LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La escena de la escalera se rodó al día siguiente sin incidentes graves, si por “sin incidentes” entendemos que solo me llevé un golpe en la cadera que tardaría dos semanas en dejar de doler del todo, un moratón del tamaño de una mano que me obligaría a dormir de lado durante días.

Nerea estuvo en el monitor todo el tiempo, junto a Regina, y esa vez, cuando terminé la toma y me quité el casco, no apartó la mirada como había hecho el primer día.

Vino corriendo hasta donde yo estaba, algo que ninguna actriz había hecho jamás delante de todo el equipo, y me preguntó, sin importarle quién la escuchara, si estaba bien.

El ayudante de dirección se rió, incómodo, como si aquello rompiera un protocolo no escrito del gremio.

Y lo rompía, en efecto. Se supone que las actrices no se preocupan por sus dobles delante de las cámaras encendidas.

Se supone que la ficción de que ellas hicieron la escena tiene que sostenerse incluso fuera de la pantalla, como una cortesía tácita que todos respetan para no romper la magia.

—Estoy bien —le dije, sorprendida de que insistiera en comprobarlo con sus propios ojos, tocándome ella misma la cadera con cuidado, como si necesitara verificar el daño en persona—. Es solo un golpe. Parte del trabajo.

—No tendría que ser “parte del trabajo” que alguien se golpee así por mí —contestó, con una seriedad que no encajaba con la mujer sonriente que yo había visto en decenas de portadas de revista.

A partir de ese día, Nerea empezó a buscarme para los ensayos técnicos de cada escena de riesgo, en vez de dejar que su ayudante lo gestionara todo como hacía el resto de actrices con las que había trabajado.

Decía que quería “entender qué le estaba pidiendo a su cuerpo” antes de cada toma, aunque el cuerpo que sufría de verdad era el mío.

Yo sospechaba, sin decírselo todavía, que en realidad buscaba una excusa legítima para hablar conmigo un rato más cada día, algo que su agenda apretadísima no le permitía con casi nadie del equipo técnico.

Empezamos a coordinar los movimientos con una minuciosidad que iba mucho más allá de lo estrictamente profesional: ella memorizaba mi forma de caer para replicarla con los gestos del “after”, en los primeros planos donde sí aparecía su cara sobre el resultado de mi trabajo; yo aprendía sus tics, la forma en que fruncía la boca cuando algo le daba miedo de verdad y no solo en pantalla, para que mi cuerpo doble encajara mejor con el suyo en el montaje final, dos cuerpos aprendiendo a fingir que eran uno solo.

Había algo profundamente íntimo en ese proceso, algo que no tenía nombre todavía y que ninguna de las dos se atrevía a nombrar: dos mujeres aprendiendo a leerse el cuerpo con una atención que iba mucho más allá de lo que exigía el guion, para que el público jamás notara la costura entre lo real y lo simulado.

Regina, que no se le escapaba nada de lo que pasaba en su set, empezó a notar también algo distinto en la dinámica entre nosotras, aunque durante mucho tiempo lo interpretó únicamente como un signo de profesionalidad ejemplar.

—Nunca había visto a una protagonista implicarse tanto con su doble —me comentó un día, mientras revisábamos juntas el guion técnico de la siguiente semana—. Normalmente les da un poco igual quién hace el trabajo sucio, siempre que salga bien en pantalla. Nerea es distinta.

—Será que le gusta hacer bien su trabajo — contesté, evasiva, sin saber muy bien qué más decir sin delatarme.

Regina me miró un segundo de más, con esa perspicacia que la había hecho una de las directoras más respetadas del gremio, pero no dijo nada más al respecto.

Simplemente asintió y siguió repasando el guion, dejándome con la sensación incómoda de que quizás no era tan invisible como pensaba, ni siquiera a ojos de quien no debía enterarse de nada.

Esa misma semana, durante un ensayo de una escena de persecución por los tejados del decorado, Nerea me pidió que le enseñara personalmente algunos movimientos básicos de parkour, no porque fuera a necesitarlos para la escena, que seguiría haciendo yo, sino, según dijo, “por pura curiosidad de entender cómo se siente moverse así”.

Pasamos una hora entera, después de que el resto del equipo se marchara, con ella intentando torpemente replicar un salto sencillo entre dos plataformas bajas que yo cruzaba sin pensar.

Se cayó dos veces, entre risas, con el orgullo más intacto que el cuerpo, y en la tercera consiguió completarlo con una expresión de triunfo que me recordó, extrañamente, a la cara de una niña pequeña logrando algo por primera vez.

—Ahora entiendo un poco mejor lo que hago cada día contigo sin saberlo —dijo, sin aliento, sentada en el suelo del hangar—. Es mucho más difícil de lo que parece en pantalla.

—Y esto es solo la superficie —contesté—. Imagínate hacerlo con fuego de verdad cerca, o desde una altura donde un cálculo mal hecho significa un hueso roto.

Se quedó pensativa un momento, mirándome con una expresión que no supe interpretar del todo en ese momento, aunque después entendería que era el principio de una admiración genuina que se mezclaría, sin que ninguna de las dos lo previera, con algo mucho más complicado de gestionar.

Aquella misma tarde, ya de vuelta en su caravana de rodaje, Nerea me pidió que le enseñara también algunas nociones básicas de defensa personal, con la excusa de que su personaje debía dominar ciertos movimientos de lucha en escenas posteriores del guion.

Regina, que pasaba por allí en ese momento, se sumó a la broma con una carcajada:

—Si sigues aprendiendo tanto de Mencía, al final no vamos a necesitarla como doble, Nerea. Vas a poder hacer tú misma todas las escenas de riesgo.

—Eso nunca —contestó Nerea, más seria de lo que la broma requería—. Prefiero mil veces que sea ella quien se arriesgue con la técnica adecuada, a que yo intente hacerlo mal y acabe lesionándome de verdad, o peor, lesionando a alguien del equipo por no saber lo que hago.

Regina se rió y siguió su camino, sin darle mayor importancia a la respuesta, pero yo la interpreté, en aquel momento, como una muestra más de que Nerea empezaba a valorar mi trabajo de una manera que iba mucho más allá de la simple funcionalidad profesional que exigía el rodaje.

Aquella noche, de camino a casa, no pude dejar de darle vueltas a esa frase suya delante de Regina, tan sencilla en apariencia y tan reveladora en el fondo.

Nunca nadie de su posición había hablado así de mí, con esa mezcla de respeto profesional y algo más que todavía no me atrevía a nombrar del todo.

Guardé esa frase, como guardaría después tantas otras cosas suyas, en un rincón de la memoria que con el tiempo se volvería demasiado pesado de cargar.