Capítulo 6
El roce llegó sin que ninguna de las dos lo buscara del todo, como suelen llegar las cosas que después resultan imposibles de deshacer.
Fue durante un ensayo nocturno, corrigiendo la postura de un abrazo que su personaje le daba al mío en una escena —bueno, técnicamente al mío, aunque el guion decía que era a otro personaje y en la pantalla final aparecía otra actriz secundaria haciendo de él—.
Nerea me colocó la mano en la cintura para marcar el ángulo exacto que necesitaba la cámara, y se quedó un segundo de más ahí, sin apartarla, mientras Regina gritaba indicaciones desde el otro lado del set sobre el encuadre.
Ninguna de las dos dijo nada en ese momento.
El ayudante de dirección llamó a Nerea para revisar un cambio de última hora en el guion y el instante se rompió, pero quedó suspendido entre nosotras como una pregunta sin formular, algo que ambas llevamos a casa esa noche sin saber muy bien qué hacer con ello.
Durante los días siguientes, ambas actuamos como si no hubiera pasado nada, con esa cortesía forzada de la gente que tiene miedo de estropear algo que todavía no existe del todo pero que ya empieza a pesar en cada gesto.
Pero yo notaba sus ojos buscándome entre toma y toma, en los descansos, en el catering, incluso cuando fingía estar concentrada leyendo el guion.
Y ella debía de notar los míos, porque una tarde, mientras yo revisaba el arnés para la siguiente escena de riesgo, me dijo, sin venir a cuento, con Clara Iturbe, la ayudante de vestuario, pasando cerca sin prestar atención:
—Tienes las manos más seguras que he visto nunca.
No sé cómo no te tiemblan al calcular cosas así.No sé qué esperaba que contestara.
Le dije que las manos seguras eran lo único que me pagaban por tener, prácticamente lo único que me había servido de verdad en la vida, y ella sonrió de una manera que no tenía nada que ver con el guion ni con las cámaras, una sonrisa que guardé durante semanas como quien guarda algo prohibido.Ambas negamos, durante ese tiempo, lo que estaba pasando entre nosotras.
Yo me decía que era una fascinación de clase, la curiosidad de alguien acostumbrada a que todo el mundo la trate con distancia y de repente encuentra a alguien que no le tiene miedo ni la trata como a un objeto frágil.
Ella, imagino, se decía algo parecido, al revés: la curiosidad de acercarse a alguien que vivía sin la protección con la que ella había vivido siempre, alguien real en un mundo lleno de gente que solo le devolvía versiones editadas de sí misma.Ninguna de las dos estaba preparada para lo que vendría después, ni para lo bien que se sentiría al principio, ni para lo mucho que dolería al final.Recuerdo con precisión el día en que dejamos de fingir que no pasaba nada, aunque tampoco lo dijéramos en voz alta todavía.
Fue durante un descanso de comida, sentadas las dos en el borde de un contenedor de atrezzo, comiendo del mismo táper porque a Nerea se le había olvidado pedir el suyo al catering y yo, sin pensarlo, le ofrecí compartir el mío.
—Esto es lo más normal que he hecho en meses — dijo, pinchando un trozo de pollo con mi tenedor sin ningún reparo—.
Compartir comida de un táper de plástico con alguien, sin que nadie lo fotografíe ni lo convierta en un titular sobre mis “hábitos saludables”.
—Bienvenida al mundo real —contesté, con más ironía de la que pretendía, aunque ella se rió de buena gana.
—Puede que quiera quedarme un rato más en tu mundo real —dijo entonces, mirándome de una forma que ya no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba insinuando.No contesté nada en ese momento.
Simplemente aparté la mirada hacia el táper, fingiendo una concentración exagerada en el arroz que ya no tenía, mientras el corazón me latía con una fuerza que ningún salto de doce metros me había provocado jamás en toda mi carrera.Esa tarde, durante el resto del rodaje, evité cruzarme con ella más de lo estrictamente necesario, no porque no quisiera, sino precisamente porque quería demasiado, y llevaba suficientes años de oficio como para saber que los deseos mal calculados son los que más caro se pagan.No lo conseguí durante mucho tiempo.
Esa misma noche, cuando ya todos se habían marchado del set, Nerea volvió a aparecer, esta vez sin ninguna excusa profesional que justificara su presencia.
—He estado pensando en lo de esta tarde —dijo, sin rodeos, plantada frente a mí con una determinación que no le había visto antes—.
Y no quiero fingir que no lo he dicho en serio.
—Nerea, esto es una mala idea por muchísimos motivos —le advertí, aunque el corazón me latía con una intensidad que contradecía cada palabra que estaba pronunciando—.
Trabajamos juntas. Tú eres quien eres, y yo soy quien soy.
Esto podría complicarnos la vida a las dos de formas que ni siquiera imaginamos todavía.
—Lo sé —admitió—. Y aun así, no consigo dejar de pensar en ello.Nos quedamos mirándonos un largo instante, en el silencio del hangar vacío, hasta que finalmente fui yo quien acortó la distancia entre las dos, incapaz de seguir fingiendo indiferencia ante algo que llevaba semanas creciendo sin que ninguna lo nombrara en voz alta.
El primer beso que nos dimos fue breve, casi tímido, como si ambas necesitáramos comprobar que aquello era real antes de permitirnos algo más.