Lo nuestro no venía en el contrato Epílogo
100%

Epílogo

Nunca imaginé que acabaría casándome con un diseñador italiano famoso en San Sebastián, rodeada de periodistas, fotógrafos y una cantidad de flores suficiente para decorar media ciudad.

Sin embargo, allí estaba, frente al espejo de la habitación de Carmina, intentando abrocharme los pendientes mientras la mujer que siempre continuaría siendo mi suegra examinaba por enésima vez el vestido que habíamos diseñado juntas.

Francesca había participado también en su creación, aportando toda su experiencia para convertir nuestras ideas en una pieza extraordinaria.

El resultado era un vestido de seda color marfil, con un cuerpo delicadamente bordado, escote elegante y una falda que caía desde la cintura formando una pequeña cola. Habíamos prescindido de adornos innecesarios porque queríamos que destacaran el tejido y la sencillez del diseño.

—Estás preciosa, cariño —me aseguró Carmina, acomodándome el velo.

—Eso llevas diciéndomelo toda la vida.

—Y jamás dejaré de hacerlo.

La contemplé a través del espejo. Llevaba un vestido verde esmeralda que realzaba sus ojos y estaba especialmente radiante. Ricardo la esperaba abajo, convertido desde hacía tiempo en su compañero inseparable. Junto a él estaba Don Vito, elegantísimo para la ocasión.

Su relación se había consolidado después de mi traslado a Milán. Al principio me sorprendió que Carmina hubiera tardado tanto en aceptar sus sentimientos, pero con el tiempo comprendí que había dedicado buena parte de su vida a cuidarme.

Durante años, después de la muerte de Álvaro, fui su principal preocupación, y quizás había pospuesto su propia felicidad por temor a que volviera a sentirme sola.

Ahora vivía con Ricardo y ambos disfrutaban de una relación maravillosa.

—¿Sabes una cosa? —le comenté mientras le tomaba las manos—. Me alegro muchísimo de que estés con él.

—Y yo de que tú hayas encontrado a Dante.

Nos abrazamos con cuidado de no estropear el vestido.

Mi vida en Milán había superado todas mis expectativas.

Después del éxito de las primeras campañas, me convertí en una de las imágenes habituales de Valdieri Milano y, poco a poco, empecé a participar también en el diseño de las colecciones.

Finalmente, Dante me animó a crear mi propia línea dentro de la firma, dirigida a mujeres que buscaban prendas elegantes, cómodas y versátiles.

La colección llevaba mi nombre y había recibido una acogida extraordinaria.

Seguíamos colaborando con la boutique de Carmina. Y Adrián se encargaba de buena parte de nuestra estrategia digital en España. Mi primo, además, había comenzado una relación con Sergio y estaba tan enamorado que apenas reconocía al muchacho que antes presumía de disfrutar de su soltería.

—Como vuelvas a llorar, tendremos que empezar otra vez con el maquillaje —me advirtió al entrar.

—Pues deja de emocionarme.

—Imposible. Mi prima se casa con un italiano guapísimo y yo voy a llevarla hasta el altar. Esto merece lágrimas, fotografías y una publicación conmemorativa.

La ceremonia se celebró en un precioso jardín con vistas a la bahía de La Concha. La prensa esperaba en una zona reservada, pues nuestra boda había despertado una enorme expectación desde que anunciamos el compromiso.

Entre los invitados se encontraban los padres de Dante y sus hermanas, incluida Isabella, una mujer encantadora que se había convertido en una buena amiga. Todos me querían y yo a ellos.

Cuando comenzó la música, Adrián me ofreció el brazo.

—¿Preparada, prima?

—Más que nunca.

Avanzamos por el pasillo entre las sonrisas de nuestros invitados. Carmina estaba sentada junto a Ricardo, que le sostenía la mano, y Francesca nos contemplaba emocionada desde la primera fila.

Al fondo me esperaba Dante.

Llevaba un traje impresionante y sonreía con una felicidad que consiguió disipar los últimos nervios. Cuando Adrián me entregó a él, mi futuro marido tomó mis manos y las besó antes de susurrarme:

—Estás maravillosa, amore mio.

—Tú tampoco estás nada mal.

Durante la ceremonia intercambiamos unas promesas que habíamos escrito personalmente. Dante me habló de la vida que habíamos construido entre Milán y San Sebastián, de nuestros proyectos y de su deseo de seguir compartiendo conmigo cada descubrimiento.

Cuando llegó mi turno, recordé que durante años creí imposible volver a enamorarme.

—Me enseñaste que el amor no consiste en olvidar lo que hemos vivido, sino en atrevernos a construir algo nuevo. Y hoy te prometo que seguiré eligiéndote, incluso cuando discutamos sobre quién tiene razón. Total, si al final siempre la tengo yo…

Las risas acompañaron mis palabras.

Después intercambiamos los anillos y, cuando nos declararon marido y mujer, Dante me estrechó entre sus brazos y me besó mientras los invitados aplaudían.

Desde algún lugar escuché a Carmina protestar porque Adrián estaba llorando más que ella.

Me reí contra los labios de mi marido.

Y comprendí que, entre todos los sueños que había llegado a imaginar, ninguno podía compararse con aquel instante.