LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Cuando por fin hablamos, dos días después, en el mismo apartamento prestado donde habíamos construido meses de intimidad secreta, Nerea llegó con una versión de los hechos ya preparada, casi ensayada frente a un espejo, como quien repite un diálogo de guion que le han entregado apenas unas horas antes.

—Mi representante gestionó esa respuesta con el equipo de comunicación —dijo, sin mirarme del todo a los ojos, sentada en el borde del sofá como si estuviera lista para marcharse en cualquier momento—.

Yo no controlo del todo lo que se publica de mis entrevistas, sabes cómo funciona esto, hay un filtro entero antes de que salga nada al público.

—Podías haber dicho mi nombre tú misma, en el momento, sin necesidad de ningún filtro —contesté, intentando mantener la voz firme aunque por dentro me temblaba todo—. Una sola vez. “Mi doble, Mencía, hizo algo increíble”. Cinco palabras, Nerea. No te habría costado nada decirlas en directo.

—No es tan sencillo. Si te nombro con nombre y apellido, empiezan a preguntar por qué te conozco tan bien, por qué sé tu nombre de pila de memoria cuando debería ser una desconocida más del equipo técnico para mí, y entonces...

Se detuvo, pero yo ya sabía perfectamente cómo terminaba esa frase, la había completado mentalmente cientos de veces en las últimas cuarenta y ocho horas de insomnio.

—Y entonces se sabría lo nuestro —terminé por ella, con una calma helada que asustaba incluso a mí misma—. Así que preferiste borrarme del todo, del mérito y de la existencia pública, antes que arriesgarte a que alguien atara cabos sobre nosotras.

Nerea no lo negó, y ese silencio, más largo de lo que cualquier disculpa habría necesitado, fue peor que cualquier confirmación explícita. Le pregunté entonces algo que llevaba tiempo tragándome, algo que iba mucho más allá de esa entrevista concreta:

—¿Sabes cuánto cobro yo por arriesgar la vida en cada escena que tú firmas con tu nombre en los créditos? ¿Sabes cuánto cobras tú por sonreír en una alfombra roja hablando de mi caída como si hubiera sido tuya, sin que nadie te pida cuentas de nada?

—No se trata de dinero —dijo ella, casi ofendida por la pregunta, y en esa frase exacta, más que en ninguna otra de toda nuestra relación, entendí la distancia real entre nuestros mundos: solo alguien para quien el dinero nunca ha sido un problema real puede decir, con total sinceridad y sin ninguna ironía, que no se trata de dinero.

—Entonces dime de qué se trata, porque yo no lo veo —insistí, sin dejarla escapar tan fácilmente de la pregunta—.

Porque desde donde yo lo miro, se trata exactamente de eso: de que tu nombre vale más que el mío en cualquier mercado, y de que cuando hay que elegir a quién proteger, siempre gana el nombre que más vale.

—No es tan calculado como lo pintas —protestó ella, levantándose del sofá, visiblemente incómoda con el rumbo que había tomado la conversación—. Yo no me siento a pensar en “mercados” ni en “valores” cuando hablo con la prensa.

—Puede que tú no lo pienses de forma consciente —contesté—. Pero alguien lo piensa por ti, y tú dejas que lo piensen, porque te resulta más cómodo no tener que pensarlo tú misma.

Nerea se quedó callada ante eso, con los brazos cruzados, mirando por la ventana del apartamento hacia las luces de la ciudad, y por primera vez en toda la conversación no encontró ninguna frase preparada con la que defenderse.

—Voy a hacer algo al respecto —dijo finalmente, sin mirarme todavía—. Voy a hablar con mi equipo de comunicación mañana mismo, voy a pedir que corrijan la información, que aclaren que fuiste tú quien...

—No quiero una corrección de última hora hecha con vergüenza y a regañadientes —la interrumpí—.

Eso sería peor que el silencio inicial. Sería admitir, delante de todos, que primero calculaste qué te convenía decir, y ahora calculas qué te conviene corregir.

En ambos casos, la que decide sigues siendo tú, nunca yo.

—Entonces dime qué quieres que haga, porque no sé cómo arreglar esto de una forma que te parezca bien —dijo, con una frustración genuina que por primera vez se acercaba a algo parecido a la desesperación.

—No sé si hay una forma de arreglarlo ya, la verdad —admití, cansada de repente de toda la conversación—.

Puede que algunas cosas, una vez dichas en público de la manera equivocada, ya no tengan solución.

Puede que lo único que quede sea que entiendas por qué me duele tanto, sin buscar todavía una manera de arreglarlo.

Nos quedamos en silencio un buen rato, cada una en un extremo del apartamento que tantas veces había sido nuestro refugio compartido y que esa noche, por primera vez, se sentía como un territorio dividido en dos.

—Voy a pensar en cómo arreglarlo, aunque no sepa todavía la forma exacta —dijo finalmente Nerea, rompiendo el silencio—. Dame unos días, por favor. No para justificarme, sino para de verdad encontrar algo que no sea puro cálculo de imagen.

—Unos días no van a cambiar lo que ya pasó —contesté, cansada—. Pero está bien. Piénsalo. Solo que no esperes que yo me quede esperando indefinidamente a que decidas cuándo estás lista para hacer lo correcto.

Me marché del apartamento esa noche sin saber todavía que aquella conversación, por dolorosa que hubiera sido, no sería la última ni la definitiva, aunque sí marcaría un punto de inflexión del que ya no habría marcha atrás posible.