Lo nuestro no venía en el contrato Capítulo 23
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Capítulo 23

Dante regresó a San Sebastián unos días después de que se conociera la resolución judicial. Para entonces, la noticia había perdido protagonismo en los medios y las fotografías del diseñador habían dejado de aparecer a todas horas en las redes sociales.

Aquella mañana estaba revisando las prendas que habíamos recibido para la nueva temporada cuando Adrián apareció con una caja de pasteles.

—Hoy invito yo —anunció, depositándola sobre el mostrador.

Carmina abandonó el escaparate para inspeccionar el contenido.

—¿A qué debemos semejante generosidad?

—A que mi último vídeo ha superado las cien mil reproducciones y me siento especialmente espléndido.

—Entonces espero que hayas comprado suficientes para celebrarlo como corresponde.

Mi primo abrió la caja y nos mostró una selección de pequeños pasteles de crema, chocolate y frutas. Don Vito apareció desde el almacén en cuanto detectó la presencia de comida.

—Ni se te ocurra —le advirtió Adrián, levantando la caja—. Esto no es para perros.

El carlino se sentó frente a él y comenzó a mover la cola.

—Creo que está negociando —comenté.

—Pues que busque otro representante. Conmigo no tiene nada que hacer.

Carmina terminó ofreciéndole una de sus golosinas y conseguimos desayunar mientras Adrián nos enseñaba las estadísticas del vídeo.

El resto de la mañana transcurrió entre clientas, llamadas y preparativos para el directo del viernes. Habíamos decidido dedicarlo a conjuntos para cenas y celebraciones, aprovechando que varias clientas nos habían preguntado por prendas elegantes que pudieran utilizar en distintas ocasiones.

A media tarde, mientras colocaba unos vestidos en una de las barras, escuché que se abría la puerta.

—Buenas tardes —saludé sin volverme.

—Buenas tardes, Kyra.

Reconocí su voz antes de girarme.

Dante estaba junto a la entrada, vestido con un traje gris oscuro y una camisa blanca. Llevaba una pequeña bolsa de viaje en una mano y parecía haber llegado directamente del aeropuerto.

Durante unos segundos nos contemplamos sin acercarnos. Había imaginado muchas veces cómo sería volver a verlo, pero ninguna de aquellas escenas se parecía a la realidad.

—Hola, Dante —conseguí responderle.

Dejó la bolsa junto a uno de los sillones y avanzó unos pasos.

—Espero no molestarte. He intentado llamarte, pero no quería insistir si preferías que no lo hiciera.

—No pasa nada.

Carmina apareció desde el almacén con varias perchas y se detuvo al descubrirlo.

—Dantito, qué sorpresa.

Él sonrió con afecto.

—Buenas tardes, Carmina.

Mi suegra dejó las perchas sobre el mostrador y se acercó para darle un abrazo.

—Me alegro mucho de verte. Y me alegro todavía más de que todo haya terminado bien.

—Gracias. Han sido unas semanas complicadas.

—Me lo imagino, cariño.

Adrián salió del despacho al escuchar nuestras voces y saludó a Dante con un apretón de manos. Durante unos minutos hablaron de la situación de la empresa y de los proyectos que habían quedado pendientes, mientras yo permanecía junto a los vestidos sin saber qué hacer con las manos.

Finalmente, Dante se volvió hacia mí.

—¿Podríamos hablar un momento? Si no te importa, me gustaría hacerlo a solas.

Carmina intervino antes de que pudiera responderle.

—Nosotros tenemos que recoger unas cosas del almacén. Podéis utilizar el despacho.

La observé con cierta desconfianza, porque estaba convencida de que acababa de inventarse aquella tarea, pero no protesté.

—Está bien —acepté.

Entramos en el despacho y cerré la puerta. Dante se quedó junto a la pequeña estantería donde guardábamos los catálogos, mientras yo ocupaba la silla que utilizaba habitualmente para trabajar.

—Gracias por recibirme —comenzó.

—No tienes que darme las gracias.

—Quería venir antes, pero mis abogados me recomendaron permanecer en Milán hasta que se resolvieran algunos asuntos. Además, pensé que necesitabas tiempo.

—Lo necesitaba.

Asintió y se sentó frente a mí.

—Kyra, sé que no puedo presentarme aquí y esperar que todo vuelva a ser como antes. Tampoco quiero utilizar lo ocurrido con Isabella para conseguir que me perdones. Son dos cosas distintas y lo tengo muy claro.

Agradecí que empezara por reconocerlo.

—Me alegro de que lo entiendas.

—Lo que hice estuvo mal.

—No entiendo por qué lo hiciste, Dante. Eso es lo que más me cuesta aceptar.

Se inclinó ligeramente hacia delante y entrelazó las manos.

—Quiero explicártelo. No para justificarme, porque no existe ninguna justificación, sino porque mereces conocer la verdad.

Esperé a que continuara.

—Solo me he enamorado una vez antes de conocerte. Fue hace muchos años, cuando estaba empezando a construir la empresa. Ella era una mujer maravillosa y estuvimos juntos casi cuatro años. Durante un tiempo pensé que acabaríamos casándonos.

Me sorprendió aquella confesión. Nunca habíamos hablado con demasiada profundidad de sus relaciones anteriores.

—¿Qué ocurrió?

—Que fui incapaz de encontrar un equilibrio entre mi trabajo y nuestra vida.

Viajaba constantemente, cancelaba planes y siempre tenía alguna reunión más importante que atender.

Cuando ella me decía que necesitábamos pasar más tiempo juntos, yo le prometía que las cosas cambiarían en cuanto terminara el siguiente proyecto.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Pero siempre había otro proyecto. Otra colección, otra apertura, otro viaje. Un día me dijo que estaba cansada de esperar a que encontrara un hueco para quererla.

—¿Y se marchó?

—Sí. Intenté recuperarla, pero ya había tomado su decisión. Me dijo que no dudaba de mis sentimientos, aunque estaba convencida de que nunca conseguiría darle el lugar que necesitaba en mi vida.

Lo escuché con atención. Había conocido al empresario seguro de sí mismo, acostumbrado a tomar decisiones y a dirigir equipos, pero aquella parte de su pasado me resultaba desconocida.

—¿Volvisteis a veros?

—Alguna vez. Después se casó y tuvo dos hijos. Sé que es feliz y me alegro por ella.

—¿Y desde entonces no has vuelto a enamorarte?

—No. He tenido relaciones, algunas más largas que otras, pero nunca volví a sentir lo mismo. Durante años pensé que era mejor así. Mi trabajo ocupaba prácticamente todo mi tiempo y estaba acostumbrado a vivir de esa manera.

Comprendí entonces por qué había mencionado aquella historia, aunque todavía no encontraba relación entre su miedo a perderme y la mentira que me había contado.

—¿Qué cambió conmigo? —le pregunté.

Dante sonrió con una ternura que me hizo recordar nuestras noches juntos.

—Todo empezó con una videollamada en la que una mujer tímida me explicó por qué unos pantalones necesitaban bolsillos más cómodos y una cintura mejor diseñada.

No pude evitar sonreír.

—También hablamos de las mangas de las chaquetas.

—Es verdad. Y recuerdo que te disculpaste tres veces por dar tu opinión, aunque era precisamente lo que necesitábamos escuchar.

Bajé la vista hacia mis manos.

—No sabía si estaba siendo demasiado atrevida.

—Lo sé. Después te conocí en persona y descubrí que detrás de aquella timidez había una mujer inteligente, generosa y capaz de preocuparse por todo el mundo antes que por sí misma. Durante nuestra estancia en Milán empecé a buscar cualquier excusa para pasar tiempo contigo.

—No lo disimulaste, desde luego.

—Eso opinó Adrián.

Me reí al imaginar a mi primo interviniendo en asuntos que no le correspondían.

—No me sorprende.

Dante aprovechó aquella pequeña distensión para continuar.

—Cuando nos despedimos en Milán comprendí que no quería dejar pasar aquella oportunidad.

Por primera vez en muchos años estaba dispuesto a reorganizar mi vida por alguien.

Y cuando regresé a San Sebastián y pasamos nuestra primera noche juntos, tuve la sensación de que estaba empezando algo verdaderamente importante.

Lo escuché sin interrumpirlo.

—Entonces me preguntaste por Isabella —añadió—. Y cometí el error más estúpido de mi vida.

—No fue un simple error, Dante. Fue una mentira.

—Lo sé. Me asustó que descubrieras que había ido a ver a una antigua amante durante nuestro viaje.

Pensé que interpretarías aquel encuentro de la peor manera y que perdería tu confianza antes de que nuestra relación tuviera la oportunidad de crecer.

En lugar de explicarte lo ocurrido, busqué una salida fácil y terminé haciendo algo mucho peor.

—¿Y de verdad creíste que aquella mentira no acabaría descubriéndose?

—En aquel momento no pensé en las consecuencias. Solo quería evitar que te alejaras de mí.

Negué con la cabeza.

—Pues conseguiste exactamente lo contrario.

—Lo sé, Kyra. Y llevo semanas arrepintiéndome.

Se levantó y se acercó despacio, aunque mantuvo suficiente distancia para que pudiera decidir si quería que me tocara.

—No sabes cuánto he deseado abrazarte en estos días. Besarte, preguntarte cómo estás y recuperar todas esas pequeñas cosas que empezábamos a compartir. Pero respeto tu decisión y no voy a pedirte que olvides lo ocurrido.

Levanté la cabeza hacia él.

—Me hiciste mucho daño.

—Lo sé. Y te pido perdón de todo corazón. Si alguna vez decides darme otra oportunidad, te prometo que jamás volveré a mentirte. Aunque la verdad sea desagradable, aunque me dé miedo tu reacción o aunque piense que puedo perderte. No quiero construir nada contigo sobre una mentira.

Sus palabras me emocionaron más de lo que deseaba reconocer. Durante semanas había imaginado aquella conversación y, sin embargo, ahora que estaba ocurriendo, no encontraba una respuesta.

—Dante, necesito pensar.

—Por supuesto.

—No puedo decirte que todo está solucionado porque hayas venido a explicármelo. Me alegro muchísimo de que la investigación terminara bien para ti, pero lo nuestro es otra cosa.

—Lo entiendo.

Me acarició la mejilla con una delicadeza que me hizo cerrar los ojos durante un instante. Después retiró la mano y regresó a su silla.

—No voy a presionarte. Solo quería que supieras lo que siento.