Lo que no arde
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Capítulo 1
Controlar la temperatura del arroz es lo único que mi madre me deja tocar en su cocina, y aun así lo hago mal. El fuego está demasiado fuerte, dice, sin mirar siquiera. Lo bajo. En teoría está controlado.
La paella de los domingos en casa de mis padres tiene un guion que no ha cambiado en veintidós años.
Se pone a las dos y media. Mi padre llega de jugar al pádel a las dos y treinta y cinco, exacto, y se queja del pádel como quien se queja de un empleado que no rinde.
Mi madre coloca los cubiertos con la parte cóncava del tenedor hacia abajo porque así se hacía en casa de mi abuela, y a mí me toca fingir que me importa la parte cóncava del tenedor.
Lo hago bien. Llevo toda la vida haciéndolo bien.
Hay un orden en esta casa que precede a las personas.
Las servilletas doblas en triángulo. El pan cortado en la panera de plata que no se usa entre semana.
La conversación, que empieza por el tiempo, sigue por la salud de los conocidos y termina, indefectiblemente, por lo que ha hecho o dejado de hacer alguien a quien no han invitado.
Yo me sé el guion de memoria. Podría hacer todos los papeles.
Me subo las gafas con el índice y compruebo el móvil por debajo de la mesa. Tres listas abiertas. Entregas del cuatrimestre. Cosas que decir y cosas que no decir hoy. Una tercera que no tiene título porque no me atrevo a ponérselo.
— Marc, deja el teléfono — dice mi madre, Amparo, sin levantar la voz. Nunca levanta la voz. Es peor cuando no la levanta.
Lo dejo boca abajo sobre el mantel. La pantalla se apaga y me devuelve mi propia cara, alargada y seria, con la raya del pelo perfecta. Impecable. Es la palabra que usa la gente cuando me describe, y llevo veintidós años sin saber si es un elogio o un diagnóstico.
— Está riquísimo el arroz — digo, porque el silencio en esta mesa se llena o se hunde.
— Le falta sal — dice mi padre.
— A mí me sabe perfecto — digo.
— Porque tú comes deprisa y no saboreas. Eso viene de estudiar comiendo.
Y ya está. Ya me ha corregido antes del segundo plato. Es su forma de decir buenos días. Enric Císcar no pregunta cómo estás; te dice en qué has fallado, y en el idioma de esta casa eso también es una manera de mirarte.
— Tu prima Neus se casa — dice mi madre, y sirve más arroz sin levantar la vista. En esta casa las bombas se sueltan así, entre el primer plato y el segundo, con el temporizador ya en marcha y nadie pestañeando.
— Ya lo sabía.
— El siete de marzo. En la Alquería del Pi, en la huerta. — Deja la paella en el centro, se limpia las manos en un delantal que no se ha manchado en toda la mañana—. Cinco semanas. Habrá que organizarse.
Organizarse, en el idioma de mi madre, significa una cadena de decisiones sobre qué queda bien.
A quién saludar y con cuánta efusión. Con quién no explayarse.
El traje, que debe ser sobrio pero no fúnebre.
La hora de llegada, que no ha de ser ni pronto, que da ansia, ni tarde, que da que hablar, sino la hora exacta en que la gente ya está pero todavía se fija en quién entra por la puerta.
— ¿Vas a ir de gris o de azul — me pregunta, y lo pregunta en serio, porque para mi madre esa es una decisión con consecuencias.
— No lo he pensado.
— Piénsalo.
Mi padre pincha una gamba con la precisión de quien firma un plano.
— Estará el chico de los Bataller — dice.
El arroz se me hace serrín en la boca. Gonzalo.
Claro que estará Gonzalo. Sale con el primo del novio, o con el amigo del novio, con alguien de ese círculo que se cruza con el nuestro en cada boda, cada bautizo, cada funeral de gente que se muere en las mismas cuatro calles del Eixample.
Valencia es enorme hasta que eres de esta Valencia, y entonces cabe en un salón con vistas al río.
— Ah — digo.
Solo eso. Ah. La palabra más segura del castellano.
Mi madre me mira. La conozco: está calibrando.
Hace catorce meses que Gonzalo me dejó por teléfono, un martes, mientras yo estaba en la biblioteca con un examen de estructuras al día siguiente.
Me dijo que no era yo, que era el momento, y que me lo decía por mi bien, porque siempre me lo decía todo por mi bien, hasta lo que me hundía.
No lloré delante de nadie. Fui a casa, ordené el armario por colores, saqué sobresaliente en el examen dos días después.
Y cuando se lo conté a mi madre —porque en esta familia las cosas hay que contarlas antes de que las cuente otro—, ella se quedó callada medio segundo y luego dijo: no lo vayas contando por ahí, que no hace falta que todo el mundo sepa nuestras cosas.
Nuestras cosas. Mi corazón convertido en un asunto de familia que se gestiona con discreción, igual que una gotera o una herencia.
Aprendí la lección esa tarde, con el armario recién ordenado y las camisas por tonos. Si te ven roto, dejas de valer. Se quiere al que rinde. Al que no da la nota. El cariño en esta casa se paga en logros y en discreción, y yo llevo veintidós años pagando la cuota religiosamente.
Hice lo que haría cualquiera con la lástima ajena respirándole en la nuca: me inventé un novio.
— Por cierto — dice mi madre, y aquí viene, lo noto en cómo deja el tenedor en paralelo—, trae a ese chico del que nos hablaste. A la boda.
Tamborileo los dedos en el muslo, debajo de la mesa, donde no se ve.
— ¿Qué chico.
— El tuyo. — Sonríe, y la sonrisa es genuina, esa es la trampa: no lo hace por crueldad, lo hace porque de verdad quiere que esté bien, a su manera, que es la única que conoce—. El que me contaste en Navidad. Dijiste que estabas viéndote con alguien. Que era arquitecto también, o casi.
Lo dije en Navidad para que dejaran de mirarme como se mira un jarrón que se ha caído, se ha pegado con pegamento y hay que colocar con el lado bueno hacia fuera.
Lo dije para que mi tía Reme dejara de preguntarme si me cuidaba, si comía, si "ya había superado lo de Gonzalo".
Lo dije porque en la mesa de Nochebuena un novio nuevo vale más que cualquier explicación y calla más bocas que la verdad.
Y funcionó. Dejaron de mirarme con lástima.
Empezaron a mirarme con aprobación, que es la única moneda que circula en esta casa, y me la guardé en el bolsillo como un ladrón que no se cree su suerte.
El problema de las mentiras es que crecen si las riegas.
Y yo llevo dos meses regando esta a base de detalles cuidadosos: que estamos bien, que va despacio, que ya lo conocerán cuando toque, que no quiero agobiarlo presentándoselo a la familia tan pronto.
Cada evasiva era una gota. Y las gotas, ya se sabe, acaban formando algo que no puedes recoger.
— No sé si podrá venir — digo—. Tiene mucho lío con el taller, con...
— Marc. — Mi padre deja los cubiertos en paralelo sobre el plato, señal inequívoca de que ha terminado de comer y de tener paciencia a la vez—. Si tienes pareja, se presenta. En esta familia las cosas se hacen de frente.
De frente. Mi padre, que no me ha preguntado cómo estoy desde que tengo uso de razón, que se enteró de lo de Gonzalo por mi madre y jamás me dijo una palabra al respecto, hablándome de hacer las cosas de frente.
— Vale — digo.
— ¿Vale qué.
— Que vendrá. A la boda.
Lo digo y siento el suelo moverse un centímetro, ese vértigo pequeño de cuando das un paso más en la cornisa en vez del paso atrás que dictaría la cordura.
Podría haber dicho la verdad aquí, en la sobremesa del domingo, con la paella a medias y el sol entrando por el balcón.
Mira, mamá, no hay ningún chico. Me lo inventé porque no soportaba cómo me mirabais después de lo de Gonzalo.
Estoy hecho un desastre y llevo catorce meses fingiendo que no.
No lo digo. Nunca digo eso. En vez de confesar la mentira, la agrando, porque una mentira grande y presentable siempre me ha dado menos miedo que una verdad pequeña y rota.
Las mentiras se pueden gestionar. Las verdades rotas, no; esas solo se pueden enseñar, y enseñarlas, en esta casa, es rebajarse.
— Perfecto — dice mi madre, encantada, y ya la veo montando la logística en su cabeza, la mesa de al lado de la nuestra, la presentación, a quién se lo dirá primero para que corra la voz de que Marc "por fin ha sentado la cabeza"—. Me hace muchísima ilusión conocerlo. ¿Cómo se llama.
Y ahí está. La grieta. El detalle que no había inventado, porque uno no bautiza a un fantasma; nunca pensé que llegaría a hacer falta ponerle nombre a alguien que no existe.
— Ya lo conoceréis — digo, y me subo las gafas.
— Pero un nombre tendrá.
— Cuando venga te lo presento en persona. Es más bonito así.
Mi madre me mira un segundo de más, y por un instante creo que va a insistir, que va a tirar del hilo y todo se va a deshacer aquí mismo, entre el arroz y el flan.
Pero luego decide que la sorpresa le gusta, que da juego, que es un detalle romántico de esos que se cuentan, y lo deja pasar.
Mi padre ya está mirando el móvil. Y yo me termino el arroz que sabe a serrín preguntándome en qué momento exacto de mi vida decidí que era más fácil construir una casa entera de mentira que decir en voz alta, en mi propia mesa, estoy mal.
Me voy antes del café. Digo que tengo entrega, que es verdad a medias, como casi todo lo que digo en esta casa.
En el portal, mi madre me da un táper con arroz para la cena y dos besos y un "cuídate mucho, y trae al chico, ¿eh?", y yo bajo en el ascensor de madera con el táper caliente entre las manos y una sentencia de muerte con fecha: cinco semanas.
En el coche, parado en el semáforo eterno de la Gran Via, saco el móvil y abro la lista sin título. La miro un rato. El intermitente marca el ritmo aunque no vaya a girar. Tic, tic, tic.
Cinco semanas. Necesito un novio. Uno de verdad, quiero decir, uno de carne y hueso que pueda sentarse a esa mesa, darle la mano a mi padre sin que le tiemble, aguantar el escrutinio de mi madre y las puñaladas sonrientes de Gonzalo sin desmoronarse ni delatarme.
Un actor. Un cómplice. Alguien dispuesto a mentir por mí durante seis semanas.
Empiezo la lista mentalmente, porque las listas son lo único que me calma cuando el pecho se me pone así, apretado, con esa mano invisible cerrándose despacio.
Requisito uno: que sepa fingir sin ponerse nervioso.
Requisito dos, y este es clave: que no forme parte de mi círculo, porque si es de los míos, la mentira se filtra en dos días por un grupo del móvil y encima me expone al doble.
Requisito tres, el que de verdad importa, el que lo decide todo: que sea alguien que jamás, bajo ninguna circunstancia, vaya a cruzarse con mi familia por su cuenta.
Alguien de un mundo tan distinto al mío que, cuando esto termine, se evapore sin dejar rastro.
Sin testigos. Sin daños colaterales. Un cómplice que no tenga a quién contárselo.
Repaso la facultad entera, cara por cara, mientras el semáforo sigue en rojo.
Descarto a todos. Demasiado cercanos, demasiado bocazas, demasiado propensos a contarlo en algún sitio que acabaría llegando, por el camino tortuoso de los conocidos de conocidos, a oídos de alguien que conoce a mi madre del club o de la parroquia o de la peluquería.
En el semáforo, con el intermitente marcándome el pulso, se me aparece la última persona del planeta a la que le pediría nada.
Rubén Sanchis.
El de Benicalap. El del taller de fallas.
El que va a clase oliendo a cola y a serrín, con las manos llenas de callos y una cicatriz de cúter cruzándole el pulgar, y que me mira desde primero con cara de que yo tengo la culpa personal de todo lo que le ha salido mal en la vida.
Rubén Sanchis, que cree que le quité una plaza por mi apellido.
Que me llama Císcar con la boca torcida, como quien escupe un hueso.
Que en cuatro años no me ha dirigido una sola frase amable y que probablemente no me la dirigirá jamás.
Lo odio. Es mutuo y es cómodo, ese odio, lo tenemos bien rodado, con sus horarios y sus rituales. Es la única relación estable que tengo con alguien de mi edad.
Y es perfecto.
Rubén Sanchis no conoce a nadie de mi mundo.
No pisará una boda del Eixample ni aunque le paguen por hacerlo, y resulta que exactamente eso es lo que voy a proponerle.
Cuando esto acabe, volverá a su nave de serrín y yo a mi piso de molduras, y no habrá una sola persona en común capaz de unir los puntos entre nosotros.
Es el testigo perfecto: el que nunca hablará porque no tiene con quién.
El semáforo se pone en verde. El coche de detrás pita. Yo no arranco todavía.
Porque acabo de tener la peor idea de mi vida y ya sé, con esa certeza fría con la que sé las cosas de verdad importantes, que voy a hacerlo. Lo noto en el estómago antes que en la cabeza.
Necesito que la última persona que me soporta finja que me quiere durante cinco semanas.
Y para convencer a Rubén Sanchis, que antes muerto que deberle nada a un Císcar, voy a necesitar la única cosa que un chico así no puede permitirse rechazar y que un chico como yo tiene de sobra, la cosa fea que en mi casa lo arregla todo.
Arranco. Pongo el intermitente aunque no vaya a girar. Tic, tic, tic.
Mañana voy a ir a Benicalap.