Lo que no arde Capítulo 7
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Capítulo 7

Son las dos de la madrugada de un martes y estoy en un bar de Benicalap que se llama La Mendrugà, bebiendo una caña que no me apetecía, con serrín todavía en el pelo y una tirita en la palma.

No sé muy bien cómo he llegado hasta aquí.

Bueno, sí lo sé. Hemos vuelto al taller después de clase, Rubén y yo, a rematar una pieza que había que dejar secando esta noche a la fuerza, y se ha hecho tardísimo entre la cola y las prisas, y cuando por fin hemos cerrado la nave con el candado, Rubén ha dicho "una y me voy" señalando con la barbilla el bar de enfrente, con las luces todavía encendidas.

Y yo tenía que haber dicho que no. Que mañana hay entrega a primera hora, que estoy cansado, que vivo en la otra punta de la ciudad, cualquiera de las diez excusas ordenadas que llevo siempre encima en el bolsillo, listas para usar.

Y he dicho que sí. Sin pensarlo. Y esa falta de cálculo debería haberme dado más miedo del que me dio.

El bar está casi vacío a estas horas. Un hombre solo viendo un partido grabado con el sonido quitado.

La dueña recogiendo las sillas de la terraza.

Rubén y yo en una mesa de formica pegada a la ventana, con las dos cañas y un platito de cacahuetes que ha aparecido sin que nadie lo pidiera, cortesía de la casa a los dos únicos clientes locos que quedan.

— Mi padre no sabe que voy tan justo — dice Rubén, sin venir a cuento, mirando la caña, girándola sobre el posavasos de cartón.

No le he preguntado nada. Esa es la cosa. Llevamos diez minutos en silencio, un silencio raro, cómodo, de esos que no piden que los llenes, y suelta eso, como quien deja una piedra encima de la mesa y la empuja hacia el centro.

— ¿El taller — digo, con cuidado, sin moverme mucho, para no espantarlo.

— El taller. — Gira el vaso, ida y vuelta, ida y vuelta—.

Hay que terminar la falla para la plantà, faltan materiales para rematarla, y el proveedor ya no me fía ni un tornillo.

Le debemos tres mil euros, redondos. — Suelta esa risa suya, la de hacia dentro—.

Tres mil euros. A ti te suena a nada, ¿verdad.

En tu mundo es una cena. En el mío es el corazón de mi padre.

Como no lo arregle antes de Fallas, se me muere de un disgusto antes que del corazón malo, y encima habré roto la racha de cuarenta años cumpliendo.

Me quedo muy quieto en la banqueta.

No por el dinero en sí. Tres mil euros es, en efecto, una cifra que en mi casa se gasta en una comida de empresa sin que a nadie le tiemble el pulso al firmar, y saberlo me da una vergüenza nueva, una que no sabía que existía, que no había sentido nunca porque nunca había tenido delante a alguien para quien esa cifra fuera una frontera.

Me quedo quieto por cómo lo dice. Rubén Sanchis, que hace tres semanas me señaló la puerta antes que aceptar mi dinero, que redactó una norma entera con rotulador para que no mencionáramos jamás lo que me cuesta tenerlo aquí sentado, acaba de contarme su agujero. Su número exacto. A mí. Al Císcar.

— ¿Por qué me cuentas esto — digo.

— Ni idea. — Bebe—. Serán las dos de la mañana. A estas horas se dicen las tonterías que uno se calla de día. Norma tres, ya lo sé, no hace falta que me la recites, me la sé, la escribí yo.

— No te la iba a recitar.

Nos quedamos callados otra vez. Fuera pasa una moto haciendo ruido. La dueña apila sillas con un estruendo metálico. En la tele, alguien mete un gol y nadie lo celebra.

Y entonces, no sé si por las dos de la madrugada, o por la caña, o porque Rubén acaba de dejar su piedra en el centro de la mesa y las piedras, cuando las dejan solas, piden compañía, hago una cosa que no hago nunca. Dejo la mía al lado de la suya.

— Mi familia me trata como a un jarrón roto — digo.

Rubén levanta la vista de la caña.

— Cuando lo dejé con mi ex, hace catorce meses, no me preguntaron cómo estaba.

Ni una vez. — Miro la caña, no a él, porque no puedo mirarlo a la cara y decir esto a la vez, no me dan las fuerzas para las dos cosas—.

Me dijeron que no lo fuera contando por ahí.

Que no hacía falta que todo el mundo supiera "nuestras cosas".

En mi casa estar hecho polvo es un problema de imagen.

Una mancha en el mantel que se tapa con el salero antes de que lleguen las visitas.

— Trago—. Por eso me inventé un novio en Navidad.

Para que dejaran de mirarme con esa cara.

La cara de "pobre Marc, el que salió regular, el proyecto que no acabó de cuajar".

Ya está. Lo he dicho. La esquina de la herida, la que no le he enseñado entera a nadie, ni siquiera a Alba, se la acabo de tender a Rubén Sanchis en un bar de formica a las dos de la mañana, con serrín en el pelo.

Y espero el golpe. Espero que use esto, que es lo que yo haría en su lugar, que lo guarde como munición para la próxima vez que discutamos en clase por una plaza o por un proyecto. Es lo que la gente hace con lo que le enseñas de dentro: lo cataloga, lo archiva y lo usa el día que le conviene.

Rubén no lo usa.

— Menuda mierda de familia — dice, sencillo, y le da un trago largo a la caña.

Y se me escapa la risa. Una risa de sorpresa, torpe, que no viene a cuento del tema, porque nadie me lo había dicho nunca así, tan claro, sin envolverlo en preocupación como Gonzalo, sin gestionarlo como mi madre, sin buscarle a mi familia una justificación de buena cuna.

Menuda mierda de familia. Cuatro palabras.

Es lo más reconfortante que me han dicho en años, y me lo dice el tío que me odia, en un bar cutre, a las dos de la madrugada.

— No es tan sencillo — digo, por costumbre, por el reflejo viejo de defenderlos.

— Nunca lo es. — Rubén se encoge de hombros—. Pero que te digan que no llores por ahí cuando te acaban de partir en dos es una putada como un piano, y no deja de serlo porque la gente lleve ropa cara y coma en platos buenos. — Me mira de frente—. Tú a mí no me caes bien, Císcar. Que quede claro.

— Ya lo sé.

— Pero eso que te hicieron no te lo mereces. Ni tú ni nadie.

Y ahí, en ese "ni tú ni nadie", en cómo me mete a mí primero y al resto del mundo después sin querer, algo se me suelta en el pecho, una tuerca que llevaba tanto tiempo apretada que ya ni sabía que estaba ahí dándome la lata.

— ¿Y tu padre — pregunto, porque quiero saber, porque me interesa de verdad todo lo que rodea a este chico y ya he dejado de fingir que no—. ¿Él sabe lo del dinero. Lo mal que vais.

— Sabe que vamos justos. No sabe cuánto.

— Rubén moja un cacahuete en la espuma, tontería de tener las manos ocupadas—.

Si le digo el número exacto se me hunde.

Cuarenta años sin deberle un euro a nadie, ese es su orgullo, más que las fallas que ha hecho.

Que nunca ha pedido. Y ahora resulta que su hijo, el que estudia la carrera, el que iba a sacarlos de la nave, no puede ni pagar el corcho.

— Aprieta la mandíbula—. Prefiero comerme yo los nervios que ponérselos a él en el pecho. Bastante tiene el corazón con latir.

— Eso es cargar mucho tú solo.

— Es lo que hay. — Se encoge de hombros, y luego me mira, medio de lado, con media sonrisa torcida—.

Mira quién habla, el que se ha inventado un novio entero para no contarle a su madre que estaba triste.

Los dos somos igual de tontos, Císcar. Cada uno cargamos lo nuestro a escondidas para que no se note. Tú con listas y yo con silencio.

Y tiene razón, y me hace gracia que la tenga, y nos quedamos los dos ahí, con las cañas casi vacías, reconociéndonos en el otro más de lo que ninguno de los dos querría reconocer a la luz del día. Somos la misma clase de cabezota con distinta ropa.

Terminamos las cañas. Pago yo, con disimulo, dejando el dinero en la barra cuando él va al baño, antes de que pueda coger la cuenta, porque he aprendido en tres semanas que hay que hacerlo así, sin que se note, deprisa, o se ofende y me monta un número.

Salimos. La calle de Benicalap está fría y vacía a estas horas, y huele a azahar aunque todavía es pronto para el azahar de verdad.

— Te llevo a casa — digo.

— Vivo aquí al lado, a dos calles. Ve tirando, arquitecto, que es tarde.

Se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta. Se sube el cuello. Y antes de irse calle abajo, en la esquina, bajo una farola que parpadea, se gira hacia mí.

— Gracias por lo de la pieza — dice—. Lo de cruzar los puntales el sábado. Sabías lo que hacías. — Duda un segundo—. Nando tenía razón. Sirves para algo.

Y se va, calle abajo, con ese andar suyo de brazos anchos que no caben en la chaqueta, y yo me quedo apoyado en el coche mirándolo hasta que dobla la esquina y desaparece.

En el coche, camino del Eixample, con las calles vacías y los semáforos parpadeando en ámbar para nadie, hago lo que hago siempre para calmarme cuando el pecho se me pone así.

Saco el móvil en un semáforo. Abro las notas.

Y busco la lista de la boda, la logística, los puntos y los subpuntos que me sostienen y me ordenan el caos.

Pero no consigo pensar en la boda.

Pienso en tres mil euros. En el corazón cansado de un hombre que me miró la palma de la mano y dijo "blandas" sin una gota de maldad, solo constatando.

En un chico que me ha dicho "menuda mierda de familia" y me ha recompuesto el pecho con eso mejor que catorce meses de fingir que estaba bien.

Y me descubro haciendo, sin darme cuenta del todo, casi sin permiso, una lista nueva.

Una que no tiene nada que ver con el paripé ni con la boda.

Una sobre qué contactos de mi padre trabajan con talleres, con encargos, con recomendaciones, con esa clase de suerte que en mi mundo se firma con una sola llamada de teléfono un martes por la mañana.

Paro los dedos. Bloqueo el móvil. Me subo las gafas aunque no llevo las gafas puestas, las llevo en el bolsillo, y el gesto me pilla la nariz vacía y me siento idiota.

Porque acabo de darme cuenta de una cosa, y me da más miedo que la boda, más que Gonzalo, más que mi madre y su lástima.

No estoy deseando ver a Rubén el jueves por la boda.

Estoy deseando ver a Rubén, sin más, por verlo.

Y eso, en la larga lista de cosas que puedo controlar y gestionar y ordenar, no aparece por ningún lado. No hay casilla para eso. No hay plan que lo contemple.