Capítulo 2
La falla mide seis metros y todavía no tiene cara.
A las once de la noche el taller es mío.
Mi padre se ha ido a las nueve, obligado, porque el médico dijo que nada de escaleras después de las ocho y porque yo se lo quité de las manos, la lija, y le dije que se fuera a casa antes de que le diera otro susto de los que ya me sé de memoria.
Ahora estoy solo con la estructura, con los focos que zumban, con el serrín flotando en la luz como nieve de mentira.
Todo aquí es de mentira, si te paras a pensarlo.
Corcho blanco que parece piedra. Poliestireno que parece mármol.
Cartón que dentro de mes y medio parecerá una señora de tres metros riéndose de los políticos, y que un mes después de eso será ceniza en la acera y una mancha de humo en la pared del casal.
Nos partimos la espalda haciendo cosas preciosas para verlas arder. De manual.
Paso el pulgar por el canto de la figura que tengo entre las manos.
Una virutilla de cera, nada, un muñeco pequeño que voy tallando cuando no sé qué hacer con los dedos.
Los dedos siempre tienen que estar haciendo algo o me subo por las paredes.
Mi padre es igual. Habla poco, mi padre; lo que siente lo dice con las manos, y yo he salido a él en eso y en casi todo lo demás, menos en que él nunca se queja y yo me quejo por dentro todo el rato, en una radio que no apago nunca.
La deuda son tres mil euros. Al proveedor de madera y corcho, el de siempre, Bonanova, que ya me ha llamado dos veces esta semana con esa voz de quien te aprecia pero también tiene sus facturas y sus hijos y su hipoteca.
Tres mil. La falla hay que terminarla para la plantà, y para terminarla hacen falta materiales, y para los materiales hay que pagar lo que se debe, y para pagar lo que se debe hace falta un dinero que no existe.
Es un círculo perfecto. Lo miro cada noche desde dentro, dándole vueltas, buscándole una salida que no tiene.
Podría pedir un préstamo. No me lo darían: un estudiante con beca y un taller con deudas no es lo que un banco llama un buen cliente.
Podría dejar la falla a medias, cobrar solo lo que llevo hecho, y comerme la fama de que el Taller Sanchis ya no cumple.
Eso, para mi padre, sería peor que el infarto.
La falla es su palabra. Cuarenta años cumpliendo, y no pienso ser yo el que rompa la racha.
Vibra el móvil. Vera.
"Nano, ¿sigues en la nave? Súbeme un vídeo de la falla que me hace falta contenido"
Mi hermana tiene dieciséis años y una idea muy clara de que el taller se salvará el día que consiga suficientes seguidores.
A lo mejor tiene razón y el antiguo soy yo.
Le contesto que se vaya a dormir, que mañana hay instituto, y le mando de todas formas un vídeo de diez segundos de la falla a oscuras, con los focos recortándola contra el techo de la nave, porque no sé decirle que no a Vera.
Nadie sabe decirle que no a Vera. Es su superpoder desde que nació y lo va perfeccionando año a año.
Me contesta con tres emojis de fuego y un "queda épica" y luego, porque es Vera, "papá se ha tomado la pastilla?". Sí, le pongo. Delante de mí. Y era verdad.
Cojo la lija. Vuelvo al pliegue del vestido de la señora de tres metros, esa curva que llevo dos días peleando, la que no me acaba de caer natural. Y mientras lijo pienso, como cada noche a esta hora, en la plaza.
Primero de carrera. El taller de proyectos avanzados que solo cogía a ocho de toda la promoción, el que te ponía en el radar de los estudios buenos antes de acabar.
Yo lo pedí convencido de que entraba, con una buena nota, ganada a pulso currando de camarero en bodas y comuniones para pagarme la matrícula mientras otros la firmaban sus padres sin mirar el importe.
Colgaron los ocho elegidos en el tablón, con nombres y todo.
Y de los ocho, uno era Marc Císcar. Císcar, como el estudio Císcar, el de los rótulos y los edificios de oficinas por media Valencia.
Entró él y me quedé yo fuera por un puesto. Un puesto.
Nadie me dijo nunca que fuera por el apellido.
Esas cosas no se dicen, esa es la gracia del asunto.
El chico cuyo padre puede llamar a quien haga falta entra en la lista de dentro, sin más, y el chico que huele a serrín se queda en la de espera, y todos hacen como que ha sido la nota, o la entrevista, o el azar de la vida. Así funciona el mundo. De manual.
No es que lo odie, exactamente. Es que verlo cada día, tan planchado, tan seguro de que la vida le debe lo que le da, con esas manos suyas que no han lijado nada en su existencia, me recuerda todo lo que a mí me ha costado sangre y a él le vino firmado de fábrica.
Y eso, encima de la deuda, encima del corazón de mi padre, encima de todo lo que llevo a la espalda, es más de lo que me apetece cargar a las once de la noche.
Lo aparco en el cajón donde aparco todo y sigo lijando.
Suena la puerta de la nave.
No la puerta pequeña, la de andar por casa. La grande, la de chapa, que hace un ruido de tren descarrilando cuando alguien la empuja sin saber empujarla, sin cogerle el punto a la guía de abajo que se atasca. Y solo hay una persona en toda Valencia capaz de no saber abrir la puerta de una nave.
Me giro con la lija todavía en la mano.
Y ahí está. En el umbral de mi taller, a las once y cuarto de la noche, en Benicalap, un Císcar.
Marc Císcar, para ser exactos, con un abrigo que cuesta más que mi falla entera, mirando el serrín del suelo mientras calcula, casi lo veo hacer la cuenta, cuánto se le va a manchar de mierda el zapato si entra.
Que se le va a manchar seguro. Aquí todo se mancha, ese es el pacto de este sitio.
Me quedo tan quieto que la cera del muñeco se me clava en la palma.
— ¿Te has perdido, arquitecto? — digo.
Es lo único que se me ocurre, porque el cerebro se me ha quedado en blanco, cosa que no me pasa nunca, y menos con este.
Marc Císcar no está aquí. Marc Císcar no sabe ni que Benicalap existe, ni que existe la Ciutat de l'Artista Faller, ni que hay gente que se gana la vida con las manos a kilómetro y medio de su piso de molduras.
Marc Císcar y yo compartimos aula, no ciudad; nos cruzamos en los pasillos y nos ignoramos con oficio, cada uno en su carril, y ese reparto lleva cuatro años funcionando de maravilla para los dos.
— Hola — dice.
— Hola — repito, como un pasmarote.
Da un paso dentro. Los zapatos, en efecto, pisan el serrín y ya no vuelven a estar limpios.
Mira alrededor, la falla a medio hacer colgando de las eslingas, los andamios, los botes de cola con la boca reseca, la señora sin cara balanceándose despacio en las correas, y por un segundo, solo uno, se le olvida poner la cara de Císcar.
Se le olvida la mandíbula tensa y las gafas y el control, y mira la falla del modo en que se mira algo que no entiendes pero que te para en seco, algo que te hace callar.
Luego se recompone. Se sube las gafas con el dedo y vuelve a ser él.
— Necesito hablar contigo — dice.
— Son las once de la noche.
— Ya lo sé. — Traga, y le cuesta, se le ve el esfuerzo de decir lo que viene detrás—. En clase no podía. Delante de gente, no. No sabía cómo... encontrarte a solas sin que fuera raro, y luego me di cuenta de que esto ya es raro, así que.
— ¿Así que has venido a mi taller a medianoche.
— Así que he venido a tu taller a medianoche.
Dejo la figura en el banco. Me limpio las manos en el pantalón, aunque no se limpian nunca del todo, es más una costumbre que otra cosa, algo que hacer con las manos mientras el otro reúne el valor.
Y Marc lo está reuniendo, se le nota, porque Marc Císcar, que en clase levanta la mano con la respuesta perfecta antes de que el profesor termine la pregunta, está delante de mí sin encontrar las palabras, mirándome y apartando la vista, y eso es tan poco propio de él que me pica la curiosidad muy a mi pesar.
— ¿Qué quieres, Císcar. — Cruzo los brazos—. Como hayas venido a pedirme los apuntes de instalaciones te digo ya que...
— Necesito que finjas ser mi novio.
El zumbido de los focos. El serrín cayendo despacio. En algún sitio, lejos, un perro que ladra y otro que le contesta.
Me lo quedo mirando. Espero el "es broma". No llega. Espero que se ría, que diga que lo he entendido mal, que ha dicho otra cosa, cualquier cosa que tenga sentido a las once y cuarto de la noche en una nave de Benicalap, "necesito que me pases unos planos", "necesito que firmes algo", lo que sea.
Marc Císcar me sostiene la mirada, muy serio, con las manos perfectas metidas en los bolsillos del abrigo carísimo, y no se ríe.
— ¿Perdona? — digo.
— Ya sé cómo suena.
— No, no lo sabes. — Suelto una carcajada, seca, que rebota en la chapa del techo y vuelve—.
No tienes ni idea de cómo suena, porque si lo supieras no habrías conducido hasta Benicalap para soltármelo con esa cara.
¿Te has dado un golpe. ¿Es una apuesta con tus amigos de bien. ¿Me estás grabando para reírte luego.
— No es ninguna broma. — Da otro paso. El serrín le sube por el bajo del pantalón—. Es un trato. Uno del que los dos podemos sacar algo.
Y ahí, en la palabra trato, en cómo la coloca, con esa seguridad de quien está acostumbrado a comprar todo lo que quiere y a que se lo envuelvan, algo se me tensa por dentro, una cuerda vieja.
Conozco ese tono. Lo he oído toda la vida en boca de la gente que tiene, hablándole a la gente que no tiene.
Un trato. Sacar algo. Yo, un proveedor más con el que regatear el precio del corcho.
Se me sube la barbilla sola.
— Fuera de mi taller — digo.
— Rubén...
— Es la primera vez en cuatro años que me llamas por mi nombre.
— Cojo otra vez la figura, porque necesito los dedos ocupados o voy a hacer una tontería—.
Y lo haces para pedirme que me haga pasar por tu novio.
Vete a tu casa, Císcar. Búscate a otro. Seguro que en tu barrio hay cola de gente encantada de colgarse de tu brazo.
No se va.
Se queda ahí plantado, en mitad de mi nave, con la falla de fondo y los focos zumbando y el serrín cayéndole en los hombros del abrigo caro, y por la cara que pone —esa cara de quien ya ha calculado todos los escenarios posibles y ha reservado uno para el final— me doy cuenta, un segundo antes de que abra la boca, de que no ha venido con las manos vacías.
Un Císcar nunca viene con las manos vacías.
Vienen a comprar, siempre, y traen la cartera.
Y sé lo que va a hacer. Va a poner dinero encima de la mesa, encima de mi banco lleno de serrín, delante de mi falla y de la foto de mi padre clavada en la pared, y va a esperar que la deuda hable por mí. Y lo que más rabia me da, mientras lo veo tomar aire, es que no está del todo equivocado.
— Antes de que me eches — dice, muy tranquilo, muy despacio, midiendo cada palabra—, déjame decirte una cifra.