Capítulo 8
Lo que empezó después fue en secreto, y el secreto tenía sus propias reglas, aprendidas a base de ensayo y error durante las primeras semanas: mensajes a horas raras que borrábamos después de leer, encuentros en un piso prestado por una amiga mía del gremio de efectos especiales que entendía de discreción mejor que nadie porque llevaba años ocultando su propia relación con una compañera de trabajo, evitando tanto mi piso —demasiado pequeño, demasiado revelador de una vida que ella jamás había tenido que vivir— como el suyo, vigilado por cámaras de seguridad y por la posibilidad siempre latente de un paparazzi con teleobjetivo.
Nerea, en la intimidad de ese apartamento prestado, era completamente distinta a la mujer de las alfombras rojas.
Se reía con la boca abierta, sin cuidar el ángulo ni la posición de la cámara imaginaria que llevaba encima incluso cuando no había ninguna.
Cocinaba mal, de una manera casi cómica para alguien que llevaba una vida de lujos aparentes, y eso le hacía muchísima gracia a ella misma cada vez que quemaba algo tan sencillo como unos huevos revueltos.
Me contaba secretos de rodajes anteriores, actores con fama de encantadores que en realidad eran insufribles fuera de cámara, directoras que trataban a sus equipos con un desprecio que jamás salía en ninguna entrevista de making-of.
Yo, con ella, aprendí a bajar la guardia de un modo que llevaba años sin permitirme con nadie, ni siquiera con mis compañeras de piso.
Le hablaba de mis lesiones, de las noches en que el cuerpo me pasaba factura por todos los golpes acumulados de una vida entera cayéndome por otras mujeres que jamás sabrían mi nombre.
Le hablaba de mi miedo, muy real y muy poco glamuroso, a que un día el cuerpo dijera basta y me quedara sin oficio, sin plan B estudiado, sin ahorros suficientes para sostenerme más de dos meses sin trabajar.
—No dejaría que te pasara eso —me dijo una noche, muy en serio, acariciándome una cicatriz vieja en la rodilla mientras lo decía—. Si algún día no puedes seguir haciendo esto, encontraríamos algo. Juntas. Tengo contactos, recursos, no tienes ni que preocuparte.
Sonaba bonito. Sonaba, incluso, sincero, y en ese momento la creí sin reservas.
Pero había algo en la forma en que lo decía, tan fácil, tan sin peso real detrás de las palabras, que años después entendería que era la promesa de alguien que jamás había tenido que preocuparse de verdad por el dinero, y que por eso podía prometer soluciones sin calcular del todo lo que de verdad costaban, ni en dinero ni en orgullo.
En ese momento, sin embargo, solo escuché el cariño detrás de la frase. Y me bastó, durante mucho tiempo, con eso.
Una de esas noches, Nerea me preguntó si podía ver alguna de mis cicatrices más antiguas, las que llevaba acumulando desde los primeros años del oficio, cuando todavía no sabía calcular bien los riesgos y el cuerpo pagaba las consecuencias de mi inexperiencia.
Le fui señalando cada una como quien enseña un mapa: esta, de una caída mal calculada a los veinte años; esta otra, de un golpe con un coche en marcha que casi sale mal de verdad; esta última, más reciente, de un fuego que se acercó más de lo debido a mi traje ignífugo.
—Es como leer tu currículum en la piel —dijo, pasando los dedos con cuidado por cada marca, con una delicadeza que no encajaba con la imagen pública de mujer inalcanzable que yo había tenido de ella antes de conocerla de verdad.
—Es la única hoja de vida que tengo —contesté—.
Nadie me ha dado nunca un diploma por esto.Ella se quedó pensativa un momento, y luego dijo algo que entonces me pareció tierno y que, con el tiempo, entendería como una premonición de todo lo que vendría después:—Debería haber un diploma.
Debería haber créditos con tu nombre en letras grandes, no escondido al final de la lista.
Algún día voy a asegurarme de que eso cambie, aunque solo sea en mis propias películas.Le creí.
Quería creerle, y en aquel momento no tenía ningún motivo real para dudar de su sinceridad.Aquel apartamento prestado, con sus muebles de segunda mano y su vista a un patio interior sin nada especial que ofrecer, se convirtió durante esos meses en el único lugar del mundo donde las dos podíamos existir sin etiquetas ni jerarquías, sin que nadie calculara quién era más importante ni quién debía ceder ante quién.
Nerea llegaba siempre con algo de comer, comprado a toda prisa en algún supermercado de camino, como si necesitara compensar de alguna manera simbólica la desigualdad que ambas sabíamos que existía entre nosotras fuera de esas cuatro paredes.Una de esas noches, mientras veíamos una película antigua en un portátil viejo que mi amiga guardaba en el apartamento, Nerea se quedó dormida con la cabeza apoyada en mi hombro, algo que jamás se permitiría hacer en público, ni siquiera en un vuelo privado rodeada de gente de su total confianza.
La dejé dormir así casi una hora, sin moverme, aunque el brazo se me quedara dormido del todo, solo por el placer extraño de verla respirar tranquila, sin el peso constante de la actuación pública que llevaba encima cada minuto de su vida despierta.Cuando por fin despertó, se disculpó avergonzada, como si se hubiera permitido una debilidad imperdonable.
—No te disculpes —le dije—. Es la primera vez que te veo dormir sin que parezca que estás posando para una foto.Se rió, todavía adormilada, y me besó despacio, sin prisa, de una manera que no tenía nada que ver con la urgencia de nuestros primeros encuentros.
Fue, quizás, el momento más parecido a una vida normal que llegamos a tener juntas en todo el tiempo que duró aquello.Otra noche, semanas después, Nerea llegó al apartamento visiblemente afectada tras una sesión de fotos que se había alargado más de lo previsto, con la piel todavía brillante de maquillaje que no había tenido tiempo de quitarse del todo.
—A veces siento que ya ni siquiera reconozco mi propia cara cuando me miro al espejo después de un día así —confesó, sentándose pesadamente en el sofá—.
Tanto maquillaje, tanta corrección digital después, que ya no sé cuál es la versión real de mí misma.Fui a buscar una toalla húmeda y me senté a su lado, quitándole con cuidado los restos de maquillaje de la cara, un gesto tan sencillo que ella recibió con una vulnerabilidad que rara vez mostraba, ni siquiera conmigo.
—Esta es tu cara real —le dije, cuando terminé, señalando su reflejo limpio en el pequeño espejo de la entrada—.
La otra es solo un trabajo, como el mío consiste en caerme por escaleras.
No dejes que confundan lo uno con lo otro.Se quedó mirando su reflejo un buen rato, en silencio, y luego me abrazó con una fuerza que decía mucho más de lo que cualquier palabra habría podido expresar en ese momento.
—Gracias por verme así, sin nada de por medio — dijo, con la voz apagada contra mi hombro—.
No sabes lo raro que es para mí que alguien me mire sin calcular nada a cambio.
—Yo tampoco calculo nada contigo —contesté, y en ese momento lo decía completamente en serio, sin sospechar todavía cuánto pesarían, más adelante, los cálculos que sí hacía el mundo que la rodeaba, aunque ella misma no quisiera hacerlos.