Capítulo 15
Nerea cumplió su palabra y me pidió unos días, aunque cuando por fin volvimos a hablar, casi una semana después, ya en aquel mismo apartamento prestado, no traía ninguna solución concreta, solo la misma vulnerabilidad sincera con la que había terminado nuestra conversación anterior.
La discusión que siguió fue la más honesta que tuvimos en toda nuestra relación, y también, sin duda, la más dolorosa de todas las que habíamos tenido hasta entonces.
Le dije todo lo que llevaba doce años callándome, no solo con ella sino con cada actriz para la que había puesto el cuerpo sin recibir nunca ni las gracias en persona: que estaba cansada de ser el sacrificio invisible que sostiene la ficción de la valentía ajena, cansada de que mi trabajo solo existiera para que otras parecieran mejores de lo que eran.
Que había esperado que, con ella, las cosas fueran distintas, porque me había hecho sentir vista de verdad, por primera vez en mi vida adulta, y que por eso la traición me dolía tanto más que cualquier golpe físico que hubiera sufrido nunca en un set de rodaje.
—No es que no te viera, Mencía —dijo Nerea, con los ojos llenos de lágrimas que en ese momento no supe si eran sinceras o el reflejo de años entrenando el llanto convincente para las cámaras, una duda que me avergonzó sentir pero que no pude evitar—.
Es que verte de verdad, en público, delante de todo el país, significaba admitir cosas de mí misma que todavía no sé si estoy lista para admitir ni ante mí misma.
No solo lo nuestro, lo que somos la una para la otra.
También lo otro, lo más difícil de decir en voz alta: que necesito que alguien más haga el trabajo peligroso, el trabajo de verdad, para que yo pueda seguir pareciendo valiente sin serlo del todo.
Fue la confesión más sincera que le escuché nunca en todos los meses que llevábamos juntas, y también la más triste de todas, porque llegaba demasiado tarde y no cambiaba absolutamente nada de lo ya ocurrido ni de lo ya publicado en cada medio del país.
—¿Sabes lo que más me duele de todo esto?
—le dije, ya con la voz más calmada, casi agotada de tanto discutir—.
Que si me lo hubieras contado así, con esta honestidad, antes de la entrevista, en vez de después, quizás lo habría entendido.
Habría podido perdonarte el miedo. Lo que no puedo perdonar es que decidieras por mí, en silencio, sin darme la oportunidad de opinar sobre mi propio mérito.
—Tienes razón —admitió ella, y por primera vez en toda la conversación no intentó justificarse con ninguna excusa nueva—. Decidí por las dos, y ni siquiera te dejé decidir a ti misma qué hacer con tu propio nombre.
—Puede que algún día estés lista para admitirlo del todo —le dije, levantándome ya del sofá—.
Pero yo no puedo esperar a que decidas cuándo estás preparada para admitir que existo fuera de un set de rodaje.
Llevo toda la vida siendo la sombra de otras mujeres más afortunadas que yo.
No pienso seguir siendo la tuya también, por mucho que te quiera.
Nerea no intentó retenerme físicamente cuando me levanté para irme de aquel apartamento por última vez. Quizás porque, en el fondo de sí misma, sabía perfectamente que yo tenía razón en cada palabra. Quizás porque, simplemente, no supo qué más decir que no sonara ya a excusa gastada.
Antes de salir por la puerta, me detuve un momento, con la mano ya en el pomo, y le dije algo que llevaba guardando desde el principio de la discusión, algo que necesitaba decir en voz alta aunque no sirviera para nada más que para cerrar aquel capítulo con honestidad:
—No te odio, Nerea. Ojalá pudiera decir que sí, sería más fácil.
Pero lo que siento es más parecido a la pena: pena por ti, que has vivido tanto tiempo en un mundo donde nunca has tenido que aprender a compartir el reconocimiento con nadie.
Y pena por mí, que me permití creer, aunque solo fuera un rato, que contigo sería distinto.
Ella no contestó nada a eso. Se quedó sentada en el sofá, con la cabeza entre las manos, y esa fue la última imagen que me llevé de ella antes de cerrar la puerta de aquel apartamento que durante meses había sido nuestro pequeño mundo aparte, y que a partir de esa noche dejaría de significar nada para ninguna de las dos.
Bajé las escaleras del edificio despacio, sin prisa por llegar a ninguna parte, y al salir a la calle me encontré con una noche fría de Madrid que, extrañamente, se sintió como un alivio después de la tensión asfixiante de la conversación que acababa de dejar atrás.
Caminé durante casi una hora sin rumbo fijo antes de decidirme a coger un autobús nocturno de vuelta a mi barrio, dejando que el traqueteo familiar del trayecto me ayudara a poner, poco a poco, algo de orden en todo lo que acababa de vivir.
Llamé a Clara esa misma noche, desde la calle, todavía temblando por la discusión. Ella no pareció sorprendida cuando le conté, por fin, todo lo que llevaba meses ocultándole a medias.
—Lo siento mucho, de verdad —dijo—. Pero me alegro de que hayas dicho todo lo que necesitabas decir. He visto a demasiada gente en este oficio tragarse esas palabras durante años, hasta que ya ni siquiera se acuerdan de que tenían derecho a decirlas.
—¿Crees que hice bien en irme? —le pregunté, todavía sin estar segura del todo, con esa duda que solo aparece cuando una decisión correcta duele tanto como una equivocada.
—Creo que hiciste lo único que podías hacer sin dejar de respetarte a ti misma —contestó Clara—. Eso no siempre es lo mismo que hacer lo que menos duele. Pero suele ser lo que, con los años, agradeces haber hecho.