Capítulo 7
El primer encuentro fuera del rodaje pasó por casualidad, o eso quisimos creer las dos durante mucho tiempo, aunque con los años he llegado a pensar que ninguna casualidad es tan perfecta sin que alguna de las dos partes la propicie un poco, aunque sea de forma inconsciente.
Yo había ido a un mercadillo de segunda mano en Malasaña un domingo libre, buscando una chaqueta de cuero que pudiera permitirme entre las rebajas de ropa usada, cuando la vi al otro lado de la calle, con gorra y gafas de sol enormes, intentando pasar desapercibida y fracasando estrepitosamente porque hasta disfrazada de “persona normal” seguía teniendo ese algo que hace que la gente se gire dos veces sin saber muy bien por qué.
Me acerqué antes de pensarlo demasiado, algo que no era propio de mí, siempre tan calculadora con cada movimiento en mi vida profesional y tan tímida en la personal.
—¿Huyendo de tus fans? —le pregunté, con más confianza de la que en realidad sentía.
—Huyendo de mi representante —contestó, y se rió de esa forma que ya empezaba a reconocer como la risa de verdad, no la de foto—.
Un domingo de descanso obligatorio antes de la promoción de la última película.
Me han dado dos horas libres como quien da un permiso de salida penitenciario.Pasamos esas dos horas caminando por el barrio, comprando churros en un puesto callejero que a ella le hizo tanta ilusión como si fuera la primera vez que probaba algo así, hablando de cosas que no tenían nada que ver con el rodaje ni con el trabajo.
Ella me preguntó por mi barrio, por mi madre, por cómo era crecer en Vallecas con las ventanas dando a un descampado en vez de a un jardín privado.
Yo le pregunté por la primera vez que la reconocieron por la calle, por si echaba de menos poder pasear sin que nadie la mirara, sin tener que calcular cada gesto.
—A veces —dijo, parándose frente a un puesto de discos de vinilo antiguos—.
Pero contigo no me importa que me miren.
Contigo me siento como si por fin pudiera ser la de verdad, no la versión que sale en las revistas.Antes del abrazo final, nos sentamos un rato en un banco de la plaza del Dos de Mayo, compartiendo un cucurucho de churros que ella insistió en pagar aunque yo protesté por pura costumbre.
Le pregunté si echaba de menos tener una vida normal, de esas en las que uno puede sentarse en un banco cualquiera sin que nadie calcule el ángulo de una foto robada.
—Todo el tiempo —contestó, mirando a un grupo de niños que jugaban al fútbol en la plaza sin prestarle ninguna atención, ajenos por completo a quién era— .
A veces pienso que daría cualquier cosa por poder tener un trabajo normal, de esos en los que al terminar la jornada nadie sabe tu nombre fuera de la oficina.
—Yo tengo justo ese trabajo, aunque no lo parezca por lo espectacular que se ve en pantalla —le dije—.
Al terminar la jornada, nadie sabe mi nombre ni dentro ni fuera del rodaje.Se quedó pensativa un momento, y luego dijo algo que me pareció, en su momento, la observación más lúcida que le había escuchado nunca:—Puede que las dos tengamos el mismo problema, visto desde ángulos opuestos.
A mí me sobra visibilidad y me falta privacidad.
A ti te sobra riesgo real y te falta reconocimiento.
Quizás por eso me siento tan cómoda contigo.
Entre las dos casi sumamos una persona completa.Antes de despedirnos, entramos en una pequeña librería de segunda mano escondida en una calle lateral, donde Nerea, sin que nadie la reconociera entre las estanterías polvorientas, pasó casi media hora buscando ediciones antiguas de poesía española, algo que jamás habría imaginado como afición suya.
Compró dos libros pequeños y desgastados, y al salir me regaló uno de ellos sin darle mayor importancia, como quien regala algo que le sobra.
—Para tus trayectos de metro —dijo, sonriendo—.
Así no tienes que gastarte dinero en libros nuevos.Guardé ese libro durante años, mucho después de que todo lo demás entre nosotras se hubiera roto, con una dedicatoria breve que escribió en la primera página con un bolígrafo prestado por la librera: “Para Mencía, que cae mejor que nadie que conozco. N.”Nos despedimos con un abrazo que duró más de lo que dura un abrazo normal entre compañeras de trabajo, tanto que un par de personas que pasaban por la calle se giraron a mirarnos, quizás reconociéndola, quizás simplemente notando algo en la forma en que nos costaba soltarnos.
Cuando volví a mi piso compartido esa noche, tuve que sentarme un momento en el borde de la cama, porque me temblaban las manos de una forma que ningún salto desde un tejado me había hecho temblar jamás en doce años de oficio.