Capítulo 3
— Mil quinientos euros — digo.
Lo he ensayado en el coche, en el atasco, en el ascensor, delante del espejo del baño esta mañana.
Cómo decirlo, cuándo, con qué tono exacto.
No demasiado alto, que suene a insulto; no demasiado bajo, que suene a súplica.
Una cifra puesta encima de la mesa con la naturalidad de quien no le da importancia al dinero, que es, me doy cuenta ahora, el mayor lujo que existe y el más obsceno: poder fingir que el dinero no importa delante de alguien a quien le importa muchísimo.
Rubén Sanchis se queda muy quieto.
Hasta este segundo tenía la barbilla alta y la puerta señalada con la mirada, listo para echarme a la calle.
Ahora la figura de cera que lleva entre los dedos deja de girar.
Es lo único que se mueve en toda la nave, esa figurita, el termómetro pequeño de lo que le pasa por dentro, y ahora se para en seco.
— Mil quinientos euros — repito, porque he leído en algún sitio que las cifras hay que dejarlas respirar, no atropellarlas—.
Por hacer de mi novio hasta que acaben las Fallas.
Cinco semanas, seis a lo sumo. Un papel, nada más.
Cuando termine, cada uno a su vida, y no volvemos a hablar del tema ni a saludarnos si no quieres.
Saco el móvil. Abro la lista. La he preparado como preparo todo, con puntos y subpuntos y hasta un calendario, porque el orden es lo único que me sostiene cuando el suelo se mueve, y ahora mismo el suelo se mueve bastante.
— Lo tengo pensado. Nos vemos dos o tres veces por semana para tener versiones coherentes, biografías cruzadas, anécdotas creíbles de cómo nos conocimos. Hay una boda el siete de marzo, la de mi prima, donde tendrás que...
Rubén se ríe.
Una risa corta, hacia dentro. De puro no dar crédito. Me parte la frase por la mitad, limpia, como el cúter entra en el corcho.
— Tienes una lista — dice.
— Tengo un plan.
— Has hecho una lista para comprarme. — Deja la figura en el banco, con cuidado, sin apartar los ojos de mí—. Con puntos y subpuntos. Collons, Císcar, eres todavía peor de lo que pensaba, y mira que yo ponía el listón bien alto.
Noto el calor subiéndome por el cuello, por encima de la camisa. Tamborileo los dedos contra la carcasa del móvil.
— No te estoy comprando.
— Me estás poniendo un precio. Es literalmente lo mismo.
— Te estoy ofreciendo un trabajo. — Me subo las gafas—. Hay una diferencia.
— La diferencia — dice, y da un paso hacia mí, y por primera vez lo tengo cerca de verdad, tan cerca que le veo el serrín pegado en las cejas, y huele a cola y a madera y a algo más, a sudor limpio de haber trabajado, un olor que en mi mundo no existe—, la diferencia es que a un trabajo te presentas por tu cuenta y con tu currículum.
Esto es otra cosa. Esto es un tío rico que llega a las once de la noche al taller del pobre a comprarle la dignidad a plazos, y que encima trae la lista hecha para que quede todo ordenadito.
Yo no le debo nada a nadie, Císcar. Ni a ti, ni a tu padre, ni a tu apellido, ni al banco.
Ya te lo puedes meter donde te quepa, el plan.
Ahí está. La palabra. Dignidad. La suelta con la barbilla temblándole de rabia contenida, y lo entiendo demasiado tarde: lo he hecho todo al revés desde el minuto uno.
He venido a comprar a la única persona que lleva toda la vida defendiéndose de que la compren.
Le he tendido justo la mano que más odia.
La de los billetes. La que a él lo empequeñece.
Debería irme. Lo sensato es irme, tacharlo de la lista, buscar a otro, o confesar en casa y comerme la lástima como un hombre.
Pero soy Marc Císcar y no sé irme de los sitios donde he decidido que voy a ganar. Hago lo único que sé hacer cuando algo se me escapa entre los dedos: reordeno la jugada, cambio el ángulo.
— El proveedor te ha llamado dos veces esta semana — digo.
Rubén se para en seco.
— ¿Cómo sabes tú...
— No lo sé. Lo supongo. — Miro alrededor, la falla sin cara, los andamios, el bote de cola con la boca reseca, la foto de su padre en la pared, un hombre más joven abrazado a una figura enorme—.
Miro esta nave y veo un taller que tiene que terminar seis metros de falla en mes y medio y que no tiene materiales para hacerlo.
Veo a tu padre, que estaba aquí a las nueve y ya no está, y a ti solo a las once porque no puedes pagar a nadie que te eche una mano.
Veo callos y no veo dinero. — Me obligo a mirarlo a la cara, aunque me cuesta—.
No te estoy comprando la dignidad, Rubén.
Te estoy ofreciendo mil quinientos euros que no vas a encontrar en ningún otro sitio, por un trabajo de mierda que me da vergüenza pedir, porque yo también estoy desesperado.
No eres el único al que le cuesta pedir cosas.
A mí me cuesta esto que estoy haciendo ahora horrores.
Silencio.
El zumbido de los focos. El serrín. Rubén me mira, y esta vez no me mira con el asco de siempre, con el desprecio bien engrasado de cuatro años, sino de otra forma, la que pone cuando le busca a una figura la veta antes de tallarla, buscándome algo por dentro que no esperaba encontrar.
Y odio que se me note. Odio que la desesperación se me haya escapado por una rendija, porque enseñar la desesperación es exactamente la clase de cosa que no me puedo permitir, la que en mi casa te cuesta el cariño.
— ¿Por qué yo — dice al final.
— Porque no conoces a nadie de mi mundo.
— Es la verdad más limpia que le voy a dar esta noche—.
Cuando esto acabe, desaparecerás. Nadie de mi familia va a coincidir contigo jamás, ni en una boda, ni en un funeral, ni en el club.
Eres... — busco la palabra menos ofensiva y no la encuentro a tiempo— seguro.
— Soy invisible, quieres decir.
— Eres discreto.
— Soy alguien que no cuenta. — Lo dice sin rencor, casi divertido, y eso es mil veces peor que si lo dijera dolido—. En tu mundo no pinto nada, así que puedo saber tus secretos porque no tengo a quién írselos a contar. Menudo piropo me acabas de echar, Císcar. Para enmarcarlo.
No sé qué contestar a eso, así que no contesto. Otra cosa que no sé hacer: callarme a tiempo y también hablar a tiempo, las dos.
Rubén se pasa el pulgar por un callo de la palma, ida y vuelta, ida y vuelta, mientras piensa.
Y yo espero, y en la espera me doy cuenta de que quiero que diga que sí con una intensidad que no tiene ningún sentido, porque hace tres horas Rubén Sanchis era solo un problema resuelto sobre el papel, el requisito tres de mi lista, la solución limpia, y ahora es un chico que huele a madera pensándoselo en mitad de su taller, con la foto de su padre mirándonos, y algo de todo esto me revuelve por dentro de una manera que no había calculado.
— Con condiciones — dice.
Suelto el aire que no sabía que estaba aguantando.
— Las que quieras.
Coge un rotulador gordo del banco, de los de marcar cortes en el corcho, y arranca un trozo de cartón del suelo, uno de esos cartones de embalaje que hay a montones por todas partes.
Lo apoya en el banco, aparta el serrín con el canto de la mano.
Y empieza a escribir, con esa letra de mayúsculas de quien rotula piezas para el montaje, no cartas de amor.
— Norma uno — dice en alto mientras escribe—. Esto no es real.
— Vale.
— Es lo más importante de todo. — Me señala con el rotulador destapado—. Esto es un paripé. Un trabajo, como tú dices. En el momento en que a alguno de los dos se le olvide que no es real, la lía parda. Así que va la primera, la de arriba, la que manda. Esto no es real.
— Norma uno — repito, y algo en el pecho me hace un ruido pequeño que decido no escuchar.
— Norma dos. Nada de tocarse más de lo justo. Lo justo para que cuele delante de la gente, y ni un dedo más de ahí.
Escribe. El rotulador chirría contra el cartón.
— Norma tres. Nada de contarnos cosas de verdad. Tú no eres mi amigo y yo no soy tu psicólogo. Nos aprendemos las biografías falsas que hagan falta y punto pelota. De lo real, de lo de dentro, nada de nada.
— De acuerdo — digo, y es la norma que más me tranquiliza, y no me pregunto por qué me tranquiliza tanto que alguien me prohíba contarle la verdad.
— Norma cuatro. Esto se acaba después de Fallas. El diecinueve por la noche arde la falla, y con ella arde el paripé. Ni un día más. El veinte de marzo somos otra vez dos desconocidos que se caen mal.
— Ni un día más.
Se para. Mira el cartón, las cuatro líneas. Luego me mira a mí, y por un segundo dudo si va a escribir la última, porque coge aire antes, y cuando la escribe lo hace más despacio que las otras, apretando el rotulador hasta que el trazo queda más grueso.
— Norma cinco — dice—. El dinero no se menciona jamás.
Ni tú ni yo. Ni una broma, ni una indirecta, ni un "acuérdate de lo que te pago" el día que discutamos.
Si esto va a pasar, el dinero desaparece en el mismo momento en que te dé la mano, y no vuelve a existir hasta que acabe. Como si no hubiera. ¿Estamos.
— Estamos.
Deja el rotulador. Clava el cartón en un tablón de la pared con una chincheta que saca de una lata de conservas llena de tornillos, y ahí se queda, un poco torcido, entre bocetos de la falla y la foto vieja de su padre.
Las normas del paripé. Cinco líneas en mayúsculas sobre un cartón de embalaje.
Y no sé explicar por qué, mirándolas colgadas en esa pared, tengo la sensación de estar firmando algo mucho más grande de lo que ninguno de los dos entiende todavía, algo que va a tardar semanas en enseñarme lo que es.
— Trato — dice Rubén, y me tiende la mano.
Se la doy.
Y en el segundo en que nuestras manos se encuentran, lo veo.
Lo vemos los dos, creo, porque él baja la vista al mismo tiempo que yo, a la vez, con la misma torpeza.
La suya es ancha, con callos que se le notan al apretar, restos de cola secándose en los nudillos, una cicatriz vieja cruzándole el pulgar de lado a lado, la mano de alguien que ha construido cosas con ella desde crío.
La mía es blanca, lisa, las uñas cuidadas y limadas, la palma sin una sola marca de haber hecho nada de verdad en veintidós años.
Una mano de dibujar. Blanda, dijo su padre.
Todavía no lo sé, pero ese hombre ya me ha leído entero.
Dos manos que no tendrían que tocarse nunca, apretándose para cerrar una mentira.
Rubén las mira medio segundo de más. Yo también. Y luego suelta la mía, se limpia la palma en el pantalón con un gesto rápido, casi sin darse cuenta, como quien se sacude algo, y dice, sin mirarme ya:
— Esto va a salir fatal, Císcar.
— En teoría, no — digo.
Él suelta esa risa suya, hacia dentro, la que ya empiezo a distinguir de las otras.
— En teoría — repite, y coge la lija otra vez, y se gira hacia la falla—. Ya ves tú.