LO QUE NADIE VIO CAER (Historias lgtbiq+ de Koi Froin nº 1) Epílogo
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Epílogo

Han pasado dos años más desde esa conversación en el bordillo de aquella acera, y aunque Nerea y yo no volvimos a estar juntas de la manera en que lo estuvimos aquella primavera de secretos y apartamentos prestados, tampoco desaparecimos del todo de la vida de la otra, algo que durante mucho tiempo pensé que sería imposible después de todo lo ocurrido.

Hoy dirijo un pequeño equipo de coordinación de especialistas en un estudio de Madrid, con normas de seguridad que yo misma reviso personalmente antes de cada rodaje que aceptamos, y una de mis primeras exigencias al aceptar el puesto fue que el nombre de cada doble de riesgo apareciera, siempre y sin excepción, en los créditos finales y en las notas de prensa oficiales de cada producción.

No siempre lo consigo, porque el gremio cambia despacio y las viejas costumbres pesan mucho.

Pero lo intento en cada proyecto nuevo, y algunas veces, cada vez más a menudo, lo consigo de verdad, y ver mi nombre o el de una compañera impreso donde antes no había nada sigue siendo, después de tantos años, una pequeña victoria que celebro para mis adentros.

Nerea sigue siendo una de las actrices más solicitadas del país, con una carrera que solo ha crecido desde entonces, aunque ahora hay algo distinto en la forma en que habla de su oficio en las entrevistas que a veces me llegan sin buscarlas: menciona a menudo, sin que nadie se lo pregunte directamente, a la gente que “hace posible la magia desde la sombra, arriesgando cosas que el público nunca llega a ver del todo”.

Nunca dice mi nombre en concreto, nunca ha vuelto a hacerlo en público desde aquella entrevista que tanto dolor me causó.

No hace falta que lo diga. Sé que piensa en mí cuando pronuncia esa frase genérica delante de las cámaras, y con eso, extrañamente, después de todo lo vivido, me basta.

Sole, mi vieja compañera de gremio, sigue trabajando conmigo en el nuevo equipo, y a veces, entre toma y toma, me recuerda aquella frase que me dijo la noche en que todo esto empezó, en el aparcamiento del primer rodaje: que la gente como Nerea vive en un mundo donde nunca tiene que pagar el precio completo de nada.

Le contesto siempre lo mismo, que tenía razón entonces y que sigue teniéndola ahora, pero que a veces, aunque tarde, alguna gente sí aprende a pagar al menos una parte de lo que debe.

Fátima, la compañera que perdió su carrera por aquella caída mal calculada hace tantos años, fue una de las primeras beneficiarias del fondo de apoyo al que Nerea donó de forma anónima.

No sabe que fue ella. Yo tampoco se lo he dicho, porque no me corresponde a mí revelar ese secreto, pero cada vez que veo a Fátima sonreír un poco más tranquila desde que recibió esa ayuda, pienso en el pequeño círculo extraño que a veces dibuja la vida entre personas que jamás se han conocido en persona.

Nos vemos, Nerea y yo, de vez en cuando, para tomar un café en algún sitio discreto donde nadie la reconozca demasiado ni le pida fotos a media frase.

No hablamos de recuperar lo que tuvimos, ni de intentarlo de nuevo desde cero.

Hablamos de trabajo, de la vida en general, de lo raro que fue todo aquello visto con la distancia de los años, con la ternura resignada de quien mira una cicatriz vieja y ya no le duele al tocarla, aunque tampoco olvida nunca del todo cómo se hizo ni por qué.

Terminé, finalmente, el curso de coordinación de especialistas que había empezado justo después de aquella ruptura, y hoy formo a jóvenes que llegan al oficio con la misma ilusión ciega con la que yo llegué hace tantos años, sin saber todavía que van a pasar buena parte de su carrera siendo invisibles para el público que aplaude a otras personas por su trabajo.

Intento enseñarles algo que a mí nadie me enseñó a tiempo: que el reconocimiento, cuando llega, hay que exigirlo desde el principio, en el contrato, por escrito, no esperar a que alguien decida generosamente dártelo cuando le convenga.

Mi madre, que ya se ha jubilado del todo de limpiar casas ajenas, viene a veces a verme trabajar cuando el rodaje lo permite, sentada en una silla plegable junto al monitor, orgullosa de una manera que nunca supo expresar del todo con palabras pero que se le nota en la forma en que me mira antes de cada salto.

Le enseñé, hace poco, la lista de créditos de mi última película, con mi nombre impreso en letras del mismo tamaño que el de los actores principales, algo impensable cuando empecé en esto.

Se quedó mirando la pantalla un buen rato, en silencio, y luego dijo solamente: “Ya era hora, hija”.

Fue, quizás, el reconocimiento más importante de todos los que he recibido en esta vida.

Aquel profesor de instituto que conocí en el curso de primeros auxilios sigue en mi vida, aunque las cosas entre nosotros avanzan con la lentitud tranquila de quien ya no tiene prisa por demostrarle nada a nadie.

No sabe todo lo que pasó con Nerea, solo lo esencial, lo suficiente para entender por qué a veces necesito hablar de mi trabajo con un cuidado especial, sin que eso signifique desconfianza hacia él.

Es, de alguna manera, la vida sencilla que llevaba tanto tiempo sin permitirme, y que ahora, por fin, disfruto sin la sensación constante de estar esperando a que algo se rompa.

Sole se jubiló hace unos meses, después de casi treinta años en el gremio, con una fiesta de despedida improvisada en la que todo el equipo de especialistas de Madrid se reunió para brindar por ella.

Me pidió, antes de irse, que cuidara del oficio como ella lo había cuidado siempre, con la misma mezcla de orgullo y desconfianza hacia un negocio que rara vez trata bien a quienes hacen el trabajo más peligroso.

Le prometí que lo haría, y cada vez que consigo que un nuevo contrato incluya el reconocimiento debido a algún compañero o compañera del gremio, pienso en ella, y en todas las Fátimas del mundo que nunca tuvieron esa suerte.

Bea sigue siendo mi compañera de piso, aunque ahora en un apartamento algo más grande que compartimos las dos solas, sin necesidad ya de una tercera persona para llegar a fin de mes, gracias a que mi sueldo como coordinadora por fin refleja algo parecido a lo que vale mi experiencia.

A veces, por las noches, mientras cenamos juntas comentando el día, pienso en lo lejos que queda ya aquella Mencía que subía cinco pisos a pie cargada de material de rodaje, sin que nadie supiera ni le importara su nombre.

No echo de menos esa invisibilidad, aunque sí conservo, con cariño, todo lo que aprendí durante los años en que fue mi única manera posible de existir en este oficio.

A veces pienso que lo nuestro fue exactamente como esas caídas que llevo haciendo desde siempre en mi oficio: calculadas hasta el último detalle posible, ensayadas, medidas al milímetro, y aun así, inevitablemente, algo duele al final del salto.

La diferencia, la única diferencia real, es que aquella vez no hubo ningún colchón de aire que amortiguara el golpe del todo cuando más falta hacía.

Pero sobreviví, como siempre sobrevivo a cada caída de mi vida, profesional o no.

Sigo, cada vez que empiezo un rodaje nuevo, repitiéndome la misma norma que me impuse tras todo aquello: revisar dos veces cada anclaje, calcular dos veces cada ángulo, y no fiarme jamás de que alguien más se haya encargado ya de la parte que a mí me corresponde comprobar en persona.

No es solo prudencia profesional. Es también, a estas alturas, una forma de honrar todo lo que me costó aprender que mi seguridad, mi nombre y mi mérito solo iban a estar protegidos si aprendía a exigirlo yo misma, sin esperar a que nadie más lo hiciera por mí.

Y por primera vez en toda mi vida adulta, alguien, aunque fuera dos años tarde y de una forma imperfecta, dijo en voz alta, delante de mí, que mi caída había importado de verdad.

FIN