LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Pasaron casi dos años completos antes de que volviéramos a coincidir en persona, dos años en los que evité deliberadamente cualquier noticia sobre ella, cualquier cartel de cine con su cara, cualquier conversación de mis compañeras de piso que empezara con su nombre.

Fue en el estreno de otra película, no la nuestra, en la que yo trabajaba de nuevo como doble de otra actriz emergente y Nerea asistía como invitada de honor, ya consagrada del todo tras el éxito de taquilla de aquel rodaje que tanto nos había costado a las dos por motivos completamente distintos.

Nos vimos desde lejos, en la alfombra roja que a mí ni siquiera me correspondía pisar —entré por la puerta lateral del teatro, como siempre entramos los que hacemos el trabajo invisible del cine—, y por un momento pensé seriamente en marcharme antes de que nuestras miradas coincidieran del todo.

No lo hice. Algo en mí, más curioso ya que dolido, quiso ver en qué se había convertido aquella mujer que tanto me había hecho sentir viva y tanto me había hecho sentir borrada, casi al mismo tiempo, en el espacio de unos pocos meses.

Se acercó ella, esta vez, sin séquito visible, sin Íñigo pegado permanentemente al hombro como llevaba pegándose desde el principio de todo aquello.

—He pensado en ti todos los días desde entonces —dijo, sin ningún preámbulo, directamente, como si llevara dos años ensayando esa frase concreta para el momento en que volviéramos a cruzarnos—.

No te pido que me perdones, ni siquiera que me contestes ahora.

Solo quería que supieras que entendí, con el tiempo y con calma, todo lo que me dijiste esa última noche.

Y que hice cosas, pequeñas, para intentar cambiar algo de lo que denunciaste.

No lo suficiente, lo sé perfectamente. Pero algo.

Me contó, con una sinceridad que no esperaba de ella después de tanto tiempo, que había empezado a exigir, en sus contratos más recientes, que se nombrara públicamente a sus especialistas de riesgo en las notas de prensa oficiales de cada rodaje.

Que había donado, de forma anónima para no convertirlo en otro titular sobre su generosidad, una cantidad considerable de dinero a un fondo de apoyo para dobles lesionados sin seguro médico adecuado.

Gestos pequeños frente a la magnitud real de lo que había pasado entre nosotras, pero gestos concretos, al fin y al cabo, y en ese oficio los gestos pequeños son más de lo que la inmensa mayoría de actrices hace nunca por nadie de su equipo técnico.

—No sé si es suficiente para compensar nada de lo que pasó —dijo, bajando la voz—. Pero no sabía de qué otra forma demostrarte que aprendí algo real de todo aquello, aunque fuera dos años tarde.

Le pregunté por Íñigo, por si seguía llevando su carrera con la misma mano dura de siempre.

Me dijo que lo había despedido hacía un año, después de que él intentara convencerla de negar públicamente cualquier vínculo con “el incidente de la doble”, como lo llamaba él, cuando un periodista curioso empezó a hacer preguntas incómodas sobre por qué la actriz conocía tan bien a su especialista de riesgo.

—Le dije que si volvía a referirse a ti como “el incidente” una vez más, buscaría representante nuevo esa misma tarde —contó, con una media sonrisa que mezclaba orgullo y cansancio—. Tardé demasiado en encontrar el valor para hacerlo, pero al final lo encontré.

Le pregunté, también, si había vuelto a rodar escenas de riesgo desde entonces sin que le temblara la voz al hablar de ello.

—Cada vez que veo a una doble prepararse para un salto, pienso en ti —admitió—. Y cada vez le pregunto su nombre antes de que empiece la escena. No sé si eso arregla nada de lo que hice mal contigo. Pero al menos ya no puedo mirar hacia otro lado como hacía antes.

Nos quedamos calladas un momento, escuchando de fondo la música que salía del teatro, donde la fiesta de después del estreno seguía su curso sin nosotras. Le pregunté, con una curiosidad que llevaba dos años reprimiendo, si había vuelto a enamorarse desde entonces.

—He salido con alguna persona, sí —contestó, sin entrar en detalles—. Pero nada que se pareciera de verdad a lo nuestro. Contigo aprendí a qué se siente cuando alguien te ve de verdad, sin filtros, y después de eso resulta muy difícil conformarse con menos.

—¿Y tú? —me preguntó a su vez—. ¿Has encontrado a alguien?

—Todavía no —admití—. Aunque tampoco lo he buscado con muchas ganas.

Estos dos años los he pasado más centrada en reconstruirme a mí misma que en buscar a nadie más.Ella asintió, sin decir nada más al respecto, y por un momento el silencio entre nosotras se sintió tan cargado de cosas no dichas como cualquiera de nuestras conversaciones más íntimas de dos años atrás.Le pregunté, antes de que la fiesta del estreno reclamara de nuevo su presencia, si se arrepentía de algo más allá de aquella entrevista concreta, si había otras cosas de nuestra relación que, con la distancia del tiempo, viera de forma distinta.

—Me arrepiento de haber dejado que el miedo decidiera por mí durante meses, no solo aquella vez —dijo, después de pensarlo—.

Me arrepiento de no haber luchado más por encontrar una forma de que lo nuestro pudiera existir sin tanto secretismo, aunque me hubiera costado algo de mi carrera.

Ahora sé que hay carreras que no valen ese precio.

—Eso es fácil decirlo ahora, con la carrera ya consolidada y sin nada que perder de verdad —le señalé, sin acritud pero sin dejarlo pasar tampoco.

—Tienes razón, probablemente —admitió—. Pero al menos ahora lo digo en voz alta, delante de ti, sin que nadie me esté grabando ni haya un guion detrás de mis palabras.Un asistente del teatro se acercó entonces a avisarla de que la esperaban dentro para las fotos oficiales de cierre del evento, y Nerea se despidió de mí con un abrazo breve, prometiendo, sin concretar fecha, que le gustaría que volviéramos a vernos alguna vez, sin la urgencia ni el secretismo de antes.Antes de entrar de nuevo al teatro, se giró una última vez y me dijo algo que no esperaba, con una vulnerabilidad que contrastaba con el vestido de gala y las joyas prestadas que llevaba puestas:—Gracias por escucharme esta noche.

No tenías por qué hacerlo, después de todo lo que pasó, y aun así lo has hecho.

Eso dice mucho más de ti que cualquier cosa que yo pudiera decir sobre mí misma.Me quedé en la calle un rato más, después de que ella desapareciera entre las puertas del teatro rodeada de nuevo por fotógrafos y asistentes, procesando todo lo que acabábamos de hablar.

No sentía la misma rabia que me había acompañado durante los primeros meses tras la ruptura, ni tampoco la nostalgia dulce y dolorosa de los primeros meses del reencuentro imaginado.

Sentía, sobre todo, una especie de paz extraña, la sensación de haber cerrado, por fin, un capítulo que llevaba demasiado tiempo abierto sin resolverse del todo.