Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Cuando salimos del despacho, Carmina y Adrián estaban terminando de preparar los pedidos del día. Mi suegra nos examinó con una curiosidad que intentó disimular preguntándole a Dante si quería tomar algo.

—Muchas gracias, pero no quiero entreteneros más —respondió él.

—No nos entretienes, Dantito. Aunque si has venido directamente del aeropuerto, supongo que estarás cansado.

—Un poco. Todavía tengo que pasar por el hotel.

Consulté la hora y comprobé que apenas faltaban unos minutos para cerrar. Mi suegra había quedado esa noche con Ricardo y yo tenía previsto marcharme sola.

—Voy a recoger mis cosas.

Dante se volvió hacia mí.

—¿Quieres que te lleve a casa?

Dudé antes de aceptar.

—Está bien.

Carmina me ayudó a guardar el ordenador y Adrián se ofreció a terminar de cerrar la tienda. Cuando nos despedimos, ella abrazó de nuevo a Dante y le recordó que siempre sería bienvenido.

Durante el trayecto hablamos de asuntos cotidianos. Me preguntó por Don Vito, por los directos y por las novedades de la boutique. Le conté algunas de las ocurrencias de Adrián y terminé riéndome al recordar el día en que nuestro carlino había intentado llevarse un bolso durante una transmisión.

—Me habría encantado verlo —comentó Dante.

—Adrián tiene el vídeo guardado. Estoy segura de que terminará publicándolo.

—Entonces procuraré estar preparado.

La conversación resultó agradable, aunque ambos evitamos volver sobre lo ocurrido en el despacho.

Cuando llegamos a casa, Dante detuvo el coche frente a la entrada y apagó el motor.

—Gracias por escucharme, Kyra.

—Bueno, gracias a ti por intentarlo.

Se volvió hacia mí.

—¿Puedo preguntarte una cosa?

—Claro.

—¿Todavía sientes algo por mí?

La pregunta me sorprendió por su franqueza.

—Sí —admití después de unos segundos—. Y precisamente por eso me cuesta tanto todo esto.

Dante asintió.

Abrí la puerta y salí del coche. Antes de cerrarla me incliné para despedirme.

—Buenas noches, Dante.

—Buenas noches, preciosa.

Caminé hasta la entrada de la casa y busqué las llaves en el bolso. Al encontrarme frente a la puerta, escuché que el motor del coche se ponía en marcha.

Me volví. Dante comenzaba a alejarse y, durante unos segundos, contemplé las luces traseras mientras avanzaba por la calle.

Entonces recordé sus palabras en el despacho, su confesión sobre aquella primera relación y el miedo que había sentido al descubrir que podía volver a enamorarse. También recordé la manera en que había respetado mi decisión, incluso cuando resultaba evidente que deseaba abrazarme.

Llevaba semanas intentando convencerme de que podía dejar de quererlo por el simple hecho de haber decidido alejarme. Sin embargo, aquella tarde había descubierto que mis sentimientos seguían allí, intactos a pesar del daño que me había causado.

Guardé las llaves y eché a correr.

—¡Dante!

El coche avanzaba despacio y lo vi frenar unos metros más adelante. Me acerqué mientras él bajaba la ventanilla, sorprendido.

—¿Kyra? ¿Ocurre algo?

—Sí —respondí, intentando recuperar el aliento—. Que eres un idiota.

Dante abrió la puerta y salió del coche.

—Lo sé.

—Un idiota enorme.

—También lo sé.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Y si vuelves a mentirme, te aseguro que no habrá una tercera oportunidad.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Eso significa que...?

No lo dejé terminar. Lo rodeé con los brazos y lo besé.

Dante respondió de inmediato, estrechándome contra su cuerpo mientras me devolvía el beso con una pasión que me hizo olvidar por unos instantes todo lo que había ocurrido durante aquellas semanas.

Cuando nos separamos para respirar, me acarició el rostro y sonrió.

—He soñado con este momento desde que me marché de San Sebastián.

—Pues más te vale no estropearlo.

—No pienso hacerlo.

Volvió a besarme, esta vez con una ternura que me emocionó todavía más que el primer beso. Le rodeé el cuello con los brazos y me acerqué a él, disfrutando de aquella sensación de felicidad que había creído perdida.

—Te quiero, Kyra —me confesó junto a mis labios—. Y voy a demostrarte cada día que puedes confiar en mí.

Lo abracé con fuerza.

—Yo también te quiero, Dante.

Permanecimos unos minutos junto al coche, intercambiando besos y sonrisas, hasta que escuchamos una voz procedente de la entrada de la casa.

—Bueno, pues menos mal que he decidido asomarme, porque estaba empezando a pensar que tendría que intervenir personalmente.

Nos volvimos y descubrimos a Carmina en la puerta, acompañada de Don Vito, que contemplaba la escena con evidente interés. Por lo visto, después de insistir tanto en cenar con ella, el pobre de Ricardo había enfermado ese día y tuvo que cancelar la cena, como me contaría ella luego.

—Carmina, por favor —protesté entre risas.

—¿Qué? Solo quería comprobar si necesitabais ayuda. Aunque veo que os estáis arreglando estupendamente.

Dante comenzó a reírse y me abrazó por la cintura.

—Buenas noches, Carmina.

—Buenas noches, Dantito. Y ya que estás aquí, puedes pasar a cenar.

Miré a Dante y encontré en sus ojos la misma alegría que debía de reflejarse en los míos.

—¿Te apetece? —le pregunté.

—Muchísimo.

Carmina regresó al interior de la casa mientras Don Vito permanecía junto a la puerta, esperando que nos acercáramos.

Dante me tomó de la mano y caminamos juntos hacia la entrada.

Todavía quedaban conversaciones pendientes y sabía que recuperar por completo la confianza exigiría tiempo.

Pero aquella noche había decidido concedernos una oportunidad, no porque hubiera olvidado lo ocurrido, sino porque quería descubrir si éramos capaces de construir algo mejor a partir de la verdad.

Y mientras Dante se inclinaba para saludar a Don Vito, que ya estaba intentando olisquearle los zapatos, comprendí que llevaba demasiado tiempo echando de menos aquella felicidad para permitir que el miedo decidiera por mí.