LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

El secreto empezó a costarnos más de lo que ninguna de las dos había previsto al principio, cuando todo parecía sencillo y emocionante, casi un juego entre adultas que sabían lo que hacían.

Nerea vivía con el miedo constante a que la prensa descubriera algo: no solo que estaba con una mujer, algo que en su círculo se manejaba con una hipocresía muy particular de aceptación pública y desconfianza privada, sino que esa mujer era, ni más ni menos, su propia doble de riesgo.

En su mundo, eso tenía un nombre feo, algo entre escándalo y anécdota morbosa digna de titular sensacionalista, y su representante había dejado caer más de una vez, sin saber nada en concreto, que “cualquier vínculo demasiado cercano con el equipo técnico” podía “leerse mal” en la prensa del corazón.

Yo, por mi parte, tenía que sostener un silencio distinto: el de fingir en el set que entre nosotras no había nada más que la relación profesional de siempre, mientras coordinaba una cadena de gestos —una mano en la espalda al pasar entre decorados, una mirada sostenida un segundo de más durante los ensayos— que solo las dos sabíamos leer correctamente, un lenguaje secreto que construimos sin proponérnoslo del todo.

Discutimos por primera vez por eso, una noche en el apartamento prestado, después de que ella cancelara a última hora un plan porque su representante había organizado una cena con prensa sin avisarla con antelación suficiente.

Yo le dije que estaba cansada de ser un secreto que se cancelaba según convenía a la agenda de otros; ella me dijo que no lo entendía, que su carrera entera podía descarrilar si aquello salía a la luz de la manera equivocada, sin el control narrativo que su equipo sabía manejar tan bien.

—Para ti es un riesgo profesional calculable —le dije, más dura de lo que pretendía al principio—. Para mí es que nunca vamos a poder ser nada de puertas para afuera, ni siquiera cogernos de la mano en una cafetería sin que tú mires antes hacia todos lados.

—No es tan sencillo, Mencía —dijo ella, y en el uso de mi nombre completo, algo que rara vez hacía, noté cuánto le costaba admitirlo—.

Si te nombro en público, empiezan a preguntar por qué te conozco tan bien, por qué sé tu nombre de pila cuando debería ser una desconocida más del equipo técnico, y entonces...

Se detuvo, pero yo ya sabía cómo terminaba esa frase, la había completado mentalmente cientos de veces en los últimos días.

—Y entonces se sabría lo nuestro —terminé por ella, con una calma que no sentía—. Así que preferirías borrarme del todo antes que arriesgarte a que alguien atara cabos y lo hiciera público a tu manera, no a la mía.

—No es que quiera borrarte —protestó, con los ojos ya llenos de lágrimas—.

Es que no sé cómo hacer esto de otra manera sin que todo se derrumbe a mi alrededor.

Llevo diez años construyendo una imagen pública que no admite fisuras, y no sé cómo dejar entrar algo tan real como esto sin que todo lo demás se resquebraje también.

—Puede que el problema sea precisamente ese — le dije, más suave de lo que pretendía al principio de la discusión—.

Que has construido una imagen tan perfecta que ya no sabes distinguir dónde termina la imagen y dónde empiezas tú de verdad.

Y mientras no lo sepas, cualquier cosa real que entre en tu vida te va a dar el mismo miedo que le tienes a esto.

Nerea se quedó en silencio, sopesando esas palabras con una expresión que oscilaba entre la defensa y la vulnerabilidad genuina, dos estados que rara vez coincidían en ella al mismo tiempo delante de mí.

—Nadie me había hablado nunca así, tan directo, sin miedo a que me enfadara o dejara de hablarle — admitió, después de un largo silencio—.

La mayoría de la gente a mi alrededor mide muy bien cada palabra que me dice, por miedo a perder su posición cerca de mí.

Contigo nunca ha sido así, y curiosamente eso es lo que más me gusta y lo que más miedo me da al mismo tiempo.

—Puede que necesites más gente así en tu vida, no menos —le dije—. Gente que te diga las cosas claras, aunque duelan, en vez de gente que solo te dice lo que quieres escuchar por interés propio.

—¿Y si simplemente probamos, aunque sea poco a poco? —propuso finalmente—. No de golpe, no anunciándolo a la prensa mañana mismo. Pero sí dejando que algunas personas de mi entorno más cercano lo sepan, empezando por Regina, que ya sospecha algo.

Acepté aquella propuesta con más esperanza de la que debería haber tenido, sin saber todavía que ese “poco a poco” acabaría estirándose durante meses sin avanzar nunca del todo hacia ninguna parte concreta.

Esa noche no resolvimos nada del todo. Solo lo aparcamos, como se aparcan las cosas que dan demasiado miedo para mirarlas de frente, prometiéndonos sin palabras que ya hablaríamos con más calma en otro momento que, como suele pasar, tardó demasiado en llegar.

Fue por esa época cuando empecé a hablar del asunto, veladamente, con Clara Iturbe, la ayudante de vestuario que llevaba años en el equipo de Nerea y que, sin saber los detalles exactos, intuía que algo pasaba entre nosotras desde hacía meses.

Clara tenía una discreción a prueba de bombas, ganada a base de guardar los secretos de media industria durante quince años de carrera, y una tarde, mientras me ayudaba a ajustar un arnés bajo el vestuario de Nerea, me dijo, sin que yo le hubiera pedido consejo:

—Sea lo que sea que tengáis, cuídate tú primero. La gente como Nerea no elige mal a propósito, pero eligen desde un lugar donde nunca han tenido que sacrificar nada de verdad. Y cuando por fin les toca sacrificar algo, se asustan más de lo que imaginan.

—¿Tan evidente es? —le pregunté, sin negar nada, aliviada de poder hablarlo aunque fuera a medias.

—Para quien lleva quince años observando actrices enamorarse y desenamorarse en cada rodaje, sí — contestó, con una sonrisa cansada—.

Solo espero que esta vez sea distinto. Por las dos.Aquella misma tarde, después de terminar el ajuste del arnés, Íñigo se acercó a hablar conmigo directamente por primera vez en todo el rodaje, algo que hasta entonces jamás había hecho, prefiriendo siempre dirigirse al coordinador de especialistas y no a mí en persona.

—Nerea me ha comentado que estáis coordinando mucho las escenas de riesgo últimamente —dijo, con un tono cortés que no lograba disimular del todo cierta cautela profesional—.

Solo quiero asegurarme de que todo se mantiene en un plano estrictamente técnico.

La imagen de Nerea es muy sensible en este momento de su carrera, y cualquier cosa que se salga del guion podría complicarle mucho las cosas.No supe si aquello era una advertencia velada o una simple frase protocolaria de representante precavido, pero me dejó un poso de inquietud que no se me quitó en varios días, la sensación clara de que, incluso sin saber nada en concreto, alguien ya empezaba a vigilar de cerca lo que estaba naciendo entre nosotras.