LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Fue un jueves, después de las nueve de la noche, cuando el set ya se había vaciado de todos menos del equipo técnico que recogía cables y de mí, que me quedaba siempre la última porque desmontar el equipo de seguridad lleva su tiempo y a nadie le importa esperarme para cerrar el hangar.

Nerea apareció por la puerta lateral sin maquillaje, con una sudadera gris que no pegaba nada con la mujer que yo había visto en las revistas de la sala de espera del dentista.

Por un segundo no la reconocí. Sin el envoltorio de estilismo y luz artificial, parecía más pequeña.

Más real. Tenía ojeras, algo que jamás había visto en ninguna fotografía suya.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo, y su voz sonó distinta a como sonaba delante de las cámaras: menos pulida, con un temblor que no encajaba con el guion que la prensa había escrito sobre ella.

Le dije que sí, con la cautela de quien no está acostumbrada a que la gente de su mundo le dirija la palabra fuera de los créditos del rodaje.

—La caída de mañana. La de la escalera de incendios. ¿De verdad no se puede hacer con efectos digitales?

—Se podría —contesté, guardando el último mosquetón en la bolsa de material—. Pero saldría peor. Y más caro. Y Regina no va a gastarse ese dinero en un plano que puede conseguir gratis conmigo.

Se quedó callada un momento, mirando el hueco oscuro donde al día siguiente yo me lanzaría por unas escaleras metálicas para que su personaje pareciera sobrevivir a algo que ella jamás sobreviviría sin entrenamiento de años.

—Me da miedo verlo —dijo entonces, muy bajito, como si confesara algo vergonzoso—.

Sé que eres tú, no yo. Pero cuando lo veo después en el monitor, con mi cara puesta encima gracias al montaje, siento como si me estuviera pasando a mí de verdad.

Y luego me odio por sentir miedo de algo que ni siquiera me va a doler a mí.

No supe qué responder al principio. En doce años, ninguna actriz me había dicho algo así, con esa mezcla de vergüenza y honestidad. La mayoría ni siquiera me miraba a los ojos al cruzarse conmigo en el catering.

—A mí sí me va a doler —dije al final, no para hacerla sentir peor, sino porque era la verdad y llevaba tanto tiempo callándola frente a las actrices que salió sola, casi sin permiso—.

Un poco. Siempre duele un poco, aunque el colchón esté bien puesto y el ángulo sea perfecto.

Solo que aprendes a que no se note en la cara cuando te levantas.

Nerea me miró entonces de una forma distinta a como me había mirado el primer día. Ya no como a una herramienta bien afilada. Como a una persona a la que, por primera vez en su carrera, se le ocurría preguntarle si le dolía.

—Gracias por decírmelo así, tan claro —dijo—. Nadie me había hablado nunca de esto sin suavizarlo, como si fuera un secreto de gremio que no se puede contar a las estrellas.

—Es que en cierto modo lo es —admití, y por primera vez sonreí de verdad delante de ella.Se fue antes de que yo pudiera añadir nada más.

Me quedé ahí, con el arnés todavía en las manos, preguntándome por qué una conversación tan breve había conseguido desestabilizarme de una manera que ningún salto desde un tejado me había desestabilizado jamás.Terminé de recoger el material sola, en el silencio del hangar vacío, repasando mentalmente cada palabra que me había dicho como si fuera un guion que necesitara memorizar.

Cuando por fin salí al aparcamiento, mi compañera de equipo, una veterana especialista llamada Sole que llevaba veinte años en el oficio, me esperaba fumando apoyada en su coche.

—¿Qué te ha dicho la Villalta? —me preguntó, con esa mezcla de curiosidad y sorna que usábamos siempre para hablar de las estrellas—.

No es normal que se quede a hablar contigo después de que se apaguen las luces.

—Nada, cosas del rodaje —mentí, sin saber muy bien por qué necesitaba proteger algo que ni siquiera había empezado.Sole me miró un segundo de más, con esa sabiduría de quien ha visto pasar a decenas de dobles por el mismo oficio y conoce todas las formas en que algo puede complicarse.

—Ten cuidado con esa gente —dijo, apagando el cigarro contra la suela de su bota—.

No porque sean malas personas. Sino porque viven en un mundo donde nunca tienen que pagar el precio completo de nada.

Y cuando se acercan a alguien como nosotras, a veces ni se dan cuenta de que el precio lo acabamos pagando siempre nosotras.No le hice mucho caso esa noche.

Con el tiempo, entendería que Sole tenía razón en cada palabra.Los días siguientes transcurrieron con una normalidad aparente que, en retrospectiva, ya empezaba a resquebrajarse por dentro.

Nerea seguía tratándome con la misma cortesía profesional de siempre delante del equipo, pero había pequeños gestos —una mirada que se sostenía un instante de más, una pregunta técnica innecesaria que solo servía de excusa para acercarse a mi puesto de trabajo— que empezaban a delatar algo que ninguna de las dos había nombrado todavía en voz alta.Regina, siempre atenta a los detalles del set aunque rara vez lo demostrara abiertamente, comentó una tarde, medio en broma, que Nerea “parecía tener un radar especial” para saber exactamente dónde estaba yo en cada momento del rodaje.

Nadie le dio mayor importancia al comentario, ni siquiera yo, aunque durante el resto del día no pude dejar de pensar en lo acertada que resultaba esa observación aparentemente inocente.