Capítulo 13
Días después, ya recuperada del golpe pero no del susto, entendí la magnitud real de lo ocurrido, sentada en el sofá del salón de mi piso compartido, con mis compañeras dormidas y el móvil iluminándome la cara en la oscuridad.
En una entrevista de promoción de la película, alguien le preguntó a Nerea por “el momento de la caída”, esa anécdota que ya circulaba por redes como prueba de su cercanía humana, y ella, en lugar de aclarar la situación con la sencillez que habría bastado, construyó una respuesta que dejaba entender, sin decirlo del todo pero sin desmentirlo tampoco, que había sido ella quien había tenido el instinto y el coraje de intervenir en una situación de peligro real durante el rodaje.
Habló de “la responsabilidad que sientes hacia tu equipo”, de “estar ahí cuando alguien te necesita de verdad”, con una vaguedad calculada que la prensa interpretó exactamente como su representante debía de haber previsto: como una prueba más de su generosidad y su cercanía con “la gente que trabaja detrás de las cámaras”, esa frase genérica que borraba mi nombre de un plumazo.
En ningún momento mencionó mi nombre. En ningún momento aclaró que el mérito de haber sobrevivido a esa caída sin secuelas graves era mío, no suyo.
En ningún momento dijo que el fallo técnico había estado a punto de costarme la vida por una manguera mal conectada que la producción había intentado minimizar internamente para no retrasar el rodaje ni encarecer el seguro.
Vi el clip de esa entrevista en el móvil, sola en la oscuridad de mi habitación, mientras en el salón mis compañeras de piso comentaban en voz alta, sin saber que yo las escuchaba, lo “maja” y “cercana” que parecía Nerea Villalta en esa entrevista.
Sentí una humillación que no se parecía a nada que hubiera sentido antes en doce años de invisibilidad profesional aceptada como norma del oficio.
No era solo que no me nombrara, algo a lo que ya estaba acostumbrada por sistema.
Era que se estaba apropiando, en público y con plena consciencia de lo que hacía, del único acto de mi carrera que de verdad merecía ser reconocido: no una caída perfecta y calculada como tantas otras, sino haber sobrevivido a un error ajeno que no era mío en absoluto.
Llamé a Sole esa misma noche, incapaz de guardarme la rabia para mí sola durante más tiempo. Le conté, por primera vez en voz alta, algo de lo que había pasado entre Nerea y yo durante los últimos meses, aunque no todos los detalles.
—Te lo dije el primer día —contestó Sole, sin ningún tono de reproche en la voz, solo cansancio acumulado de haber visto la misma historia repetirse demasiadas veces en el gremio—.
No es que sean malas personas. Es que nunca han tenido que aprender a compartir el mérito de nada, porque desde muy jóvenes les han enseñado que el mérito siempre es solo suyo, aunque otros hagan el trabajo de verdad.
—Pensé que ella era distinta —dije, con la voz rota.
—A lo mejor lo es, en el fondo —contestó Sole—.
Pero “en el fondo” no sirve de mucho cuando lo que sale a la superficie, delante de las cámaras, es siempre lo mismo de siempre.
Le escribí un mensaje a Nerea esa misma noche, con las manos temblando de una rabia que no había sentido en años.
Ella tardó horas en contestar, más de las que jamás había tardado desde que empezamos a escribirnos a diario.
Cuando lo hizo, fue solo para decir: “Hablamos mañana, ahora no puedo, estoy con Íñigo cerrando la próxima promoción”.
Esa noche no dormí. Repasé mentalmente cada gesto de cariño que había tenido conmigo en los últimos meses, buscando en ellos alguna grieta que hubiera pasado por alto, alguna señal de que todo aquello podía terminar reducido a una frase vacía en una entrevista de promoción.
No encontré ninguna, y eso, extrañamente, me dolió todavía más: no había sido una actuación calculada desde el principio.
Era, simplemente, lo que pasaba cuando alguien acostumbrada a que su comodidad prevaleciera sobre todo lo demás se encontraba, por primera vez, con la posibilidad de que decir mi nombre le costara algo real.
A la mañana siguiente, todavía sin haber dormido, vi que el clip de la entrevista ya circulaba con fuerza en redes sociales, acompañado de comentarios que alababan la generosidad y la valentía de Nerea sin cuestionar en ningún momento la veracidad de la historia.
Algunos usuarios, incluso, empezaron a especular sobre si la propia Nerea habría hecho ella misma la caída, alimentando un mito que se alejaba cada vez más de lo ocurrido en realidad, sin que nadie del equipo de comunicación se molestara en desmentirlo.
Sole me llamó esa mañana, más furiosa en mi nombre de lo que yo misma me sentía con fuerzas de estar.
—Esto es exactamente lo que llevo advirtiéndote desde el principio —dijo, sin rodeos—. No porque quiera tener razón, sino porque llevo veinte años viendo cómo funciona esto. Nunca falla.
Mañana nunca llegó de la forma en que yo esperaba que llegara.