LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Capítulo 1
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LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1)

LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1)

Por Koi Froin

© inepub.com

Capítulo 1

Nadie aplaude cuando te tiras por una ventana en llamas.

Aplauden después, cuando ya te has quitado el traje ignífugo y la que sale a saludar es otra, la que tiene mi cara puesta encima como una máscara cara.

Yo me quedo detrás del monitor, con el pelo todavía oliendo a queroseno, viendo cómo el equipo técnico celebra un plano que hice yo con el cuerpo que ellos van a fotografiar en otra.

Llevo doce años siendo la sombra de otras mujeres.

Me caigo por ellas, me golpeo por ellas, me prendo fuego por ellas.

Es un oficio de precisión y de silencio: si lo haces bien, nadie se entera de que existes.

Si lo haces mal, sales en la prensa con nombre y apellido, pero por el motivo equivocado, casi siempre acompañado de la palabra “accidente” y nunca de la palabra “negligencia”, aunque sea esta última la que de verdad describa lo ocurrido.

Aquel día de julio, en un polígono industrial a las afueras de Madrid convertido en set durante ocho semanas, la que iba a llevar mi cuerpo prestado se llamaba Nerea Villalta.

La conocía de lejos, como se conoce a la gente que sale en las portadas de las revistas que hojeas en la sala de espera del dentista: una cara bonita, una voz entrenada en dicción desde niña, una vida que no se parece en nada a la mía ni en las horas de sueño ni en el saldo de la cuenta corriente.

Llegué al set esa mañana como llegaba siempre: dos horas antes que el resto del equipo, para revisar personalmente cada anclaje, cada arnés, cada centímetro del colchón de aire que amortiguaría mi caída desde el tercer piso de un decorado construido para parecer un edificio en llamas.

Regina Castaños, la directora, ya estaba allí, café en mano, discutiendo con el jefe de efectos especiales sobre el tiempo exacto de combustión que necesitaba la escena.

Regina tenía fama de exigente hasta la crueldad, pero también de ser de las pocas directoras que se molestaba en preguntarle a su equipo de especialistas si estaban de acuerdo con el riesgo antes de rodar.

—Mencía —me dijo al verme—. Necesito que esta caída parezca que duele de verdad. Nerea tiene que vender después, en primer plano, que sobrevivió a algo brutal. Si tu caída es floja, su interpretación no tiene nada de lo que partir.

Asentí. Era mi trabajo, exactamente ese: darle a la actriz algo real de lo que partir para fingir.La vi por primera vez de cerca dos horas después, cuando ya me habían maquillado de sangre falsa y me habían enfundado en el traje ignífugo bajo el vestuario de época que llevaría su personaje.

Estaba rodeada de su séquito habitual —maquilladora, ayudante de dirección, el representante que no se despegaba de su hombro como una sombra cara con nombre de Íñigo— , y yo estaba donde siempre estoy: en los márgenes, revisando el arnés con el coordinador de especialistas, calculando ángulos de caída y puntos de impacto con la meticulosidad de quien sabe que un error de treinta centímetros puede significar una fractura de cadera.La vi mirarme una sola vez, cuando salí de detrás del decorado todavía con el traje ignífugo puesto, el casco bajo el brazo, el maquillaje de sangre falsa chorreándome por la sien.

Fue una mirada rápida, casi profesional, del tipo que dedicas a una herramienta bien afilada.

Pensé: así es como me ven. Un instrumento.

Una pieza del atrezzo que sangra de verdad para que ella no tenga que hacerlo.No le guardé rencor por eso.

Era exactamente lo que se esperaba de las dos, y en doce años había aprendido a no esperar nada distinto de las actrices con las que trabajaba.

Algunas ni siquiera aprendían mi nombre.

Otras lo aprendían solo para poder decir “gracias, Mencía” delante de una cámara de makingof, un gesto de generosidad calculada que quedaba muy bien en redes sociales y no les costaba nada.Los tres días siguientes transcurrieron con la rutina habitual de cualquier rodaje: ensayos técnicos por la mañana, escenas de riesgo repartidas a lo largo del día según la disponibilidad de luz natural, y las horas muertas de espera entre toma y toma que ocupábamos jugando a las cartas en el remolque de especialistas mientras el resto del equipo se preocupaba de cosas que a nosotros nos parecían menores: el catering, el vestuario, la posición exacta de un jarrón en el decorado.Sole, que llevaba conmigo en el gremio desde mis primeros años, me advirtió una tarde, mientras compartíamos un bocadillo de tortilla en un descanso, que había notado algo raro en cómo Nerea me miraba durante los ensayos.

—Te sigue con los ojos más de lo normal para ser solo la protagonista revisando a su doble —dijo, con esa media sonrisa suya que siempre anticipaba algún comentario incómodo—.

Ándate con ojo, esa gente juega con reglas distintas a las nuestras.Me reí de ella entonces, convencida de que exageraba, de que Nerea Villalta era simplemente una actriz meticulosa preocupada por la calidad de su trabajo, nada más.

No tenía forma de saber, en aquel momento, cuánta razón tenía Sole.Lo que no esperaba era que, tres días después, Nerea Villalta viniera a buscarme, sola, sin séquito, después de que se apagaran las luces del set.Antes de que eso ocurriera, sin embargo, hubo un incidente menor durante aquellos primeros días de rodaje que, mirado con perspectiva, ya anunciaba algo del carácter de Nerea que la distinguía del resto de actrices con las que había trabajado.

Durante una escena de diálogo, sin ninguna acción de riesgo de por medio, un foco mal sujeto cayó desde el andamiaje a apenas un metro de donde ella estaba de pie, y el susto generalizado del equipo dio paso, en cuestión de segundos, a la búsqueda inmediata del responsable de sujetar el material.Nerea, en lugar de sumarse a las quejas o exigir explicaciones como habría hecho cualquier otra estrella en su posición, se acercó personalmente al técnico de iluminación, un chico joven que temblaba visiblemente, y le preguntó si él estaba bien, si se había asustado, antes incluso de preocuparse por su propia integridad física.

El gesto pasó casi desapercibido para el resto del equipo, ocupado en revisar el andamiaje, pero yo lo observé desde mi puesto habitual en los márgenes, y algo en esa reacción —esa prioridad instintiva por el bienestar ajeno antes que por el propio— se me quedó grabado, aunque en ese momento no le diera más importancia de la que merecía cualquier gesto amable pasajero.