LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

La grieta llegó durante el rodaje de la escena más peligrosa de toda la película: una caída controlada desde un tejado de doce metros, con un colchón de aire que, por un fallo de última hora en el montaje técnico —una manguera de inflado que alguien había conectado mal en la prisa por recuperar el tiempo perdido esa mañana—, no se infló correctamente a tiempo para la toma programada.

Salté de todas formas, porque parar la escena a esas alturas del día habría supuesto perder la luz del atardecer que llevaban horas preparando con generadores y filtros, y en ese oficio a veces se aprende a calcular riesgos en fracciones de segundo que nadie fuera del sector entendería del todo ni aprobaría si lo supiera con detalle.

El coordinador de especialistas me hizo una señal dudosa, preguntándome en silencio si quería abortar; le devolví un gesto afirmativo que, en retrospectiva, quizás no debí hacer.

Caí mal, con el colchón a medio inflar, y el golpe me dejó sin respiración durante unos segundos que, desde fuera, parecieron una eternidad para todo el equipo que miraba el monitor sin saber si levantarme o no.

Nerea fue la primera en llegar corriendo hasta donde yo estaba tirada, antes incluso que el equipo médico del rodaje, gritando mi nombre de una manera que rompía por completo la ficción profesional que ambas habíamos sostenido durante meses delante de las cámaras encendidas.

Ese gesto, sincero y sin ningún cálculo detrás, fue lo que en parte terminó filtrándose a la prensa del sector unos días después: un testigo del equipo técnico, sin mala intención pero sin demasiada discreción, comentó en sus redes sociales lo “conmovida” que se había mostrado la actriz protagonista con su doble de riesgo.

La noticia, en un principio pequeña y casi anecdótica, empezó a crecer con una narrativa que nadie había pedido explícitamente pero que a nadie del equipo de comunicación de Nerea le pareció mal aprovechar: la protagonista, generosa y valiente, que se lanza a socorrer a su especialista herida sin pensar en su propia imagen.

Nadie hablaba del fallo técnico, de la manguera mal conectada, de que aquello podría haberme costado mucho más que un golpe si el ángulo hubiera sido apenas distinto.

Hablaban de Nerea. Siempre de Nerea, con fotos robadas de su cara de preocupación genuina junto a titulares que insinuaban un heroísmo que no le correspondía del todo.

Yo, en la cama del hospital donde me tuvieron en observación esa noche por precaución, todavía no sabía que aquel titular pequeño era solo el primer paso de algo mucho más grande y más doloroso de lo que podía imaginar en ese momento, atontada por los calmantes y por el cariño real que había visto en los ojos de Nerea al llegar corriendo hasta mí.

Nerea se quedó en el hospital hasta bien entrada la madrugada, sentada en una silla incómoda de plástico junto a mi cama, saltándose sin dudarlo la cena de promoción que tenía programada esa misma noche con la productora, algo que después me contaría Íñigo le costó una bronca considerable por parte de la dirección de comunicación.

—No pensaba irme a ninguna parte hasta saber que estabas bien del todo —me dijo, cuando desperté de la modorra de los calmantes y la encontré todavía allí, con el maquillaje corrido de haber llorado antes— . Me han llamado seis veces de producción y no he contestado ni una.

—Vas a tener problemas por esto —le advertí, todavía con la voz pastosa por la anestesia.

—Me da igual —contestó, y en ese momento la creí completamente, sin ninguna reserva—.

Hay cosas más importantes que una cena con periodistas.Fue, quizás, el gesto más puro de todo lo que vivimos juntas, precisamente porque ocurrió en la intimidad de una habitación de hospital sin cámaras ni testigos que pudieran convertirlo en un titular favorable.

Por eso, cuando días después vi cómo se apropiaba en público del mérito de lo ocurrido, el contraste entre esa noche sincera y esa entrevista calculada me resultó todavía más difícil de digerir.Al día siguiente de recibir el alta, Regina me llamó para pedirme disculpas personalmente por el fallo técnico, algo que en doce años de oficio ninguna otra directora había hecho jamás de forma tan directa.

—Voy a abrir una investigación interna sobre quién conectó mal esa manguera —me dijo, con una seriedad que agradecí—.

No pienso dejar que esto se quede en un simple accidente sin consecuencias para nadie.La investigación, supe después, señaló a un técnico joven y sin experiencia suficiente, contratado a última hora para abaratar costes de producción, algo que confirmaba una vez más la lógica cruel de un negocio dispuesto a ahorrar en seguridad siempre que pudiera salirse con la suya.

Regina se aseguró de que no volvieran a contratar a nadie sin la cualificación adecuada en ese departamento, un cambio pequeño que, con el tiempo, quizás evitó accidentes mucho peores en rodajes posteriores.El técnico en cuestión, un chico de apenas veintidós años llamado Marcos, vino a buscarme personalmente al día siguiente de mi alta, con el rostro descompuesto por la culpa, para disculparse en persona por lo ocurrido.

—No sabía que la manguera no estaba bien conectada, lo juro —me dijo, casi al borde de las lágrimas—.

Si te hubiera pasado algo grave por mi culpa, no sé cómo habría podido vivir con eso.Le dije que le entendía, que en un rodaje con la prisa que siempre imponen los presupuestos ajustados, los errores humanos son casi inevitables, y que la verdadera responsabilidad no era suya solo, sino de todo un sistema que prioriza el ahorro sobre la seguridad.

Aquella conversación, sin embargo, me hizo reflexionar sobre cuántos “Marcos” habría en cada rodaje del país, jóvenes sin experiencia suficiente cargando con responsabilidades que deberían recaer en profesionales mejor pagados y mejor formados.