Lo que no arde Capítulo 6
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Capítulo 6

La cosa de traer a Marc al taller es que aquí no puede pasar nada.

Eso me digo el sábado por la mañana, mientras espero a que aparezca por la calle de las naves.

En la facultad el paripé es un riesgo constante; cualquiera puede contarlo, cualquiera nos mira con lupa buscando la costura.

En el casal y en la nave, en cambio, jugamos con red debajo.

Aquí la gente no conoce a los Císcar ni le importa un pimiento el apellido Císcar.

Aquí, si Marc y yo hacemos el numerito de la parejita, como mucho Nando dirá una barbaridad y Vera nos grabará para sus redes, y hasta ahí llega el peligro.

Territorio seguro. Por eso lo he citado hoy en la nave para la sesión. Solo por eso.

No porque quiera enseñarle el sitio. No porque me apetezca ver qué cara pone. Que quede constancia.

Llega a las diez en punto, puntual como un reloj suizo, con ropa que él debe de considerar informal —vaqueros oscuros que parecen nuevos, jersey fino de un gris carísimo— y que en Benicalap canta como una almeja.

Baja del coche mirando la calle, las naves con las puertas abiertas de par en par y las fallas asomando por dentro, con la cara de quien acaba de aterrizar en un país cuyo idioma no habla. Y en cierto modo es justo eso.

— Esto es la Ciutat de l'Artista Faller — digo, y señalo las naves, una detrás de otra, calle abajo hasta donde llega la vista—. Aquí se hacen casi todas las fallas de Valencia. Kilómetro y medio de gente construyendo cosas para quemarlas en marzo.

Marc se para en mitad de la calzada. Gira sobre sí mismo, despacio, mirando las naves una por una.

— No sabía que existía esto — dice, y lo dice bajito, casi para él.

— Ya. Vivís de espaldas a media ciudad.

No lo digo con toda la mala leche, o no del todo, pero él lo encaja como un puñetazo y no contesta, y por un segundo me sabe mal habérselo dicho, cosa que me fastidia todavía más que el daño que le he hecho, porque no quiero que me sepa mal nada de lo que le pase a un Císcar.

Dentro, la nave ya está en plena faena. Mi padre en el andamio bajo, dando indicaciones con la mano. Nando montando una pieza con muchísimo más entusiasmo que precisión. Y Vera, cómo no, con el móvil en alto grabando el techo, la falla, el serrín flotando, su propia cara puesta de morritos.

— ¡Ha venido! — grita Vera antes de que Marc termine de cruzar el umbral—. ¡El novio ha venido de verdad! — Se planta delante de él con el móvil por delante como un escudo—. Hola, soy Vera, la hermana de Rubén, esto sale para las historias, saluda a la cámara.

— Vera — digo.

— Estoy documentando el noviazgo para la posteridad. — No baja el móvil ni un centímetro—. Os he puesto hashtag y todo. Arquitectos enamorados. Va a explotar, os lo digo yo, tengo ojo para esto.

— Vera, quita el móvil de su cara.

— Es que hacéis muy buena pareja, nano, tú cállate que no entiendes de contenido.

— Se gira otra vez hacia Marc, que está petrificado en el umbral sin saber si saludar a la cámara o a la persona que la sostiene—.

Tú no le hagas ni caso a mi hermano, es un soso de manual.

¿Es verdad que tienes un piso en el Eixample.

¿Puedo ir un día. ¿Tiene ascensor de esos antiguos con la reja.

— Vera. — Esta vez es mi padre, desde el andamio, sin levantar la voz ni volverse.

Y Vera baja el móvil. A mi padre le hace caso todo el mundo, hasta Vera, porque mi padre gasta las palabras como quien gasta el último billete de la cartera, con cuidado, y cuando suelta una, va a misa.

Ximo Sanchis baja del andamio despacio, con una mano firme en la barandilla, midiendo cada escalón, y me busca a mí con los ojos primero, esa comprobación que hace desde el susto del corazón, y yo le devuelvo el gesto de siempre, todo bien, y él asiente conforme.

Luego se planta delante de Marc. Se limpia las manos en el mono azul, esas manos suyas de cuarenta años de oficio, con los dedos torcidos por la artrosis y las uñas negras de una pintura que ya no se va con nada.

— Así que tú eres el novio — dice.

— Sí. Marc. — Le tiende la mano—. Encantado, señor.

Mi padre no se la estrecha.

En vez de eso, hace lo que hace con todo el que entra por primera vez en su taller, sea quien sea. Le agarra la mano a Marc por la muñeca, se la gira con cuidado, palma arriba, y se la mira. Con atención de verdad. Leyéndola.

— Enséñame las manos — dice, aunque ya se las ha cogido él directamente, porque es su ritual y hay que decir la frase.

Marc se queda muy quieto, con la palma abierta bajo la mirada de mi padre, sin entender del todo qué está pasando ni qué se examina aquí.

Y yo sí lo entiendo, y se me encoge algo por dentro, porque sé perfectamente lo que mi padre está viendo.

Una palma lisa. Uñas cuidadas y limadas.

Ni un callo, ni una marca, ni una cicatriz vieja de cúter.

Una mano que no ha trabajado nunca de verdad, que solo ha sujetado lápices y ratones y copas.

— Blandas — dice mi padre. No es un insulto. En su boca es un dato técnico, como decir que un corcho es de baja densidad o que una madera está verde—. Manos de dibujar, no de construir.

— Papá — digo, por cortar.

— No pasa nada. — Marc retira la mano despacio, y se la mira él también un segundo, girándosela, estudiándosela, como quien descubre que la tiene por primera vez—. Tiene razón. No he construido nada con ellas en mi vida.

Y hay algo en cómo lo dice, sin defenderse, sin ofenderse, aceptando el dato limpio, que hace que mi padre le sostenga la mirada un momento más de lo normal.

No dice nada. Se da la vuelta y sube otra vez al andamio.

Pero yo lo conozco desde que nací, y ese segundo de más es lo más parecido a un aprobado que Ximo Sanchis le concede a nadie el primer día que pisa su nave.

— Bueno — dice Nando, apareciendo de detrás de la falla con una pieza de corcho enorme en brazos y esa energía de perro grande y bueno que gasta siempre—.

¿El arquitecto sabe hacer algo con las manos o es solo para la foto y las historias de Vera.

Porque nos falta apuntalar la base antes de comer y me vendría de lujo un par de brazos que no sean los de tu hermana.

— Yo tengo brazos — protesta Vera.

— Tú tienes móvil, que no es lo mismo.

Y así, sin que nadie lo decida del todo, sin votación, Marc acaba con un mono azul prestado por encima del jersey carísimo y subido a la base de la falla, apuntalando la estructura con el resto.

Y aquí es donde la cosa se me tuerce, otra vez, van dos.

Porque resulta que Marc, el arquitecto fino, sabe de estructuras.

Claro que sabe, es lo suyo. Lleva cuatro años calculando cargas y empujes y momentos flectores, y cuando Nando coloca los puntales a ojo, por costumbre, Marc mira la base entera, calcula algo rápido en la cabeza, y dice, con cuidado de no pisar a nadie ni dar lecciones:

— Si los ponéis así se os va a abrir por la junta de abajo con el peso que lleva arriba. Si los cruzáis en aspa, aguanta el doble.

Nando lo mira. Mira la base. Los cruza en aspa como dice Marc, refunfuñando. Y aguanta visiblemente mejor, se nota hasta a ojo.

— Hostia — dice Nando, encantado de la vida—. El novio sirve para algo. Esto hay que celebrarlo con una cervecita.

— Son las once y media de la mañana — digo.

— Una cervecita no tiene hora, Rubén, eso lo sabe todo el mundo menos tú.

Trabajamos toda la mañana codo con codo.

Y pasa una cosa que no había previsto en ninguno de mis cálculos: Marc se ensucia.

Se mancha el mono de cola hasta el codo, se le pega serrín en el pelo repeinado, y en un momento, tirando de una eslinga para colocar una pieza, se hace un roce en la palma, un desollón pequeño en esa mano perfecta suya, y suelta un taco por lo bajo y se mira la herida con auténtica sorpresa, extrañado de que su cuerpo también pueda romperse un poco.

— Trae — digo, y le cojo la mano sin pensarlo.

Un desollón de nada, la piel levantada, ni sangre.

Le paso el pulgar por al lado, limpiándole el serrín de alrededor, y él no retira la mano, y yo tampoco la suelto tan rápido como debería, y estamos otra vez en las mismas, en ese segundo de más que últimamente se repite demasiado entre nosotros dos.

— Se te va a poner un callo aquí — digo, para romper el momento.

— ¿Es malo eso.

— Es lo contrario de malo. Es que has hecho algo con las manos por fin.

Le suelto la mano. Vuelvo al trabajo. Pero durante el resto de la mañana lo pillo mirando la falla desde abajo, con la cabeza echada hacia atrás, con una cara que no le había visto en cuatro años: no la de catálogo, no la de agobio, otra distinta.

La de alguien al que algo le fascina de verdad y no sabe disimularlo.

A media mañana, mi padre baja del andamio y se planta al lado de Marc, que está lijando un canto con más voluntad que técnica, apretando de más.

Sin decir nada, mi padre le coge la mano, la de la lija, y le corrige el movimiento.

Suave, largo, siguiendo la veta, no a lo bruto.

Marc lo mira, atiende, repite. Y le sale mejor.

Mi padre asiente una vez y vuelve al andamio sin una palabra, y yo, desde el otro lado de la falla, me quedo con la lija parada en el aire, porque ese gesto —enseñarle, corregirle la mano— mi padre no se lo hace a cualquiera.

A mí me costó años ganármelo. Marc lo ha conseguido en una mañana y ni siquiera sabe lo que acaba de recibir.

— Tu padre no habla mucho — me dice Marc luego, bajito, mientras lijamos codo con codo.

— Habla con las manos. Si te ha corregido, es que le importas un poco. Al que le da igual, lo deja hacerlo mal.

Marc mira su propia lija un momento, y no dice nada, pero se le nota que lo ha entendido, y sigue lijando con la veta, despacio, como le han enseñado.

Comemos allí mismo, sentados en cajas de embalaje vueltas del revés, con la falla dándonos sombra desde arriba.

Y en un momento, mientras los demás discuten a voces sobre no sé qué tradición fallera que Nando jura y perjura que es sagrada y ancestral y que yo sé de sobra que se acaba de inventar sobre la marcha, Marc se gira hacia mí y me pregunta, bajito, para que no lo oigan los otros:

— ¿Tú por qué estudias arquitectura, si ya tienes todo esto.

Y no es una pregunta para la biografía falsa. Se le nota. Es de las de verdad, de las de dentro.

— Porque quiero construir cosas que no se quemen — digo, antes de poder frenar la lengua.

Se me escapa. Así, entera, redonda. La cosa más de verdad que le he dicho a nadie en años, la que no le he dicho ni a mi padre, la que explica por qué me rompo la espalda estudiando de noche después de romperme la espalda en la nave de día, por qué aguanto la beca de un hilo y las miradas de los niños de papá.

Y me sale sola, sin avisar, delante de un Císcar, encima de una caja de embalaje, con el bocadillo en la mano.

Marc me mira. No dice nada listo. No saca el móvil a apuntarlo. No hace una lista. Solo asiente, despacio, una vez, entendiéndolo de verdad, y sigue comiendo.

Y yo me giro hacia mi bocadillo a toda prisa, con el corazón haciendo una cosa rara en el pecho, porque acabo de romper la norma tres sin que nadie me obligara a hacerlo, por gusto, y lo peor no es haberla roto.

Lo peor es que no me arrepiento ni un poco.