LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Las semanas siguientes al rodaje las pasé completamente alejada de todo lo que tuviera que ver con esa película y con su promoción, evitando incluso las noticias que pudieran mencionarla de pasada en cualquier programa de televisión.

Pedí que me sustituyeran en las últimas escenas de riesgo pendientes, alegando la lesión de la caída como excusa oficial, y nadie discutió la decisión: al fin y al cabo, los dobles somos intercambiables, esa es la lógica cruel pero eficiente del oficio, y ahora yo misma la usaba a mi favor para desaparecer sin dar más explicaciones de las estrictamente necesarias.

Regina Castaños, la única persona del equipo que pareció notar que algo más profundo pasaba detrás de mi petición, me preguntó una sola vez, con delicadeza poco habitual en ella, si estaba realmente bien.

Le dije que sí, y no insistió más, aunque su mirada dejó claro que no me había creído del todo.

Nerea intentó contactarme varias veces durante esas semanas.

Mensajes que empezaban con disculpas cuidadosamente redactadas y terminaban, casi siempre, justificándose de nuevo con las mismas razones de siempre.

Llamadas que dejé sonar hasta que se cortaban solas, con el teléfono boca abajo sobre la mesita de noche para no ver la pantalla iluminarse con su nombre.

No era orgullo lo que me impedía contestar, sino una especie de agotamiento profundo y físico: estaba cansada de ser la que siempre entendía las circunstancias de la otra, la que siempre cedía terreno por amor, la que siempre aceptaba que el mundo de la otra tenía reglas más importantes que las del suyo propio.

Mi madre, que nunca supo los detalles concretos de lo ocurrido pero notó enseguida que algo me pasaba por la forma en que picoteaba la comida sin ganas, me dijo una noche, mientras cenábamos en su cocina de siempre bajo la luz amarillenta del fluorescente de toda la vida: “Hay gente que te quiere de verdad, hija, pero solo hasta donde les sale gratis quererte. En cuanto empieza a costarles algo de verdad, algo de su imagen o de su comodidad, se acaba el cariño de golpe”.

No sé si hablaba de lo mío con Nerea, que sospechaba a medias, o de alguna experiencia propia con los señores para los que había limpiado toda su vida sin que nunca la trataran como algo más que un servicio contratado, pero la frase se me quedó clavada durante meses enteros.

Pasé también, durante esas semanas, más tiempo del habitual con mi abuela, que a sus ochenta y tantos años seguía teniendo una lucidez envidiable para leer mis estados de ánimo sin necesidad de que yo le explicara nada en detalle.

—Estás como cuando te dejó aquel chico del instituto, el que jugaba al fútbol —me dijo un domingo, mientras pelábamos patatas juntas en su cocina diminuta—. Con esa cara de quien ha perdido algo que valía la pena, aunque no quieras decir el qué.

—No es exactamente lo mismo, abuela —contesté, sin entrar en más detalles.

—Nunca es exactamente lo mismo, hija —dijo ella, con esa sabiduría simple de quien ha vivido lo suficiente para saber que el dolor de perder a alguien, sea quien sea esa persona, sigue las mismas reglas básicas—.

Pero el remedio es el mismo de siempre: tiempo, trabajo, y gente que de verdad te quiera bien alrededor.

Lo demás se acaba curando solo, aunque no lo parezca ahora mismo.

Sus palabras, simples y sin pretensiones, me acompañaron durante los meses más duros de esa recuperación, más que cualquier consejo sofisticado que hubiera podido darme nadie más.

Con el tiempo, empecé también a salir de nuevo con mis amigas del barrio, algo que había descuidado bastante durante los meses de relación secreta con Nerea, siempre pendiente de cuadrar horarios imposibles y de guardar un secreto que me consumía más energía de la que era consciente entonces.

Recuperar esas amistades sencillas, sin ningún cálculo de por medio, sin miedo a que algo saliera en la prensa, fue una de las formas más efectivas de recordarme a mí misma que existía una vida entera fuera del mundo de Nerea, una vida que valía la pena y que no tenía por qué depender de nadie más para sentirse completa.

Bea y mi otra compañera de piso organizaron, sin que yo se lo pidiera, una noche de chicas con vino barato y películas malas de los noventa, exactamente el tipo de plan sencillo que llevaba meses sin permitirme por estar siempre disponible para las llamadas de última hora de Nerea.

Aquella noche, entre risas tontas y palomitas quemadas, sentí por primera vez en semanas que respiraba sin el peso constante de un secreto que ya empezaba a pesarme más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Regina me llamó una tarde, semanas después de que abandonara el rodaje, para ofrecerme un puesto en su siguiente película, un proyecto más pequeño pero con mejores condiciones de seguridad que cualquier otro rodaje en el que hubiera trabajado antes.

—No sé qué pasó entre Nerea y tú, y no es asunto mío —me dijo, con una franqueza que agradecí—. Pero sé reconocer a alguien que está huyendo de algo cuando lo veo, y prefiero que huyas hacia un buen proyecto que hacia cualquier cosa que te encuentres primero.

Acepté el trabajo, agradecida de que alguien en esa industria se hubiera fijado en mí lo suficiente como para tenderme una mano en el momento justo.

Fue en ese rodaje donde empecé a proponer, por primera vez con seriedad, los cambios en las condiciones de seguridad que más tarde llevaría conmigo a cada proyecto nuevo: revisiones dobles del material antes de cada toma de riesgo, protocolos claros para detener un rodaje si algo no estaba al cien por cien seguro, sin depender de la presión de la luz o del presupuesto para tomar esa decisión.

Volví al trabajo poco a poco, a otros rodajes menores, otras caídas calculadas al milímetro, otros cuerpos ajenos que proteger con el mío sin esperar ya nada a cambio más que el sueldo pactado.

Aprendí, otra vez, a que no doliera lo que dolía por dentro.

Es lo único que sé hacer de verdad bien, después de todo.