Capítulo 4
— Color favorito — dice Marc.
— No tengo.
— Todo el mundo tiene un color favorito.
— Yo no. — Me encojo de hombros—. Trabajo con todos. Si tuviera uno favorito lo acabaría odiando a las dos semanas de tanto verlo.
Marc anota algo en el móvil. Llevamos cuarenta minutos así, sentados en dos banquetas en mitad del taller, un jueves por la tarde, con la falla mirándonos desde arriba sin cara, mientras Marc me interroga como en una oposición al Estado y yo le doy respuestas que le fastidian el esquema.
Es nuestra primera "sesión". La ha llamado así, con esa boca.
Sesión. Como el psicólogo, como el fisio.
— Vale, sin color favorito. — Teclea, borra, vuelve a teclear—. ¿Cómo nos conocimos.
— En clase.
— Eso es aburrido.
— Es que fue aburrido, Císcar. Coincidimos en un aula durante cuatro años y nos caímos como el culo desde el primer día. No hay violines. No hay lluvia. No nos rozamos la mano cogiendo el mismo libro en la biblioteca.
— No podemos decir que nos caemos como el culo.
— Nos cayéramos. En pasado. Ya no, ¿recuerdas? Ahora estamos locamente enamorados. — Pongo voz de anuncio de perfume—. Fue un flechazo en el aula B-2, entre los planos de un edificio que no se va a construir jamás. Nuestros ojos se encontraron sobre una sección constructiva.
— ¿Puedes tomártelo en serio cinco minutos.
— No. Es físicamente imposible. Lo he intentado y no me sale.
— Vale. Pongamos que no fue en clase. — Marc teclea, decidido a salvar el guion—. Nos conocimos en una exposición de arquitectura. En el Colegio de Arquitectos, en una charla sobre patrimonio. Coincidimos, discutimos sobre la restauración de un edificio, y de ahí saltó la chispa.
— Yo no voy a charlas sobre patrimonio, Císcar. Yo voy a la nave a lijar.
— Pero es más creíble que...
— Es menos creíble, porque en cuanto tu tía me pregunte de qué iba la charla me quedo mudo y se cae el chiringuito.
— Le quito el móvil de las manos, se lo giro para ver la lista, y flipo con la cantidad de puntos que tiene—.
Mira, la verdad siempre es más fácil de sostener que la mentira, porque la verdad no hay que memorizarla.
Nos conocimos en clase, nos caíamos mal, y un día dejamos de caernos mal.
Punto. Eso me lo sé porque es lo que ha pasado, más o menos.
Lo otro me lo tendría que estudiar como un examen.
Marc me mira, y por un segundo parece que va a discutírmelo, porque discutir es lo suyo, pero luego baja el móvil.
— Un día dejamos de caernos mal — repite, despacio, probando cómo suena en su boca.
— Es un decir. Sigue cayéndome fatal. — Le devuelvo el móvil—. Pero para el guion nos sirve.
Se le escapa medio suspiro. Se sube las gafas.
Y ahí, en ese gesto, en cómo aprieta el móvil entre los dedos, se le nota una cosa que no había visto antes y que me descoloca del todo: no está enfadado.
Está agobiado de verdad. Le tiembla un poco la pierna, un tic pequeño, la punta del zapato caro dando golpecitos contra el suelo de cemento, tac, tac, tac.
Marc Císcar, el que en clase parece que lo lleva todo firmado, sellado y registrado, está muerto de miedo por dentro y lo tapa con listas y con puntitos y con calendarios.
Lo tapa fatal, además. Se le ve a un kilómetro. Y me da una cosa rara verlo, un pinchazo que no me apetece nada tener.
— Oye — digo, y bajo el tono, aunque no sé muy bien por qué lo bajo—. ¿Por qué haces esto de verdad.
— Ya te lo dije. La boda de mi prima.
— No, no me refiero a eso. Por qué te has inventado un novio entero, digo. Quién se inventa un novio de la nada. Podías decir que no tienes pareja y ya está. La gente no tiene pareja, no es ningún delito, no te meten en la cárcel por estar soltero.
Marc se queda callado.
Es un silencio distinto a los de antes. Los de antes eran de rival, de "esa información es mía y no te la doy".
Este es de otra clase. Baja la vista al móvil, buscando ahí una respuesta que el móvil no le va a dar, y no la encuentra, y por un segundo se le cae la cara buena, la de catálogo, y debajo hay un chaval de veintidós años que no sabe qué contestar a una pregunta sencilla.
— Eso es de las cosas de verdad — dice al final—. Norma tres.
Y tiene razón, el cabrón. Es de las cosas de verdad, de las de dentro.
Lo dejo estar, aunque me quede con las ganas, y esa es la primera señal clara de que esto va a salir fatal: que me he quedado con las ganas de saber una cosa de verdad de Marc Císcar.
De él. Del enemigo. Yo, que no quiero saber nada de nadie.
— Vale, norma tres — digo—. Sigue con el interrogatorio, comisario.
Seguimos. Me aprendo que su madre se llama Amparo y mide el cariño en llamadas de logística: horas, sitios, a quién saludar.
Que su padre tiene un estudio grande y una silla vacía esperándolo desde que nació.
Que tiene una amiga, Alba, que va siempre con dos cafés a la vez, uno en cada mano, y que "me va a calar en cero coma", así que con ella hay que ir con pies de plomo.
Que odia el cilantro y las sorpresas y que le llamen por el apellido los profesores.
Yo le suelto lo mínimo indispensable: que mi padre es Ximo, que tengo una hermana de dieciséis que es un huracán con móvil, que el taller es esto que ve, que hago fallas.
Le enseño la nave porque me lo pide, y aquí pasa una cosa que no había previsto.
Marc se calla.
Le enseño la falla desde abajo, la estructura, cómo se levanta por piezas numeradas, cómo cada trozo lleva su número escrito con lápiz de carpintero para el montaje, cómo lo que parece una escultura maciza por fuera es por dentro madera y aire y cálculo y rezos.
Y Marc, que llevaba una hora enganchado al móvil, se guarda el móvil en el bolsillo.
Da una vuelta entera alrededor de la falla con la cabeza echada hacia atrás.
Toca una junta con esa mano blanca suya, con cuidado, con respeto, del modo en que se toca una cosa que sabes que puede romperse si aprietas.
— ¿Todo esto — dice— para quemarlo.
— Todo esto para quemarlo.
— ¿Y no te da...
— ¿Pena. — Me apoyo en el andamio—. Al principio sí. De crío lloraba en la cremà, como un tonto, todos los años, me tenía que llevar mi madre a casa. Luego lo vas entendiendo.
— ¿Qué entiendes.
Y me lo pregunta de verdad. No es la pregunta de "dame material para la biografía falsa, apunto el dato".
Es la pregunta de alguien que necesita saber la respuesta, que mira una cosa preciosa condenada a arder dentro de mes y medio y no le cabe en la cabeza cómo puede uno dedicarle la vida a eso.
Y yo, que tengo la respuesta clara desde los diez años, no sé decírsela con la boca delante de él, así que me sale mal, medio en broma, medio en serio:
— Que lo bonito no es que dure — digo—. Es lo que decides salvar del fuego antes de que arda todo lo demás.
Marc me mira.
Y ahí es donde la cosa se tuerce.
Porque me mira, y no aparta la vista, y yo tampoco la aparto, y el taller entero se queda muy callado, solo el zumbido de los focos y el goteo de un grifo al fondo, y estamos los dos de pie muy cerca de la falla y bastante más cerca el uno del otro de lo que dice la norma dos, y sus ojos son marrones con una raya más clara alrededor que no había visto nunca porque nunca me había parado a mirárselos de cerca, y él tampoco aparta los suyos de los míos, y pasa un segundo, y pasa otro, y pasa un tercero que ya no debería estar pasando de ninguna manera.
Se me seca la boca.
Es Marc Císcar, me digo. Es el tío que odio. Es el niño de papá que me quitó la plaza en primero sin despeinarse. Es un trabajo de mil quinientos euros que necesito para el corcho. Es norma uno, esto no es real, esto no es real, esto no es...
— Voy a tallarte — suelto.
Marc parpadea.
— ¿Qué.
— Un ninot. — Me giro hacia el banco a toda prisa, cojo la figura de cera a medio hacer, cualquier cosa con tal de tener las manos ocupadas y los ojos puestos en otro sitio que no sean esos ojos suyos—.
Te voy a tallar un Marc de cartón. Un ninot con tu cara de arquitecto y todo, con las gafas de pasta y la camisa planchada y esa cara de estar calculando cargas.
Y lo pongo en la falla, arriba del todo, bien visible.
— ¿Para qué.
— Para quemarlo en la cremà. — Le enseño la navaja pequeña, sonriendo, recuperando terreno, volviendo al pique, a lo seguro, a lo conocido—.
El diecinueve de marzo por la noche tu doble arde despacito, conmigo delante mirando y comiendo buñuelos.
Va a ser lo mejor de estas Fallas, Císcar. Le voy a poner hasta las gafas.
Marc suelta el aire que estaba aguantando.
Se le relaja la cara, se le afloja algo en los hombros.
Y encima se ríe, una risa corta pero de verdad, la primera que le oigo, y nada que ver con la sonrisa de catálogo: torcida, un poco fea, con un colmillo montado sobre el otro, mucho mejor que la buena.
— Estás fatal — dice.
— Muy fatal. Es parte de mi encanto natural. Pregúntale a mi novio, que lo conoce bien.
Y lo digo así, de coña, "mi novio", y a los dos se nos queda la palabra flotando en el serrín un segundo, girando despacio, y ninguno de los dos la coge ni la comenta.
— Deberíamos... — Marc mira la hora en el móvil, se levanta de la banqueta demasiado rápido, casi la tira—. Es tarde. Mañana hay clase a primera.
— Ya. Norma uno.
— ¿Qué.
— Nada. — Empiezo a tallar la cera sin mirarla, dándole a la navaja—. Que es tarde, eso. Vete, arquitecto, que se te va a manchar el abrigo de estar aquí parado y luego no hay quien te lo limpie.
Recoge sus cosas, la carpeta, el móvil, las llaves de un coche que vale lo que mi carrera entera. Se va hacia la puerta grande, y esta vez la empuja un poco mejor, le va cogiendo el punto a la guía de abajo, aprende rápido el condenado. En el umbral se para, con una mano en la chapa.
— Rubén.
— ¿Qué.
— Lo del ninot. — Duda, y mira al suelo, y luego a mí—. No lo hagas muy feo.
Y se va antes de que le conteste, con el ruido de tren de la chapa cerrándose detrás, y yo me quedo solo en la nave con la navaja y la cera y un muñeco a medias que ya no sé si estoy tallando de broma o de otra cosa, mirando el trozo de suelo donde ha estado de pie, donde hemos estado los dos demasiado cerca demasiado rato sin ninguna galería delante que lo justificara.
Y pienso, con la boca todavía seca y la navaja parada en la mano:
Esto no es real.
Lo pienso tres veces seguidas, despacio, como quien reza un padrenuestro para dormirse. Y a la tercera ya no me lo creo ni la mitad que a la primera.