LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

No volvimos a ser lo que fuimos aquella semana en la costa, mirando un cielo sin contaminación lumínica y creyendo, ingenuamente, que dos mundos tan distintos podían encontrar un terreno común sin que nadie saliera herido del todo en el proceso.

Esa versión de nosotras, luminosa y todavía sin manchar por lo que vendría después, se quedó atrás para siempre, y con el tiempo he llegado a pensar que no es posible ni siquiera deseable intentar recuperarla tal cual fue.

Volvimos a vernos varias semanas después de aquella noche del teatro, esta vez sin la excusa de ningún evento público de por medio: un mensaje suyo, sencillo, preguntando si me apetecía un café, y mi respuesta, casi sin pensarlo, diciendo que sí.

Fue en ese segundo encuentro, ya sin cámaras ni fiestas de estreno interrumpiendo la conversación, cuando de verdad hablamos durante horas, sentadas finalmente en el bordillo de una acera cualquiera como dos desconocidas que se acaban de conocer, sin representantes esperando impacientes, sin la jerarquía invisible de clase que siempre se había interpuesto entre nosotras desde el primer día.

Le hablé de mis lesiones acumuladas a lo largo de tantos años de oficio, del plan que empezaba a construir con calma para el día en que el cuerpo dijera basta definitivamente: un curso de coordinación de especialistas que había empezado a hacer por las tardes, algo que me permitiera seguir en el gremio desde otro lugar más seguro, uno donde por fin pudiera decidir yo las condiciones de riesgo aceptables, en vez de sufrirlas en silencio como siempre había hecho.

Le conté también, algo que no había compartido con casi nadie hasta entonces, que había empezado a salir con alguien recientemente, alguien de fuera del mundo del cine, un profesor de instituto que había conocido en un curso de fin de semana sobre primeros auxilios que ambos estábamos haciendo por motivos profesionales distintos.

No era nada serio todavía, pero era, sobre todo, sencillo, sin secretos, sin cálculos de imagen pública de por medio.

Nerea escuchó todo aquello con una atención genuina, sin ningún rastro de los celos que quizás yo esperaba encontrar, y al final simplemente dijo:

—Me alegro mucho por ti, de verdad. Te mereces algo sencillo, después de todo lo complicado que fue lo nuestro.

Ella me habló de un papel nuevo, muy prometedor según su equipo, que había rechazado sin dudarlo porque exigía escenas de riesgo que la producción no estaba dispuesta a pagar con las medidas de seguridad adecuadas para su doble de turno.

—Pensé en ti al leer el guion —dijo, mirándome por fin a los ojos con una honestidad que no le había visto desde la costa—. Y no pude aceptar el papel sabiendo que le harían a otra persona, a una desconocida cualquiera para mí, lo que casi te pasó a ti aquella tarde con la manguera mal conectada.

No sé si eso arregla del todo lo que pasó entre nosotras.

No sé si cinco palabras dichas dos años tarde compensan las cinco palabras que no dijo cuando de verdad importaban, delante de las cámaras encendidas.

Pero por primera vez, sentada en ese bordillo con los pies doloridos de tanto caminar sin rumbo por Madrid, entendí que quizás el cariño de Nerea nunca había sido falso del todo.

Solo había sido, durante mucho tiempo, un cariño que todavía no sabía cuánto estaba dispuesto a costarle en público.

—¿Crees que en otra vida, con otras reglas, habría funcionado de verdad entre nosotras? —me preguntó, ya de madrugada, cuando la cafetería llevaba rato cerrada y llevábamos horas caminando sin rumbo por calles cada vez más vacías.

Lo pensé de verdad antes de contestar, en vez de dar una respuesta fácil que cerrara la conversación sin más.

—Creo que en otra vida no habríamos necesitado que funcionara de una manera concreta para que valiera la pena —dije al final—.

Creo que el problema nunca fue que viniéramos de mundos distintos.

El problema fue que uno de esos mundos podía permitirse fingir que la diferencia no existía, y el otro no.

Nerea se quedó callada un buen rato, asintiendo despacio, como si estuviera guardando esa frase en algún lugar donde pudiera volver a ella más adelante.

—Voy a intentar acordarme de eso —dijo finalmente—. Aunque ya no estemos juntas de la manera en que lo estuvimos.

—Con que te acuerdes de vez en cuando, ya es más de lo que la mayoría de la gente de tu mundo hace nunca —contesté, y por primera vez desde el reencuentro, las dos sonreímos de verdad, sin nada calculado detrás del gesto.

Nos quedamos un rato más en silencio, mirando cómo amanecía despacio sobre los tejados de Madrid, dos mujeres de mundos distintos que habían aprendido, a un coste demasiado alto, algo verdadero la una de la otra.

Cuando por fin nos levantamos del bordillo, ninguna de las dos propuso volver a vernos pronto, ni prometió nada que no pudiéramos cumplir.

Simplemente nos despedimos con un abrazo breve, sincero, sin la urgencia desesperada de los abrazos secretos de antes, y cada una tomó un camino distinto hacia su propia vida, tan diferente de la de la otra como lo había sido siempre, pero ya sin el rencor que durante dos años había pesado entre nosotras como una losa.