice la norma dos, que hace días que respetamos regular tirando a mal.
— Entonces el sábado — dice.
— El sábado.
— No estamos listos del todo.
— No.
Y nos quedamos así, los dos apoyados en la misma mesa fría, en el silencio de dinero viejo de su piso, más cerca de lo que hace falta para hablar.
Lo que hay entre nosotros esta noche ya no se parece a la facultad, ni al pique de siempre, ni al "te odio, Císcar".
Es más caliente, no tiene nombre todavía, y ninguno de los dos va a decirlo en voz alta, porque decirlo sería romper la norma uno del todo, no de mentira, de verdad.
Marc me mira la boca medio segundo. Lo pillo mirándola. Y él sabe que lo he pillado, porque aparta los ojos deprisa.
— Debería irme — digo, y no me muevo del sitio.
— Sí — dice él, y tampoco se mueve.
Fuera, en algún campanario del Eixample, dan las doce lentas. Mañana es la boda. No tenemos ni la mitad de las respuestas que necesitamos, mi traje no es el que él quería, y estamos a un palmo de distancia queriendo una cosa que la norma uno prohíbe expresamente, con rotulador y todo.
Va a salir fatal.
Y por primera vez, camino de casa, andando solo por el Eixample dormido con las manos hundidas en los bolsillos y el frío en la cara, ya no sé si "fatal" es lo que temo que pase o lo que he empezado a querer que pase.