Capítulo 3
Para entender por qué esa conversación me afectó tanto, hay que entender de dónde vengo, y de dónde vengo es de un piso de setenta metros en Vallecas que compartíamos mi madre, mi abuela y yo, en un barrio donde ser fuerte no era una virtud sino una necesidad de supervivencia diaria.
Mi madre limpiaba casas de gente que tenía más dinero del que ella vería en su vida entera, y yo la acompañaba los sábados cuando no había cole, sentada en la cocina de algún chalé de la sierra madrileña esperando a que terminara su turno, y aprendí pronto una lección que se me quedó grabada en algún lugar profundo: hay gente que vive en las casas y hay gente que las hace habitables para que otros vivan en ellas cómodamente.
Casi nunca son las mismas personas, y casi nunca se cruzan sus caminos más allá de una transacción de servicio.
Empecé en esto por accidente. Hacía parkour en los descampados de mi barrio con mis primos, saltando entre tejados de garajes y muros de obra, y un director de segunda encontró un vídeo mío grabado con un móvil prestado y me ofreció mi primer trabajo como doble en un anuncio de coches, cuatrocientos euros por una tarde de saltos que él consideraba una fortuna pagada a una cría de diecisiete años y que a mí me pareció el descubrimiento de un oficio entero al que nadie me había presentado antes.
Descubrí que se me daba bien caer. Se me daba bien hacer que el dolor pareciera otra cosa: valentía, en vez de lo que en realidad era, un salario.
Con los años até cabos: los dobles cobrábamos una fracción de lo que cobraban las estrellas por hacer, literalmente, la parte peligrosa del trabajo, la parte que podía dejarte con secuelas de por vida.
Nuestro nombre no salía en los créditos principales, sino en una lista al final de la película que nadie se queda a leer, entre el atrezzo y el catering.
Cuando algo salía mal —un esguince, una fractura, en un caso que conocí de cerca, una lesión de columna que acabó una carrera entera antes de los treinta años— la producción pagaba el mínimo legal establecido por el seguro y seguía rodando al día siguiente con otro cuerpo desechable, otro nombre en esa lista final que nadie leía.
Recuerdo especialmente el caso de Fátima, una compañera diez años mayor que yo que se rompió tres vértebras en una caída mal calculada durante un rodaje de acción de bajo presupuesto.
La producción cerró el trato con su seguro en menos de una semana, le pagaron lo mínimo estipulado por convenio, y para cuando quiso reclamar algo más, ya la habían sustituido por otra doble más joven y más barata.
Fátima nunca volvió a trabajar en el gremio.
La última vez que la vi, hace ya varios años, trabajaba de cajera en un supermercado de su barrio, con una cojera que se le notaba al caminar entre las cajas registradoras, sin que nadie del cine que tanto se había beneficiado de su cuerpo se hubiera acordado jamás de ella.
Esa historia, y otras parecidas que había ido acumulando en doce años de oficio, me habían enseñado a blindarme por dentro contra cualquier ilusión de reconocimiento.
Aprendí a no esperar reconocimiento. Aprendí que el reconocimiento era un lujo, como el ático con vistas de Nerea, como sus vacaciones en sitios cuyo nombre yo tenía que buscar en el mapa antes de entender si eran playa o montaña.
Por eso aquella conversación en el hangar vacío me desestabilizó tanto.
Recuerdo también una tarde concreta, cuando tenía trece años, en la que acompañé a mi madre a limpiar una casa enorme en La Moraleja, con jardín propio y piscina climatizada, y la señora de la casa, al verme sentada en un rincón de la cocina haciendo deberes, me preguntó con una sonrisa condescendiente si “de mayor” quería trabajar limpiando como mi madre.
No lo decía con maldad consciente, creo, sino con la ceguera de quien nunca ha tenido que imaginar otro destino posible para gente como nosotras.
Le contesté que quería ser especialista de cine, y ella se rió, no de forma cruel, sino como quien se ríe de la ocurrencia inocente de una niña, sin entender que aquello era, ya entonces, algo más parecido a una promesa que me hacía a mí misma que a un sueño infantil pasajero.
Cumplí esa promesa, contra todo pronóstico y sin ninguna ayuda de nadie que se pareciera a esa señora de La Moraleja.
Pero el eco de esa risa condescendiente me acompañó durante años, cada vez que alguien de un mundo distinto al mío me trataba con una mezcla parecida de curiosidad y superioridad disfrazada de cariño.
Mi abuela, que había trabajado toda su vida en una fábrica textil antes de que la deslocalizaran a otro país más barato dejándola sin pensión completa, solía decirme, cuando yo era pequeña y le contaba mis aventuras saltando entre tejados: “Ten cuidado, niña, que a la gente como nosotras nos gusta lo que hacemos, pero al final siempre acabamos haciéndolo para que otros luzcan mejor”.
No entendí del todo esa frase hasta muchos años después, cuando ya llevaba una carrera entera cayéndome por otras mujeres sin que mi nombre apareciera en ningún sitio visible.
Fue precisamente esa frase de mi abuela la que me vino a la cabeza, sin buscarla, la primera noche que hablé de verdad con Nerea en el hangar vacío.
Algo en la forma en que ella me preguntó si me dolía, sin que yo tuviera que fingir lo contrario, sacudió esa premisa que llevaba toda la vida asumiendo como una verdad inamovible: que la gente como nosotras siempre trabaja para que otros luzcan mejor, sin esperar nunca nada a cambio más que el sueldo pactado.
Mi abuela, ya mayor y con la salud cada vez más delicada, nunca llegó a conocer en persona a Nerea, aunque sí llegó a intuir, sin que yo le contara los detalles, que algo importante me estaba pasando por aquella época.
A veces pienso que, de haber conocido toda la historia, habría sabido ver venir gran parte de lo que pasaría entre nosotras mucho antes de que yo misma quisiera admitirlo, con esa sabiduría práctica que solo da haber trabajado toda una vida al servicio de quienes nunca tuvieron que preocuparse por lo mismo que ella.
Porque Nerea, sin saberlo todavía, me había tratado como si mi dolor contara para algo más que el presupuesto de efectos especiales.
Y yo llevaba tanto tiempo sin que nadie hiciera eso que había olvidado por completo que se podía echar de menos.