Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 24
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Capítulo 24

Durante las semanas siguientes descubrí que volver a estar con Dante podía resultar tan emocionante como la primera vez que nos besamos.

Había algo especialmente agradable en recuperar nuestras conversaciones, nuestros encuentros y aquella complicidad que surgió durante el viaje a Milán, aunque ahora los dos éramos mucho más conscientes de lo que podíamos perder.

Decidió permanecer en San Sebastián mientras reorganizaba el lanzamiento de la colección española. Dos días después de nuestra reconciliación llegaron Giulia, Francesca y varios integrantes del equipo de producción, acompañados de los fotógrafos y estilistas que participarían en la campaña.

La boutique recuperó el ambiente de entusiasmo que había precedido a nuestra primera visita a Milán.

Carmina estaba encantada con los preparativos y Adrián no tardó en apropiarse de una parte de la organización, convencido de que nadie conocía mejor que él las posibilidades de nuestras redes sociales.

—Necesitamos enseñar lo que ocurre detrás de las cámaras —propuso durante la primera reunión—. A la gente le encanta descubrir cómo se prepara una campaña.

Francesca examinó sus propuestas y asintió.

—Podemos grabar algunos momentos del vestuario y los ensayos. Siempre que las modelos estén de acuerdo, por supuesto.

—Y podríamos incluir a Don Vito —añadió Carmina.

Dante levantó la cabeza del catálogo que estaba revisando.

—¿En qué parte de la campaña?

—En cualquiera. Ese perro tiene más seguidores que muchos influencers.

—Mi tía lleva días intentando conseguirle un contrato de representación —aclaró Adrián.

—Pues que empiece por aprender a devolver los zapatos —replicó Dante.

Las carcajadas que provocó su comentario me recordaron la cena que habíamos compartido antes de que nuestras vidas se complicaran.

Me alegró comprobar que Dante podía volver a disfrutar de aquellos momentos sin que las conversaciones giraran alrededor de lo ocurrido en Milán.

La primera semana estuvo dedicada a elegir localizaciones y realizar pruebas de vestuario. Francesca había preparado varias propuestas que combinaban prendas elegantes con otras más informales, buscando que las fotografías reflejaran situaciones cotidianas y no únicamente ambientes sofisticados.

Visitamos distintos rincones de San Sebastián y terminamos seleccionando varias calles del centro, una terraza con vistas a la bahía y algunos interiores que permitían trabajar sin depender del tiempo.

En una de las reuniones sugerí que incluyéramos una pequeña secuencia en la boutique, mostrando cómo una clienta podía combinar las prendas de Valdieri con accesorios más asequibles.

—Me gusta —respondió Francesca—. La campaña debe resultar cercana. No queremos que las mujeres vean la colección y piensen que necesitan una ocasión extraordinaria para llevarla.

Dante escuchó nuestras propuestas y dejó que continuáramos desarrollándolas. Cuando terminamos, se acercó para felicitarme.

—Estás haciendo un trabajo magnífico.

—Todavía no hemos empezado las fotografías.

—Precisamente. Ya has conseguido mejorar el proyecto antes de ponerte delante de una cámara.

Sonreí y le agradecí el cumplido, aunque me alegró especialmente que delante de su equipo me tratara con la misma profesionalidad que a los demás.

Las primeras sesiones comenzaron un lunes por la mañana. Francesca había elegido para mí un conjunto de pantalón de talle alto, blusa de seda y chaqueta corta que me recordó las prendas que probé durante el desfile privado de Milán.

El fotógrafo me explicó cómo debía moverme y me pidió que caminara varias veces por una de las calles seleccionadas. Al principio estaba tan pendiente de colocar bien los brazos y mantener una expresión natural que terminé tropezando con una pequeña irregularidad del pavimento.

—Estupendo —comentó Adrián desde detrás de las cámaras—. Ya tenemos la primera toma para el vídeo de errores.

—Ni se te ocurra publicarla.

—Dependerá de cuánto estés dispuesta a pagar por mi discreción.

Francesca soltó una carcajada y me animó a repetir el recorrido sin preocuparme tanto por la cámara.

Poco a poco empecé a disfrutar. Me gustaba descubrir cómo cambiaba una prenda según la postura, el movimiento o la luz, y aprendí a seguir las indicaciones del fotógrafo sin perder la naturalidad.

Dante apareció con varios cafés y permaneció un rato observando el trabajo. Cuando hicimos una pausa, se acercó y me ofreció uno.

—¿Cómo se siente nuestra nueva imagen de Valdieri?

—Con los pies destrozados.

—Eso tiene solución.

—Espero que no estés pensando en comprarme otros zapatos.

—Pensaba en invitarte a cenar y darte un masaje después.

Lo miré con una sonrisa.

—La segunda parte de la propuesta resulta bastante convincente.

—Entonces reservaré mesa.

Durante aquellas semanas compartimos muchas cenas y noches en su hotel que nos ayudaron a crear intimidad.

La segunda semana de trabajo resultó todavía más intensa. Grabamos varias secuencias para las redes sociales, realizamos fotografías en interiores y preparamos una presentación de la colección destinada a distribuidores españoles.

Adrián consiguió que uno de los vídeos grabados durante los preparativos superara todas nuestras previsiones. En él aparecía Carmina intentando enseñar a Dante a pronunciar algunas expresiones españolas mientras Don Vito permanecía sentado entre ambos, vestido con un pequeño chaleco.

—No entiendo por qué ese vídeo tiene tanto éxito —comentó Dante cuando mi primo nos enseñó las estadísticas.

—Porque estás guapísimo y mi tía es una estrella —le respondió Adrián.

—¿Y Don Vito?

—Don Vito es quien realmente sostiene el negocio.

Dante terminó aceptando que nuestro carlino tenía un talento especial para atraer la atención.

Una tarde, después de terminar las fotografías en la playa de Ondarreta, nos quedamos paseando mientras el equipo regresaba al hotel. El viento había empezado a levantarse y Dante me ofreció su chaqueta, aunque preferí continuar con el abrigo que llevaba.

Caminamos durante un rato hablando de la campaña. Estábamos satisfechos con el resultado y Francesca había confirmado que las primeras imágenes habían recibido una acogida excelente entre los responsables comerciales.

—Dentro de unos días tendremos que regresar a Milán —me comentó.

Sabía que aquel momento llegaría, pero escuchárselo mencionar me produjo cierta tristeza.

—¿Todo el equipo?

—La mayoría. Todavía quedan algunos trabajos de edición, pero podemos terminarlos allí.

—Entiendo.

Dante me tomó de la mano.

—Quiero hablar contigo de algo, Kyra. Aunque preferiría hacerlo cuando tengamos un poco más de tiempo.

Lo observé con curiosidad.

—¿Es algo malo?

—Todo lo contrario.

—Entonces me estás poniendo nerviosa.

Sonrió y me besó la mano.

—Te prometo que no tienes motivos para preocuparte.

La conversación llegó aquella misma noche, después de cenar en un restaurante cercano al hotel. Dante me propuso dar un paseo antes de regresar y terminamos sentados en uno de los bancos del paseo de La Concha.

El aire estaba fresco y apenas quedaban personas caminando a aquellas horas. Desde donde nos encontrábamos se distinguían las luces de los edificios que rodeaban la bahía y el movimiento de algún vehículo por las calles próximas.

Me rodeó los hombros con un brazo.

—He estado pensando mucho en nosotros durante estas semanas.

—Yo también.

—Y he llegado a una conclusión.

Lo miré con una sonrisa.

—Eso suena bastante serio.

—Lo es. Quiero que vivamos juntos.

Tardé unos segundos en comprender que hablaba completamente en serio.

—¿Vivir juntos?

—Sí, Kyra. Quiero compartir mi vida contigo, no limitarme a verte durante unos días cada vez que pueda viajar.

Me emocionó escucharlo, aunque enseguida apareció una preocupación que no había considerado hasta entonces.

—Pero tú vives en Milán.

—Precisamente por eso quiero proponerte que vengas conmigo.

Me volví hacia él.

—¿A Milán?

—A mi casa. Quiero que vivas conmigo allí.

Lo contemplé, sorprendida por la magnitud de aquella propuesta. Durante las últimas semanas habíamos recuperado nuestra relación y disfrutado de una felicidad que no quería perder, pero todavía no había imaginado que pudiéramos dar un paso semejante.

—Dante, eso significaría cambiar toda mi vida.

—Lo sé.

—Mi trabajo está aquí. Carmina está aquí. Y Adrián, Don Vito, mis recuerdos... Todo lo que conozco.

—Por eso no quiero que me respondas esta noche. Necesito que lo pienses y que tengas claro que no pretendo apartarte de nada de lo que quieres.

Me tomó ambas manos y continuó hablando.

—Mi empresa tiene su centro de operaciones en Milán. Allí están los talleres, los equipos de diseño y buena parte de las personas con las que trabajo cada día. No puedo trasladarlo todo a San Sebastián, por mucho que me guste esta ciudad.

—Lo entiendo.

—Pero sí puedo organizar mi vida para que San Sebastián siga formando parte de la nuestra. Viajaremos siempre que podamos, pasaremos aquí temporadas y podrás venir cuando lo desees.

Lo escuché con atención, intentando imaginar aquella posibilidad.

—No quiero que sientas que estás renunciando a tu familia por estar conmigo —añadió—. Podemos tener una casa aquí. Una casa nuestra, donde podamos pasar ciertos fines de semana, las vacaciones o cualquier temporada que nos apetezca.

—¿Estás hablando de comprar una casa en San Sebastián?

—Sí. Me parece una buena idea. Además, así Don Vito tendrá un lugar donde alojarse cuando venga a visitarnos.

Me reí, aunque la emoción empezaba a dificultarme la respuesta.

—No sé si Carmina aceptaría separarse de él durante tanto tiempo.

—Entonces tendremos que negociar un régimen de visitas.

Lo abracé y permanecimos juntos unos instantes.

—Tengo miedo, Dante —le confesé.

—¿De qué?

—De dejar atrás mi vida y descubrir después que no consigo adaptarme. De echar de menos a Carmina, a Adrián y a todo lo que tengo aquí. Y también de que volvamos a equivocarnos.

Me acarició el cabello antes de responderme.

—No puedo prometerte que nunca discutiremos ni que todo será perfecto. Pero sí puedo prometerte que no volverás a tener que preguntarte si te estoy diciendo la verdad.

Levanté la cabeza.

—Eso es muy importante para mí.

—Lo sé. Y también quiero que tengas tu propio espacio. Puedes continuar trabajando en la campaña y desarrollar otros proyectos con la empresa si te apetece. No quiero que dependas de mí ni que abandones tus intereses.

—¿Y la boutique?

—Seguirá siendo parte de tu vida. Podemos organizar visitas, trabajar a distancia en algunos proyectos e incluso estudiar nuevas colaboraciones con Carmina y Adrián.

Su propuesta era tan generosa que me costaba encontrar razones para rechazarla. Sin embargo, comprendía que mudarme a otro país implicaría mucho más que aceptar una casa bonita y la compañía del hombre al que amaba.

—Necesito hablarlo con Carmina —le expliqué.

—Por supuesto.

—Y pensarlo bien.

—Tómate todo el tiempo que necesites.

Me besó con una ternura que consiguió aliviar parte de mis temores.

Al día siguiente le conté a Carmina la propuesta de Dante mientras desayunábamos en la cocina. Mi suegra dejó la tostada sobre el plato y me contempló con una expresión que mezclaba sorpresa y emoción.

—¿Te ha pedido que te vayas a vivir con él a Milán?

Asentí.

—Y quiere que tengamos una casa aquí para poder venir a menudo.

Carmina sonrió.

—Pues ese hombre va muy en serio.

—Eso parece.

—¿Y tú qué quieres?

La pregunta me obligó a detenerme. Durante toda la noche había pensado en las dificultades de marcharme, pero apenas me había permitido imaginar lo que sentiría si aceptaba.

—Quiero estar con él —admití—. Muchísimo. Pero me da miedo dejarte sola.

Carmina me tomó de la mano.

—Cariño, llevo toda la vida cuidando de mí misma. Y tengo a Adrián, a Lucía y a ese pequeño delincuente que duerme en el salón. No tienes que quedarte aquí por mí.

—No es solo eso. Esta casa también es mi hogar.

—Y seguirá siéndolo. Puedes volver cuando quieras.

Se levantó y me abrazó.

—Álvaro habría querido verte feliz, Kyra. Y yo también. No quiero que renuncies a una oportunidad maravillosa por miedo a cambiar de vida.

Las lágrimas comenzaron a resbalarme por las mejillas.

—Te voy a echar muchísimo de menos.

—Pues vendrás a verme. Y yo iré a Milán, que todavía tengo muchas tiendas que visitar allí.

Me reí entre lágrimas.

—Eso no lo dudo.

—Además, Adrián estará encantado de tener alojamiento gratis cuando viaje a Italia.

Mi primo, que acababa de entrar en la cocina, escuchó aquella última frase.

—¿Alojamiento gratis en Italia? ¿Dónde tengo que apuntarme?

Carmina le explicó la propuesta de Dante y Adrián me abrazó con entusiasmo.

—Prima, tienes que hacerlo. Milán es una ciudad increíble y vas a vivir con un diseñador que tiene acceso a todas las semanas de la moda.

—Me alegra comprobar cuáles son tus prioridades.

—Tu felicidad es la primera. Los desfiles vienen inmediatamente después.

Terminamos desayunando entre bromas y planes de futuros viajes. Por primera vez desde que Dante me hizo aquella propuesta, conseguí imaginarme viviendo en Milán sin sentir que estaba perdiendo todo lo que dejaba atrás.

Aquella tarde fui al hotel para encontrarme con Dante. Habíamos quedado en cenar juntos, pero cuando abrió la puerta de su habitación comprendió que llevaba algo importante que decirle.

—¿Has tomado una decisión? —me preguntó.

Asentí y me acerqué a él.

—He hablado con Carmina y Adrián.

—¿Y qué opinan?

—Que debería dejar de preocuparme tanto y empezar a disfrutar de las cosas buenas que me están pasando.

Dante sonrió.

—Me parece un consejo excelente.

Le rodeé el cuello con los brazos.

—Quiero irme contigo a Milán.

Me estrechó contra su cuerpo y me besó con una alegría que me hizo reír.

—¿Estás segura?

—Sí. Pero tengo una advertencia.

—Suéltala.

—Si alguna vez vuelves a mentirme, no habrá ciudad lo bastante grande para esconderte de Carmina.

Dante soltó una carcajada.

—Te aseguro que no pienso correr semejante riesgo.

Me besó de nuevo y, cuando nos separamos, apoyé las manos sobre su pecho.

—Te quiero, Dante.

—Y yo a ti, Kyra. Muchísimo.

Aquella noche hablamos durante horas de nuestra futura vida en Milán. Me contó cómo era su entorno, me propuso enseñarme distintos barrios y comenzó a imaginar los viajes que haríamos a San Sebastián.

Todavía quedaban decisiones por tomar, asuntos que organizar y despedidas que afrontar. Pero mientras lo escuchaba hablar de nuestro futuro con una ilusión que jamás le había visto, comprendí que estaba preparada para comenzar aquella nueva etapa.

No porque hubiera dejado de tener miedo, sino porque había encontrado a alguien con quien deseaba afrontarlo.

Y, después de tantos años viviendo pendiente de lo que había perdido, me emocionó descubrir todo lo que todavía estaba por llegar.