Capítulo 11
Hubo, sin embargo, un tiempo de plenitud genuina antes de que todo se rompiera del todo, un paréntesis que durante mucho tiempo me negué a considerar falso solo porque acabara mal.
Fue durante una semana de rodaje en la costa, lejos de Madrid y de sus circuitos de prensa, donde la producción nos alojó a todo el equipo en un hotel discreto cerca del mar, con habitaciones repartidas de tal forma que Nerea y yo terminamos en plantas contiguas, algo que ninguna de las dos había pedido pero que ambas agradecimos en silencio.
Por primera vez, el secreto pesó menos: entre semanas de trabajo intenso, encontramos noches en las que caminábamos descalzas por la orilla sin que nadie nos reconociera en la oscuridad, cenas improvisadas en chiringuitos donde Nerea, sin maquillaje y con el pelo recogido de cualquier manera con una goma que le había pedido prestada a Clara, parecía simplemente una mujer más de vacaciones, indistinguible del resto de turistas.
Recuerdo una noche en particular, tumbadas en la arena todavía tibia, mirando un cielo sin apenas contaminación lumínica que nos permitía ver estrellas que en Madrid jamás se distinguían, en la que ella me dijo algo que guardé durante mucho tiempo como el momento más honesto de toda nuestra historia:
—Contigo es la primera vez que no siento que tengo que actuar, ni un solo segundo. Ni siquiera en la cama con mis exparejas actuaba tan poco como contigo.
Le contesté que a mí me pasaba algo parecido, aunque al revés: con ella era la primera vez que me permitía no ser fuerte todo el tiempo, la primera vez que alguien veía el cansancio real, los moratones sin maquillar, el miedo genuino detrás de los saltos que parecían tan seguros y calculados en pantalla.
—Nunca había pensado en cuánto miedo debe dar hacer lo que haces tú —dijo, apoyando la cabeza en mi hombro—. Y aun así lo haces, cada día, sin que nadie te lo agradezca casi nunca.
—Tú también tienes miedo, aunque sea de otras cosas —respondí—. Solo que el tuyo no deja moratones visibles.
Aquella misma semana, un día de descanso entre bloques de rodaje, alquilamos dos bicicletas destartaladas de un chiringuito de la playa y recorrimos varios kilómetros de costa sin rumbo fijo, deteniéndonos donde nos apetecía, comiendo helado sentadas en un muro de piedra frente al mar, sin que nadie nos reconociera ni nos pidiera nada.
Fue, quizás, el día más parecido a unas vacaciones normales de cualquier pareja anónima que tuvimos en todo el tiempo que estuvimos juntas.
—Podríamos hacer esto más veces, ¿sabes? —dijo Nerea, con el helado derritiéndose entre los dedos— . No tiene por qué ser siempre a escondidas en un apartamento prestado en Madrid. Podríamos inventar excusas, escaparnos algún fin de semana a algún sitio donde nadie me reconozca.
—Suena bonito —contesté, sin querer estropear el momento con la pregunta que de verdad me rondaba la cabeza: ¿cuánto tiempo podíamos seguir viviendo de escapadas planificadas al detalle antes de que la realidad de nuestras vidas separadas volviera a imponerse?
No dije nada de eso en voz alta. Simplemente disfruté del sol, del mar, y de la mano de Nerea entrelazada con la mía sobre el manillar oxidado de la bicicleta, decidida a no dejar que el miedo al futuro me robara la felicidad concreta de aquel presente.
Aquella noche, de vuelta en el hotel, Nerea me confesó algo que hasta entonces no me había atrevido a compartir del todo: que había empezado a plantearse, en serio, la posibilidad de hablar con su representante sobre cómo manejar públicamente una relación como la nuestra, sin necesidad de ocultarla del todo, aunque fuera con cautela.
—No prometo nada concreto todavía —advirtió, quizás anticipándose a mi escepticismo—. Pero por primera vez siento que quiero intentarlo, en vez de simplemente aceptar que esto tiene que quedarse siempre en la sombra.
Le creí, con la misma facilidad con la que había creído tantas otras promesas suyas hasta entonces, sin saber todavía que las palabras dichas en la intimidad de una playa lejos de Madrid tenían un peso muy distinto al de las decisiones tomadas después, rodeada de representantes, productores y cámaras esperando la próxima entrevista.
Otra noche de esa misma semana, Regina organizó una cena de equipo en un restaurante frente al mar para celebrar que habíamos completado la escena más compleja del rodaje sin ningún incidente grave.
Nerea y yo nos sentamos, sin planearlo, en extremos opuestos de la mesa larga, cada una rodeada de su gente: ella junto a Regina y los productores, yo junto a Sole y el resto del equipo técnico.
Durante toda la cena, sin embargo, no dejamos de buscarnos con la mirada por encima de las copas de vino, un juego secreto que solo nosotras dos entendíamos y que hacía que la distancia entre las dos puntas de la mesa se sintiera, paradójicamente, como la cercanía más íntima de toda la noche.
Al final de la cena, cuando el equipo se dispersó hacia el hotel en pequeños grupos, Nerea inventó una excusa para quedarse rezagada, y yo hice lo mismo, hasta que nos encontramos, como por casualidad, caminando solas por el paseo marítimo iluminado por las farolas.
—Toda la cena pensando en escaparme contigo — me confesó, cogiéndome de la mano sin importarle, por una vez, que alguien pudiera vernos—. Es la primera vez en años que una cena de trabajo se me ha hecho tan larga.
—Yo llevo toda la noche calculando cuánto tardaríamos en llegar hasta aquí sin que nadie sospechara —contesté, y las dos nos reímos, cómplices, como dos adolescentes escapándose de un campamento de verano.
Fue una semana de ilusión genuina, del tipo que te hace pensar que quizás, contra todo pronóstico y contra toda la lógica de clase que había regido nuestras vidas hasta entonces, dos mundos tan distintos sí pueden encontrar un terreno común sin que nadie salga herido del todo.
Miro atrás y no me arrepiento de haber creído eso, aunque sé perfectamente lo que vino después.
Fue real mientras duró. Eso, al menos, nadie puede quitármelo por mucho que el final fuera amargo.