LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Una noche, después de un ensayo de una escena de pelea coreografiada que nos había llevado tres horas en lugar de la una prevista, Nerea se quedó sentada en el suelo del hangar, con la espalda apoyada en un decorado a medio construir, y me pidió que me sentara con ella un momento, aunque el resto del equipo ya se hubiera marchado a cenar.

—¿Puedo contarte algo que no le he contado a casi nadie? —dijo, con la voz de quien lleva mucho tiempo sin hablar de verdad con nadie.

Asentí y me senté a su lado, con cuidado de dejar una distancia prudente que ninguna de las dos comentó en voz alta.

Empezaba a acostumbrarme a que ella confiara en mí de esa manera repentina, como si necesitara a alguien fuera de su círculo cerrado —fuera del alcance de Íñigo y de las cláusulas de confidencialidad que firmaba con cada entrevista— para decir las cosas en voz alta sin que sonaran calculadas.

Me habló de la presión de sostener una carrera desde los diecinueve años, cuando un casting improvisado en un centro comercial la sacó de un instituto público de Getafe para meterla directamente en un rodaje de seis meses sin que nadie le explicara del todo en qué se estaba metiendo.

De un representante que decidía por ella casi todo, desde los papeles que aceptaba hasta las relaciones que podía o no podía hacer públicas sin dañar “la marca”.

De la soledad concreta de ser una cara conocida en un país entero: la gente cree que te conoce, pero en realidad conoce una versión editada, con las partes incómodas cortadas en montaje, igual que se corta el dolor real de una caída para dejar solo el gesto valiente.

—A veces siento que la que sale en pantalla no soy yo —dijo, mirando fijamente el suelo—.

Es una versión mejorada, más valiente, más segura de sí misma.

Y luego apagan las cámaras y yo sigo teniendo miedo de todo: de hablar en público sin guion, de que mi carrera se acabe de la noche a la mañana, de decepcionar a gente que ni siquiera conozco.

—Yo hago lo contrario —contesté, sorprendida de estar dispuesta a decir algo tan personal delante de alguien de su mundo—.

Yo soy más valiente en pantalla que en mi vida real.

Ahí me tiro por ventanas sin dudarlo. En mi vida real no me atrevo ni a decirle a mi casera que la calefacción no funciona desde octubre.

Se rió, una risa de verdad, abierta, no la risa de foto perfectamente calculada que le había visto en las alfombras rojas durante años.

—Eso no me lo creo —dijo—. La mujer que se tiró ayer por esa escalera sin dudarlo ni un segundo no me parece alguien incapaz de reclamarle nada a nadie.

Fue la primera vez que sentí que alguien de su mundo me veía completa, no dividida entre “la que hace lo peligroso” y “la que no cuenta para nada más” fuera del set.

Seguimos hablando un buen rato más aquella noche, de cosas cada vez más triviales, casi como si ambas necesitáramos alargar el momento sin admitirlo del todo.

Ella me preguntó por mis series favoritas, sorprendida y divertida al descubrir que apenas veía cine ni televisión fuera del trabajo, y yo le pregunté por la última vez que había leído un libro entero sin que fuera para preparar un papel.

—Hace como dos años —confesó, riéndose de sí misma—. Entre rodajes, promociones y entrevistas, apenas me queda tiempo para nada que no tenga que ver con la próxima película.

—Yo leo mucho en los trayectos de metro y autobús —dije—. Es de las pocas cosas que puedo permitirme sin gastar dinero.

Ella me miró entonces con una expresión que no supe descifrar del todo, algo entre la envidia y la ternura, como si mi vida sencilla y llena de límites económicos tuviera, paradójicamente, algo que ella echaba de menos sin saber nombrarlo con claridad.

—A veces pienso que sería más feliz con menos de todo lo que tengo —confesó, mirando al suelo del hangar—. Menos dinero, menos exposición, menos gente pendiente de cada cosa que hago. Pero luego pienso que suena fatal decir eso, viniendo de alguien con todos los privilegios que tengo yo.

—No suena fatal —le dije—. Suena a alguien que empieza a darse cuenta de que el dinero y la fama no resuelven los problemas de verdad, solo los disfrazan mejor durante un tiempo.

Se quedó pensativa ante esa respuesta, y por primera vez desde que la conocía, la vi mirarme no como a una curiosidad exótica de un mundo ajeno al suyo, sino como a alguien de quien de verdad podía aprender algo importante sobre cómo vivir con menos ruido de fondo.

Esa noche, cuando por fin nos levantamos del suelo del hangar porque el frío empezaba a calarnos los huesos, Nerea me acompañó hasta la parada de autobús, algo que jamás había hecho antes ni volvería a hacer con nadie más del equipo, según supe después por Clara.

Esperamos juntas en silencio, un silencio cómodo que no necesitaba llenarse de palabras, hasta que llegó mi autobús.

—Gracias por escucharme sin juzgarme —dijo, antes de que subiera—. La mayoría de la gente que conozco solo me escucha para poder repetir después lo que les he contado, como si fuera moneda de cambio social.

—Yo no tengo a quién contárselo —contesté, medio en broma—. Mis amigas se reirían de mí si les dijera que la actriz protagonista me cuenta sus intimidades en un hangar vacío.

Se rió, y ese sonido se me quedó grabado durante el trayecto entero a casa, compitiendo con el traqueteo del autobús nocturno por ocupar mis pensamientos.