Lo que no arde Capítulo 5
18%

Capítulo 5

El café de El Cresol quema el vaso antes de quemarte a ti.

Es la máquina, que saca el agua a temperatura de fundir acero, y todo el mundo lo sabe y todo el mundo se sigue quemando los dedos igual, porque la facultad entera funciona con esa cafeína criminal a las nueve de la mañana.

Es lo único que nos mantiene despiertos en Cálculo de Estructuras.

Alba tiene dos vasos. Siempre. Uno en la mano, ya empezado, y otro esperando su turno en la mochila, cargado y listo, munición de repuesto para cuando el primero caiga.

— A ver — dice, y le da un sorbo al primero sin dejar de mirarme por encima del borde de cartón—. Cuéntame por qué llevas desde el lunes mirando la puerta cada vez que entra alguien.

— No miro la puerta.

— Miras la puerta. La has mirado seis veces en lo que llevamos sentados.

— Estoy repasando el enunciado del proyecto.

— Llevas el enunciado del revés, Marc. — Baja el vaso, muy despacio—. Spoiler: no estabas leyendo el enunciado.

Le doy la vuelta al papel con toda la dignidad que puedo reunir, que es más bien poca.

Alba me conoce desde primero, desde los tiempos en que los dos éramos los raros que iban a la biblioteca los viernes por la tarde mientras el resto se iba de cañas, y tiene la costumbre insufrible de leerme por dentro como a un cristal soplado.

Por eso es la parte más difícil de todo el plan.

A mi familia le puedo colar casi cualquier cosa, porque mi familia me mira desde lejos, con lástima o con orgullo, pero siempre desde lejos, desde la otra punta de la mesa.

Alba me mira de cerca. Alba es peligrosa de verdad.

Y precisamente por eso he decidido que la mejor defensa es soltárselo yo antes de que lo descubra ella.

— Estoy saliendo con alguien — digo.

Alba deja el vaso sobre la mesa. Muy despacio. Con la ceremonia de quien deja un cuchillo sobre el mantel antes de una conversación que va a doler.

— Repite eso.

— Que estoy saliendo con alguien. Desde hace unas semanas. No lo había contado porque... ya sabes. No quería gafarlo.

— No, no sé. Ilústrame. — Se inclina hacia delante, los codos en la mesa—. ¿Con quién.

Y en ese momento, con un timing que si lo hubiera planeado durante un mes no me habría salido tan redondo, la puerta de El Cresol se abre y entra Rubén.

Trae el pelo mojado de la lluvia de febrero y una carpeta bajo el brazo y esa cara de pocos amigos de las nueve de la mañana que tenemos todos, y busca la máquina de café con los ojos antes que a ninguna persona, porque él también sobrevive a base de esta cafeína homicida.

Y luego me localiza a mí en la mesa. Y algo cambia en su cara, un cálculo rápido, un cambio de marcha, porque este es su debut igual que el mío, y hemos quedado en que hoy empezamos a vendernos en público, sin red.

Se acerca. Le veo decidir cada paso, como quien cruza un río pisando piedras.

— Buenos días — dice, y se planta al lado de mi silla, y hay un segundo horrible en que ninguno de los dos sabe qué hace exactamente una pareja de verdad en público a las nueve de la mañana, si un beso, si nada, si un abrazo, y lo resolvemos de la manera más cutre posible: me pone una mano en el hombro, rígida como una garra de grúa, y yo levanto la mía y se la aprieto por encima, todavía más rígida.

Parecemos dos maniquíes de escaparate dándose el pésame.

Alba nos mira. Mira la mano de Rubén clavada en mi hombro. Mira mi mano agarrando la suya. Mira nuestras dos caras de estar pasándolo francamente mal. Y estalla en una carcajada tan grande que la gente de las mesas de al lado se gira a mirarnos.

— No — dice, secándose una lágrima con el dorso de la mano—.

No, no, no. ¿Sanchis? ¿Tú y Sanchis? — Se lleva la mano al pecho—.

Perdón. Perdón, es que... Marc. Cariño mío.

Lleváis cuatro años queriendo mataros con la mirada.

El curso pasado le dijiste que su memoria del proyecto parecía escrita con los pies y a oscuras.

— La gente cambia — digo.

— Y él te llamó "niñato de rótulo" delante del profesor de Construcción. Lo oyó media escuela.

— Fue un momento de tensión — dice Rubén, y sin pedir permiso arrastra la silla libre y se sienta, y me aprieta el hombro otra vez, y esta vez me hace daño de verdad, el muy animal—. La tensión, ya sabes cómo es. A veces es de una cosa y a veces resulta que era de otra. La línea es finísima.

Y lo dice con una cara tan seria, tan de golfo con estudios, que Alba abre la boca para replicar y la vuelve a cerrar sin encontrar la réplica.

— Spoiler — dice al fin, señalándonos a los dos con el dedo, muy despacio, un dedo y luego el otro—: esto va a acabar fatal.

No sé qué es, no me lo trago ni medio segundo, ni con este café que quita la fe.

Pero pienso quedarme a verlo hasta el final.

— Coge el segundo vaso de la mochila, el de repuesto—.

Va a ser mejor que cualquier serie de las que veo.

Rubén se levanta a por su café homicida, y en los treinta segundos que tarda en llegar a la máquina, Alba se inclina hacia mí por encima de la mesa, baja la voz y suelta la careta de guasa.

— Marc. En serio ahora. — Me busca los ojos—. ¿Qué estás haciendo.

— Ya lo has oído. Estoy con Sanchis.

— No. — Niega con la cabeza, despacio—. Te conozco desde primero.

A ti no te gusta la gente que te lleva la contraria, te gusta la gente que te lo pone fácil.

Y ese de ahí — señala a Rubén con la barbilla, que discute con la máquina que le ha quemado el vaso— no te va a poner nada fácil en la vida.

Así que o me estás mintiendo, que es lo que creo, o te ha pasado algo mucho más gordo de lo que me cuentas. Y en los dos casos me preocupa.

— Estoy bien, Alba.

— Spoiler: cuando dices "estoy bien" con esa voz es justo cuando no lo estás. — Se echa hacia atrás, coge su café—. Vale. No pregunto más. Pero cuando esto explote, y va a explotar, aquí estoy. Con dos cafés. Que lo sepas.

Y ahí, más o menos, la doy por perdida y por ganada a la vez.

Alba no se lo cree. Pero Alba tampoco lo va a reventar, porque me quiere más de lo que le puede la lógica, y con eso me basta y me sobra: yo no necesito que se lo trague, necesito que no lo desmienta delante de la clase y de quien pueda llegar a mi madre.

Un aliado tibio, uno que mira desde la grada con dos cafés y cara de "te lo dije", sigue siendo un aliado.

Lo peor viene en el aula.

Porque el rumor corre, corre solo, y a media mañana media promoción ya sabe que Císcar y Sanchis están juntos, y lo que descubro entonces me deja frío: nadie se sorprende tanto como debería sorprenderse.

Un compañero me da una palmada en la espalda al entrar.

Una chica de la otra fila dice "ya era hora, con lo que os mirabais siempre".

Y entiendo, con un escalofrío incómodo bajándome por la nuca, que lo que Rubén y yo llevamos cuatro años llamando odio, desde fuera se ve raro.

Que discutir con alguien cada día, buscarlo con la mirada para picarte, quedarte con la última frase de cada pique, tiene una lectura que yo nunca me había parado a hacer y que al parecer todos los demás llevan haciendo desde primero.

Rubén se sienta dos filas detrás de mí, como siempre, en su sitio de siempre.

Y como siempre, a media clase, cuando el profesor pregunta por las cargas de una estructura hiperestática, levantamos la mano los dos a la vez, exactos, y el profesor sonríe y dice "a ver, la parejita, uno de los dos", y toda la clase se ríe, y a Rubén se le tensa la mandíbula.

Lo noto sin girarme. Le noto la mandíbula desde aquí.

Porque ese es el origen de todo, y hoy lo tengo sentado dos filas detrás.

Primero de carrera. El taller de proyectos avanzados que cogía a ocho.

Entramos los dos en la lista de aspirantes con las mejores notas de la promoción, y al final entré yo y él se quedó fuera por un puesto, uno solo.

Yo apenas me acuerdo de aquello, esa es la verdad incómoda; lo pedí porque se pedía, porque en mi casa se solicita todo lo que sube el expediente, sin pararte a pensar quién queda debajo.

Nunca pensé en quién se quedaba fuera de la lista.

Nunca me paré a imaginar que del otro lado de mi plaza había un chico currando de camarero en bodas para pagarse la matrícula, viéndome entrar a mí con mi apellido y mi coche, convencido —lo entiendo ahora, viéndole la mandíbula desde aquí— de que se la había robado sin despeinarme, con una llamada de mi padre que a lo mejor existió y a lo mejor no.

Y eso es lo peor de venir de donde vengo: que nunca sabes si las manos que te empujan hacia arriba existieron o no. Las manos que empujan a los que vienen de mi casa no se ven. No dejan huella. Pero el que se queda fuera sí las siente en la espalda.

No es momento de darle vueltas. Estamos en clase, fingiendo que nos queremos, y se me da regular.

Al salir, en el pasillo, entre el ruido de sillas y mochilas, me vibra el móvil en el bolsillo.

Es un mensaje. Y en cuanto veo el nombre en la pantalla se me cierra el estómago, porque hay nombres que uno borra de la agenda pero el teléfono se empeña en reconocer igual, guardados en algún rincón que no controlas.

Gonzalo.

"Hola, Marc. Me han dicho que estás con alguien. Me alegro muchísimo, de verdad, ya era hora. Nos vemos en la boda de Neus, ¿no? Tengo muchas ganas de conoceros a los dos. Un beso."

Lo leo tres veces seguidas. Cada palabra es un cuchillo envuelto en algodón, que es exactamente como Gonzalo hace todas las cosas: te hunde sonriendo, te desea lo mejor mientras calcula cómo quitártelo.

"Tengo muchas ganas de conoceros." Sabe que no hay nadie.

O sospecha con fuerza que no hay nadie, que me lo he inventado, porque él me conoce, sabe de lo que soy capaz cuando me acorralan.

Y va a estar en la boda, delante de toda mi familia, delante de mis padres, esperando pacientemente el momento exacto en que se caiga el decorado y yo quede como lo que él siempre dijo entre dientes que era: alguien que se inventa historias bonitas para no admitir que está solo y roto.

Rubén sale del aula detrás de mí. Me ve la cara antes de que me dé tiempo a recomponerla.

— ¿Qué pasa — dice, y baja la voz, y por un segundo no suena a rival, suena a otra cosa—. ¿Estás bien.

Me guardo el móvil en el bolsillo. Me subo las gafas. Recompongo la cara, la de catálogo, la que no se cae ni con viento fuerte.

— Cambio de planes — digo—. La boda ha dejado de ser opcional. Tenemos que ser perfectos ese día. Impecables.

— ¿Perfectos por qué. Si tu familia ya se lo traga.

Miro el pasillo, la gente pasando con las carpetas, el ruido normal y ajeno de un martes cualquiera, gente que tiene problemas normales. Y por primera vez desde que empezó toda esta locura, me doy cuenta de que ya no lo hago solo por mi madre ni por el qué dirán de la tía Reme.

— Va a estar mi ex — digo—. Y no le pienso dar el gusto de tener razón sobre mí.