LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

El choque de mundos se hizo evidente de una forma casi cómica la primera vez que Nerea insistió en conocer dónde vivía yo, contra mi instinto, que me decía que algunas cosas es mejor no mezclarlas.

La vi bajarse de un taxi —nunca conducía ella misma, siempre había alguien que la llevaba a todas partes— frente a mi portal, con ropa deliberadamente sencilla que, aun así, costaba probablemente más que el alquiler mensual de mi piso entero.

Mi vecina del quinto, que fuma en la escalera a todas horas y conoce a todo el barrio de toda la vida, la reconoció al instante y se quedó mirando con la boca abierta, sin disimular ni un poco.

Subimos a pie los cinco pisos porque el ascensor llevaba tres meses estropeado y nadie de la comunidad tenía dinero para arreglarlo con urgencia.

Ella, que hacía yoga con un instructor privado tres veces por semana y corría por el Retiro con zapatillas que costaban un sueldo mío, llegó sin aliento mucho antes de alcanzar el último piso.

Yo, acostumbrada a subir corriendo con bolsas de la compra o con material de rodaje a cuestas, no entendía del todo por qué le costaba tanto algo tan simple como subir unas escaleras.

Mi piso la sorprendió, no sé si para bien o para mal, y durante mucho tiempo no supe interpretar su expresión con claridad.

Setenta metros cuadrados compartidos con dos compañeras de piso que trabajaban de camareras, una cocina diminuta con azulejos de los años ochenta, mi habitación con una cama individual y pósteres de películas de acción de los noventa que había pegado a los quince años y nunca me había molestado en quitar.

—Es acogedor —dijo, al final, mirando alrededor con una curiosidad que no supe interpretar del todo: ¿ternura genuina, o el asombro de quien visita, sin quererlo, un mundo que solo conocía de oídas?

—Es pequeño y viejo —contesté, un poco a la defensiva—. No hace falta que le busques adjetivos bonitos.

—No lo hago por eso —dijo, y por primera vez pareció avergonzada de verdad—. Lo digo porque se nota que aquí vive gente, de verdad. En mi casa a veces siento que vivo en un escaparate.

Antes de irse, insistió en que bajáramos a cenar algo al bar de la esquina, uno de esos bares de barrio con manteles de cuadros y menú del día escrito con rotulador en una pizarra, donde mi madre y yo habíamos celebrado cada cumpleaños desde que tengo memoria.

El dueño, Manolo, que me conoce desde niña, la reconoció enseguida y estuvo a punto de dejar caer la bandeja de cañas que llevaba en las manos, pero se recompuso con una profesionalidad admirable y nos sirvió como si fuéramos dos clientas cualquiera, aunque después supe que había cambiado el mantel de nuestra mesa tres veces antes de que llegáramos, nervioso por la ocasión.

Nerea pidió lo mismo que yo, unos boquerones en vinagre y una tortilla de patatas, y se los comió con un entusiasmo que no encajaba con la imagen de alguien acostumbrada a restaurantes con estrella Michelin.

—Esto está mejor que la mitad de los sitios a los que me llevan mis representantes para “hacer contactos” —dijo, limpiándose la boca con la servilleta de papel—. Y aquí nadie me pide una foto cada dos minutos.

—Aquí la gente tiene otras cosas de las que preocuparse —contesté, sin poder evitar cierto tono seco—. Como llegar a fin de mes.

Ella no contestó a eso, y noté que la frase le había dolido de una forma que no supe interpretar del todo: ¿vergüenza genuina, o simple incomodidad ante algo que prefería no pensar demasiado?

Esa noche, cuando se fue, entendí por primera vez con total claridad que veníamos de planetas distintos que solo por casualidad orbitaban el mismo set de rodaje. Y que tarde o temprano, esa diferencia iba a pesar entre nosotras, por mucho cariño que hubiera de por medio.

Mis compañeras de piso, que habían coincidido con Nerea al cruzarse por el pasillo camino al baño, no dejaron de hacerme preguntas durante días, entre risas incrédulas y una curiosidad que yo no sabía muy bien cómo gestionar sin desvelar más de la cuenta.

—¿Pero de qué la conoces tú, si se puede saber? —preguntó Bea, la mayor de las dos, mientras fregábamos juntas los platos de la cena—. No me digas que sois amigas de verdad, porque no me lo creo ni loca.

—Trabajamos juntas —contesté, evasiva, que era la verdad a medias que llevaba usando desde el principio de todo aquello—. Coincidimos mucho en los rodajes.

Bea me miró con esa mezcla de sospecha y cariño de quien lleva años compartiendo piso conmigo y sabe reconocer cuándo le oculto algo, pero no insistió más, quizás porque intuía que, fuera lo que fuera, no era asunto suyo hasta que yo decidiera contarlo.

Le agradecí en silencio esa discreción, aunque en el fondo sabía que tarde o temprano tendría que enfrentarme a explicaciones más completas, tanto en mi propio mundo como en el de Nerea.

Semanas después de aquella visita, fue Nerea quien insistió en que yo conociera, aunque fuera brevemente, algo de su mundo, y me invitó a acompañarla a un evento benéfico de la industria, con la condición de que fuera como “invitada del equipo técnico” para no levantar sospechas.

Acepté, más por curiosidad que por verdadera comodidad, y pasé la noche entera sintiéndome fuera de lugar entre copas de champán que costaban más que mi alquiler semanal y conversaciones sobre inversiones inmobiliarias que no entendía ni me interesaban lo más mínimo.

Nerea, consciente de mi incomodidad, se las arregló para escaparse conmigo varias veces a la terraza, lejos del bullicio, donde por fin podíamos hablar de algo que no fuera cotización bursátil o el último cotilleo de la industria.

—¿Ves ahora por qué prefiero tu barrio? —me preguntó, apoyada en la barandilla, mirando las luces de Madrid—. Aquí dentro todo el mundo calcula constantemente cuánto vales, cuánto puedes darles, qué pueden sacar de conocerte. En tu barrio la gente simplemente vive.

—No idealices demasiado mi barrio —le advertí—. También hay allí quien calcula, solo que con menos dinero de por medio.

Se rió, y por un momento, en aquella terraza ajena a las dos, sentí que quizás sí existía un punto intermedio posible entre nuestros dos mundos, aunque los años me demostrarían lo difícil que era sostenerlo en el tiempo.

De vuelta a casa esa noche, en un taxi que Nerea insistió en pagar pese a mis protestas, me quedé mirando por la ventanilla cómo las calles elegantes del centro daban paso, poco a poco, a las calles más humildes de mi barrio, un cambio de paisaje que siempre me resultaba curiosamente reconfortante después de pasar tiempo en ambientes ajenos al mío.

Nerea, sentada a mi lado, se quedó dormida sobre mi hombro durante el trayecto, agotada por una noche de sonrisas forzadas y conversaciones vacías, y pensé, mientras la miraba dormir, en lo distinto que era el cansancio de su mundo del cansancio del mío: el mío venía de golpes reales en el cuerpo; el suyo, de sostener durante horas una versión de sí misma que no terminaba de sentir del todo propia.